Cinismo

cinismoDemasiados desengaños. Pasar de los treinta y que te hayan roto demasiadas veces el corazón. Que tenga pedacitos que nunca podrás sellar y cicatrices. Sobre las cicatrices siempre se siente menos. Mis latidos los marcan ellas. Haber roto corazones de gente a la que querías demasiadas veces. Desengaños, desenamoramientos. En definitiva: traumas, rupturas, ausencia y dolor. Mucho dolor.

Camino por la calle. Hace ya tiempo que ha llegado la primavera y la mayoría de las chicas están preciosas, con esos vestidos que anuncian que el verano ya casi está aquí. Y yo camino mirando al frente, como un animal de feria al que le han puesto parches en los laterales para que no se asuste. Me da miedo mirar. Puede que me dé miedo sentir. Puede que ya me esté imaginando cómo acabará. Y pienso, o más que pensar, siento, sí, siento que ya no soy un chaval, y que debería darme prisa, que la vida pasa rápido, y que todos acabaremos en el mismo sitio. Que me gustaría que cuando llegase ese momento pudiera volver mi vista atrás y decir que mi vida valió la pena.

Pero ya estoy pasado de vueltas de todo. No entiendo muy bien cuál es mi papel, mientras veo cómo mis amigos y amigas se enamoran, se arrejuntan. Algunos se casan y tienen ya críos. Yo ya no tengo ganas de nada. No lo sé. Es como si hubieran cortado mis alas, mis ganas de emocionarme, de vivirlo todo al máximo y sin miedo.

Lo cierto es que ya estoy pasado de vueltas de todo. Pongamos un ejemplo: conoces a una chica en una fiesta de unos amigos. Luego os volvéis a ver un día tomando cervezas. Os dais el teléfono. Os enviáis unos cuantos mensajes. Bueno, ahora unos whatsapp. Volvéis a coincidir una tercera vez o ya directamente decidís quedar. Te enrollas con ella. Besa bien, está buena. Te gusta… bueno, te gusta un poco. Dependiendo de cuánto, acabarás teniendo una o más noches tórridas con ella. Y luego planes postcoitales como tomar una cerveza en una terraza al día siguiente cuando despiertes en su casa o desayunar juntos antes de ir a trabajar. Pero tú, o ella, o incluso los dos, seguiréis sin verlo claro. Es algo para pasar el rato. Y esto ya lo has hecho, ya sabes cómo va y no te produce ya esa sensación de bienestar que te generaba antes. Ya no es la conquista por la conquista. Eso ya sabes que puedes hacerlo. Ya no te emociona. Al final, la historia acaba tal y como esperabas: o bien se enfría y dejáis de veros o bien con una conversación que tiene por conclusión que esto no es lo que estáis buscando ninguno de los dos.

¿Pero es que buscamos algo? En realidad, yo creo que sí. A mí me encanta el cine de acción y de aventuras. Y siempre he sentido que vivir una historia de amor apasionado y emocionante es lo más parecido a ser el protagonista de una de ésas películas a lo que podemos aspirar el común de los mortales. Sientes que estás en una película, que tiene sus momentos de subida y de bajada, que todo es emoción e intensidad. Entonces… ¿por qué es ya tan difícil de sentir?

No entiendo qué es lo que me pasa por la cabeza. No. Me pregunto si es alguna burla de los planes divinos que están pensados para mí. Cuando me suceden cosas absurdas e ilógicas a veces levanto la vista y miro al cielo, y siento ganas de preguntar hacia allí arriba: «¿Te estás tiendo de mí?». Claro, no hay respuesta. Y así pasa la vida. Creo que en algún momento hice planes. Pero ya me las sé todas. Ahora envidio esas generaciones de nuestros padres, que se enamoraban de adolescentes y crecían juntos. Yo simplemente vivo la vida, día a día, sin esperar nada de nadie. Supongo que tengo miedo. Que estoy tan harto de sufrir que ya no hay forma de que deje de protegerme inconscientemente. Es una pena, pues creo, francamente, que siempre he sido un buen novio. Cuando me enamoro siento tanta necesidad de dar, de hacer feliz a la otra persona… le doy toda mi vida, todas mis energías. Aunque suene cursi, le doy todo mi amor. Y aquí estoy, desperdiciándolo.

A veces siento que me recorre las venas, que arde y que me quiere preguntar algo como: «¿Cuándo vas a dejarme fluir otra vez?». No tengo respuesta. Creo que sigo deseando que eso ocurra, pero que tengo demasiado miedo. Que me he acomodado y que vivo en una zona de confort donde hay pocas emociones. Creo que mi cerebro ha puesto un freno de mano al que no tengo acceso y que me impide abrir esas compuertas. ¡Qué desperdicio de generosidad, de amor, de cariño, cuando seguramente existe alguna chica que esté pensando lo mismo que yo en algún sitio! Es como tener un desagüe en el alma por el que se escurren todas estas ilusiones. Quiero volver a sentir, a ilusionarme. Pero la verdad es que duele tanto cuando sufres…

Estos son mis pensamientos mientras intento dormir la siesta. Últimamente es una sensación recurrente. No consigo dejar de pensar en ello. Y claro, mi descanso vespertino se va al carajo. Llevo dando vueltas en el sofá dos horas y he quedado dentro de una, abajo, para tomar una cerveza con un amigo. Al menos, me digo, el primer paso es admitirlo. Y después de unas cañas no me costará conciliar el sueño esta noche. ¿O no será así? Porque, en realidad, lo que descubro en estos pensamientos recurrentes no es otra cosa que la más dura verdad: estoy muerto de miedo.

Así que me he levantado del sofá, me he duchado y me he bajado al bar un rato antes de que llegue mi amigo. El camarero ya me conoce y me ha saludado con la sonrisa de siempre y me ha puesto lo de siempre. Después del segundo trago a mi caña, me he permitido la osadía de mirar a mi alrededor. Y he visto que al fondo de la barra había dos chicas hablando, una de ellas, para dirigirse a la otra, miraba en dirección a mí. Y sus ojos se han cruzado con los míos.

Antes de mis siestas llenas de reflexiones repetitivas y cansinas habría bajado la vista. Pero hoy, en lugar de eso, he mantenido su mirada y he esbozado la sonrisa más tímida de toda mi vida. No sabéis el valor que me ha supuesto hacer esto.

Y ella me ha devuelto la sonrisa.

Por algo se empieza.

 

I just want to feel real love
In a life ever after
There’s a hole in my soul
You can see it in my face
It’s a real big place

Come and hold my hand
I want to contact the living
Not sure I understand
This role I’ve been given
Not sure I understand

 

Imagen: Pinterest.com

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Relato nocturno (por Jonathan Gómez Narros)

RelatoNocturnoApenas recuerdo el olor de tu cuerpo al dormir, cuando te respiraba sin que tú lo notaras, cuando me sonreías al soñarme.

Apenas mi piel se acuerda de tu piel. Ya no la siente. Ya no siente, sin más. Quiere, pero no puede…

Recuerdo aún tu figura negra a mi lado, ese bulto durmiente junto a mí, dándome calor y paz, calor y seguridad, calor que ahora no tengo…

 

Aún te pienso sonriendo en sueños. Aquella sonrisa blanca, transparente, cristalina que se convirtió en obsesiva, decadente, marchita…

Te toco, todavía, en mi mente. Te recorro con mi mano todo tu cuerpo, sin dejarme un solo rincón… como a ti te gustaba… Mi mano se mueve, espasmos que no controlo, rozando las yemas de mis dedos con tu espalda. Dulce, delicadamente, con miedo a que te rompas…

Te beso, sí, te beso todavía en tus labios, en tus ojos, en todo tu ser, sin poder contenerme, sin remisión, perdiéndome, sin posibilidad de salvación para mi alma de hombre que ha pecado..

Te pierdo, hoy, y me pierdo. Hoy rememoro el ayer con la esperanza de que despierte, algún día, de este sueño… Te sigo perdiendo. Hoy te veo marchar y te digo adiós, cumpliéndose el destino, haciéndose verdad todos mis miedos más profundos. Me pierdo y no me/te reconozco. Adiós a ambos…

Desde la cama, solitaria, le leía todos esos pensamientos. Uno a uno. Lo conocía bien. Demasiado bien. Se dio la vuelta y ahuecó el colchón. Que si me pasa algo, pregunta el cretino. No se da cuenta de que estoy aquí… Vuelve a colocar el rebelde almohadón y sube el embozo hasta su barbilla. Que si te pasa algo, cariño. ¿Estás bien?, vuelve a preguntar el lunático, abstraído.

Todas las noches la misma rutina (la misma tortura): junto a la ventana la rememora. Se apoya en el alfeizar y respira el aire del exterior, dándole igual si yo paso frío, mirando embobado la Luna… La echa de menos, estoy segura. Sin prestar atención al calor que yo le regalo todas las noches… Insensible, maldito, capullo… Vuelve junto a mí y olvídate de ella. Ya no existe. Ya no está. Como si estuviera muerta.

Es que está muerta…

Ahora me ahogo mirando esa luna negra. Me recuerda a tus ojos… No sé por qué te sigo pensando… Aunque quiera„ no puedo olvidar…

Me engaño a mí mismo ahora. Niego la mayor y me engaño. Entro en una espiral sin sentido. Me mareo. Vuelvo a tomar aire… Todo está tan oscuro, sin ti… Una bocada de aire me ahoga, me hace toser. Siento que mi garganta se obstruye…

Ahora ya no juego como antes. Créeme, estoy limpio. De todo. Nadie como tú me ha ayudado tanto, pero te pierdo, me pierdo y no olvido. Una sola carta en una mano mala, malísima. ¿Quéhago? No lo sé. Dime, respóndeme, te lo exigió, ¿qué debo hacer para elegir la estrategia perfecta en este juego?

No te oigo. Tu respuesta me llega muda. Veo cómo tus labios se mueven articulando palabras, pero no producen sonido. No lo oigo. ¡Maldita sordera! Quiero oír, quiero oírte… Lo necesito…

Necesito comer, lo sé, pero no tengo ganas. Tengo tantas ganas… Me comería el mundo desde los cimientos, esa Luna que me mira desde arriba, ésa que mueve mis fluidos y me arrastra, engulléndome, hacia ti…Pero no. No lo hago. La pereza se ha apoderado de mí y no quiero nada, no quiero a nadie… Desprecio todo. Y por encima de todo, a mí mismo…

Vuelve a la cama, te lo exijo. Un grito sordo, leves concatenaciones de fonemas o sonidos o silabas o palabras sin sentido llegaron hasta sus oídos. Le costó comprender, tan absorbido estaba por la belleza de la Luna llena de aquella noche. Eres tan preciosa… Se movía, sin quererlo. Se descalzó, se quitó la camisa y se acostó junto a ella. La abrazó, pero no era lo mismo…

Ella lo debería saber, o tal vez no…

Aumentó la intensidad del abrazo, deseando encontrar en aquel cuerpo lo que había perdido tiempo atrás. Ella se dejó hacer, como siempre.

Suspiró. Él sonrió.

Una extraña sensación de calor recorría su cuerpo. Un extraño trasvase de fuerzas, energías, no sabría cómo explicarlo… La cálida sensación se iba haciendo fuerte. Empezaba a sentir que el influjo de la Luna ya no le arrastraba. Volvió a sonreír. Se notaba la comisura de los labios tirante.

Acercó sus labios a la espalda de ella. Un beso. Un único contacto hizo que a ella se le erizara la piel, el cuerpo entero. Un único beso los volvió a unir…

Nunca me volveré a ir lejos, me promete. Nunca abandonaré esta cama, le responde…

 

You say go, it isn’t workin’
And I say no, it isn’t perfect
So I stay instead
I’m never gonna leave this bed

Take it, take it all, take all that I have

 

 

Esta semana el relato de de mi compañero de Leyendo hasta el amanecer Jonathan Gómez Narros. Espero que os haya gustado el relato y le doy mil gracias a él por animarse a escribir esta colaboración para el blog.

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Imagen: silenciosdormidos.wordpress.com

Intervención

karma_fraseNo la esperaron con un cartel, ni con ganas de expresar sus sentimientos de forma suave y amistosa. Se encontró un grupo de personas sentadas, que callaron en cuanto la vieron entrar en la cafetería. Sus caras… bueno, digamos que podrían haber cortado un vaso de leche con sólo acercárselo un poquito. Lo que no entendió muy bien era por qué había una mujer que no conocía de nada, sentada junto a ellos. Era muy alta, de pelo moreno rizado y piel cetrina. Con unos ojos muy oscuros y grandes. Vestía ropa vaporosa y tenía las palmas de las manos juntas. Tuvo la sensación de que los había reunido a todos.

 

No sabía si aquellas personas habían sido sus amigos. Al menos, en aquel momento no podía pensar en amistad cuando los miraba. Hostilidad, ira, incluso odio. Sí. Era eso. Uno de ellos le pidió que se sentase. Lo hizo con bastante frialdad, mientras pasaba los dedos por el asa de la jarra de cerveza. A su lado, una de las chicas levantó la ceja de manera casi inconsciente. Los otros dos trataban de permanecer más calmados, pero sus ojos los delataban. Daban miedo. Él acababa de volver de fumar y se peinaba el flequillo, echándolo hacia atrás. Ella doblaba de vez en cuando alguna servilleta para desviar la mirada y tratar de contenerse.

¿Desde cuándo?

 

Hemos intentado arreglar esto por las buenas.

No sé si es que piensas que somos tontos o qué.

Te hemos pillado en una mentira tras otra, pero no has querido admitir nada.

Creía que éramos amigas, pero veo que sólo me has utilizado.

 

No supo qué decir. Se le atropellaban excusas, pero sabía que no iban a servirle de nada. Contradicciones en lo que había dicho, estaba claro que se habían dado cuenta. Habían hablado de ella a sus espaldas. Habían puesto en común las diferentes versiones que ella les había dado. Y había saltado la liebre. No lo entendían…

 

Aquí termina esta relación, este contrato o como quieras llamarlo. Antes nos daba pena. Ahora sólo nos alivia tener que dejar de pasarlo mal y conversar enfadados entre nosotros porque tú nos rehúyes. Adiós.

 

Todos se marcharon. Menos aquella extraña mujer. Se quedó mirándola silbando una melodía que no conocía, mientras ella hacía lo posible por tragarse el nudo en la garganta.

—Es lo que pasa cuando juegas a vender tu alma al Diablo. Eso es lo que haces cuando manipulas a la gente que tienes cerca, les mientes y te crees que vas a saber mantener todas tus versiones. Y él ahora debe de estar riéndose, incluso aplaudiendo. Es que te ha faltado decirles que Elvis seguía vivo y que estaba de vacaciones con Jim Morrison. Menos mal que parece que un poquito sí que te arrepientes.

—Déjame en paz.

—Ah, no, eso sí que no. Yo les he unido. Les he traído aquí y les he dicho cuál era el único momento en el que podrían lograr que quedases, y decirte todo lo que piensan, no de ti, que te querían, sino de lo que les has hecho. ¿Pero sabes una cosa? Ellos no podían verme ni oírme. Únicamente se lo he susurrado. Mientras dormían. A los cuatro. Creo que esta lección te va a venir bien. Ahora tienes que deshacer el mal que has hecho, empezar por el final. Pagar. Partir desde lo peor. Claro, que puedes volver a vender tu alma. Aunque yo buscaría a alguien mejor.

Volvió a silbar.

—¿Quieres marcharte y dejarme sola?

—No puedo, es mi misión estar aquí y recordarte que has estado consiguiendo lo que querías, incluso lo que necesitabas, a costa de demasiadas cosas. Y ahora, por fin, has recibido lo que te mereces. Siempre, siempre, acaba siendo así. Y hasta que aprendas, no me voy a separar de ti. Será tu sombra, una segunda parte de un dueto. La verdad es que cada vez tengo más trabajo, y te reconozco que debería haber llegado antes, pero dicen que nunca es tarde. Quién sabe si contigo será cierto. Permíteme que me presente. Aunque seguro que mi nombre te suena. Me llamo Karma.

 

Sometimes you get what you want.
Sometimes you get what you need.
You’re always gonna get what you deserve.
It’s all about what you want.
If you can get what you need.
You’re always gonna get what…

En este enlace tenéis una traducción de la letra.

Imagen: encuentroalternativo.com

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La otra

fotos-de-niña-llorandoNo dejaba de dolerle. Sentía que estaba allí. Pero ya no estaba. Aún no se había atrevido a mirarse al espejo desde entonces. Imaginaba toda su sien ennegrecida y amoratada, hasta la barbilla, tal vez incluso manchando su frente. Y, allí, en medio de toda aquella hinchazón un hueco, cerrado con puntos y dibujando una línea vertical ensangrentada. De un color granate que ya sería casi negro.

Chantel volvió a llorar mientras veía cómo desaparecía la última respiración de luz que luchaba por iluminar aquella ciudad destruida, por cruzar aquella capa de cenizas y dejar que se vieran aquellos horribles escombros. Recordaba aquellos ojos de brillo acuoso, aquella expresión demente, sádica, carente de cualquier piedad. Recordaba el frío en su cara, pegada contra el suelo del andén en el metro. Sus propios gritos de dolor. La risa de diversión de él, como un eco. Luego, la sangre caliente que había empezado a brotar y a mancharle la cara, creando un pequeño charco a su lado. Ella, inmovilizada, no podía dejar de mirarlo.

El policía se marchó. Se llevó con él su dignidad. Y su oreja derecha.

Chantel era una persona amable aunque no muy efusiva. No dada demasiado al contacto físico ni a las muestras de cariño. Pero en aquel momento lo habría dado todo por tener junto a ella a su madre. Maman, ou est-tu?

Posiblemente estuviera muerta dondequiera que se encontrase de viaje cuando ocurrió todo. Como tantos otros después de aquel Martes, de aquel apocalipsis.

Su tío y sus hermanas la habían cuidado desde entonces. Un amigo de su tío le cosió la herida, la desinfectó, le dio un calmante para el dolor. Pero no los necesitaba a ellos. Pensó que tal vez habría sido mejor morirse. Dejar de revivir una y otra vez aquella espeluznante experiencia. Y solamente dormir. Tal vez su madre estaría esperándola al otro lado. Puede que incluso su padre, al que hacía años que no veía.Pero su historia no era nada especial. Día tras día, muchos niños sufrían la tortura de la corrupta policía que había tomado el control de la ciudad de Magerit, o más bien de lo que quedaba de ella. Vigilaban el metro y se movían a sus anchas. Su principal diversión era hacer cosas como aquéllas: pegar palizas a los niños y, en los peores casos, mutilarles. Cómo pueden cambiar las cosas en menos de un año. Maldita existencia.

La muchacha seguía sintiendo aquel dolor, como si la oreja siguiera estando allí. No podía soportarlo y no podía dejar de llorar. Pero no quería seguir sufriendo así. Prefería dormir y soñar que aquello no había sucedido nunca. Pensó que tal vez sería mejor quitarse la vida. Pero no tenía valor para ello. Suicidarse, sin haber cumplido siquiera los trece años. Qué funesta existencia la de aquel último año.

Lloró hasta que se quedó dormida. Su mente estuvo a punto de sentir cierta paz. Pero entonces un ruido la despertó. La puso alerta. Abrió los ojos. La habitación estaba iluminada, a pesar de ser de noche. Desconcertada, se asomó a la ventana. Luna llena. Y podía verla, a través de las cenizas. Con una luz tenebrosa, pero hipnótica. Un destello la cegó. Bajó la cabeza y se miró las palmas de las manos. Tenía una pequeña mancha blanca en una de ellas. Recordó que le había salido una parecida en el costado hacía un par de semanas. Pero no le había dado importancia. Volvió a mirar a la luna. Y volvió a mirarse la mano. Aquella mancha ya no estaba.

—La mancha está en mi mano, no en la tuya.

Chantel se sobresaltó y se giró hacia una la esquina de la habitación, de donde había salido la voz.

—¿Quién eres?

La silueta oculta entre las sombras dio un paso al frente, muy despacio, y Chantel pudo verla.

Dio un respingo. Era exactamente igual que ella. Con el mismo pelo rubio corto y ondulado, las mismas facciones redondeadas. La cara amoratada en el lado derecho, tal como había imaginado. Pero aquella mirada… aquélla no era su candorosa expresión. Estaba invadida por un gesto demente, colmado de seguridad y de amenaza. Algo casi animal. Como si fuera una bestia que sólo aguardaba el momento adecuado para abalanzarse sobre su presa y disfrutar ejecutándola. Chantel sintió miedo.

Aquella chica alzó la mano y le mostró la palma. Allí estaba aquella mancha blanquecina, como si su piel hubiera perdido el color.

—Soy tú. ¿O no? —dijo mientras ladeaba ligeramente la cabeza y sonreía sólo con un lado de la boca, imprimiendo un matiz siniestro, aún más siniestro, a todo su lenguaje corporal.

—¿Me he vuelto loca?

—Loca te vas a volver como sigas así. Hoy has pensado en suicidarte. ¿No crees que eso sería una victoria más para ese policía cabrón?

La niña volvió a llorar.

—Deja de llorar. Para ya. Chantel. Tú no estás triste. Sólo estás furiosa. Estás llena de odio y rabia por lo que te ha pasado. Lo que nos ha pasado. Si reprimes eso, será todavía peor. Vale, has perdido una oreja. ¿Pero también quieres volverte loca? Porque es lo que te va a ocurrir si sigues así. Negando toda esa ira. Negándome a mí.

—¿Negándote?

—No es la primera vez que sueñas conmigo. Con esta dualidad tuya.

—¿Entonces estoy soñando?

—Y sé que, además, te gustan estas visiones—añadió la otra, sin hacer caso a la pregunta—. Te parece que sería incluso divertido. Las personas no vivimos sólo de la razón. Tenemos una parte dentro de nosotros que también es animal. Y, de vez en cuando, hay que dejarla salir. Y creo que, en este momento, es la única forma que tienes, que tenemos, de sobrevivir. Si me dejas aquí, atrapada, y sigues llorando como una cría, lo único que lograrás es sumirte en una depresión de la que te costará demasiado salir. Si es que sales. Además, mira…

La otra se acercó aún más a ella. Con la mano derecha, se separó el pelo del lateral de la cabeza. Y Chantel pudo ver lo que aquel policía le había hecho. La marca ensangrentada y llena de puntos, el agujero del oído totalmente ennegrecido. La sien y el cuello morados. El ojo derecho y la mandíbula hinchados y enrojecidos.

Chantel resopló, furiosa. Se vio a sí misma: a pesar de aquella aterradora personalidad que le devolvía la mirada, vio el daño y recordó una vez más. Le ardía la sangre, más que cuando la había sentido, tan caliente, brotar a través del corte hecho con aquella navaja automática. Era como sentir fuego, como si sus venas pudieran llegar a romperse con tanta furia moviéndose y pugnando por salir, por explotar.

La otra seguía mirándola, pero ahora su expresión era más directa, persuasiva.

—¿Vas a dejar que nos haga esto?

 

Un ruido la despertó. La puerta se había abierto. Chantel encendió la linterna que descansaba en su mesilla de noche. Era su tío. Caminaba cojeando y llevaba una taza humeante entre las manos.

—Siento haberte despertado —se disculpó, preocupado, con su rasposa voz—. Te traía algo para que pudieras dormir. Y estabas chillando, pensaba que tal vez te había pasado algo o que estabas teniendo una pesadilla.

Chantel miró hacia la esquina de la habitación, aturdida. Allí no había nadie. Alargó la mano para coger la taza. Pero se detuvo un instante al ver que en su palma estaba aquella mancha blanca. Su piel había perdido el poco color que hubiera tenido.

—No lo necesito, gracias. ¿Puedes acercarme un espejo?

—¿Estás bien?

—Sí, no te preocupes. Sólo necesito el espejo.

Su tío abrió el cajón de la mesilla, buscando. Allí encontró un pequeño espejo de tocador. Chantel se alumbró a sí misma con la linterna y colocó el espejo para verse la herida. Era exactamente como la había visto en su sueño. Cada pegote de sangre reseca. Luego se miró a sí misma a los ojos. Ya no estaban enrojecidos. No encontró aquel miedo ni la autocompasión. Encontró seguridad y descaro. Arrogancia. Algo animal y peligroso. Y mucha fuerza. Fuego.

—Gracias.

Pero rehuyó la mirada de su tío. Ladeó la cabeza, pensativa.

—Tío, te agradezco la infusión, pero no creo que sea necesaria. Hoy dormiré bien. Sólo es que me ha costado aceptar todo esto. Y adaptarme.

Su tío abandonó la habitación cojeando. A la sobrina no le pasó desapercibida la consternación, la preocupación, pero sentía todo aquello como algo tan lejano…

Chantel se recostó sobre el lado izquierdo del cuerpo y se apartó el pelo de la sien derecha para que el aire le siguiera secando la herida.

Hizo memoria. Una mirada demente, unos ojos redondos, claros y expresivos. No demasiado alto. Y sus compañeros lo habían llamado por su nombre. ¿Cuál era? Chantel se esforzó por recordar. Sí. Víctor.

La muchacha cerró los ojos. Se vio a sí misma, en un futuro no muy lejano. Acechando, persiguiendo como una bestia que busca a su presa. Con un cúter siempre a punto para utilizarlo. Soñó con la tortura, con el llanto, la sangre y el dolor. Y no olvides mi nombre. Soy Chantel.

La niña sonrió, sólo con un lado de la boca. Y durmió plácidamente. Soñando con lo que pronto, estaba segura de que muy pronto, lograría convertir en realidad.

 

Cambia y deja salir a la Bestia,

que siempre has vivido con ella y hoy es parte de ti.

 Cambia y deja salir a la Bestia,

que siempre has vivido con ella y hoy es parte de ti.

Este relato es una precuela de mi novela El gen. Las ruinas de Magerit, cuyos primeros capítulos puedes leer en este enlace.

Imagen: fotospix.com

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Pirotecnia

04-Fuegos-San-Isidro-04A mi lado, mi amiga suspira. Se gira y me mira.

—Es que me encantan. Siempre que los veo me emocionan como si fuera una niña.

—Sí, entiendo lo que dices. A mí también me pasa.

Porque cuando los veo, pierdo la vista en las alturas y me pongo a soñar.

Sueño contigo, sueño que vienes a verme. Es todo como un cuento de hadas. Te corono con el emblema del imperio, celebramos tu nombramiento en los parques de Lavapiés con unas latas de cerveza. Y salimos de paseo. He conseguido convencer a la alcaldesa, aunque no ha sido fácil, y ha llenado ambos flancos de la Gran Vía con millones de claveles. Rojos a un lado. Blancos al otro. Qué bien huelen, ni siquiera se siente el humo. Quiero impresionarte, así que entramos en un bar que es más que eso. Es un museo. Y allí los reconoces: tus escritores y músicos favoritos toman cócteles y hablan de arte y filosofía. Nos unimos a su conversación mientras te invito a lo más exquisito de la carta. Bailamos, festejamos como locos. Después del tercer vino, reúno algo de valor. No soy de ésos que se dedican a decir frases sentidas, soy más de adoptar una pose de orgullo y chulería y citar a algún poeta. Sí, me lo imagino, e imagino que tú me escuchas, te ilusionas y te ríes:

“¡Mírame con tus ojazos

tan bellos y tan brillantes

y muero por tus pedazos

en unos breves instantes!”

Cómo me gusta soñar despierto e imaginar que vienes a verme. Cómo me gusta imaginar lo mágico que sería. Mientras tanto, pierdo mis ojos entre explosiones y destellos, sentado en el césped del parque de El Retiro, junto a mis amigos, mientras la humedad me da algo de frío. Es el final a esta celebración, después de tanta verbena, chotis y diversión en un día festivo. A mí lo que siempre me gusta para el final de un buen día es soñar despierto. Y nada como esos fuegos artificiales sobre el estanque para hacerlo. Saltan chispas. Y automáticamente pienso en ti. Después de sentirme cegado por tan bonito y sencillo espectáculo, me ensordecen los aplausos. El espectáculo ha sido todo un éxito.

Algo vibra en el bolsillo de mi cazadora. Eres tú. Un Whatsapp.

—¿Qué tal han estado los fuegos?

—Muy bonitos. Te habrían gustado. —Y le adjunto una fotografía que he hecho con el móvil.

—¿Sabes una cosa? Acabo de saber que la semana que viene tengo que ir a trabajar allí. Había pensado quedarme ya el fin de semana. El viaje desde Méjico es muy cansado y así aprovecharía para conocerlo. Llevo tanto tiempo deseando conocer Madrid…

Se me escapa una sonrisa. Mis amigos me miran y me preguntan qué sucede. Pero yo les hago esperar.

—Claro que sí. Yo seré tu anfitrión. Lo tengo todo preparado.

—¿En serio? ¡Muchas gracias!

Y muchos emoticonos.

—Gracias a ti. Estoy seguro de que te vas a enamorar… de la ciudad.

Y vas a ver lo que es canela fina

y armar la tremolina cuando vengas a Madrid.

Feliz día de san Isidro a todos los madrileños 🙂

Imagen: travellersbook.net

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Mónica y su padre (por Karuna)

alcoholMónica mira el reloj de su celular, que marca las 7:30 p.m., su corazón palpita intensamente y está desesperada por regresar a su casa. El camión está saturado, la joven pide su parada; Ya oscureció, asustada, corre hasta llegar a su hogar.

En casa sirve la cena a sus hermanos pequeños. Ya dormidos en su cuarto, se queda en la sala para esperar a un padre que no llega de trabajar. Para la medianoche se escucha un ruido idéntico al golpeteo de una botella contra la puerta, es Raimundo, su padre completamente borracho, Mónica no tiene más remedio que atenderlo.

 

—¿Te sirvo la cena, papá? —pregunta Mónica tratando de controlar su nerviosismo mientras le quita el calzado a su padre.

—Joven, deme otra.—dice Raimundo volteando en repetidas ocasiones la cabeza y alzando la mano con la botella de cerveza.

—Papá, soy Mónica.—dice ella con firmeza y frunciendo el ceño ante los ojos de su padre.

—¿Qué te quedas mirando? ¡TRÁEME OTRA BOTELLA! —grita Raimundo, mientras Mónica aprieta sus dientes sin abrir la boca.

—¿Así me agradeces el ayudar con los gastos, cuidar y alimentar a los niños en tu ausencia? Tan sólo… ¿Para aguantar tus insultos de borrachera? —pregunta la joven resistiendo un nudo en la garganta.

—No me hagas reír —carcajea Raimundo mientras intenta tocar la pierna de su hija.

—¡No vuelvas a tocarme! —grita la muchacha al darle una bofetada a su padre, aunque éste, no deja de carcajear.

 

Mónica deja a su padre en la sala y huye por las escaleras hasta llegar a su habitación. Observa en el espejo su rostro cubierto de lágrimas, mientras abraza el retrato de su familia.

 

Sin embargo, sólo puede tragarse el llanto, respirar profundo y regresar abajo para atender a su padre que se ha quedado completamente dormido, que quizás no recuerde que le tomó la pierna, que tal vez se olvide de su madre a su modo, que cuando se levante sólo pedirá un desayuno picante para prepararse antes de ir al trabajo, no discutir con él lo que pasó en la noche, por lo tanto, lo mirará a los ojos, le dará un beso de despedida, dejará a los niños en la escuela, limpiará la casa, y en la tarde cuando los deje en casa, se irá a la escuela para regresar a las 7:30 y esperar a que su padre llegue para la cena.

 

La vida apesta, piensa Mónica mientras, se ve en el espejo que está en la sala.

 

 

Until a quarter-to-ten… I saw the strain creep in…

He seems distracted and I know just what is gonna happen next

 Before his first step… he is off again

Gracias a Karuna por su colaboración. Ella es autora del blog

Mi Refugio es un Mundo de Ficción, que podéis leer aquí: http://unknownidentify.blogspot.mx/

Imagen: http://www.clinicaser.info

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El inmortal

308989_XSXBDPLNTHOPLJISupe que no era como los demás cuando tan sólo tenía seis años. Me caí por un barranco. Mi familia me dio por muerta. Celebraron un funeral en nuestra cueva, con música ritual y pintándose los rostros. Cuando me vieron aparecer, ilesa, chillaron espantados. Para ellos ya no era más que una aparición. Pero yo no estaba muerta. De verdad que no. Hablo con la gente, me alimento, bebo vino y he amado a más hombres de los que nadie podría recordar. Al llegar a los treinta años dejé de cambiar y me mantuve igual hasta hoy. Mi pelo y mis uñas crecían, los cortaba cuando era necesario. Y eso era todo. Por alguna razón que no alcanzaba a comprender, yo era inmortal.

Pensaréis que es fácil. Creeréis que tal vez soy alguna de esas criaturas de vuestras historias de terror, como un vampiro, un licántropo o cualquier otra invención. Pero no. Hasta donde yo sé, no soy más que una mujer que se esfuerza por repetir su nombre para no olvidarlo. Pues he cambiado tanto a lo largo de mi larga vida que ya nada me parece un punto de apoyo, un referente ni un hogar al que volver.

Excepto él. No sé muy bien quién es, pero me lo encuentro de vez en cuando. La mayoría de las veces que sucede, es en momentos de ésos que escribís en vuestros textos sagrados o en vuestros libros de historia. La primera vez que lo vi estaba próximo el año cero y se acercaba al desierto. Era un hombre de aspecto muy interesante. No sé si guapo, pero sí atractivo. Vestía con prendas exquisitas y siempre con muy buen gusto. Desprendía un magnetismo muy poderoso que, a la vez, me resultaba amenazante. Lo mejor de él era su sonrisa, y cómo la prodigaba de forma encantadora, cómo brillaban sus dientes al hacerlo. Pero en sus ojos no había ilusión. Había más bien un deje de desencanto y fatalidad. No sé si él me vio. De ser así, no me prestó atención.

La siguiente vez que me fijé en él estaba junto a Pilatos. El procurador se lavó las manos con presteza tras mirarle a los ojos. Luego, él sonrió. Uf, aquella sonrisa… Me seducía y a la vez me daba miedo.

Y se sucedieron los encuentros, tanto como mis viajes por el mundo. En todas las guerras, en los ataques por sorpresa, en los complots: Bombay, Rusia, Francia… él era igual que yo. No cambiaba, no envejecía. ¿Podría él explicarme cuál era el origen de mi naturaleza?

Fue en Estados Unidos, tras el asesinato del presidente Kennedy, cuando por fin tuve la ocasión de dar con él. Estaba entre la multitud, al igual que yo y, cuando estalló la histeria posterior a los disparos, él esbozó aquella magnética sonrisa y se dio la vuelta, alejándose de la gente. Yo le seguí. Entró en un bar cercano. Quería hablar con él.

Cuando abrí la puerta del local, él me estaba mirando desde un alto taburete. Se estaba tomando una copa.

—Hola —saludó, y me dedicó aquella sonrisa.

Creo que me sonrojé.

—Debemos de ser los únicos que no se han quedado entre la multitud. ¿Qué ha pasado con…?

—¿Con Kennedy? —interrumpió—. Ha muerto.

Tragué saliva. Estaba ya demasiado acostumbrada a la muerte, pero no a que nadie hablase de ella con semejante satisfacción.

—¿Te divierte? —pregunté, dejando entrever mi indignación.

—Ten cuidado con el tono de tus palabras, querida. Sé cortés.

Su mirada me asustó. Ígnea. Incandescente.

—¿Por qué lo haces?

—¿Por qué hago el qué?

—Todas esas atrocidades. Tú estás metido en ellas. No existe otra explicación. Llevo viéndote desde el principio de los tiempos cada vez que sucede algo terrible. Y no entiendo por qué.

—Vaya. Una de mi prole.

—¿De tu prole?

—Y parece que ni siquiera te lo han dicho. ¿Cuántos años tienes?

—Sinceramente, ya he perdido la cuenta.

—Comprendo. Así que no sabes nada de tus orígenes. Claro, por eso te asusta tanto mi juego. No entiendes cuál es su naturaleza. Pero estoy seguro de que, aunque te atemorizase, en el fondo deseas saberlo.

»Por ejemplo, lo que acabas de ver ahí fuera. Era necesario. Y no voy a negar que también placentero. Podrás decir que ese presidente, o cualquier otra persona cerca de la cual me hayas visto, no era tan mala. Podrás culparme por manipular la situación, pero no olvides que todo policía es también un criminal y que todo pecador es un santo. Son todos más parecidos entre sí de lo que imaginas.

Sonrió. Me temblaban las piernas. Se puso en pie, me atrajo hacia él sosteniéndome por la cintura. Sentía miedo, sentía que estaba entrando en las fauces del lobo. Pero me atraía como el más poderoso imán. Me besó. Creí que iba a perder el sentido. Me inundó de vida y de pasión. De ganas de sentir. Habría jurado que lo veía pesar de tener los ojos cerrados, y que tenía unas alas enormes y negrísimas.

Se separó de mí. Yo abrí los ojos. Volvió a mirarme. Sonrió otra vez, con un nuevo matiz: un aire de suficiencia.

—Vaya, soy un grosero. No te he dicho mi nombre. Permíteme que me presente. Aunque creo que ya has adivinado quién soy.

Pleased to meet you
Hope you guessed my name, mm yeah
(Who who)
But what’s puzzling you
Is the nature of my game, mm mean it, get down
Tell me baby, what’s my name
Tell me honey, can ya guess my name
Tell me baby, what’s my name
I tell you one time, you’re to blame

What’s my name
Tell me, baby, what’s my name
Tell me, sweetie, what’s my name

Imagen: http://zangana.metroblog.com

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Cuando los sueños se cumplen (especial Día del Libro)

La-muñeca-de-porcelana-3INTRODUCCIÓN

Nunca podré olvidar tu mirada angelical. Después de tantos años, sigue clavándose en mí cada vez que miro esa foto tuya que me observa desde el lado derecho de mi escritorio. Sigo sintiendo con absoluta intensidad cómo me cautivabas con tu luz. Ahora, tu cara embruja mis sueños, que ya nunca me traen paz, ni calma, ni descanso.

Ser escritora iba a significar cumplir un sueño, iba a ser una bendición y una recompensa. Pero lo habría dado todo por no llegar hasta aquí. Escribo, incansable, tan harta de estar aquí, en esta situación, mientras siguen sangrando las heridas que no parecen curarse. El dolor es mucho más real que cualquier otra sensación que pueda visitarme ocasionalmente. Puede que una parte de mí se niegue a dejarte marchar, que sienta que, mientras te recuerdo, seguirás aquí. Yo sigo sintiéndote. Pero a la vez, estoy tan sola… Dicen que el tiempo lo cura todo. Pues yo os diré que el tiempo tampoco es omnipotente, hay demasiadas cosas que no puede borrar.

Recuerdo cómo tu luz cambió. Recuerdo cómo llorabas y yo te secaba las lágrimas con mi mano. Recuerdo cómo chillabas de terror, cuando te diste cuenta por fin de lo que estaba pasando, de que no ibas a mejorar, que todo iba a ir a peor, cómo avanzabas hacia un aciago desenlace.

Yo me quedaba contigo siempre para que no estuvieras sola. Te leía las historias que escribía, en las que la protagonista siempre eras tú. Aún te los recito de memoria, en voz baja, cada noche, cuando intento descansar. Aún sigo contigo. Y, a la vez, sigo estando tan sola… atada a esta insoportable existencia que solamente puedo aliviar pensando en ti, escribiendo sobre ti y recordándote con todos y cada uno de los gestos que realizo. Mi vida es sólo para ti. Escribo, porque es la única manera que tengo de hacerte inmortal.

La gente dice que es fácil seguir adelante. Pero tu voz se llevó consigo mi cordura. ¿O tal vez sigues aquí? Tal vez, a pesar de todo, estás conmigo, me observas y me ayudas. Me ves triste, hundida en el dolor y tratas de reconfortarme, inspirándome y recordándome que mi sueño era éste. Escribir, triunfar. La sala llena de gente importante que va a inundar, dentro de muy poco, la presentación de mi primer libro. Un libro que sólo habla de ti.

Iris dejó de escribir para sumirse en un desconsolado sollozo. Hundió la cabeza entre los brazos y, después, lentamente, alzó la vista para mirar la foto que estaba a la derecha de su mesa de trabajo. Aquella luz, aquella mirada. Seguía allí. Una ráfaga de aire helado cruzó su cuerpo e hizo que se estremeciera. La mujer se secó las lágrimas, respiró profundamente. Ojalá su sueño no se hubiera cumplido. Nunca habría escrito aquel prometedor manuscrito si la tragedia no las hubiera elegido a ellas. Ojalá fuera una aspirante a escritora, fracasada y amargada, pero acompañada por aquel amor tan maravilloso. Ahora, sólo escribía por ella. Para recordarla.

Iris tomó una nueva hoja de papel. Sólo le quedaba enviar a sus editores aquellas dos páginas. La introducción ya estaba escrita. Lo único que le faltaba era…

Blandió la pluma henchida de valor, pues aquélla era una de las situaciones más terribles a las que se había enfrentado en su vida. Escribió, muy despacio, las preciosas palabras que conformarían la dedicatoria de su libro.

 “Para mi hija Irina. Mi inmortal.”

You still have all of me.

Quería escribir un relato sobre escritores para un día como el de hoy. Sé que ha quedado un poco triste, pero espero que os haya parecido bonito. Espero que disfrutéis muchísimo del Día Internacional del Libro y que vuestro amor por la literatura crezca un poquito más en este día.

Pasadlo muy bien. 🙂

Imagen: crepypasta.co

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Hasta la vista

mujer_fumandoEl café estaba horrible. Si hubiera estado en mi casa, lo habría endulzado con algo mejor que aquel azúcar industrial que apenas se distinguía del torrefacto. Puaj. Pero, de todas formas, hacía tiempo que había dejado de gustarme el café. Y tantas cosas. Mientras miraba hacia atrás no podía dejar de pensar en el paso del tiempo y en lo que ello supone en las personas.

Dejé el vasito de plástico sobre una de las sillas de la sala de espera, incapaz de tomármelo, y pensé que era mejor lavarme la cara con agua muy fría en el baño. Lo cierto es tampoco me hizo especial bien, por el contrario, me encontré con mi reflejo en el viejo espejo y me di cuenta de que estaba ojerosa. Fue curioso, porque me imaginé a mí misma, de pequeña, con mis ricitos rubios y pensé en que ni siquiera habría llegado a verme en el espejo. En que ahora era diferente. Me pregunté si yo misma me habría reconocido si hubiera visto una foto mía de pequeña. Lo cierto es que, según te haces mayor, el tiempo cada vez pasa más deprisa. Las decisiones se tienen que tomar más rápido y a veces desearías ni siquiera tener que ser responsable de nada, sino dejar pasar la vida, o algún tren, de vez en cuando. O que alguien tomase ese tipo de decisiones por ti.

Fuera, esperaba mi prima. Como siempre, con el mp3 en la mano y los cascos con alguna canción interesante. Me senté entre ella y el vaso del café que había desechado, y suspiré. Ella me miró sin mudar su expresión y me ofreció uno de sus auriculares, que acepté con un nuevo resoplido.

—¿Qué tienes?

Ella me alargó el reproductor de música para que pudiera ver la lista de artistas.

—¿Puedes poner a los Rolling?

Ella obedeció, con amabilidad.

—Viene bien, ¿verdad? Para asimilar las cosas.

Asentí muy lentamente. Ella me cogió del brazo y me sacó de la sala de espera del hospital, mientras en mi oreja izquierda y la suya derecha no dejaba de sonar rock ‘n roll. Me llevó afuera. A pesar de ser primavera, hacía frío. Pero era de esperar. Eran las cinco y media de la mañana y últimamente refrescaba mucho por la noche.

—¿Un cigarrillo? —me extrañé mientras ella me acercaba la caja con decisión.

—Tú sólo fumas en ocasiones especiales. Pues ésta es muy especial. Es el fin de una era. Y habrá que amortiguarlo de alguna forma.

Dicho esto, se sentó en las escaleras de la entrada del hospital arrastrándome a mí por el cable de los auriculares, para que hiciera lo mismo. Y allí pasamos un buen rato, fumando, sin hablar, escuchando la música casi sin pensar en ella y mirándonos los zapatos. Empezaba a amanecer cuando agotamos todas las canciones de los Rolling.

—No puede quedar mucho —dije.

—Ya sabes cómo es la morfina. Cuestión de horas.

—Quiero verle. Hay que despedirse.

—Como quieras. Yo lo hice antes, creo que no tengo fuerzas para volver a pasar. Fumaré un poco más.

—De acuerdo.

Me levanté mientras mi móvil empezaba a vibrar. No debían de ser aún ni las siete y media de la mañana y ya estaban acribillándome a mensajes. La vida de desenfreno, de demasiado trabajo. Todos entendían que tuviera que tomarme este descanso, era un asunto familiar, pero todos me esperaban. En demasiados sitios. Cuando trataba de organizar mi tiempo y mi vida siempre me sentía como en un laberinto. Aunque siempre prefería esto a una vida monótona o mediocre.

Crucé la sala de espera y me acerqué a coger el vasito de plástico de antes. Tal vez me viniera bien tener cualquier cosa que estrujar en la mano al entrar allí. Empujé la puerta, respirando profundamente, sin creerme que aquello estuviera pasando, sin creerme que todo estuviera a punto de acabar. El fin de una era.

Allí estaba. Algunos de sus hijos junto a él. También el muchacho que le había cuidado durante los últimos años. Todos hablando en voz baja, respetuosos ante el sueño del enfermo. Él era el que más ruido hacía, o eso me lo pareció a mí al sentir su respiración, al percibir cómo sus frágiles pulmones seguían moviéndose acompasadamente, aferrándose a una vida que ya duraba casi 102 años.

Otra persona habría visto a un debilísimo anciano en esa cama. Yo veía a alguien que para mí era casi como un monumento. Como la Puerta de Alcalá. Siempre esperabas verla al llegar adonde estaba, y se te haría raro si un día no estuviera allí. Así era él. Fuerte, imposible de doblegar, intransigente por seguro, pero a la vez enérgico y creativo. Puedo decir con cierta arrogancia que fui la única con la que jugó a juegos de niños —que ni con sus hijos jugó—, y que me había cuidado cuando había estado enferma. Al fin y al cabo, el roce hace el cariño, y habían sido muchos años. Y muchas cosas compartidas. Algunas de ellas las veo en mí y pienso que son su legado.

Me acerqué con calma hasta él. Tenía que despedirme, pero no quería creérmelo. Sí, es cierto que estas cosas no son lo mismo con personas tan mayores, pero eso no hace que sean fáciles. Habían sido muchos años. Todavía esperaba en algún momento oírle soltar unos sus estruendosos estornudos o algún grito de enfado acorde a su a veces intratable carácter.

Pero no oí nada más que aquella convulsa respiración. Me incliné hacia él y besé su frente, le cogí de la mano. Tenía que decir algo, que te vaya bien, se acabó, ¡hasta la vista!, pero me daba miedo que lo oyese. Así que sólo lo chillé para mí, desde el fondo de mis entrañas.

Respiré hondo y salí de la habitación, intentando no sentir, sólo pensar. Pensar en aquel legado. En lo que veía en mí y que era también parte de él.

Si algo había compartido y heredado de mi abuelo, eso era, sin duda, mi pasión por escribir. Y eso es algo que deja una huella mayor que cualquier monumento, que cualquier arco grandioso. Ninguna Puerta de Alcalá le hace sombra.

 

Hasta la vista, amigo, adiós,

que todo nos vaya bien,

parece que se acabó.

Hasta la vista rock & roll.

Me tengo que acostumbrar

a cantar sin oír tu voz.

Ezequiel Jaquete. 1908-2010. In memoriam.

Abuelojpg

Imagen: rengloneszurdos.com

Mi alimento

Hoy hace mucho calor. A la gente le gusta. Yo no sé qué pensar. Por una parte, no tendré que morirme de frío y cubrirme con cartones, pero, por otra, me preocupa que suba demasiado la temperatura. Será eso que dicen del cambio climático, pues aún estamos en abril, pero ya he visto un termómetro que indica que estamos a 33 grados al sol.

Mialimento

Suspiro. Tras lavarme como puedo en la fuente que hay en el Paseo de la Castellana, me como un chicle para intentar no apestar. Aunque seguramente así es. Me doy asco. Pero tampoco tengo adónde ir a lavarme en condiciones. Así que tomo mi cartel y me encamino a mi lugar habitual.

Está cerca de un hotel de lujo y enfrente del Congreso. Los que vivimos en la calle ya nos conocemos, sabemos dónde podemos situarnos y dónde no. No nos quitamos el sitio los unos a los otros y, además, están todas esas mafias con las que debes negociar para que te dejen tranquilo. Al menos, me digo con un gesto amargo, desde ahí puedo desahogarme. Cuando tengo un mal día, grito desde el otro lado de la acerca a todos los idiotas que entran a hacer como que trabajan ahí dentro. Yo apestaré por fuera, pero ellos están podridos por dentro. La mayoría son incapaces de dignarse a mirarme a mí, ni a ninguno de los que están como yo por las zonas aledañas, cuando se encaminan a tan digna sede de nuestro supuestamente honrado sistema. Siempre dudamos de su veracidad, pero creo que muchos, como yo, nunca esperamos que fuésemos a acabar así. Cuando comenzó la crisis estaba convencido de que, por muy mal que vinieran dadas, al menos siempre tendría asegurado lo mínimo. Que lo de acabar en la puta calle sólo les sucedía a las personas que son unas inadaptadas, que se pelean con todos sus seres allegados. Esperaba que nunca me sucediera a mí. Pero al final, a pesar de muchos esfuerzos, he acabado aquí. Es difícil mantenerse sereno cuando ves cómo todo lo que tienes empieza a desaparecer, cómo te lo van arrebatando. Es difícil asimilar que, por mucho que te esfuerces, no servirá de nada. Yo acabé por caer en la bebida. Ya no sabía cómo esconderme de mi propia vida. Supongo que es algo que no se puede hacer.

Al menos, desde aquí, puedo vociferar e insultarles: estúpido farsante, rey de los ladrones, mientes más que hablas. Príncipe de espadas. No sé cómo duermes por las noches. Al menos, me desahogo. Al menos, procuro insultar con cierta creatividad y no soltar demasiados tacos. Seré un sintecho, pero soy un hombre culto. No como ellos, que muchas veces no saben más que poner “de que” por todas partes. Y esos son los que nos gobiernan. Puf.

Pero hoy tengo demasiado calor. No estaba preparado para esto. También es verdad que tengo resaca, porque a pesar de esto, anoche hizo mucho frío y me bebí una botella de vodka para poder dormir. Para conciliar el sueño, pero también para ignorar el frío. Debo de estar algo deshidratado. Así que me tumbo sobre la acera y dejo que los insultos que ideé anoche vuelen de mis labios, del pestilente aliento de mi boca al aire ondulado y seco que flota entre ellos y yo. Debo de estar chillando mucho, porque se me ha secado la boca. Un policía viene y me dice que calle. Aunque suavemente, me da una patadita en el costado. Para que me quede claro quién manda, supongo.

Me aparto ligeramente y me apoyo en la esquina de la calle. Tengo calor, tengo resaca, me duele la cabeza y no paro de sudar. Pero me encuentro tan mal que no me quedan fuerzas para ponerme de pie. Anoche el vodka parecía mejor idea. Ahora, se me está nublando la vista.

Veo un ligero espejismo frente a mí, como ésos que aparecían cuando tenía un coche de gama media y hacía kilómetros para ir a la playa una semanita al año. Pero sé que no es agua. Es sólo una ilusión. Me cuesta cada vez más enfocar. En la esquina de enfrente se coloca un hombre con una cazadora que le está grande. Leva un enorme acordeón que empieza a tocar, repitiendo insoportablemente la misma canción una y otra vez. Me gustaría increparle, pero no me siento con ganas de discutir. Lo miro desde lejos. Me resulta familiar. ¡Pero qué demonios! ¡Si es Felipe González! Un ruido más fuerte interrumpe la canción y se me clava en el cerebro. Es un tranvía. ¿Pero qué hace un tranvía cruzando Madrid? Hace años que… ¿Y qué demonios hace Aznar subido en el tranvía, sin bigote y con esa boina al estilo de un hombre de pueblo? Me giro, intentando recostarme y pestañeo, al ver que un mendigo envuelto en mantas se ha tumbado junto a mí. Es igualito a Artur Màs. Entran dos diputados más en el congreso, vestidos con ropas caras. Juraría que tienen restos de sangre en la comisura de los labios. Sentados cerca de ellos, en el suelo, veo a Sarckozy y a Angela Merkel con ropas viejas y enormes ojeras. Se clavan sendas jeringuillas en los brazos. Un gremlin cruza por en medio de la calle y se sube a un furgón policial. La muerte se acerca a caballo y me mira. Todo se vuelve negro.

***

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Es un cartelito de madera tallada y bastante viejo, que está colocado bajo un crucifijo con un Jesucristo agonizante. No sé dónde estoy, pero la habitación está fresquita. Es bastante austera, no tiene más adornos que esta cita, la cruz y una vieja rueca rota. Junto a una puerta de madera carcomida, hay un reloj que ya no tiene péndulo.

Me giro y veo que, en la mesita de noche, hay un vasito con agua y una pajita. Me destapo y bebo a sorbitos.

La puerta se abre. Entra una monjita.

—Vaya, me alegro de que se haya despertado. Parece que ha sufrido usted un golpe de calor, una ligera deshidratación. No me extraña, con todo el calor que ha hecho hoy y usted pidiendo en la calle. De veras que lo siento. Habríamos avisado al hospital, pero últimamente están tan desbordados y la espera es tan larga…

—Muchísimas gracias, señora. Seguro que en el hospital no me habrían atendido. Somos gente de segunda.

La mujer calla. En silencio, roza con los dedos la cruz de sencilla madera que cuelga de su cuello, sobre la camisa.

—Cene usted aquí hoy. Tenemos un albergue aquí al lado donde podría quedarse si lo desea. Así no tendría que dormir en la calle.

—No se preocupe. Se lo agradezco mucho, no me malinterprete. Pero, cuando haya cenado, me marcharé. Seguro que hay gente que lo necesita mucho más que yo. Y no tengo ninguna duda de que, en momentos como éste, estarán desbordados.

Mientras termino de beber el agua con la pajita, la mujer no deja de mirarme. Percibo en ella cierta lástima, pero también un deseo de permanecer serena.

—¿Ustedes cómo lo hacen?

—¿Hacer el qué?

—Me refería a qué cómo conservan la calma. Con todo lo que está pasando, seguro que mucha gente les pide ayuda. Y salta a la vista que ustedes no se dan grandes lujos. ¿Nunca se desespera y siente la necesidad de reventar?

La mujer vuelve a acariciar la cruz.

—Claro que sí. Pero intento tener fe en que todo acabará por solucionarse. Y trato de perdonar a los responsables de todo esto. Sin perdón, no habría esperanza.

—¿Eso cree usted?

—Sé que a veces es difícil. Pero si no, estaríamos anclados en el dolor del pasado para siempre.

Sonrío.

—Supongo que mis argumentos no le convencen. ¿Qué es lo que le da fuerzas a usted?

Aprieto los dientes. Pienso en lo que tuve. Siento todo el dolor de haberlo perdido.

—A mí lo único que me mantiene a flote es pensar que tal vez algún día paguen por todo el daño que nos han hecho.

 

Puedes intentar que te perdone Dios,

no lo haré yo.

Puedes intentar que te perdone Dios,

no lo haré yo. No lo haré yo.

Puedes intentar que te perdone Dios,

no lo haré yo.

Puedes intentar que te perdone Dios,

no no no lo haré yo.

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Imagen: periodistadigital.com