Dormir. Olvidar. Esperar

sad-in-bedComo cada año, mis pulsaciones y mi temor se aceleraron al pensar en que se acercaba septiembre. Era como una maldición. Daba igual cómo hubiera ido el año, la fortaleza con la que yo abordase el nuevo curso. Irremediablemente, al llegar este mes recibía un terrible golpe. Aquel fatal sino había comenzado hacía ya siete años, cuando mis tres tías, con las que vivía, me anunciaron que mi padre estaba muerto. Lloré por alguien que no conocía, y entonces supe que pasaría años con esta sensación de dolor. La pérdida de un padre no se supera así como así, aunque no lo hayas conocido. Veinte años, por lo menos, pensé, hasta que me haya hecho a la idea.

Al año siguiente fue cuando me dijeron que tenía que empezar a ir a aquella escuela donde los niños eran tontos y me tiraban del pelo. Nunca hice amistad con ellos y siempre estaba deseando que terminase la clase para correr a casa con mis tías y refugiarme en sus abrazos o en un libro.

Al otro, mi tía Flora perdió la visión de su ojo derecho y hubo que empezar a ayudarla para hacer casi todo. Y aunque era una mujer con energía y siempre procuraba mantener su buen espíritu, se puso triste. Era como si su luz se hubiera apagado un poquito para siempre.

Un año más. Tuvimos que mudarnos de nuestra casita en el bosque. No me dijeron nunca por qué. Sólo que era peligroso, que alguien nos seguía y teníamos que protegernos. No os podéis imaginar cómo adoraba aquella casa. La nueva no estaba mal, pero ya no era lo mismo. No era mi hogar.

Y así cada año. Cada vez que lo pienso me convenzo más de que algo, alguien, desde algún lugar, está acechando con la única intención de hundirme poco a poco. No creía en la magia hasta hace poco, pero tenía aquella certeza totalmente asimilada en mi interior. Rosa, me decía a mí misma, ten cuidado este mes. Algo malo va a pasar. Prepara tus defensas.

Pero lo de este año ha sido demasiado. Después de tantas pérdidas, de tanto esfuerzo por acostumbrarme a lo malo, me ha sucedido algo maravilloso. Este verano, he conocido a alguien. Fue el 31 de agosto. Nunca lo olvidaré. Nadie olvida la primera vez que se enamora. Y menos aún si ese amor es correspondido. Qué feliz momento. Como en una película. Esa mirada, que no se apartaba de mis ojos, la sonrisa que se nos escapaba a los dos… Seguro que sabéis muy bien a lo que me refiero. Me entretuve, charlando en el bosque con él, paseando cogidos de la mano… y no llegué a casa hasta la medianoche, cuando ya era 1 de septiembre.

Mis tres tías me estaban esperando en la puerta. Yo, emocionada, empecé a contarles lo que había sucedido. Lo maravillosamente que me sentía. Sus caras se pusieron muy serias. Que no. Que no puedo volver a verle. Que mi padre no está muerto. Que por fin me pueden llevar a conocerlo. Que conoceré a alguien más acorde a mi posición social.

Creo que ellas pensaron que eran las mejores noticias del mundo. Pero para mí fue como si me arrancasen algo de dentro. No pude más que esconderme en mi cuarto y llorar sin parar. Cuando vinieron a buscarme, ya me dolía la cabeza. Pero tuvimos que irnos. Ya no me quedaban lágrimas. Daba igual, porque fuera estaba lloviendo. Parecía que las estrellas llorasen también por mí, me empaparon. MI dolor me empapaba, por fuera y por dentro.

Y por eso, aquí estoy, hundida en la tristeza, deseando que todo sea mentira. Pero sé que no lo es. Este año he asumido todo lo que me ha pasado. Es como si hubiera perdido la inocencia. Pero sigo sin querer estar en mi piel. Como cada septiembre, desearía que todo esto no hubiera pasado, pero sé que no hay marcha atrás. Seguirá en mi memoria, seguirá siempre echando de menos lo que he perdido: mi casa, mi ilusión, mi primer amor… Mi único deseo, el de una persona sumida en depresión, es dormir mucho; ojalá pudiera dormir hasta que todo hubiera pasado, que el mundo siguiera girando mientras yo sólo descanso y que, cuando despierte, oiga doblar las campanas y sepa que todo el dolor ya ha pasado.

Por eso estoy en este oscuro túnel construido en ladrillos grises. Por eso me acerco a esa luz verdosa que da tanto miedo. Voy hacia el peligro, pero es que ya me da igual. O puede que sea lo que realmente quiero. Porque yo sólo quiero dormir. Por eso, alargo la mano y saboreo el momento en el que mi dedo se posa con fuerza sobre el huso, el dolor cuando se pincha y derrama la primera gota de sangre. Saboreo cómo voy perdiendo la consciencia. Cómo, por fin, mi mente puede descansar, puede olvidar, dormir…

Wake me up when September ends

Estamos de vuelta. En la columna de la derecha te puedes suscribir para leer más historias cantadas.

Imagen: http://spencerwrites.wordpress.com/

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2 thoughts on “Dormir. Olvidar. Esperar

  1. Me alegro leer y disfrutar de un nuevo relato de “Canciones con Historia, historias con canción”.

    Hace unos días, estaba leyendo comentarios de personas que se quejaban de autores que abusaban de escribir historias relacionadas con un mismo tema.
    Los relatos de “Ansiedad” y “Dormir. Olvidar. Esperar” que han sido los más recientes de este blog abordan con mucha intensidad su tema común denominador: la depresión.

    Extraordinariamente, lo interesante de ambos relatos es que están orientados de diferente manera. “Ansiedad” tiene una protagonista que a pesar de su intensa estrés sigue adelante y sabe lo duro que es la vida y como la ha llevado; Lo contrario sucede con “Dormir. Olvidar. Esperar”, donde la narradora atrapada en un laberinto existencial justifica su dolor y pasividad, a pesar de que intenta buscar su felicidad, en señalar un culpable que le impide hacerlo: sus tías.

    Por lo tanto, las canciones utilizados en ambos relatos han sido excelentes brújulas para los lectores de este blog.

    Nos seguiremos, leyendo.

    Saludos Karuna ^^

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