Inseparables

Man Kissing Woman at BarLuces ese vestido rojo que tan bien te queda. Maldita sea, recuerdo que lo llevabas la primera vez que te besé. Sin embargo, ahora tonteas con otro. Le susurras cosas al oído, él te habla a ti también y tú te ríes, mientras sostienes la cerveza con la otra mano y de vez en cuando das un sorbo, mirándole a él con ojos golosos.

Me he distraído. La rubia que tengo frente a mí me acaricia el pecho a la altura de las clavículas y sonríe. Espera que la vuelva a besar. Y lo hago. Me encanta. Me olvido de ti. Pero, al girarme para ir a por una bebida, me giro y te veo enrollándote con ese tipo. Una punzada de celos se me clava, la adrenalina se quema en mis venas como el fuego más indómito.

La rubia me roza el cuello con los dedos. Me vuelvo a girar. Me encanta. Seguramente acabaré con ella en su casa una noche más. Mientras la aproximo hacia mí, agarrándola por la cintura, veo que te alejas de la mano con él entre la oscuridad del bar y de la multitud. Y os metéis en el cuarto de baño. Mi mente y mis emociones se dividen. Pero, finalmente, decido concentrarme en mi rubia. Sigo pensando que me encanta, aunque seguro que dentro de un par de días pierdo el interés.

Salís del baño abrazados y algo despeinados y yo trago saliva. Os apoyáis en la barra. Pedís algo y bebéis, sin soltaros, os besáis sin ningún tipo de pudor delante de todo el mundo. Yo sigo bailando con mi rubia y la beso cada vez con más pasión. Me estoy calentando. Demasiado. Demasiado rápido.

Él rebusca en el bolsillo de su pantalón, saca el teléfono móvil y sale a la calle. Yo me dirijo a la rubia:

—¿Podrías ir a buscar mi cartera al coche? Creo que la he olvidado en la guantera.

Ella sonríe y se va. Yo aprovecho tu momento de soledad y me acerco a la barra. Apoyo los antebrazos sobre la madera y me giro para mirarte. Tú bebes el último trago de tu copa y apoyas las manos también sobre la barra.

—Te parecerá bonito —me dices.

—¿Bonito?

—Sí, venir aquí a restregarme a tu rubia.

—¿A restregarte…? —No doy crédito—. Creo que podría decirte lo mismo.

—Ese tío me gusta. Y me gusta enrollarme con él.

—Lo mismo puedo decir yo de la rubia.

—¿Y yo ya no te gusto?

Me río. Poso mi mano sobre la sobre la tuya.

—Claro que sí. Cómo puedes pensar que no…

—Tienes el corazón dividido entonces… —dices con una sonrisa sarcástica.

—Debo confesar que sí. Aunque veo que tú también te has puesto celosa.

—Supongo que un poquito. Y estoy segura de que tú también —añade, mientras me pasa los dedos por el mentón—. Tal vez sea hora de admitir la verdad.

—¿Y cuál es la verdad?

—Que es cierto que nos gustamos, pero también que somos unos malditos promiscuos. Que nos sirve el argumento de que la carne es débil. Bueno… ¿me acompañas al baño?

Cojo tu mano y te sigo en la oscuridad. Antes de que él y ella vuelvan. Peco. Pecas. Pecamos.

Mea culpa.

 

In the crime of passion

I’m as guilty as you

 

Imagen: theguardian.com

Y recuerda que en la columna de la derecha puedes suscribirte para leer más historias cantadas.

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