Escuchándome a mí mismo y no a Evo (por David Mario Villa Martínez)

EscuchandomeDavidVillaHace unos días —concretamente el fin de semana pasado— un acontecimiento muy bello tuvo lugar en mi vida. Fue algo inesperado que llegó sin ni siquiera imaginarlo. Me dejé llevar, permití que fluyera lo que sentía en ese momento y todo fue fantástico. Con la persona que compartí comida, cena y cama hubo bastante química como suelen decir. Nos complementamos tan bien que parecía que nos conociéramos desde hace mucho tiempo. Sobre todo me sentí cómodo a su lado, cobijado en sus brazos, recibiendo sus caricias, sus besos… Esos labios son de los mejores que he probado desde que aprendí a besar. Dejé a un lado mi pose de macho a lo “Superman” y me sentí normal, terrenal y a la vez ascendido al espacio sideral; me sentí agradablemente confuso.
Puedo decir con mucho orgullo y valentía que fuimos bastante osados al caminar por la calle juntos de la mano y luego besarnos en público sin pensarlo, cosa que nunca antes había hecho. Por lo general, un homosexual en Bolivia evita sus demostraciones en la calle. La mayoría lo hace a escondidas por temor a recibir agresiones, sean estás física o psicológicas, ya que una parte de la sociedad es bastante retrógrada, como sucede en muchos países de Latinoamérica. Sin embargo nosotros fuimos más allá y fue rara la sensación que tuvimos al expresarnos libremente tal y como sentíamos, tal y como éramos.
Toda esta situación me ha hecho reflexionar mucho pues existe un detalle importante… Este chico ha pasado recientemente por una mala experiencia y creo que, de algún modo, quedó confundido con todo lo sucedido en tan corto tiempo. Pero mi corazón me dice con certeza que a este chico le agradó demasiado lo que sucedió entre nosotros.
No puedo decir que estoy enamorado, sería una falacia. Sin embargo lo que estoy sintiendo es muy fuerte y quiero averiguar de qué se trata en realidad. Es una linda ocasión para emprender una discreta relación de pareja -como la que he anhelado por mucho tiempo-.Esta vez pretendo hacer las cosas bien, no precipitarme, dejar que las cosas fluyan de a poco, mostrarme tal cual, conversar bien las cosas, seducirle aún más y jugármela. Quiero saber qué es lo que puede nacer de todo esto… Tengo mucha fe en que esto que estoy sintiendo me puede proporcionar bastante felicidad y novedosas sorpresas a mi vida. ¡Las cosas son tan complicadas aquí! Incluso conocer a alguien para solo un rato es embrollado y no se de nadie que tenga pareja estable.
Hay que reconocer que nuestro presidente -tras alegar en una de sus ponencias que la existencia de la calvicie en Europa y de la homosexualidad en todo el mundo es fruto de la ingesta de alimentos modificados genéticamente-no nos ha puesto las cosas sencillas. También situó la existencia de hombres homosexuales en todo el planeta como consecuencia de una alimentación deficiente. Según él, todo se debe a la ingesta de pollo criado en grandes explotaciones industriales, que estarían cargados con hormonas femeninas. Por eso, cuando los hombres comen esos pollos, tienen desviaciones en su ser como hombres. Estoy a favor de respetar a la “Pachamama” (término indígena boliviano utilizado para designar el concepto de Madre Tierra) pero no creo que el pollo y los transgénicos tengan que ver con lo que siento. Por otro lado, en mi casa todos comemos pollo, cuando se puede. ¿Soy más comilón que ellos?
Imagino que los ciudadanos respetables -cuando nos vieron cogidos de la mano y besarnos- pensarían inmediatamente que comíamos mucho pollo. Me da igual…
Mientras tanto me escucho a mí mismo y lo que siento, y sé que es lo que debo hacer. Entre otras cosas no voy dejar de comer pollo o gallina y creo que mi chico tampoco.

Me siento tan normal, tan fragil, tan real.
Me elevas al espacio sideral
tal como lo hace Superman
.

La colaboración de este mes viene con este genial relato de David Mario Villa Martínez, autor de Diario de una impostura y de De LEVI (sospecha de leve herejía), de inmimente lanzamiento. Además, podéis leerle en su blog, El Arcón de las Fábulas. Espero que os haya gustado tanto como a mí.

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Imagen: giveafcuk.blogspot.com

Mi memoria sí funciona

suarezTraidor. Facha. Cuando lo conocí era joven, debía de tener unos 25 años y, si algo podía definir el impacto que causó en nosotros, fueron las opiniones encontradas sobre su persona. Encontrarnos. Eso hizo.
Nadie podía obviar el atractivo que emanaba de su persona. Transmitía un aire de honestidad y de sinceridad. Me sedujo, creo que sedujo a toda una generación.
A los jóvenes nos habían acostumbrado a no interesarnos en la política, pero nos estaba entrando el gusanillo de colaborar en el nuevo sistema político. Queríamos ser modernos, abiertos. Ser como todos los países de Europa. Estábamos ilusionados, lo creíamos posible. Pero, para lograrlo, alguien tenía que abrir las puertas, aunque se la jugase a llevarse un buen mamporro al hacerlo. Parecía que todos le podían caer encima. Pero había que ser valiente. ¿Traidor? ¿Facha? ¡Valiente!
Nadie esperaba que se atreviera a legalizar el Partido Comunista, pero lo hizo y poco a poco vimos que no pasaba nada, que todos cabíamos en el sistema democrático. También los que le habían llamado traidor desde un lado. Y los que le habían llamado facha desde el otro.
Vimos, sorprendidos, esperanzados, cómo se acercaban a él políticos de todas las tendencias esperando colaborar en el proyecto democrático incipiente. Si la juventud está siempre llena de ilusión, imaginad cómo puede ser cuando ves que tu mundo cambia, que cambia tanto, y que lo hace bien. Qué cotas de fantasía pueden alcanzar las emociones. Las ganas que te da de sonreír.
Él tuvo que poner de acuerdo a todos los partidos políticos de la época y conseguir que todos fueran a un objetivo común, “la democracia”. A todos les pidió sensibilidad y renuncia de mezquindades para conseguirlo. Renuncia de mezquindades a los políticos, sí, seguro que la gente de ahora no se lo puede creer.
Sus mayores problemas fueron conseguir que el Partido Comunista aceptara la monarquía y estuviera dispuesto a vivir dentro de la Constitución Española y que los militares y derecha no comprendían que la democracia no iba a ser posible si no estaban comprometidos todos los partidos sin excluir a ninguno. El mundo nunca hubiera aceptado una democracia restrictiva. España tenía que reconciliar a sus dos Españas.

Pero no se llega a ser grande sin suscitar recelos, envidias y enemistades. Tuvo enemigos dentro y fuera de su partido. La UCD estaba compuesta de derechistas, demócratas cristianos, socialdemócratas y progres de salón. Tuvo problemas y críticas de todos. De los suyos, de sus contrarios, de los que le dejaron solo. Y ese abandono lo sintió sin que cesase una presión durísima de la ETA que asesinó y secuestró como nunca lo había hecho. Debieron de ser momentos muy duros. Dicen que cuando conoces a tus amigos es cuando ya no te necesitan. Y ves quiénes siguen allí.

Yo le voté hasta que dimitió. Bueno, o hasta que le hicieron dimitir. Dicen que el rey le comunicó que los militares exigían su cabeza para no alzarse en armas. Al final, traicionado por todos, lo hizo. A pesar de todo, tuvo que soportar el golpe del 23-F. Pero, a pesar de todo, dicen que sabía perdonar. Posiblemente, eso le salvó. Y también saber olvidar. Porque no tengo muy claro que hubiera soportado ser consciente de todo lo que ha ido sucediendo con el esfuerzo que él hizo por reconciliarnos, porque la buena voluntad y el bien común estuviesen por encima de intereses parciales y de corrupciones deshonrosas. Creo que yo no lo habría soportado.
Ahora que ha fallecido, los mismos que le traicionaron se deshacen en elogios sobre su persona y se apuntan el tanto como si no hubieran sido parte de su desgracia.
Es el pueblo el que ha reconocido la honestidad y la categoría humana y política que tuvo Adolfo Suárez. Al menos, durante unos días, hemos podido volver a hablar de lo que es hacer las cosas bien. De un hombre que predicaba con el ejemplo, que, tras retirarse y caer enfermo, tuvo que pedir ayuda para mantener a su familia.
Hoy, martes, he visto cómo se lo llevaban, el último acto de honor en la Plaza de Cibeles. Y he visto a mucha gente joven que desearía con todas sus fuerzas tener a una persona que los haga creer como nos hizo creer él a nosotros. Es como si el último aliento de la democracia se hubiese muerto con él.
Sólo espero que algún día ese legado pueda recuperarse. Puede que aún no seamos conscientes, pero es posible que dentro de cientos de años, en España se hable de Suárez con el orgullo y la admiración del mito que hizo posible la concordia. Que sea como es Lincoln para los estadounidenses. Que tal vez algún día sea real lo que en aquel momento creímos posible, que vuelva a serlo. Que lo sea más aún.

 

Y si no la hay, sin duda la habrá.

Para este post he trabajado con el testimonio de una persona de 61 años cuyo nickname es el marqués de Ardines. Quería darle mil gracias por su testimonio, no quería dejar pasar un pequeño homenaje a este gran hombre. Sin el texto del marqués de Ardines yo habría tenido que hacer algo frío, que no habrían sido sino palabras de una persona que sólo lo conoció por los libros de historia. Espero que os guste su relato. Y que D. E. P. Adolfo Suárez.

Desde el otro lado

0912-broken-coffee-mugA veces desearía tener más sueño por la mañana, levantarme como si fuera una autómata y poder ir al trabajo sin darme cuenta del desastre en que mi vida se está convirtiendo. Pero soy de esa clase de personas que se levanta de un salto en cuanto sale el primer rayo de sol, cargada de energía, y por la noche antes de que den las once caigo dormida como un bebé… esta mañana no ha sido diferente, salvo por el sueño que estaba teniendo cuando el despertador ha sonado, sacándome de mi falsa felicidad con sus estridentes pitidos. He sentido ganas de llorar al darme cuenta de que una vez más era la única que estaba en la cama, y el frío se ha colado por las sábanas haciéndome tiritar. Todo lo que quería era volver al sueño en el que sentía su abrazo, pero me ha sido imposible.

Así que me he tragado las lágrimas, una vez más. Me he vestido, he hecho la cama, la casa entera estaba reluciente y el café servido en la mesa cuando él ha entrado por la puerta.

¿Qué te ha pasado, mi amor, qué ha sido de tu juvenil aspecto? Ahora no encuentro en tus ojos la alegría que me enamoró, sólo veo a un hombre desesperado y agotado, que llega con la ropa oliendo a colillas y los ojos enrojecidos por el humo del tabaco. Y ya no me miras como antes. ¿Es sólo que estás cansado o es que ya no me quieres?

—¡Buenos días! –he dicho con toda la vitalidad que he podido.

Pero ni siquiera has respondido.

¿Qué hacer? Me he acercado a ti y he rozado tu oreja con mis labios dulcemente. Ha sido casi peor.

—¿Quieres dejarme en paz?

Hace unos meses no habría imaginado que tu voz pudiera desprender tanta violencia. Has dado tal puñetazo a la mesa que tu taza se ha caído al suelo, se ha roto, el café se ha derramado y se ha esparcido por las baldosas

—Eres una egoísta, ¡sabes que estoy cansado pero no dejas de molestarme! Me voy a dormir, ya no quiero tomar nada.

Con el portazo que has dado al encerrarte en el dormitorio he roto a llorar sin remedio.

Hoy hasta en el trabajo lo han notado. Miguel, el encargado, es el único que sabe que no paso por un buen momento. No he sido capaz de atender bien a la mitad de los clientes, y cuando un hombre indignado ha acudido a él para quejarse, me he echado a llorar. Afortunadamente, ya estaban cerrando y Miguel me ha llevado a casa en coche.

—No creo que debas estar sola ahora. ¿Quieres hablar?

El café se había convertido en una mancha pringosa en las baldosas de la cocina de una casa vacía. He preferido desviar la mirada y sugerir, por una vez, pedir la cena por teléfono.

—Oye, parece que se te ha caído el café. —la expresión de Miguel cuando me ha visto volver a llorar ante tan inocente comentario no ha hecho sino que mi llanto arrecie.

He llorado tanto desde ese momento que me duele la cabeza, pero por fin he podido contarle a alguien qué era lo que realmente me pasa. Y es cierto lo que dicen, es la única forma de ver la situación con menos pesimismo. Hemos hablado horas y horas, he comprendido mi parte de culpa y la de él. Me he dado cuenta de que la situación debe cambiar, que debo buscar otra solución para ayudarnos a ambos. Creo que nunca podré agradecerle a Miguel todo el bien que me ha hecho esta noche de conversación.

Cuando han dado las cinco menos diez le he acompañado al portal para abrirle, pues por la noche siempre cierran con llave.

“Gracias”, he murmurado mientras me ha abrazado con cariño. Creo que nunca me había sentido tan reconfortada. Miguel ha sonreído, me ha mirado a los ojos… y me ha besado. Y, por primera vez en meses, he vuelto a sentirme querida. He vuelto a sentir calor.

—¿Se puede saber qué está pasando aquí?

Una enfurecida voz a mis espaldas. Me ha dado más miedo reconocer el timbre que el tono.

La mirada enrojecida y enfurecida de Mario me ha hecho sentir vergüenza y pánico.

—¿Quién coño eres tú y qué haces con mi mujer?

—Mario…

Y se ha abalanzado sobre Miguel. Yo no podía dejar de temblar, pero a la vez me he sentido inmovilizada, sólo he podido gritar, rogándoles que dejasen de pelearse. Pero Miguel se está defendiendo, nada más. Mario ha caído cuando ha recibido un golpe en el pecho… luego se ha dado con la frente en el bordillo… y ha dejado de moverse.

Miguel sangra por la nariz y apenas puede abrir el ojo izquierdo. Se acerca al cuerpo de Mario y trata de buscarle el pulso en el cuello. Me mira espantado y habla con voz temblorosa:

—¿Y ahora qué hacemos?

Sobre Mario de bruces tres cruces:
una en la frente, la que mas dolió
otra en el pecho, la que le mató
y otra miente en el noticiero:
Dos drogadictos en plena ansiedad
roban y matan a Mario Postigo
mientras su esposa es testigo
desde el portal.
En vez de cruz de navajas por una mujer
brillos mortales despuntan al alba
sangres que tiñen de malva el amanecer.

Éste fue mi primer relato con canción, espero que os guste. Y ya sabéis que en la columna de la derecha podéis suscribiros para leer más hisotrias cantadas.

Imagen:yassminelnazer.files.wordpress.com

Cada vez que respiras (de David F. Barrera)

EverybreathTemprano, igual que cada día, salí de la casa.  Mañana gris. Gotas de una lluvia triste caían. Un frío de panteón me entraba por los pies recorriéndome todo. Caminé las dos cuadras y media de siempre rumbo al bus que me llevaría a una entrevista de trabajo,  que de llegar a obtenerlo, ya lo detesto; no por vago, no, señor, sino porque la idea  de cualquier encierro  o rutina me desgastan, me aterran de sólo pensarlo. No tenía más opción; la miseria es así, no da salidas.

En la esquina, aquella  que conozco de memoria vi a Elena. Como están en mí las cosas, verla en cualquier parte es un karma secuencial y repetitivo; pocas veces resulta ser ella, siempre es una fantasma, una ilusión; sin embargo esta vez sí era, no tenía duda. A través del tránsito bruto y salvaje capté la tierna presencia de Elena quien, al otro lado de la esquina, esperaba, no sé qué, sólo esperaba. Su figura impecable, pequeña y hermosa estaba allá, tan cerca de mí, pero siempre tan lejos. Levaba una sombrilla blanca de pepitas de colores y su morral en la espalda. ¡Al demonio el trabajo! ¡Al demonio las responsabilidades! ¡Al demonio yo! —me dije—; por ella, cada riesgo, cada caída, cada intento y hasta cada error vale la pena.

Mientras el tráfico circulaba energúmeno, entre bocinas aturdidoras, mi vida sin ella pasó cual  río turbulento por mis ojos.  De nuevo, como en días nefastos la extrañé, y quise de sus manos una caricia y de su boca un beso cálido.

En mis adentros, en una parte profunda, abisal, una explosión se desató; un remezón, un ¡boom!, estridente y destructivo, cuya onda cargó con lo poco de humanidad, de vida que me quedaba esa mañana; y como el día que la perdí,  quedé roto, amilanado, sin cimientos, sin ganas, sin fe. Quedé hecho mierda. El temblor del bombazo melló mis fuerzas; no pude mantenerme en pie, tuve que sentarme en la acera y encender un cigarrillo para tranquilizarme.  Las rodillas, cual si fueran de gelatina me temblaban, las manos huesudas y húmedas parecían no responder a las órdenes de mi mente. Saqué de mi bolsillo el reproductor mp3 buscando en la música algo de paz.

Una guitarra sonó. La alquimia de los instrumentos logró apaciguarme. Un poco de sosiego hubo en mi atribulada mente. Sin embargo, como si ahí, en esa infame mañana recibiera yo un mensaje de Dios o del demonio ¿por qué no? Las notas y la voz de la canción me dieron una idea; terrible, oscura, absurda, pero idea al fin y al cabo.  Decidí obedecer el llamado que me daba el corazón.

“Every breath you take, every move you make,

every bond you break, every step you take I’ll be watching you.

Every single day, every word you say,

every game you play, every night you stay I’ll be watching you…

Oh can’t you see, you belong to me?

How my poor heart aches with every step you take…”

Movido por  un  impulso ajeno a mi lógica decidí seguirla. Ella revisó su reloj, parece que tenía afán. Desde la esquina  empezó a caminar con rapidez hacia el norte. Yo, con igual angustia me abalance sobre el tráfico y como pude, pase la calle. Un taxi que circulaba urgido alcanzo a frenar antes de cargarme por delante.

—¡Fíjese, hijueputa! —dijo el conductor histérico—. Lo ignoré y seguí tras ella. Sin que me viera, anduve unas tres o cuatro cuadras hasta que llegamos a su lugar de estudios. Con el afán que llevaba entró a un edificio  moderno.

Sabía que la espera allí podía ser muy larga; tan sólo eran las ocho de la mañana; el día apenas empezaba. Sin perder de vista la entrada del lugar, que esperaba yo, fuera la única, me senté en una esquina. Allí, bajo una lluvia lastimera esperé. Pasé toda la mañana en ese lugar, me paraba a veces  a estirar las piernas y a engañar el entumecimiento de mis huesos. Fumaba y fumaba. La gente pasaba y se me quedaba mirando con extrañeza. No es normal que un tipo como yo, de cabello largo y desordenado, vestido con una gabardina gris que me cubría hasta debajo de las rodillas pasara desapercibido. Esos extraños transeúntes, en medio de esta sociedad del terror, el miedo y la esquizofrenia habrían de pensar, al verme ahí, quieto, incesante y obstinado, que yo, quizás sea un asesino serial, un degenerado, un depravado, un peligro. Tantas veces se habrá de mi pensado eso, que  un día me lo creeré, y sí, resultaré  un daño para la sociedad. Por ahora, para el único ser vivo que yo soy un peligro es para mí.

El estómago me hacía sonidos del hambre que tenía; los pies y las manos me temblaban de frío. Eran más o menos la una de la tarde cuando salió, cuando por fin salió. De nuevo en mí, las llamas del infinito amor por ella ardieron de deseo y desesperación.

Se dirigió hacia la esquina en la que estaba. Yo, ansioso por no saber qué hacer, bajé una cuadra y entré a una tienda. Allí pedí un cigarrillo y unas galletas.

Elena pasó por ahí; sentí su olor, el corazón me dio un salto salvaje; quise irme sobre ella, abalanzarme como un animal y darle el abrazo urgente que tanto esquivamos. El sentido común me lo impidió. Apenas supe que podría mantener una distancia prudencial continué la tarea de seguirla. Después de caminar tres cuadras, llegó a una esquina donde había un vivero. Desde donde yo estaba, pude ver lo que hacía. Tomó su celular e hizo una llamada. Duró en la esquina quince minutos; de pronto un chico delgado, no muy alto, de apariencia sencilla y descomplicada, pelo rizo e hirsuto, apareció. Con fuerza, la abrazó; luego cruzaron unas escuetas palabras, finalmente, firmando mi desgracia, el hombre le dio un largo y amable beso en la boca.

Sí, en la boca, ese lugar reservado sólo a los amantes, tan ajeno para los otros. Punto de la cara a donde no llegan todos, lugar en el que la necesidad y el amor se hacen algo físico, tangible. La boca, dulce, cálida, sincera; su boca, esa que yo también besé y que hoy sólo anhelo; en la que yo me perdía en las comisuras de sus labios rosados, en su lengua jugando entre mis dientes. La boca, el lugar del beso, el beso, la expresión del cariño, el te extraño dicho de otra forma.

Me derrumbé. No tuve ganas de seguir; no era cosa que quisiera ver más. Sin embargo, a pesar de eso que me invadía, que me absorbía, por encima de los celos cáusticos, la ira sobrehumana y en un masoquismo malsano, los seguí a los dos. Caminaron unas cuadras, tomados de la mano, hablando en un cariño cómplice, riendo, sonriendo, abrazándose de vez en cuando. Yo atrás, hecho mierda, igual que fantasma iba tras ellos. Nunca, en ese espacio de tiempo se percataron de mi presencia.

Anduvieron un rato recorriendo las calles lluviosas de la ciudad. Entraron a un edificio viejo. Tan pronto los perdí de vista, corrí hacia el mismo lugar en el que les perdí el rastro. “Academia de baile”, decía un letrero.

Con más fuerza arreció la lluvia. Desde una ventana de nuevo los vi. A pesar del sonido de las gotas estrellándose contra el pavimento y de los bullicios normales de esta metrópoli de hierro y asfalto, pude escuchar una milonga triste sonar. Alcancé a verlos a través de un cristal. Los dos se estrechaban con fuerza. Al compás de un tango subliminal se movían de derecha a izquierda, de izquierda a derecha. El hombre, con respeto, pero con pasión, ponía sobre sus manos los muslos de Elena. En ese fatídico y mojado momento quise ser él; ser sus manos, que podían hacer eso que yo tanto anhelaba, sentirla, tocarla, recorrerla. Deseé también  desaparecer, no ser nada, que esta masa de hueso y carne que encierra mi alma dejará de existir.  Con abismales fuerzas anhelé dejar esta tierra a ver si así paraban las infames emociones que me dominaban, que me hundían,  si así dejaba de amarla tanto.

De noche salieron del lugar. Entraron a un café donde se demoraron más o menos una hora. Pensando en lo que estarían haciendo, me trabajaba a mil por hora la mente. Cuando salieron, de nuevo los seguí. Caminaron hasta la casa de ella; trayecto que había recorrido tantas veces que lo conocía de memoria. En una esquina, cerca de la casa se detuvieron. Hablaron un rato, y de nuevo, un largo abrazo precedido por el beso criminal se hizo ante mis ojos. Ella desapareció, él se quedó  esperando que entrara a la casa. Luego camino en la dirección de la que yo venía.

Yo, del frío y la desesperación, tenía las manos entre los bolsillos del gabán gris. Apretaba mis puños con tal fuerza que pude  sentir la carne de mis manos en mis uñas. El hombre caminaba lentamente hacia mí. Cuanto más cerca estaba, más me embargaba una sensación salvaje. Mi corazón, cual tambor selvático, gruñía, las venas de mi cabeza latían con fuerza; no me circulaba sangre sino una locomotora desbocada. Pasó junto a mí, vi su rostro, sentí su olor; sin que él se imaginara quién era ese tipo extraño de paso lento y gabardina gris, sí supe yo quien era él. Nuestros hombros se chocaron.

—Perdón —dije.

—Todo bien —respondió.

Él continuó su camino, yo el mío. Llegué a la entrada de la casa de Elena, mujer de mis desgracias. Me quedé un rato viendo la fachada verde de puertas blancas y quise, como antes, llamar a su puerta y esperar que saliera para decirle cuanto la quería.

Como no era posible, con las gotas cayendo sobre mí, en la entrada de su casa fumé un cigarrillo mientras me perdía en los recuerdos y en la nostalgia. Camine con un collage horrible de imágenes en mi cabeza. De nuevo, volví a la realidad, mi realidad, ajena y distante. Recorrido las calles húmedas, llenas de seres inciertos, supe cuanto la quería.

I’ll be watching you

Éste es un relato que ha cedido David F. Barrera para este blog. Desde aquí mi agaredeciemiento y, si queréis leerle, podéis hacerlo aquí.

Imagen: tecnoculto.com

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La leyenda del trovador

Hace años aprendí que la magia no existía. Que la vida era sencilla y fría. Gris, sin encantamientos. Dejé de leer los libros en los que se contaban historias de princesas, de dragones y de hadas. Recuerdo que mi adolescencia se convirtió en un golpe de realidad, de tristeza y de desazón al saber que nada de lo que soñaba se convertiría en realidad. Que simplemente seguiría en mi remota y diminuta aldea, junto a la laguna, paseando día a día y observando cómo la hierba se amarilleaba en cuanto comenzaba el verano. Hilando, recogiendo el agua del pozo, esperando a que me arreglasen un matrimonio con algún granjero que, con suerte, pudiera alimentarme sin muchos problemas. Escuchando el horrible y estridente canto de la cigarra.

Entonces apareciste tú. Y me convertí en espectadora de una leyenda.bote_al_pie_del_lago-1280x1024

Aquel día perdí la noción del tiempo al ir al bosque cercano a recoger bayas. Estaba siendo un año seco, con malas cosechas y toda aportación para comer nos venía bien. Sin embargo, me di cuenta de que se estaba haciendo de noche cuando ya era demasiado tarde. Comencé el camino de vuelta a casa, algo preocupada por la oscuridad, pero pensando que, seguramente, en poco tiempo saldría la Luna y me iluminaría en el camino.

Entonces oí tu voz. Era dulce, profunda. No entendía lo que decías, pero desde el primer momento me resultó hipnótica. Provenía de la orilla de la laguna, entre los juncos que se mecían suavemente con la brisa que traía humedad desde la gran masa de agua. Me acerqué sigilosamente, me asomé entre las plantas. Y allí estabas. Al hacerlo me tropecé, hice ruido y nuestras miradas se encontraron.

Aunque me gustaría poder decirte lo contrario, no sé que vi en ti. No eras nada especial, no eras guapo, ni alto. Me resultaste contrahecho, tu piel presentaba demasiadas marcas del paso de la vida y tus ojos saltones traían con ellos una mirada demasiado intensa. Pero yo no podía moverme. Creo que fue tu voz. Desde el primer momento en que la escuché, me dejó hechizada.

Eras un trovador, de eso no me quedó duda nada más contemplarte, y mucho menos cuando, después de acercarme a ti, seguiste cantando. Lo hiciste porque en ese momento, por fin, la Luna se asomó entre las copas de los árboles del bosque y tú te giraste para verla. Sin dudarlo, volviste a entonar tu canto. Hablaba de amor, de un amor embrujado. De algo imposible y demasiado intenso para que yo, en mi inexperiencia, comprendiera lo que quería decir.

Sin embargo, me senté junto a ti. Y así te convertiste en mi mejor compañía. Cada noche me sentaba junto a ti y escuchaba tus canciones. En ellas se sentía tu larga vida, la intensidad con la que habías vivido. Se sentía ese dolor, esas cicatrices que aún sangraban a veces. La tragedia te acompañaba siempre. Sé todo lo que sufriste, pero no quiero volver a hablarte de ella. Sé que no deseas revivir el drama, el sufrimiento. Sé que siempre que piensas en ella existir se vuelve casi agónico.

Pero fue gracias a ti que volví a creer en las aventuras, en los sueños y en la magia, pues tú siempre cantabas con ilusión. Decías que sin ella era imposible vivir una vida feliz. Pero también aprendí que esa magia no siempre estaba llena de hadas, ni de belleza. Lo supe cuando empecé a soñar contigo y esto se convirtió en mi mayor dolor. Tú sólo mirabas a la Luna. Era como si ella te hubiese hipnotizado de la misma forma en que tu voz me había seducido a mí. Sólo te volvías para mirarme al llegar. Luego, me dabas la espalda y contemplabas el maravilloso astro. En las noches de Luna Nueva siempre estabas destrozado porque no podías verla en el firmamento. Te tumbabas sobre los juncos y tus ojos brillaban vítreos y tristes a la luz de mi farol. Fue entonces cuando supe el final de tu trágica historia. De ese doloroso amor que te había abandonado. Supe que ella había muerto y que tú la veías en el astro. Que te recordaba a ella. Que, para ti, ella era la Luna. Pero sabía también que aquel embrujo estaba acabando contigo. Aunque tú no querías salir de él. Intenté hacerte comprender. Intenté que sintieras mi calor, mi apoyo, mi amor. También traté de traerte a la realidad con crudeza, intenté que te dieras cuenta de que ella no iba a volver. Que había dado su sangre, que estaba muerta. Que era fría, como esa Luna tuya. Como si las estrellas hubiesen absorbido su vida. Como si ella se la hubiera dado en honorable sacrificio.

Quise advertirte, porque me di cuenta de cómo esto te estaba cambiando, de cómo te estaba transformando. Vi cómo cambiabas lentamente y supe que sólo podía deberse a un encantamiento. Parecía una maldición, y yo veía cómo iba inundándote y venciéndote lentamente. Quise prevenirte para que no te convirtieras en lo que eres. Pero también porque una parte de mí no quería renunciar a que me quisieras. No me hiciste ningún caso. Lamento haber perdido la batalla, aunque sé que tu única forma de ser feliz era seguir con esa ilusión de cantarle a tu cautivadora Luna. A veces me siento un poco estúpida por haberle dado todo mi amor a una criatura que, después de todo, no era tan perfecta. Pero no puedo dejar de ir a verte cada noche. A pesar de que ya sólo eres un sapo.

Sapo Cancionero,

canta tu canción,

que la vida es triste

si no la vivimos con una ilusión

Imagen: fondosya.com

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Y recuerda que esta semana termina el concurso 20Blogs, aún estás a tiempo de dejarme tu voto. Mil gracias

Ciclogénesis explosiva

Ciclogénesis explosiva

Fuente: i.myniceprofile.com

—Hoy sí que he tenido un sueño raro —me dice, sin mirarme directamente a los ojos, fijando los suyos únicamente en la infusión, sin teína, que remueve despacio, pero como si le costase un esfuerzo sobrehumano.

Después, se pasa la mano por el pelo. Hoy lo lleva muy liso y brillante. Se ha arreglado más de lo normal. Y yo sé que hace eso cuando está deprimida, en un intento de levantar su moral o, al menos, de no desmoronarse por completo. Sus ojos están tristes, pero ella está muy guapa.

—A ver, ¿qué has soñado?

—Estaba en un lugar precioso. En alta montaña. Al principio parecía que estaba todo nevado. Pero no, en realidad, eran unas montañas congeladas, hechas de hielo. Había incluso una pequeña cueva. De ella, brotaba un hilillo de agua. Y, a su alrededor había florecillas moradas. Me acercaba a tocarlas y entonces algunas de ellas comenzaban a moverse y descubría que, más bien, eran pequeñas haditas y pajaritos de colores. Volaban.

Está muy guapa, a pesar de que, desde hace tiempo, se ha teñido el pelo de un rubio muy claro, platino. Esto acentúa su palidez, pero, sorprendentemente, le favorece. La primera vez que la vi así, la llamé la Reina de las Nieves.

—¿Qué te parece el sueño? Venga, que a ti te gusta interpretar este tipo de cosas.

Por fin, me mira a los ojos. Aunque es sólo un segundo.

—Pues el agua suele simbolizar las emociones. Así que parece claro que ahora mismo tus emociones están congeladas.

—Vaya novedad. Para eso no necesito soñar con montañas. Ya sé que he perdido la capacidad de emocionarme.

—Es normal cuando has tenido malas experiencias —intervengo, recordando la semana anterior a aquel cambio de aspecto. Hace ya muchos meses de eso—. Ya sabes, odio, arrepentimiento, decepciones… Todos pasamos por épocas así.

—No sé, creo que es algo más —apostilla—. Algo de lo que no me veo capaz de recuperarme. Es como si algo hubiese cambiado en mí para siempre. La forma de ver la vida. Más cínica, o más desencantada. O tal vez sea que ya pienso que el tiempo de vivir así ha pasado. De todas formas, no tengo una gran autoestima en estos momentos. Me siento poca cosa.

Lo sé. Y te creo, aunque no esté de acuerdo en absoluto.

—Pero en tu sueño el deshielo ha comenzado. Eso podría significar que algo está empezando a cambiar en ti. Y esas flores, esas hadas… podrían tener que ver con la capacidad de ilusionarse y el retorno de la primavera.

—Mira, a lo mejor tienes razón —concede mientras juguetea con la bolsita de té y su mirada sigue baja—. Pero no me siento así. Además, era un hilillo de agua en una montaña de hielo. Tanto hielo no se derrite así como así. Hace falta…

—…mucho calor —la interrumpo.

Yo albergo calor suficiente para fundir todo ese hielo. Pero este año he aprendido algo. Cuando un frente muy cálido y otro muy frío se unen demasiado rápido, se producen vientos huracanados, destrucción; todo es demasiado intenso. No sé cuántos temporales llevamos ya este año ni cuántos puertos, diques y malecones se han destruido a causa de este fenómeno.

—En realidad —me corrige—, iba a decir que hacen falta muchos días de mucho sol.

Incluso, si estás a demasiada altura, demasiado lejos de todo, vivirás en un lugar tan frío que las nieves y el hielo serán perpetuos.

—Yo creo que también hace falta un poco de valor. Para salir de ese lugar tan frío. A lo mejor no quieres salir. Allí nada se mueve, no hay riadas ni peligro. No hay…

…no hay temporales. Ni ciclogénesis explosiva.

—No hay nadie. Puede que sea eso. Nadie irá hasta allí. No es un lugar al que nadie quisiera ir.

Yo iría.

—No digas eso. Sólo son épocas. Pasarán.

—No estoy tan segura. Puede que simplemente siga siempre así. Puede que la única razón por la que me duela aislarme es por ese hilillo de agua que corre. Tal vez sería mejor que también se congelase. Así, dejaría de importarme la soledad, sentirme una mierda y haber perdido toda la confianza en que alguien se pudiera fijar en mí.

Ardo por dentro sin que la Reina de las Nieves perciba mi calor. ¿Que nadie se ha fijado en ti? ¿De verdad disimulo tan bien?

Resoplo, contrariado.

—¿Oye, te pasa algo?

Me mira fijamente, pero parece no ver más allá. Sus ojos son oscuros, pero, aún así, parecen un muro helado. ¿Y si se lo digo? ¿Derretiría todo ese mundo congelado? ¿Qué puedo perder?

—Nada. Sólo es que estoy cansado. Camarero, ¿puede ponerme un café solo y con mucho hielo?

Me duermo con el auricular de la radio dentro de la oreja izquierda. La ventana que está pegada al borde de la cama no es capaz de aislar por completo el frío de la noche. Está nevando. Hoy se ha vuelto a desencadenar una ciclogénesis explosiva. Pero fuera, en la calle. Aunque yo estoy congelado. No importa con cuántas mantas me cubra.

 

If I could melt your heart…

 

 

Podéis leer la letra traducida aquí.

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El fabricante de pociones

ElFabricantedePociones

Foto: Juan Jover (www.apratizando.com)

Muérdago, ortiga, albahaca, azafrán, orégano, cilantro, lúpulo. Y acaba de llegar mi último pedido de pensamientos. Son mis favoritos. Su nombre tiene mucho que ver con su función. Machaco sus pétalos lentamente en el mortero de bronce, extraigo el líquido que se deposita en el fondo y lo cuelo con un embudo. Es el último ingrediente que deposito en el caldero. Con un reloj de arena, calculo los cinco minutos que debe hervir junto al resto de los ingredientes en el alambique. Extraigo el líquido que se libera de la reacción. Lo tomo, delicadamente, con un cuentagotas y lo deposito en un pequeño frasco de cristal azulado, adornado con filigrana de cobre. Tomo un pedazo de papel grueso y, mojando la pluma en tinta roja, escribo: Poción de Adoración. Después, perforo un extremo, introduzco en él una cinta de seda que ato después al frasquito. Ya está listo para ser vendido.

Abandono la trastienda y me dirijo a la tienda. Mi mostrador de madera de caoba aún no recibe la cálida luz del sol, parece estar durmiendo todavía. Me muevo entre las fuertes estanterías de roble, colocadas en las paredes de la habitación a modo de expositores. Paso por delante de las diferentes secciones y voy comprobando que cada estante tiene el producto correspondiente: elixir de amor, en un pequeño bote forrado en terciopelo rojo. Vigorizante, dentro de unas licoreras de color azul brillante. Perfume de atracción, dispuesto en mínimos frascos hechos de ámbar. Filtro de belleza, disponible en sus dos variantes: un tarro de grueso cristal negro, donde caben un par de pellizcos de crema o una botellita que alberga su versión de bebedizo. Olvido sin dolor, esencia de pasión, sueños de amor… Mi tienda de pociones ya está lista para comenzar el día. Soy el único que aún sabe fabricarlas y desde siempre he tenido un éxito rotundo, pues traigo a los corazones el sosiego que no son capaces de obtener si no es con el refuerzo de un compañero amado. Todos necesitamos que nos quieran. Todos dependemos de la atención de los demás más de lo que nos gustaría a veces admitir. Y yo les proporciono un camino para lograr estas atenciones, por una cantidad nada desdeñable de dinero. Me ajusto mi preciosa casaca verde esmeralda de terciopelo de seda, adornada con botones y cadenas de oro blanco y levanto las persianas. Descorro el cerrojo y giro la lámina de plata para que, desde fuera, se lea el grabado en el que reza “ABIERTO”, en letras mayúsculas.

Pero, por segundo día consecutivo, cierro la tienda a la hora de comer sin que haya entrado ningún cliente. No me lo explico. Mi negocio no sabe de crisis, el amor no sabe de dinero. Cuando uno se obsesiona y pierde la cabeza, gasta lo poco que tiene para lograr ser correspondido por el objeto de su desesperada dependencia. Pues todos creemos que el amor nos salvará de todos los males de la vida.

Lo cierto es que empiezo a preocuparme. Si la cosa sigue así, no podré mantener mi tren de vida. ¿Pero adónde han ido todos? No alcanzo a entender que mi clientela habitual haya huido en desbandada. Decido salir de la tienda y dar un largo paseo hasta una taberna, a una media hora de camino, para intentar tranquilizarme y pedir algo delicioso, que me ayude a evadirme de mis problemas. Seguro que no es más que un parón pasajero, me digo.

Pero, en mi paseo, justo antes de llegar a la taberna, me detengo en seco. Me topo con uno de mis clientes habituales. Es una mujer regordeta, entrada en la cuarentena y que no se ha casado. Ha tenido varios romances en los últimos años, todos propiciados por mí. Se mueve siempre insegura, con mirada huidiza. Por eso me sorprende encontrarla tan resplandeciente y segura de sí misma. Su atuendo es igual, pero su aura es otra. ¿Qué le ha sucedido?

—¡Vaya, qué sorpresa! —me dice con una sonrisa.

—La sorpresa es mía, señora. Estaba preocupado por usted. Ya me la imaginaba enferma, pues hace ya mucho que no pasa usted por mi tienda…

—Sí, es cierto… —la mujer esquiva mi mirada. Parece pararse un momento a pensar, antes de decidirse a hablar—. Bueno, a usted no puedo mentirle. En realidad, no veo razón para hacerlo. He estado muy contenta de ser parte de su clientela durante tanto tiempo, pero posiblemente no vaya más por allí. Aunque podemos ser amigos, fuera del negocio —añade, con una sonrisa ciertamente cautivadora.

Pero yo no puedo ocultar mi decepción.

—¿Y por qué no va a venir más?

—Bueno, es que he encontrado otros productos que me han resultado más satisfactorios. No es que los suyos no sean buenos, entiéndame, su trabajo es impecable. Pero éstos son… digamos que son diferentes, funcionan de otra manera.

—¿Y podría decirme quién me está haciendo la competencia?

—Venga, no se enfade, si usted tiene a muchos clientes, una menos no le hará ningún mal. Pues mire, precisamente vengo de esa tienda. La tiene al final de la calle, nada más doblar la esquina. Se llama “Amor Propio”.

—¿Amor propio? ¡Venga ya! —espeté.

—Es muy original, ya lo verá. Bueno, me alegro de verle y de que siga usted tan elegante como siempre. Me marcho, mi prometido me está esperando para comer.

—¿Prometido?

Aunque mi voz suena incrédula, la mujer sólo se ríe. Me planta dos besos y se marcha. Yo giro la cabeza hacia el lado contrario por el que se ha marchado y me dirijo a la famosa tienda que me está quitando el sustento tan necesario. Bueno, y las posibilidades de comer de restaurante todos los días, pasar las vacaciones en Indochina o vivir en un palacete con jardín en pleno centro de la ciudad. Camino, apretando los dientes, preocupado por lo que vaya a encontrar e imaginando mentalmente cómo voy a increpar a la persona responsable de la fuga de mis clientes.

Giro en la esquina. La tienda es bastante grande, tiene una cristalera enorme y está llena de mensajitos vistosos, escritos sobre pegatinas y pegados contra el escaparate, que utilizan a modo de mural. Aunque la letra es bastante pequeña, puedo distinguir algunos smileys dibujados con rotulador grueso. ¿Qué demonios es este lugar?

Entro. En lugar de un sonido de campanillas como el de mi tienda, suena un pitidito alegre, pero que a mí se me antoja impertinente. Las estanterías no son clásicas, como las mías, sino que parecen sacadas del IKEA. Están llenas de frasquitos con etiquetas prefabricadas, escritas con Dymo. Me cuesta acercarme para leer lo que contienen, pues la tienda está llena a rebosar. De hecho, he reconocido ya a varios de mis clientes en el interior. Me abro camino entre las riadas de clientes y  empiezo a mirar los carteles de los productos: Empatía en botecitos. Aceptarse a uno mismo en tarros de metacrilato. Asertividad, en un cuentagotas. Confianza en uno mismo, en una botella que parece de un perfume infantil. Valor, en un difusor en spray. Independencia en tarros de vidrio de colores vivos. Amor propio. Éste está en frascos transparentes,  en el centro de la tienda, bajo un cartel que indica: “best-seller”. La gente de la tienda sonríe, está de buen humor. Irradian calidez. Algunos acuden solos, otros, con amigos. Unos pocos, en pareja. La mayoría están resplandecientes. Pero ¿qué locura es ésta? Este hombre va a acabar con nuestro sistema. Si la gente afianza su confianza en sí misma, su autoestima, su independencia, dejarán de ser dependientes. Y, por supuesto, por eso ya no necesitan mis productos de belleza exterior o de seducción. ¡Es mi ruina!

—¿Puedo ayudarle, señor?

Me giro. Un chaval de unos 30 años me mira sonriente.

—¿Es usted el responsable de esto?

—Así es. Estoy muy contento con el resultado de la tienda.

—Ya, pues yo no —añado, mientras lo sostengo por las solapas de la camisa.

—¡Oiga, tranquilícese, por favor! Si me amenaza, no me resultará fácil ayudarle. Vayamos a la trastienda. Déjeme que le invite a un café.

—Así que es eso —me dice, una vez que le he explicado la situación, café en mano—. Vaya, no sabía de la existencia de su negocio, señor. Nada más lejos de mi intención que robarle a usted su forma de vida. Lo cierto es que mis elixires funcionan muy bien. Mucha gente me ha dicho que gracias a ellos han dejado de ser dependientes…

—…y ésa es la razón por la que ya no necesitan venir a mi tienda.

—Ya… no sabe cuánto lo siento. Me gustaría poder ayudarle. Se me ocurre algo. Como verá, mi tienda está ya saturada, y apenas lleva abierta un par de meses. ¿Qué le parecería vender estos productos en su barrio? Yo le enseñaría a crear los mismos elixires que fabrico aquí. Y acordamos una comisión por el uso de mis fórmulas. Yo mismo anunciaré la venta de mis productos en su tienda- No le costará nada probar y, como ve, hay mucha gente dispuesta a consumir estos productos para conseguir la ansiada confianza en sí mismos.

Observo al joven, que me ofrece su mano. Yo me siento orgulloso de mis pociones, pero es cierto que no tengo nada que perder. Tras tomar el último sorbo del café, asiento y le estrecho la mano.

—¡Cuánto me alegro! Mañana es sábado y no abriré por la tarde. Venga usted a las tres y dedicaremos toda la tarde a nuestro proyecto.

El sábado se presenta luminoso, alegre. Yo camino esperanzado, con la ilusión de volver a ver mi negocio prosperar. Casi me apetece sonreír. Doblo la esquina, dispuesto a llamar a la puerta de una tienda que ya debe de llevar una hora cerrada. Pero me la encuentro entreabierta. Un hombre se cruza conmigo, saliendo a todo correr y casi hace que me caiga al suelo. En su carrera, se le cae una caja de tarjetas de visita de dentro de la chaqueta. Me agacho y las recojo.

—¡Oiga! ¡Se le han caído sus tarjetas!

Pero al hombre no parece importarle. Sigue corriendo, como si huyera del mismísimo Diablo. Miro la caja de las tarjetas. Entonces me doy cuenta de que está mojada, con algo pringoso. Y veo una mancha rojiza en mis dedos.

Con el pulso acelerado, entro en la tienda. Musito un “hola”, deseando que el dueño de la tienda me responda. Pero enseguida lo encuentro. Está tirado en el suelo. Le sangra el pecho. Sus ojos están abiertos, pero no mira a ninguna parte. Siento que me ahogo. Me apoyo con una mano en una de esas estanterías prefabricadas, angustiado y sin poder dejar de mirar a los ojos al hombre muerto. Aquel hombre tan agradable, que estaba dispuesto a ayudarme porque mi falta de prosperidad se debía a su capacidad de ayudar a los demás a ser felices.

Entonces recuerdo la caja de tarjetas de visita. Por seguro, llevarán el nombre de la persona que ha huido y se ha cruzado conmigo. No hace falta ser muy listo para sumar dos más dos y deducir que es él quien ha asesinado al encargado y se ha dado a la fuga. Abro la caja y extraigo una de las tarjetas. Su nombre no me suena. Pero el logotipo, sí. Es una banderola triangular, de color verde esmeralda y con letras blancas en su interior. Le doy la vuelta a la tarjeta. En ella aparecen varios eslóganes, como “Ya es primavera”, “Si no queda satisfecho, le devolvemos su dinero”, “Ya está aquí la semana fantástica” o “Disfrute de los 8 días de Oro”.

Dudo un instante. Podría entrar en la trastienda, tomar la información de los elixires para fabricarlos yo mismo. Pero estoy casi seguro de que han volado. Tal vez podría hablar con los asesinos y negociar con ellos. Y lo más legal, que sería denunciar el crimen.

Sin embargo, aprieto con fuerza la cajita en mi mano, salgo de la tienda y camino hasta el río. Cuando llego allí, me asomo por la barandilla y, con un balanceo de mi brazo, arrojo la cajita al agua. Me quedo mirando cómo se hunde y desaparece.

En un mundo donde todos se sienten bien consigo mismos, no hay sitio para hombres como yo, ni para empresas como la del triángulo verde. En un mundo feliz, no hay sitio para el consumismo. Ni de ropa, ni de productos de belleza ni, por supuesto, de pociones para tapar todos nuestros complejos.

Dígame de qué sufre usted

que yo le tengo un brebaje

que le devuelve el tono

y lo pone bien

Espero que os haya gustado mi relato antirromántico para san Valentín 🙂

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El faro (por KATREyuk)

El faroSentado allí, los recuerdos volvían adheridos a la brisa marina, mientras tras la puesta de Sol, el faro le ponía compás con su luz a la tarde, y me llevaba de la mano a un anochecer fresco para el cuerpo y cálido para el alma.

Desde que conocí aquel rincón me cautivó, con aquellas piedras que no hacían mal de silla, y el olor de los tojos en flor mezclándose con el del mar, al borde de un acantilado, delante de aquella estructura blanca con cabeza luminosa.

Depositaba mis penas en el aire, y se las llevaba, allí dibujaba sueños, y la magia de aquel rincón me ayudaba a elegir cuales debía borrar, y cuales debían quedarse. Allí crecí y me hice hombre, mientras una luz incansable acariciaba el horizonte, siendo brújula de otras vidas como la mía, testigo de pensamientos que circularían entre barcos en mi querido e inmenso azul.

Era inevitable recalibrar tu vida al asomarte a aquel acantilado, que por suerte, no había salido en casi ninguna página de los periódicos por gente perdida poniendo allí fin a su vida, en aquel lugar había algo más que nostalgia, había un punto medio entre los grises del mundo y la más plena alegría de la vida, había una sólida razón para quedarse en el mundo… me llenaba de vida volver allí, una y otra vez, a ver cómo el faro contaba olas, cómo las gaviotas se dejaban mecer por el viento, recordándome cómo cuando acaba una historia… empieza otra.

Aquel día pensé en ella, en cómo mis besos pretendían dejar cicatriz en una piel que era impermeable a ellos, que no se dejaba conquistar por sentimientos grabados a fuego en mis retinas. El amor no siempre se entiende bien, y huyendo de mi, ella se refugió en los brazos de un hombre que la llevaría a una amargura y soledad difíciles de llevar ¿Me echaría de menos entonces? Me daba igual, el tiempo la había diluido en mi recuerdo, ya no recordaba su olor.

Recordé también a los únicos dos amigos que había perdido en el camino hasta entonces, en la ironía presente en sus finales, en el doble sentido que parece esconderse detrás de muchos de los sucesos casuales de la vida. Está claro, nada es para siempre, si entendiéramos lo fugaz del ahora, el mundo sería un lugar mucho mejor, y seríamos personas distintas, para nosotros, para los demás, intentando ser constantemente el reflejo de lo que nos gustaría ver en el mundo.

Empezó a calarme el frío poco después del anochecer, y decidí volver a casa.

Subí la colina, y mirando atrás, me encontré con la luz del faro colándose en mis ojos y atravesando mi alma. De algún modo, aquel sitio de nuevo había compartido conmigo un secreto, una idea, un camino… y emocionado, y con los ojos húmedos de alegría y frío, aún cegados por la luz de aquel sabio lugar, decidí hacerle caso.

We can drive it home
With one headlight

 


Aquí la letra en español.

Gracias a KATREyuk por animarse a colaborar en el blog con este relato. Podéis leerle en http://www.peorparaelsol.com/

Imagen: wallpaperstock.net
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Noticias

Noticias2

Se movía convulsivamente, jadeaba de una forma casi exagerada, subida encima de mí. Una amante más. Sin embargo, algo dentro de mí y que aún pensaba con la cabeza me decía que debía sentirme afortunado porque, al menos, había ligado aquella noche. Mientras, ella seguía moviéndose y, de vez en cuando echaba la cabeza, y la melena rubia teñida hacia atrás, a la vez que dejaba escapar un grito demasiado teatral. Para entonces, yo ya no pensaba; sólo sentía y la sostenía por las caderas, balanceándola ligeramente.

Lo cierto es que no estuvo mal. Al terminar, como en una película de Hollywood – casi a la vez – ella se inclinó hacia mí y me dio un beso demasiado casto en los labios – sin siquiera entreabrir la boca – y descansó, apoyada sobre mi pecho, durante unos segundos.

Yo la abracé de forma demasiado sentida, demasiado cariñosa, casi como si fuera mi novia o algo así. Esto debió de hacerle gracia, pues rió, casi sin hacer nada más que resoplar, antes de preguntarme:

—¿Cómo me llamo?

Aflojé mi abrazo. Lo cierto es que no tenía ni idea. Ni siquiera estaba seguro de que me lo hubiese dicho antes de venirse conmigo.

Ella dejó escapar una carcajada amarga a la par que se separaba de mí.

—¿Sabes lo más curioso? —me dijo, mientras se ponía la poca ropa que se había quitado—. Tú y yo ya nos conocíamos antes de esta noche. Yo estuve trabajando un par de semanas con una novia que tuviste. Un día viniste a recogerla, traías unos folletos de una agencia de viajes. Querías llevarla a algún sitio de la costa Oeste americana. San Francisco creo.

—Los Ángeles —corregí secamente.

Estaba asqueado. Un poco por no recordar a aquella chica, pero sobre todo porque me hubiese hecho rememorar aquellos momentos. Ya no me hacía ilusión haber ligado aquella noche. Irritado, alargué la mano en la oscuridad y tanteé, hasta que encontré la botella de Martini. Había acabado debajo del asiento del conductor.

Sentí ganas de escupir, pero me limité a empinar el codo y dar un trago. La rubia se rió. Y empezó a caerme mal. Aunque he de decir que tampoco me había caído demasiado bien al principio. Pero no estaba mal. Y había visto claramente lo que los dos estábamos dispuestos a hacer.

—No sabes ya nada de ella, ¿no? —me preguntó mientras se cerraba la cazadora—. Yo me la encontré hace ya unos meses, ¡con dos críos! Me contó que se había casado. Quién lo habría dicho, con lo pieza que era entonces…

Eso es lo que se debe de sentir cuando te clavan un arpón en el pecho.

Noticias—Ya —traté de parecer tranquilo, como si no me hubiera atravesado de lado a lado con aquella noticia. Miré al infinito. Tragué saliva, apreté los dientes. Me clavé las uñas en la palma de la mano.

A aquellas alturas ya la odiaba. Quería que se largase de allí. Echarla.

Ella no pareció darse cuenta de mi cambio de actitud. Pero, de todas formas, salió del coche. Se asomó para mirarme justo antes de cerrar la puerta.

—No hace falta que me acerques. Tengo la moto ahí al lado. Además, yo creo que deberías dormir un poco antes de conducir. ¡Estás muy borracho! ¡Adeu!

Ni adiós le dije. Me habría gustado darle una patada en el culo antes de que se fuera.

Cuando el sonido de sus pasos se hubo perdido como el eco de algo sucedido hace demasiado tiempo, sentí ganas de fumarme un cigarro, para acallar en mis entrañas el dolor que me habían causado sus palabras. Había sido como recibir un puñetazo muy, muy fuerte, pero el dolor no se me pasaba. Porque me había golpeado sobre una herida que nunca había dejado de sangrar…

Y esto es lo último que recuerdo con claridad. Lo siguiente, un rayo de sol en los ojos que me hizo abrirlos, y un dolor muy fuerte en la frente. En realidad, me dolía toda la cabeza. Estaba aturdido, pero no pude evitar dejar escapar una carcajada. Seguía borracho. Con cada pitido de la sirena, me dolía la cabeza un poco más. Pero no me importaba. En realidad, me hacía gracia.

—Está bien —dijo el médico que se encontraba junto a mí, vestido con ropa reflectante, a otro que estaba más lejos—. Debe de haberse distraído mirando hacia la vista de los edificios. Se ha salido en la curva y se ha chocado de frente con esta palmera. Menos mal que iba despacio.

—Pues a mí me parece una putada—le contradijo el otro. Su voz era chillona, no me gustaba.

—¿Por qué?

—Porque el morro del coche está destrozado. ¿Tú sabes la pasta que le va a costar arreglar eso? ¡Es un Cadillac!

El amanecer me sorprenderá
dormido, borracho en el Cadillac,
junto a las palmeras cruce solitario.
Y dice la gente que ahora eres formal
y yo aquí borracho en el Cadillac
bajo las palmeras cruce solitario.
Y no estás tú, nena…

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Imágenes: colortears.com y wallpaperz.blogspot.com

El Penal

ElPenalReconocí aquella mirada en cuanto el hombre puso un pie en la sala que hacía las veces de comedor. Era la misma que había puesto yo cuando había entrado en el centro por primera vez. Parece un detalle sin importancia, como si fuera simplemente un lugar en plena mudanza, al que le faltan aún algunos detalles. Luego, un segundo después, caes en la cuenta de que la razón por la que en torno a esas mesas no hay ninguna silla es bien distinta. Todos los que allí viven llevan la silla incorporada, nunca se separan de ella porque no pueden caminar. Unos la arrastran con ayuda de las manos, los más afortunados tienen un pequeño motor que la dirige con facilidad. Lo que peor están, ni siquiera pueden sentarse y los mueven a duras penas en camillas. Así es un centro de daño cerebral.

Creo francamente que todas las personas deberían visitar uno de estos lugares durante su juventud, a ser posible en sus primeros años de adolescencia. Así, aprenderían lo peligroso que es pasarse de copas y coger el coche o no respetar las normas del tráfico como si fueran invulnerables. Entenderían que las drogas pueden pasar factura y dejarte hemipléjico, cambiando tu vida en un solo instante. También aprenderían que hay que apreciar el presente, porque nunca sabes cuándo va a cambiar tu vida y vas a verte impedido, cuándo vas a suponer un problema para la gente que te quiere o cuándo te vas a dar cuenta de que nadie te quiere lo suficiente como para responsabilizarse de la carga en la que te has convertido. Que cualquiera de nosotros puede entrar aquí y no salir nunca más, ya sea porque se lo ha buscado o porque, como me sucedió a mí, simplemente empecé a hacerme viejo y mi salud sufrió un bajón demasiado fuerte, en más de un sentido.

Uno de mis compañeros, de los pocos con los que se puede mantener una conversación medianamente normal, lo llama “El Penal”. El centro es un lugar frío, donde las enfermeras no quieren implicarse ante tantas desgracias y tanto pesimismo. Son feas y desagradables como El patizambo de Velázquez. El silencio es el principal sonido que se percibe, junto con el roce de las ruedas sobre los pulidos suelos. La gente está de mal humor. La comida sabe mal. Las aguas termales a las que nos llevan tampoco sirven de mucho para mejorar la salud de una gente que muchas veces ni siquiera se plantea si sería mejor haber muerto, porque ya saben la respuesta. Cada pastilla de nuestra medicación es una nueva dosis de odio a esta parte del mundo en la que nos ha tocado vivir.

Todo esto se aprende poco a poco, pero el hombre que había hecho su aparición no iba a descubrirlo, o al menos no por el momento. Quién podía saber lo que vendría más adelante en su vida.

En su complexión se notaba que era un hombre bien entrenado; en su mirada, que era un tipo despierto y atento. En su expresión se notaba que, aunque había visto ya muchas cosas, aún era impresionable y le quedaban otras tantas por ver. Hablaba quedamente con la directora del centro. La mayoría de los residentes no les prestaba atención, pero yo sí. Es curioso cómo, cuando tu vida te ha dejado de importar, te dan igual incluso los más impactantes acontecimientos. Yo aún debía de estar en la transición a esa depresión absoluta, pues, a pesar de mi desmejorada agudeza visual, intenté seguir su conversación o, por lo menos, sus gestos. Al poco tiempo, el hombre se marchó. Acompañado de la directora del centro.

Una de las grotescas enfermeras se cruzó con ellos según salían y los tres se detuvieron para mantener una corta conversación. Luego, se despidieron y la enfermera se acercó a la mesa en la que estaba yo. No presté mucha atención a cómo le limpiaba la baba a la mujer que tenía enfrente, ni siquiera a las quejas incomprensibles del joven que tenía al lado y cuya espasticidad le impedía expresarse de manera más comprensible. Mis ojos sólo seguían a la desagradable mujer.

—¿Quién era el hombre que estaba antes en la puerta?

—El comisario —respondió la mujer secamente, mientras servía agua a mi compañero espástico.

—¡Qué joven para ser ya comisario!

—Ya sabe, estos pueblos pequeños… es lo que tienen.

—¿Y ha averiguado algo acerca del crimen de ayer?

Aunque a todos los demás les diera igual, en aquel pequeño pueblo, un crimen era todo un acontecimiento. Tal vez yo era el único de los residentes que no había quedado indiferente por la noticia, tal vez aún me quedaba algo de espíritu por vivir.

—Pues no mucho más. Aparte de lo que ya sabíamos, que la concejala fue estrangulada en la antesala cuando se disponía a dar el discurso de inauguración de la nueva sala de actividades, sólo me han dicho que están vigilando las entradas al centro para que hoy no haya problemas. Parece que todo está controlado.

—Me alegro mucho. Sería terrible que le ocurriera algo al señor ministro. Imaginaba que suspenderían el acto.

—Pero estamos en plena campaña electoral. Y venir aquí le hace ganar puntos, por supuesto. Así que a la policía le tocará trabajar duro y cachear a todos los visitantes antes del acto de esta noche.

—¿Puedo marcharme ya? Me gustaría irme a leer a la biblioteca.

—Si ha terminado ya toda la comida, por supuesto. Debe de ser usted el único que usa la biblioteca. ¿Ha terminado ya de leerse ese libro tan horrible de derecho romano? —me preguntó con un tono amargo y desapasionado.

Tosí. Tenía una flema entre la faringe y la garganta.

—Así es, ya me lo he leído tres veces, casi puedo decir que soy un experto. Ahora quiero leer a los filósofos orientales.

La enfermera dejó escapar una vaga exclamación. No supe muy bien qué había pretendido expresar con ella, pero me sentí despreciado. Con cuidado, accioné el mando que descansaba sobre el apoyabrazos derecho de mi silla de ruedas y di marcha atrás. Maniobré y avancé entre las mesas huérfanas de sillas de patas, para dirigirme al pasillo que me conduciría hasta la biblioteca.

Justo antes de abandonar el comedor, metí cuidadosamente la mano izquierda en la mochila que colgaba del respaldo de mi silla de ruedas. Tanteé todo lo que guardaba en su interior, hasta que sentí el frío metal del mango de mi pistola. Estaba deseando poder utilizarla en el acto de aquella noche.

Y cada día que pasa en el balneario
se acrecienta mi odio a este mundo ingrato,
sumenta mi pasión por el asesinato:
mi único deseo es matar.
Y sé que el comisario
no sospecharía de un pobre anciano
abstraído al estudio del derecho romano
y la filosofía oriental.

Hoy va a correr la sangre en el balneario.

Por supuesto, dedicada a mi padrino.

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