Ansiedad

fotograndeansioliticos

—¿Te pido un café?

Me río.

—Supongo que estás de broma. Llevo cinco años sin poder tomarme un café. Pero mira, tú ni te habías fijado. Como hablar con las piedras.

—Estás un poco borde, ¿no?

Me vuelvo a reír. Su cara es un poema.

—Estoy del humor que estoy. Después de mucho tiempo intentando estar bien, acabas hasta las narices de fingir. De todas formas, ya voy yo a la barra. Imagino que tú querrás un té, como siempre. Para mí una tila.

Regreso enseguida. Un poco más y no me da ni las gracias. Es el problema de malacostumbrar a la gente a ser bien dispuestos. Se toman los favores como un derecho. Y luego eres tú el que no tiene derecho a nada.

—Bueno, pues tú dirás.

—No sé, hace mucho que no nos veíamos. Quería saber qué tal estabas.

—Pues te doy la versión que tú entiendes. Estoy bien, sobrevivo. Poco a poco, como te dice la gente cuando no saben cómo responder con una palabra de consuelo porque estás hecho una mierda y ellos tampoco ven salida.

—Madre mía. ¡Qué humor!

—Se siente. Bueno, en realidad, no.

—Pero te lo decía en serio —asegura mi amigo—. Cuéntame qué tan estás. Cuéntame eso de la ansiedad.

—Te lo he contado mil veces. ¿A qué viene eso ahora?

—Joder, ¿no puedo preocuparme por ti?

Cojo la tila entre las manos. Está ardiendo. La loza me calienta los dedos. Los tengo helados.

—Un poco tarde, ¿no? Hace años que he necesitado eso y tú, como tanta gente, como si oyeras llover.

—Qué dura eres.

—Dura es mi situación. Pasarlo francamente mal y que nadie me haya echado un cable, que todo lo que haya recibido haya sido indiferencia. Silencio. Es una pasada tener amigos como tú. En los buenos momentos, eso sí, eres súper majo. Pero vamos, que no te preocupes, he aprendido a vivir con ello. Sé que en el tema de la ansiedad hay mucha desinformación, que no es fácil de entender si no te ha pasado. Pero es mucho más difícil de entender si vas a tu puta bola y haces como que no oyes a la persona que te está pidiendo ayuda.

—Eso no es cierto. Tú no…

—¿Que no? —le corto—. Cada día que hablábamos. Claro que, debí de empezar a darme cuenta de la asimetría de nuestra amistad cuando fui consciente de que, si yo no cogía el teléfono no sabía nada de ti. Nunca me llamabas. Venga, haz memoria…

—No estoy seguro, no me había dado cuenta.

—Pues ya te lo digo yo.

—Bueno, pero cuéntamelo. Así por lo menos, lo entenderé.

—Pues te hago un resumen. Imagínate que te sientes jodidamente débil, como una especie de despojo porque te encuentras mal y únicamente te dicen que tienes que relajarte —mi propia ironía me pita en los oídos—. Imagínate que, de un día para otro, te pones enfermo. Que te mareas cuando vas por la calle. Que te ahogas a todas horas, te falta el aire. Que por las noches te despiertas como si fueras a tener un ataque al corazón y duermas de pena. Tienes todos los músculos agarrotados y doloridos. Muchísima hambre, es de lo poco que te calma un poco. Empiezas a engordar. Luego, para poder por lo menos tener un descanso, empiezas a tomar algo: tila, valeriana, el día que no puedes más, un ansiolítico. Pero, aunque te alivie, eso te jode la vida. Porque estás agotado todo el día. No dejas de tener sueño y, a la vez, eres un manojo de nervios. Porque no puedes tomar café. Joder, llevo cinco años sin tomar café y tú ni te habías fijado.

»¿O es que te creías que esto era como el día que tienes un poco de sueño o te duele un poquitín la cabeza? ¿Como tener nervios antes de un examen? Esto es una enfermedad, que nunca sabes cuándo va a surgir para joderte el día, la noche, la semana o el año. La puta vida entera si le das cancha. Y te sientes una mierda porque sabes que, de alguna manera retorcida y de enfermo, de loco e histérico, tú mismo te has provocado esta mierda. Y te estás haciendo daño, te has cargado tu propia salud y no puedes evitarlo. Imagina que tuvieras fiebre alta así, de vez en cuando, varias veces al día. Sin causa aparente. Pero que tuvieras que seguir así, por un tiempo indefinido. Que te vieras estancado y no supieras cómo huir. Dicen que este tipo de cosas les pasan a las personas que se han mantenido fuertes durante demasiado tiempo. ¡Pues yo sólo me siento un débil despojo! Manda huevos.

Sólo al terminar mi arenga y ver la cara de mi amigo me doy cuenta de que hace un buen rato que me he echado a llorar. Tengo el cuello de la camisa empapado. Me seco rápidamente las lágrimas de la cara. Una persona así no merece que le abra mi alma y exponga mi sufrimiento. Bebo la tila rápido y me quemo los labios, pero hago como si nada.

—¿Pero sabes lo peor de todo? Lo peor no es pasarlo mal. Lo peor es lo sola que me he sentido durante todo este tiempo. Porque nadie me ha ayudado. Ni siquiera hay alguien que haya intentado entenderme. No he hecho más que sentirme fuera de lugar, tener que poner sonrisas falsas, reír con ganas artificiales y llorar con lágrimas que no conseguían siquiera salir. Hacer como si no me hubiese importado, aunque lo he sentido como una puñalada trapera por la espalda. Y cuando ya no podía más, pensaba que aparecería alguien, que alguna de esas personas a las que siempre intenté hacer felices, porque eran mis amigos, porque les quería y se lo demostré siempre que pude, vendría y trataría de animarme. Que alguien me daría un abrazo, al menos. Pero nunca llegó. Sólo consigo seguir adelante porque de vez en cuando me encierro en casa, pongo la música a tope y chillo con la cabeza debajo de la almohada, así nadie me oye. Así que discúlpame si estoy de mal humor, pero nadie ha sido amable conmigo y no será porque no haya pedido ayuda miles o millones de veces.

Él no ha probado el té. Me atrevería a decir que ha palidecido.

—Pero yo no sabía nada de todo esto…

—A otro perro con ese hueso. Te lo he contado. Pero tú estabas más ocupado con planes divertidos como para darte cuenta de que mis mil peticiones de auxilio quería decir precisamente eso: que necesitaba ayuda. Supongo que cuando has tenido una vida más fácil y tus problemas han sido aprobar un examen o tirarte a la rubia de turno, no eres consciente de que existen otros problemas. De todas formas, no te preocupes. Conozco a mucha gente así. Incluso hubo una vez un amigo al que fui a ver, necesitaba hablar, y se había olvidado de mí. No estaba en casa y me quedé bastante tiempo en su portal, con el móvil sin batería, esperando a ver si aparecía. Ya era de noche cuando, al final, me fui. Y ni siquiera me volvió a llamar. No sé, a veces me gustaría ser otra persona, más superficial y despreocupada, con menos aspiraciones e ilusiones. Seguro que me iría mejor. Siendo más egoísta.

»¿Qué pasa? ¿No dices nada?

Él sigue callando.

—Sigo sin entender esta llamada que me has hecho, y tampoco entiendo muy bien por qué he accedido a quedar contigo. Me jode profundamente haber tenido que abrir mi corazón a una persona que me dio la espalda tantísimas veces. ¿Es que has hecho una lista de malas acciones a enmendar, como en la tele?

Mi amigo sigue palideciendo. Comienza a respirar con dificultad. Rebusca en los bolsillos de su chaqueta.

Los ojos se me abren como platos. Ha sacado una caja de Tranquimazín. La abre y veo que está casi acabada, al pastillero le quedan cuatro o cinco cápsulas. A toda prisa, saca una y se la bebe con un pequeño trago del té.

—Por eso querías verme.

Vuelvo a reír. Con muchas más amargura que antes. Me levanto de la mesa y me pongo la cazadora, mientras busco la salida con la mirada.

—¿Pues sabes qué? Te-jo-des —digo, muy despacio, disfrutando de cada sílaba—. Bienvenido a mi mundo.

 

Welcome to my life

Y como no hay nada mejor para los nervios que relajarse un poquito, le damos vacaciones al blog hasta septiembre. Será un suspiro, ¡enseguida estaremos de vuelta!

Y no olvidéis que podéis suscribiros en la columna de la derecha para leer más historias cantadas, porque todos tenemos una historia que cantar.

Imagen: paula.cl

El regreso (por Daniel G. Domínguez)

SONY DSCSábado noche, casa del matrimonio Jiménez-Alba. El matrimonio solía acostarse temprano, a sus setenta y pico años no tenían nada mejor que hacer, no tenían cuerpo para fiestas y la programación nocturna era pésima, así que tras su habitual copa de coñac, Alfonso decidió irse a la cama. Esa noche se encontraba solo, Julia había ido a pasar el fin de semana con su hermana Lucía, que había insistido en que se vieran, ya que necesitaba ayuda para coser unas prendas que debía entregar el lunes.

Nunca le cayó bien su cuñada, para él era una solterona miedosa de compartir una vida, dedicada única y exclusivamente a su profesión, modista, defensora de los débiles cuando ella misma era una de ellos. Para él su esposa era el ejemplo perfecto de mujer, dedicada en cuerpo y alma a su familia, siempre atenta y servicial, con la casa siempre recogida y limpia, y una cocinera excelente.

En verdad, casi nadie le caía bien… Los “amigos” los podía contar con los dedos de una sola mano y se limitaban a compañeros de mus y dominó en el bar que había enfrente del bloque de edificios en el que vivían. Religiosamente todas las mañanas ejercía la vida de jubilado en dicho bar, entre partida y partida, entre copas de anís, orujo o whisky, según le apeteciera… Pepe, el camarero, conocía muy bien a Alfonso, era cliente desde hacía ya mucho, tanto que aunque tenía veinte años menos que él, los mismos que llevaba trabajando en el bar, siempre supo que Alfonso no dejaría de ir ni un solo día. Un cliente de este tipo no se encontraba todos los días, así que procuraba que su copa nunca estuviera vacía.

Llevaba un buen rato acostado sumido en un profundo sueño, cuando despertó sobresaltado. Le había parecido oír el chirriar de la puerta que daba al rellano… Hizo memoria, aunque todo estaba algo nublado, turbio. ¿Echó la cadena antes de irse a dormir? Sabía muy bien que la cerradura no funcionaba, él mismo la rompió una mañana cuando salió dando un portazo, enfadado por algo que ahora no recordaba. No la arregló pese a que hacía un año de aquello, no se llevaba bien con el bricolaje y el manitas de la casa era su único hijo, pero este hacía ya muchísimo tiempo que se había marchado de la casa, buscando independencia y libertad. Le restó importancia al asunto, se convenció a sí mismo de que el sonido provenía de algún sueño o pesadilla. Volvió a cerrar los ojos dispuesto a dormirse.

Una figura humana cruzó la ventana, haciendo parpadear la luz de la farola que entraba por la ventana un instante.

Alfonso abrió los ojos de nuevo, un nudo se formó en su garganta. ¿Sería su cerebro recién despierto jugándole una mala pasada? ¿O alguien habría entrado? Abrió todo lo que pudo los ojos, buscó entre la oscuridad sin resultado alguno. Empezaba a sentirse estúpido y paranoico, sonrió… Fue entonces cuando una sensación muy intensa se clavó en su nuca.

Alguien le estaba observando desde algún rincón oscuro de la habitación, en silencio. El vello se le erizó, el silencio era interrumpido por un leve sonido, apenas perceptible, de la tela de unos pantalones moviéndose al caminar, lentos, muy lentos.

—¿Julia? ¿Eres tú? —dijo con voz temblorosa.

La cama recibió una fuerte sacudida, algo pesado cayó encima de Alfonso aprisionándole brazos y piernas, sintió un golpe en la boca e intentó gritar. Tarde. El sonido de su voz no fluía hacia fuera, solo llegaba un ruido amortiguado, comprendió en seguida que el asaltante se la había tapado. El desconocido le dio la vuelta y con destreza le ató las muñecas y tobillos con bridas, cuando lo hizo volvió a colocarlo en la primera posición, cara a cara. Situó su rostro muy cerca del de Alfonso.

—Mírame bien, contemplarás a alguien que no has visto jamás… —Aquella voz estaba repleta de odio.

El anciano reconoció la voz, los ojos se le tornaron llorosos. Al concentrar su vista la luz de las farolas fue suficiente para ver quién era su asaltante. La bolsa de plástico transparente que le cubrió la cabeza le impidió cerrar los párpados, el aire que intentaba aspirar desesperadamente no llegaba.

El asaltante no apartó su mirada de la de Alfonso ni un solo momento, hasta que este, poco a poco, dejó de forcejear. En un instante cortó las bridas, unos minutos más tarde retiró la bolsa de la cabeza del cuerpo inerte y lo colocó de manera que parecía seguir durmiendo, sin quitarse los guantes de cuero negro que enfundaban sus manos. Ya relajado y sintiéndose muchísimo mejor de lo que lo había hecho en años, volvió a atornillar la cadena de la puerta exterior. Con la misma entrecerrada y desde el rellano con la ayuda del destornillador y retorciendo un poco la mano, la puso como si hubiera sido cerrada desde adentro.

El asaltante abandonó la casa eufórico con una sonrisa en el rostro.

—Ahora la ley la marco yo.

Mírame bien… contemplarás a alguien
que no has visto jamás.
Cachorro ayer, hoy soy león;
ahora, la ley la marco yo.

 

Quería agradecerle al escritor Daniel G. Domínguez su participación en el blog con este relato, espero que os haya gustado tanto como a mí. Podéis leer más relatos de Daniel y su novela Moriendum en su página de Wattpad.

Imagen: http://www.las-drogas.com

Y os recuerdo que en la columna de la derecha podéis suscribiros para leer más historias cantadas.

Entender (especial Día del Orgullo Gay)

women-huggingVacío. Los huecos que deja una persona cuando se va son golpes silenciosos que te destruyen, poquito a poco, mientras quieres luchar contra esa realidad: la de una cama vacía, una habitación sin desorden, un baño que no está lleno de vapor cuando yo voy a entrar. Ya no abres la ventana después de ducharte para que entre aire fresco. Porque tú ya no estás.

La verdad es que me vuelve loca no tenerte aquí. Cada vez que suena el teléfono corro a contestarlo y rezo: que sea ella, que sea ella, por favor… Pero nunca eres tú. Voy por la calle esperando verte caminar, con tus siempre seguros pasos pero con tu mirada asustadiza. Pero todos los días acabo llorando, sola en casa, por la noche, pensando en que lo más probable es que ni siquiera te asomes a la ventana de dondequiera que estés para mirar a tu antiguo barrio. Que te has ido.

Pero yo sigo, como una tonta, pensando que lo mismo una tarde cualquiera, cuando haya bajado la guardia, nos crucemos por la calle, tal vez en el centro de la ciudad, que pueda preguntarte qué tal estás, que vea que tienes buena cara… Para mí hasta el día más nublado se inundaría con los rayos del sol con volver a verte sólo una vez.

Pero han pasado ya… ¿cuántos? ¿Tres años, cuatro? Mi vida está patas arriba y sigo sin poder dejar de pensar en ti. En cuánto te echo de menos. Soñando con ese día nublado en que volvamos a encontrarnos. O en que algún día vengas a verme. Te quiero tanto que nunca dejaré de echarte de menos.

¿Y sabes lo peor? Lo peor es saber que fue todo culpa mía. No quiero excusarme, pero sí te suplico que intentes entenderme. Entender. En ese verbo ha estado siempre la clave de nuestra relación y de tantas otras. Sabes que soy vieja, que vengo de un mundo donde no todo se veía como ahora. Que me habían enseñado que algunas cosas están mal, son pecado, son raras. Que hay que avergonzarse de ellas, luchar, rezar mucho, ir a un médico para que te cure. Pero luego pienso en cuánto te quiero y vuelvo a decirme, una y otra vez, que el amor nunca puede ser malo. Es lo mejor que hay en nosotros. Nunca deberíamos avergonzarnos de sentir amor. Y la persona objeto de él siempre debería sentirse algo más que halagada. Por eso yo me rompo en mil pedazos cada vez que pienso que es posible que ya no me quieras. Que me odies.

He hecho un esfuerzo sobrehumano para llegar a estas conclusiones. Y también para entender no sólo que el amor nunca es malo, sino que tampoco es raro. Que no colgamos el cartel de raros a las personas con los ojos azules, ni a los que se dedican a rodar documentales. Que algo de menor frecuencia en las estadísticas es únicamente menos habitual. No es malo. No te convierte en un esperpento. ¿Cómo pude poner esa etiqueta? Nadie se merece ser tildado de raro por una convención social. Nadie merece que se le juzgue por una sola característica de su ser que, después de todo, es tan válida como las demás.

No he puesto remitente a esta carta. He pensado que así, tal vez, esta vez sí que la abras en lugar de romperla y tirarla a la basura. He encontrado en tu habitación aquel CD que tanto te gustaba y que te olvidaste cuando te fuiste, con tu canción preferida, y lo he metido en el sobre. Un pequeño cebo, lo sé. Una trampa de vieja. Pero si no me respondes, si no me perdonas, iré a verte. No puedo soportarlo más. Sé que estás sola y sé que estás sufriendo. No he vuelto a dormir desde que tu hermano me contó lo de tu enfermedad. Y que ni siquiera te atreves a decirle la realidad. Él cree que es más grave de lo que dices. Por eso me gustaría pedirte, una vez más, que me perdones. Lo haré una y otra vez. Sabes que nuestra casa es humilde, pero que siempre habrá un hueco para ti. Que yo voy a cuidarte hasta el final. Que no quiero ni puedo permitir que estés sola en estos momentos. Luché mucho porque no me importase que “entendieras”, como lo decís vosotros. No es sólo que no me importe, es que me siento tan orgullosa de ti, de que hayas sido capaz de pelear contra tanto rechazo para poder ser quien eres, la mejor versión de ti misma, como todos deberíamos luchar por ser. Hija mía, tal vez yo no entiendo. Pero he luchado con todas mis fuerzas por comprender. Y ahora sé que yo no entiendo, pero que sí te entiendo. Por favor, perdóname. Déjame cuidarte. Vuelve a casa. Te quiero.

 

Mamá

 

Espero tener la oportunidad

para poder demostrar

que nadie más te cuida y que sólo yo te entiendo.

 

 

Este relato está escrito específicamente para la revista Gay+Art como colaboración al número especial del Día del Orgullo Gay. creo que la concienciación sobre esta situación y la lucha por la desaparición de la discriminación al colectivo LGTB es una de las principales causas que deben ocupar la parte de la historia que nos toca vivir. Con este relato he querido poner mi granito de arena.

Y os recuerdo que podéis suscribiros en la columna de la derecha para leer más historias cantadas.

Imagen: thehouseofhendrix.com

Cinismo

cinismoDemasiados desengaños. Pasar de los treinta y que te hayan roto demasiadas veces el corazón. Que tenga pedacitos que nunca podrás sellar y cicatrices. Sobre las cicatrices siempre se siente menos. Mis latidos los marcan ellas. Haber roto corazones de gente a la que querías demasiadas veces. Desengaños, desenamoramientos. En definitiva: traumas, rupturas, ausencia y dolor. Mucho dolor.

Camino por la calle. Hace ya tiempo que ha llegado la primavera y la mayoría de las chicas están preciosas, con esos vestidos que anuncian que el verano ya casi está aquí. Y yo camino mirando al frente, como un animal de feria al que le han puesto parches en los laterales para que no se asuste. Me da miedo mirar. Puede que me dé miedo sentir. Puede que ya me esté imaginando cómo acabará. Y pienso, o más que pensar, siento, sí, siento que ya no soy un chaval, y que debería darme prisa, que la vida pasa rápido, y que todos acabaremos en el mismo sitio. Que me gustaría que cuando llegase ese momento pudiera volver mi vista atrás y decir que mi vida valió la pena.

Pero ya estoy pasado de vueltas de todo. No entiendo muy bien cuál es mi papel, mientras veo cómo mis amigos y amigas se enamoran, se arrejuntan. Algunos se casan y tienen ya críos. Yo ya no tengo ganas de nada. No lo sé. Es como si hubieran cortado mis alas, mis ganas de emocionarme, de vivirlo todo al máximo y sin miedo.

Lo cierto es que ya estoy pasado de vueltas de todo. Pongamos un ejemplo: conoces a una chica en una fiesta de unos amigos. Luego os volvéis a ver un día tomando cervezas. Os dais el teléfono. Os enviáis unos cuantos mensajes. Bueno, ahora unos whatsapp. Volvéis a coincidir una tercera vez o ya directamente decidís quedar. Te enrollas con ella. Besa bien, está buena. Te gusta… bueno, te gusta un poco. Dependiendo de cuánto, acabarás teniendo una o más noches tórridas con ella. Y luego planes postcoitales como tomar una cerveza en una terraza al día siguiente cuando despiertes en su casa o desayunar juntos antes de ir a trabajar. Pero tú, o ella, o incluso los dos, seguiréis sin verlo claro. Es algo para pasar el rato. Y esto ya lo has hecho, ya sabes cómo va y no te produce ya esa sensación de bienestar que te generaba antes. Ya no es la conquista por la conquista. Eso ya sabes que puedes hacerlo. Ya no te emociona. Al final, la historia acaba tal y como esperabas: o bien se enfría y dejáis de veros o bien con una conversación que tiene por conclusión que esto no es lo que estáis buscando ninguno de los dos.

¿Pero es que buscamos algo? En realidad, yo creo que sí. A mí me encanta el cine de acción y de aventuras. Y siempre he sentido que vivir una historia de amor apasionado y emocionante es lo más parecido a ser el protagonista de una de ésas películas a lo que podemos aspirar el común de los mortales. Sientes que estás en una película, que tiene sus momentos de subida y de bajada, que todo es emoción e intensidad. Entonces… ¿por qué es ya tan difícil de sentir?

No entiendo qué es lo que me pasa por la cabeza. No. Me pregunto si es alguna burla de los planes divinos que están pensados para mí. Cuando me suceden cosas absurdas e ilógicas a veces levanto la vista y miro al cielo, y siento ganas de preguntar hacia allí arriba: «¿Te estás tiendo de mí?». Claro, no hay respuesta. Y así pasa la vida. Creo que en algún momento hice planes. Pero ya me las sé todas. Ahora envidio esas generaciones de nuestros padres, que se enamoraban de adolescentes y crecían juntos. Yo simplemente vivo la vida, día a día, sin esperar nada de nadie. Supongo que tengo miedo. Que estoy tan harto de sufrir que ya no hay forma de que deje de protegerme inconscientemente. Es una pena, pues creo, francamente, que siempre he sido un buen novio. Cuando me enamoro siento tanta necesidad de dar, de hacer feliz a la otra persona… le doy toda mi vida, todas mis energías. Aunque suene cursi, le doy todo mi amor. Y aquí estoy, desperdiciándolo.

A veces siento que me recorre las venas, que arde y que me quiere preguntar algo como: «¿Cuándo vas a dejarme fluir otra vez?». No tengo respuesta. Creo que sigo deseando que eso ocurra, pero que tengo demasiado miedo. Que me he acomodado y que vivo en una zona de confort donde hay pocas emociones. Creo que mi cerebro ha puesto un freno de mano al que no tengo acceso y que me impide abrir esas compuertas. ¡Qué desperdicio de generosidad, de amor, de cariño, cuando seguramente existe alguna chica que esté pensando lo mismo que yo en algún sitio! Es como tener un desagüe en el alma por el que se escurren todas estas ilusiones. Quiero volver a sentir, a ilusionarme. Pero la verdad es que duele tanto cuando sufres…

Estos son mis pensamientos mientras intento dormir la siesta. Últimamente es una sensación recurrente. No consigo dejar de pensar en ello. Y claro, mi descanso vespertino se va al carajo. Llevo dando vueltas en el sofá dos horas y he quedado dentro de una, abajo, para tomar una cerveza con un amigo. Al menos, me digo, el primer paso es admitirlo. Y después de unas cañas no me costará conciliar el sueño esta noche. ¿O no será así? Porque, en realidad, lo que descubro en estos pensamientos recurrentes no es otra cosa que la más dura verdad: estoy muerto de miedo.

Así que me he levantado del sofá, me he duchado y me he bajado al bar un rato antes de que llegue mi amigo. El camarero ya me conoce y me ha saludado con la sonrisa de siempre y me ha puesto lo de siempre. Después del segundo trago a mi caña, me he permitido la osadía de mirar a mi alrededor. Y he visto que al fondo de la barra había dos chicas hablando, una de ellas, para dirigirse a la otra, miraba en dirección a mí. Y sus ojos se han cruzado con los míos.

Antes de mis siestas llenas de reflexiones repetitivas y cansinas habría bajado la vista. Pero hoy, en lugar de eso, he mantenido su mirada y he esbozado la sonrisa más tímida de toda mi vida. No sabéis el valor que me ha supuesto hacer esto.

Y ella me ha devuelto la sonrisa.

Por algo se empieza.

 

I just want to feel real love
In a life ever after
There’s a hole in my soul
You can see it in my face
It’s a real big place

Come and hold my hand
I want to contact the living
Not sure I understand
This role I’ve been given
Not sure I understand

 

Imagen: Pinterest.com

Y no olvidéis que en la columna de la derecha podéis suscribiros para leer más historias cantadas.

Relato nocturno (por Jonathan Gómez Narros)

RelatoNocturnoApenas recuerdo el olor de tu cuerpo al dormir, cuando te respiraba sin que tú lo notaras, cuando me sonreías al soñarme.

Apenas mi piel se acuerda de tu piel. Ya no la siente. Ya no siente, sin más. Quiere, pero no puede…

Recuerdo aún tu figura negra a mi lado, ese bulto durmiente junto a mí, dándome calor y paz, calor y seguridad, calor que ahora no tengo…

 

Aún te pienso sonriendo en sueños. Aquella sonrisa blanca, transparente, cristalina que se convirtió en obsesiva, decadente, marchita…

Te toco, todavía, en mi mente. Te recorro con mi mano todo tu cuerpo, sin dejarme un solo rincón… como a ti te gustaba… Mi mano se mueve, espasmos que no controlo, rozando las yemas de mis dedos con tu espalda. Dulce, delicadamente, con miedo a que te rompas…

Te beso, sí, te beso todavía en tus labios, en tus ojos, en todo tu ser, sin poder contenerme, sin remisión, perdiéndome, sin posibilidad de salvación para mi alma de hombre que ha pecado..

Te pierdo, hoy, y me pierdo. Hoy rememoro el ayer con la esperanza de que despierte, algún día, de este sueño… Te sigo perdiendo. Hoy te veo marchar y te digo adiós, cumpliéndose el destino, haciéndose verdad todos mis miedos más profundos. Me pierdo y no me/te reconozco. Adiós a ambos…

Desde la cama, solitaria, le leía todos esos pensamientos. Uno a uno. Lo conocía bien. Demasiado bien. Se dio la vuelta y ahuecó el colchón. Que si me pasa algo, pregunta el cretino. No se da cuenta de que estoy aquí… Vuelve a colocar el rebelde almohadón y sube el embozo hasta su barbilla. Que si te pasa algo, cariño. ¿Estás bien?, vuelve a preguntar el lunático, abstraído.

Todas las noches la misma rutina (la misma tortura): junto a la ventana la rememora. Se apoya en el alfeizar y respira el aire del exterior, dándole igual si yo paso frío, mirando embobado la Luna… La echa de menos, estoy segura. Sin prestar atención al calor que yo le regalo todas las noches… Insensible, maldito, capullo… Vuelve junto a mí y olvídate de ella. Ya no existe. Ya no está. Como si estuviera muerta.

Es que está muerta…

Ahora me ahogo mirando esa luna negra. Me recuerda a tus ojos… No sé por qué te sigo pensando… Aunque quiera„ no puedo olvidar…

Me engaño a mí mismo ahora. Niego la mayor y me engaño. Entro en una espiral sin sentido. Me mareo. Vuelvo a tomar aire… Todo está tan oscuro, sin ti… Una bocada de aire me ahoga, me hace toser. Siento que mi garganta se obstruye…

Ahora ya no juego como antes. Créeme, estoy limpio. De todo. Nadie como tú me ha ayudado tanto, pero te pierdo, me pierdo y no olvido. Una sola carta en una mano mala, malísima. ¿Quéhago? No lo sé. Dime, respóndeme, te lo exigió, ¿qué debo hacer para elegir la estrategia perfecta en este juego?

No te oigo. Tu respuesta me llega muda. Veo cómo tus labios se mueven articulando palabras, pero no producen sonido. No lo oigo. ¡Maldita sordera! Quiero oír, quiero oírte… Lo necesito…

Necesito comer, lo sé, pero no tengo ganas. Tengo tantas ganas… Me comería el mundo desde los cimientos, esa Luna que me mira desde arriba, ésa que mueve mis fluidos y me arrastra, engulléndome, hacia ti…Pero no. No lo hago. La pereza se ha apoderado de mí y no quiero nada, no quiero a nadie… Desprecio todo. Y por encima de todo, a mí mismo…

Vuelve a la cama, te lo exijo. Un grito sordo, leves concatenaciones de fonemas o sonidos o silabas o palabras sin sentido llegaron hasta sus oídos. Le costó comprender, tan absorbido estaba por la belleza de la Luna llena de aquella noche. Eres tan preciosa… Se movía, sin quererlo. Se descalzó, se quitó la camisa y se acostó junto a ella. La abrazó, pero no era lo mismo…

Ella lo debería saber, o tal vez no…

Aumentó la intensidad del abrazo, deseando encontrar en aquel cuerpo lo que había perdido tiempo atrás. Ella se dejó hacer, como siempre.

Suspiró. Él sonrió.

Una extraña sensación de calor recorría su cuerpo. Un extraño trasvase de fuerzas, energías, no sabría cómo explicarlo… La cálida sensación se iba haciendo fuerte. Empezaba a sentir que el influjo de la Luna ya no le arrastraba. Volvió a sonreír. Se notaba la comisura de los labios tirante.

Acercó sus labios a la espalda de ella. Un beso. Un único contacto hizo que a ella se le erizara la piel, el cuerpo entero. Un único beso los volvió a unir…

Nunca me volveré a ir lejos, me promete. Nunca abandonaré esta cama, le responde…

 

You say go, it isn’t workin’
And I say no, it isn’t perfect
So I stay instead
I’m never gonna leave this bed

Take it, take it all, take all that I have

 

 

Esta semana el relato de de mi compañero de Leyendo hasta el amanecer Jonathan Gómez Narros. Espero que os haya gustado el relato y le doy mil gracias a él por animarse a escribir esta colaboración para el blog.

En la columna de la derecha podéis suscribiros para leer más historias cantadas.

Imagen: silenciosdormidos.wordpress.com

Intervención

karma_fraseNo la esperaron con un cartel, ni con ganas de expresar sus sentimientos de forma suave y amistosa. Se encontró un grupo de personas sentadas, que callaron en cuanto la vieron entrar en la cafetería. Sus caras… bueno, digamos que podrían haber cortado un vaso de leche con sólo acercárselo un poquito. Lo que no entendió muy bien era por qué había una mujer que no conocía de nada, sentada junto a ellos. Era muy alta, de pelo moreno rizado y piel cetrina. Con unos ojos muy oscuros y grandes. Vestía ropa vaporosa y tenía las palmas de las manos juntas. Tuvo la sensación de que los había reunido a todos.

 

No sabía si aquellas personas habían sido sus amigos. Al menos, en aquel momento no podía pensar en amistad cuando los miraba. Hostilidad, ira, incluso odio. Sí. Era eso. Uno de ellos le pidió que se sentase. Lo hizo con bastante frialdad, mientras pasaba los dedos por el asa de la jarra de cerveza. A su lado, una de las chicas levantó la ceja de manera casi inconsciente. Los otros dos trataban de permanecer más calmados, pero sus ojos los delataban. Daban miedo. Él acababa de volver de fumar y se peinaba el flequillo, echándolo hacia atrás. Ella doblaba de vez en cuando alguna servilleta para desviar la mirada y tratar de contenerse.

¿Desde cuándo?

 

Hemos intentado arreglar esto por las buenas.

No sé si es que piensas que somos tontos o qué.

Te hemos pillado en una mentira tras otra, pero no has querido admitir nada.

Creía que éramos amigas, pero veo que sólo me has utilizado.

 

No supo qué decir. Se le atropellaban excusas, pero sabía que no iban a servirle de nada. Contradicciones en lo que había dicho, estaba claro que se habían dado cuenta. Habían hablado de ella a sus espaldas. Habían puesto en común las diferentes versiones que ella les había dado. Y había saltado la liebre. No lo entendían…

 

Aquí termina esta relación, este contrato o como quieras llamarlo. Antes nos daba pena. Ahora sólo nos alivia tener que dejar de pasarlo mal y conversar enfadados entre nosotros porque tú nos rehúyes. Adiós.

 

Todos se marcharon. Menos aquella extraña mujer. Se quedó mirándola silbando una melodía que no conocía, mientras ella hacía lo posible por tragarse el nudo en la garganta.

—Es lo que pasa cuando juegas a vender tu alma al Diablo. Eso es lo que haces cuando manipulas a la gente que tienes cerca, les mientes y te crees que vas a saber mantener todas tus versiones. Y él ahora debe de estar riéndose, incluso aplaudiendo. Es que te ha faltado decirles que Elvis seguía vivo y que estaba de vacaciones con Jim Morrison. Menos mal que parece que un poquito sí que te arrepientes.

—Déjame en paz.

—Ah, no, eso sí que no. Yo les he unido. Les he traído aquí y les he dicho cuál era el único momento en el que podrían lograr que quedases, y decirte todo lo que piensan, no de ti, que te querían, sino de lo que les has hecho. ¿Pero sabes una cosa? Ellos no podían verme ni oírme. Únicamente se lo he susurrado. Mientras dormían. A los cuatro. Creo que esta lección te va a venir bien. Ahora tienes que deshacer el mal que has hecho, empezar por el final. Pagar. Partir desde lo peor. Claro, que puedes volver a vender tu alma. Aunque yo buscaría a alguien mejor.

Volvió a silbar.

—¿Quieres marcharte y dejarme sola?

—No puedo, es mi misión estar aquí y recordarte que has estado consiguiendo lo que querías, incluso lo que necesitabas, a costa de demasiadas cosas. Y ahora, por fin, has recibido lo que te mereces. Siempre, siempre, acaba siendo así. Y hasta que aprendas, no me voy a separar de ti. Será tu sombra, una segunda parte de un dueto. La verdad es que cada vez tengo más trabajo, y te reconozco que debería haber llegado antes, pero dicen que nunca es tarde. Quién sabe si contigo será cierto. Permíteme que me presente. Aunque seguro que mi nombre te suena. Me llamo Karma.

 

Sometimes you get what you want.
Sometimes you get what you need.
You’re always gonna get what you deserve.
It’s all about what you want.
If you can get what you need.
You’re always gonna get what…

En este enlace tenéis una traducción de la letra.

Imagen: encuentroalternativo.com

Y en la columna de la derecha puedes suscribirte para leer más historias cantadas.

La otra

fotos-de-niña-llorandoNo dejaba de dolerle. Sentía que estaba allí. Pero ya no estaba. Aún no se había atrevido a mirarse al espejo desde entonces. Imaginaba toda su sien ennegrecida y amoratada, hasta la barbilla, tal vez incluso manchando su frente. Y, allí, en medio de toda aquella hinchazón un hueco, cerrado con puntos y dibujando una línea vertical ensangrentada. De un color granate que ya sería casi negro.

Chantel volvió a llorar mientras veía cómo desaparecía la última respiración de luz que luchaba por iluminar aquella ciudad destruida, por cruzar aquella capa de cenizas y dejar que se vieran aquellos horribles escombros. Recordaba aquellos ojos de brillo acuoso, aquella expresión demente, sádica, carente de cualquier piedad. Recordaba el frío en su cara, pegada contra el suelo del andén en el metro. Sus propios gritos de dolor. La risa de diversión de él, como un eco. Luego, la sangre caliente que había empezado a brotar y a mancharle la cara, creando un pequeño charco a su lado. Ella, inmovilizada, no podía dejar de mirarlo.

El policía se marchó. Se llevó con él su dignidad. Y su oreja derecha.

Chantel era una persona amable aunque no muy efusiva. No dada demasiado al contacto físico ni a las muestras de cariño. Pero en aquel momento lo habría dado todo por tener junto a ella a su madre. Maman, ou est-tu?

Posiblemente estuviera muerta dondequiera que se encontrase de viaje cuando ocurrió todo. Como tantos otros después de aquel Martes, de aquel apocalipsis.

Su tío y sus hermanas la habían cuidado desde entonces. Un amigo de su tío le cosió la herida, la desinfectó, le dio un calmante para el dolor. Pero no los necesitaba a ellos. Pensó que tal vez habría sido mejor morirse. Dejar de revivir una y otra vez aquella espeluznante experiencia. Y solamente dormir. Tal vez su madre estaría esperándola al otro lado. Puede que incluso su padre, al que hacía años que no veía.Pero su historia no era nada especial. Día tras día, muchos niños sufrían la tortura de la corrupta policía que había tomado el control de la ciudad de Magerit, o más bien de lo que quedaba de ella. Vigilaban el metro y se movían a sus anchas. Su principal diversión era hacer cosas como aquéllas: pegar palizas a los niños y, en los peores casos, mutilarles. Cómo pueden cambiar las cosas en menos de un año. Maldita existencia.

La muchacha seguía sintiendo aquel dolor, como si la oreja siguiera estando allí. No podía soportarlo y no podía dejar de llorar. Pero no quería seguir sufriendo así. Prefería dormir y soñar que aquello no había sucedido nunca. Pensó que tal vez sería mejor quitarse la vida. Pero no tenía valor para ello. Suicidarse, sin haber cumplido siquiera los trece años. Qué funesta existencia la de aquel último año.

Lloró hasta que se quedó dormida. Su mente estuvo a punto de sentir cierta paz. Pero entonces un ruido la despertó. La puso alerta. Abrió los ojos. La habitación estaba iluminada, a pesar de ser de noche. Desconcertada, se asomó a la ventana. Luna llena. Y podía verla, a través de las cenizas. Con una luz tenebrosa, pero hipnótica. Un destello la cegó. Bajó la cabeza y se miró las palmas de las manos. Tenía una pequeña mancha blanca en una de ellas. Recordó que le había salido una parecida en el costado hacía un par de semanas. Pero no le había dado importancia. Volvió a mirar a la luna. Y volvió a mirarse la mano. Aquella mancha ya no estaba.

—La mancha está en mi mano, no en la tuya.

Chantel se sobresaltó y se giró hacia una la esquina de la habitación, de donde había salido la voz.

—¿Quién eres?

La silueta oculta entre las sombras dio un paso al frente, muy despacio, y Chantel pudo verla.

Dio un respingo. Era exactamente igual que ella. Con el mismo pelo rubio corto y ondulado, las mismas facciones redondeadas. La cara amoratada en el lado derecho, tal como había imaginado. Pero aquella mirada… aquélla no era su candorosa expresión. Estaba invadida por un gesto demente, colmado de seguridad y de amenaza. Algo casi animal. Como si fuera una bestia que sólo aguardaba el momento adecuado para abalanzarse sobre su presa y disfrutar ejecutándola. Chantel sintió miedo.

Aquella chica alzó la mano y le mostró la palma. Allí estaba aquella mancha blanquecina, como si su piel hubiera perdido el color.

—Soy tú. ¿O no? —dijo mientras ladeaba ligeramente la cabeza y sonreía sólo con un lado de la boca, imprimiendo un matiz siniestro, aún más siniestro, a todo su lenguaje corporal.

—¿Me he vuelto loca?

—Loca te vas a volver como sigas así. Hoy has pensado en suicidarte. ¿No crees que eso sería una victoria más para ese policía cabrón?

La niña volvió a llorar.

—Deja de llorar. Para ya. Chantel. Tú no estás triste. Sólo estás furiosa. Estás llena de odio y rabia por lo que te ha pasado. Lo que nos ha pasado. Si reprimes eso, será todavía peor. Vale, has perdido una oreja. ¿Pero también quieres volverte loca? Porque es lo que te va a ocurrir si sigues así. Negando toda esa ira. Negándome a mí.

—¿Negándote?

—No es la primera vez que sueñas conmigo. Con esta dualidad tuya.

—¿Entonces estoy soñando?

—Y sé que, además, te gustan estas visiones—añadió la otra, sin hacer caso a la pregunta—. Te parece que sería incluso divertido. Las personas no vivimos sólo de la razón. Tenemos una parte dentro de nosotros que también es animal. Y, de vez en cuando, hay que dejarla salir. Y creo que, en este momento, es la única forma que tienes, que tenemos, de sobrevivir. Si me dejas aquí, atrapada, y sigues llorando como una cría, lo único que lograrás es sumirte en una depresión de la que te costará demasiado salir. Si es que sales. Además, mira…

La otra se acercó aún más a ella. Con la mano derecha, se separó el pelo del lateral de la cabeza. Y Chantel pudo ver lo que aquel policía le había hecho. La marca ensangrentada y llena de puntos, el agujero del oído totalmente ennegrecido. La sien y el cuello morados. El ojo derecho y la mandíbula hinchados y enrojecidos.

Chantel resopló, furiosa. Se vio a sí misma: a pesar de aquella aterradora personalidad que le devolvía la mirada, vio el daño y recordó una vez más. Le ardía la sangre, más que cuando la había sentido, tan caliente, brotar a través del corte hecho con aquella navaja automática. Era como sentir fuego, como si sus venas pudieran llegar a romperse con tanta furia moviéndose y pugnando por salir, por explotar.

La otra seguía mirándola, pero ahora su expresión era más directa, persuasiva.

—¿Vas a dejar que nos haga esto?

 

Un ruido la despertó. La puerta se había abierto. Chantel encendió la linterna que descansaba en su mesilla de noche. Era su tío. Caminaba cojeando y llevaba una taza humeante entre las manos.

—Siento haberte despertado —se disculpó, preocupado, con su rasposa voz—. Te traía algo para que pudieras dormir. Y estabas chillando, pensaba que tal vez te había pasado algo o que estabas teniendo una pesadilla.

Chantel miró hacia la esquina de la habitación, aturdida. Allí no había nadie. Alargó la mano para coger la taza. Pero se detuvo un instante al ver que en su palma estaba aquella mancha blanca. Su piel había perdido el poco color que hubiera tenido.

—No lo necesito, gracias. ¿Puedes acercarme un espejo?

—¿Estás bien?

—Sí, no te preocupes. Sólo necesito el espejo.

Su tío abrió el cajón de la mesilla, buscando. Allí encontró un pequeño espejo de tocador. Chantel se alumbró a sí misma con la linterna y colocó el espejo para verse la herida. Era exactamente como la había visto en su sueño. Cada pegote de sangre reseca. Luego se miró a sí misma a los ojos. Ya no estaban enrojecidos. No encontró aquel miedo ni la autocompasión. Encontró seguridad y descaro. Arrogancia. Algo animal y peligroso. Y mucha fuerza. Fuego.

—Gracias.

Pero rehuyó la mirada de su tío. Ladeó la cabeza, pensativa.

—Tío, te agradezco la infusión, pero no creo que sea necesaria. Hoy dormiré bien. Sólo es que me ha costado aceptar todo esto. Y adaptarme.

Su tío abandonó la habitación cojeando. A la sobrina no le pasó desapercibida la consternación, la preocupación, pero sentía todo aquello como algo tan lejano…

Chantel se recostó sobre el lado izquierdo del cuerpo y se apartó el pelo de la sien derecha para que el aire le siguiera secando la herida.

Hizo memoria. Una mirada demente, unos ojos redondos, claros y expresivos. No demasiado alto. Y sus compañeros lo habían llamado por su nombre. ¿Cuál era? Chantel se esforzó por recordar. Sí. Víctor.

La muchacha cerró los ojos. Se vio a sí misma, en un futuro no muy lejano. Acechando, persiguiendo como una bestia que busca a su presa. Con un cúter siempre a punto para utilizarlo. Soñó con la tortura, con el llanto, la sangre y el dolor. Y no olvides mi nombre. Soy Chantel.

La niña sonrió, sólo con un lado de la boca. Y durmió plácidamente. Soñando con lo que pronto, estaba segura de que muy pronto, lograría convertir en realidad.

 

Cambia y deja salir a la Bestia,

que siempre has vivido con ella y hoy es parte de ti.

 Cambia y deja salir a la Bestia,

que siempre has vivido con ella y hoy es parte de ti.

Este relato es una precuela de mi novela El gen. Las ruinas de Magerit, cuyos primeros capítulos puedes leer en este enlace.

Imagen: fotospix.com

Y recuerda que en la columna de la derecha puedes suscribirte para leer más historias cantadas.