El fin del mundo

MageritSales a la calle y lo descubres. Puede que te hayas dado cuenta al mirar al cielo, pero normalmente es una sensación más relacionada con tu interior. Intentas mirarte y lo ves todo negro. No hay camino, no hay salida. No hay luz al final, porque ni siquiera hay un túnel. Y ves pasar tu historia, esa corta historia, de un año o de tres, de seis meses… a veces incluso de veinte. La ves porque sabes que se ha acabado. Que ya no hay nada más. No hay futuro, no hay hacia dónde mirar. Todo se extingue, se deshace como si fuera arena.

Ves lo bueno de tu historia, que te mantenía enganchado a seguir adelante. Lo malo, que dolía y te dejaba hundido, pero de alguna forma lograba fortalecerlo todo. Pero ya da igual. Se acabó. Y no habrá un mañana, así que no hay que preocuparse. Si quieres, puedes llorar. Ya no importa.

Todos somos supervivientes. De una o de mil historias. Hemos caído y nos hemos vuelto a levantar. En cada una de esas ocasiones hemos sentido que el fin del mundo había llegado. No existía nada. Ni siquiera aquel dulce dolor que a veces valía la pena. O aquella preciosa sensación de calma que inundaba nuestro pecho. Hacía que nos sintiéramos vivos. Y, ese fin del mundo lo acentuaba más. Porque sentíamos esa sensación de que eran nuestros últimos instantes, previos a la absoluta desaparición. Qué tontos somos los seres humanos, que a veces preferimos sufrir para saber que estamos vivos a no sentir absolutamente nada. Luego llegan estos días y nos sentimos como si el sol nunca fuera a volver a salir. Como si las calles fueran a quedarse desiertas y nosotros, en un momento u otro pudiésemos desaparecer también. Y ya daría igual. Porque no hay nadie a quién le importe. El mundo ya no existe.

Hoy es martes, 28 de octubre. El Martes. Otro aniversario del fin del mundo. Uno como otro cualquiera. Y no te has muerto. Pero con cada uno de ellos posiblemente sientas esa sensación de muerte, ese dolor de no querer decir adiós. Una palabra tan corta y tan difícil de decir. Y luego, verás que sigues vivo. Aunque jamás habrías pensado que podrías salir adelante. Pensabas que no podía haber nada más. Pero hoy, un aniversario más, descubres que te habías equivocado.

 

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Refugio

Tonta. Niña tonta, niña estúpida, niñata. ¿No ves lo que te haces? En serio, ¿no lo ves? Lloras, creas, inventas, pero a todo el mundo le da igual. Sólo les importa lo que haces por ellos. Y lo peor es que ni siquiera puedes quejarte: fuiste tan complaciente en tu afán por agradar, porque todos te quisieran, que te olvidaste de ti misma. ¿Cómo no se iban a olvidar los demás? Si te tratas a ti misma como un trapo, así lo hará el mundo.

RefugioTe diste cuenta, una y otra vez. Pero es algo que no eras capaz de desaprender. Algo que casi parece formar parte de tu propia naturaleza, como si tener un corazón demasiado bueno sólo te fuera a traer decepciones, y el olvido. Así que te volvió a ocurrir. Volviste a olvidarte, volviste a caer en tu propia trampa de forzada empatía y buena disposición. Y así has terminado.

Poco a poco creaste el muro, te alejaste de la realidad porque a veces se te hacía demasiado insoportable. Al principio fue imperceptible: dejaste de contar cómo estabas porque a nadie le gustan las frases negativas. Luego dejaste de salir, para no tener que poner buena cara a gente que te había hecho daño. Y fuiste sustituyéndolo todo por esta otra dimensión. En ella bailas, tentadora, pero nadie te ve bailar. Escribes historias que nadie quiere conocer. Tomas fotografías que nadie quiere ver. Esa genialidad, esa creatividad, sigue ahí: los colores que inventaste, las novelas que escribiste y que casi te habrían llevado al éxito. Pero que al final te llevaron a ponerte la zancadilla a ti misma. Sola. Desatendida. ¿A quién le importa ya?

Algunas veces, cuando estás conmigo, lloras. Puede que sea ya la única conexión que tienes con la realidad. Pero ni siquiera ese llanto se percibe más allá de un tenue lamento. Has aprendido a no molestar a nadie con tus problemas, con esas tonterías, como tú las llamabas, porque así fueron siempre tratadas por los demás.

Puede que tengas razón. Creo que a nadie le importa. Yo sólo te veo una vez por semana, cuando paso consulta y escondes tus creaciones justo antes de yo entre en tu habitación de la clínica. Tus cuantos, tus fotos, tus figuritas, todo cae de golpe en un gran arcón blanco y echas el cerrojo. Escondes la llave. Ya no quieres que nadie mire.

Ya nunca dices nada. Ya no hablas, imagino que ni siquiera tienes ganas de hablar. Aunque una parte de mí siente pena, porque veo, a través de esa mirada desencantada, una luz y unas ganas de comunicarse que me iluminarían sólo con un par de frases. Como cuando sentías que eras genial y no habías sufrido tanto.

A veces pienso que nunca saldrás de esa celda que tú misma te impusiste. Encontraste el alivio de todo en escribir, en crear un pequeño mundo que fuera tuyo y de nadie más, donde nadie pudiera olvidarse ya de ti. Donde pudieras estar siempre presente, para ti misma y para los otros. ¿Y sabes lo que pienso? Que me da igual. Sólo soy tu psiquiatra y cada día, cuando me quito la bata, desconecto de mi trabajo y vuelvo a casa.

Solamente cuando camino por los pasillos de la clínica y veo cómo vuelves a sacar todos tus tesoros del arcón, cuando veo la ilusión que ilumina tu cara durante esos momentos, me pregunto algo: ¿es tu solución la mejor? ¿No estaremos los demás equivocados y tú tienes más razón que nadie, creando un mundo pequeñito a tu medida en el que has renunciado a que te quieran y así también a sentir que para los demás únicamente formas parte del olvido? ¿Eres feliz al fin? ¿Diste con lo que buscabas?

Tell me, did you find
all your explanations inside your
Diorama?

Fotografía: Mygotyk.com

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