Ansiedad

fotograndeansioliticos

—¿Te pido un café?

Me río.

—Supongo que estás de broma. Llevo cinco años sin poder tomarme un café. Pero mira, tú ni te habías fijado. Como hablar con las piedras.

—Estás un poco borde, ¿no?

Me vuelvo a reír. Su cara es un poema.

—Estoy del humor que estoy. Después de mucho tiempo intentando estar bien, acabas hasta las narices de fingir. De todas formas, ya voy yo a la barra. Imagino que tú querrás un té, como siempre. Para mí una tila.

Regreso enseguida. Un poco más y no me da ni las gracias. Es el problema de malacostumbrar a la gente a ser bien dispuestos. Se toman los favores como un derecho. Y luego eres tú el que no tiene derecho a nada.

—Bueno, pues tú dirás.

—No sé, hace mucho que no nos veíamos. Quería saber qué tal estabas.

—Pues te doy la versión que tú entiendes. Estoy bien, sobrevivo. Poco a poco, como te dice la gente cuando no saben cómo responder con una palabra de consuelo porque estás hecho una mierda y ellos tampoco ven salida.

—Madre mía. ¡Qué humor!

—Se siente. Bueno, en realidad, no.

—Pero te lo decía en serio —asegura mi amigo—. Cuéntame qué tan estás. Cuéntame eso de la ansiedad.

—Te lo he contado mil veces. ¿A qué viene eso ahora?

—Joder, ¿no puedo preocuparme por ti?

Cojo la tila entre las manos. Está ardiendo. La loza me calienta los dedos. Los tengo helados.

—Un poco tarde, ¿no? Hace años que he necesitado eso y tú, como tanta gente, como si oyeras llover.

—Qué dura eres.

—Dura es mi situación. Pasarlo francamente mal y que nadie me haya echado un cable, que todo lo que haya recibido haya sido indiferencia. Silencio. Es una pasada tener amigos como tú. En los buenos momentos, eso sí, eres súper majo. Pero vamos, que no te preocupes, he aprendido a vivir con ello. Sé que en el tema de la ansiedad hay mucha desinformación, que no es fácil de entender si no te ha pasado. Pero es mucho más difícil de entender si vas a tu puta bola y haces como que no oyes a la persona que te está pidiendo ayuda.

—Eso no es cierto. Tú no…

—¿Que no? —le corto—. Cada día que hablábamos. Claro que, debí de empezar a darme cuenta de la asimetría de nuestra amistad cuando fui consciente de que, si yo no cogía el teléfono no sabía nada de ti. Nunca me llamabas. Venga, haz memoria…

—No estoy seguro, no me había dado cuenta.

—Pues ya te lo digo yo.

—Bueno, pero cuéntamelo. Así por lo menos, lo entenderé.

—Pues te hago un resumen. Imagínate que te sientes jodidamente débil, como una especie de despojo porque te encuentras mal y únicamente te dicen que tienes que relajarte —mi propia ironía me pita en los oídos—. Imagínate que, de un día para otro, te pones enfermo. Que te mareas cuando vas por la calle. Que te ahogas a todas horas, te falta el aire. Que por las noches te despiertas como si fueras a tener un ataque al corazón y duermas de pena. Tienes todos los músculos agarrotados y doloridos. Muchísima hambre, es de lo poco que te calma un poco. Empiezas a engordar. Luego, para poder por lo menos tener un descanso, empiezas a tomar algo: tila, valeriana, el día que no puedes más, un ansiolítico. Pero, aunque te alivie, eso te jode la vida. Porque estás agotado todo el día. No dejas de tener sueño y, a la vez, eres un manojo de nervios. Porque no puedes tomar café. Joder, llevo cinco años sin tomar café y tú ni te habías fijado.

»¿O es que te creías que esto era como el día que tienes un poco de sueño o te duele un poquitín la cabeza? ¿Como tener nervios antes de un examen? Esto es una enfermedad, que nunca sabes cuándo va a surgir para joderte el día, la noche, la semana o el año. La puta vida entera si le das cancha. Y te sientes una mierda porque sabes que, de alguna manera retorcida y de enfermo, de loco e histérico, tú mismo te has provocado esta mierda. Y te estás haciendo daño, te has cargado tu propia salud y no puedes evitarlo. Imagina que tuvieras fiebre alta así, de vez en cuando, varias veces al día. Sin causa aparente. Pero que tuvieras que seguir así, por un tiempo indefinido. Que te vieras estancado y no supieras cómo huir. Dicen que este tipo de cosas les pasan a las personas que se han mantenido fuertes durante demasiado tiempo. ¡Pues yo sólo me siento un débil despojo! Manda huevos.

Sólo al terminar mi arenga y ver la cara de mi amigo me doy cuenta de que hace un buen rato que me he echado a llorar. Tengo el cuello de la camisa empapado. Me seco rápidamente las lágrimas de la cara. Una persona así no merece que le abra mi alma y exponga mi sufrimiento. Bebo la tila rápido y me quemo los labios, pero hago como si nada.

—¿Pero sabes lo peor de todo? Lo peor no es pasarlo mal. Lo peor es lo sola que me he sentido durante todo este tiempo. Porque nadie me ha ayudado. Ni siquiera hay alguien que haya intentado entenderme. No he hecho más que sentirme fuera de lugar, tener que poner sonrisas falsas, reír con ganas artificiales y llorar con lágrimas que no conseguían siquiera salir. Hacer como si no me hubiese importado, aunque lo he sentido como una puñalada trapera por la espalda. Y cuando ya no podía más, pensaba que aparecería alguien, que alguna de esas personas a las que siempre intenté hacer felices, porque eran mis amigos, porque les quería y se lo demostré siempre que pude, vendría y trataría de animarme. Que alguien me daría un abrazo, al menos. Pero nunca llegó. Sólo consigo seguir adelante porque de vez en cuando me encierro en casa, pongo la música a tope y chillo con la cabeza debajo de la almohada, así nadie me oye. Así que discúlpame si estoy de mal humor, pero nadie ha sido amable conmigo y no será porque no haya pedido ayuda miles o millones de veces.

Él no ha probado el té. Me atrevería a decir que ha palidecido.

—Pero yo no sabía nada de todo esto…

—A otro perro con ese hueso. Te lo he contado. Pero tú estabas más ocupado con planes divertidos como para darte cuenta de que mis mil peticiones de auxilio quería decir precisamente eso: que necesitaba ayuda. Supongo que cuando has tenido una vida más fácil y tus problemas han sido aprobar un examen o tirarte a la rubia de turno, no eres consciente de que existen otros problemas. De todas formas, no te preocupes. Conozco a mucha gente así. Incluso hubo una vez un amigo al que fui a ver, necesitaba hablar, y se había olvidado de mí. No estaba en casa y me quedé bastante tiempo en su portal, con el móvil sin batería, esperando a ver si aparecía. Ya era de noche cuando, al final, me fui. Y ni siquiera me volvió a llamar. No sé, a veces me gustaría ser otra persona, más superficial y despreocupada, con menos aspiraciones e ilusiones. Seguro que me iría mejor. Siendo más egoísta.

»¿Qué pasa? ¿No dices nada?

Él sigue callando.

—Sigo sin entender esta llamada que me has hecho, y tampoco entiendo muy bien por qué he accedido a quedar contigo. Me jode profundamente haber tenido que abrir mi corazón a una persona que me dio la espalda tantísimas veces. ¿Es que has hecho una lista de malas acciones a enmendar, como en la tele?

Mi amigo sigue palideciendo. Comienza a respirar con dificultad. Rebusca en los bolsillos de su chaqueta.

Los ojos se me abren como platos. Ha sacado una caja de Tranquimazín. La abre y veo que está casi acabada, al pastillero le quedan cuatro o cinco cápsulas. A toda prisa, saca una y se la bebe con un pequeño trago del té.

—Por eso querías verme.

Vuelvo a reír. Con muchas más amargura que antes. Me levanto de la mesa y me pongo la cazadora, mientras busco la salida con la mirada.

—¿Pues sabes qué? Te-jo-des —digo, muy despacio, disfrutando de cada sílaba—. Bienvenido a mi mundo.

 

Welcome to my life

Y como no hay nada mejor para los nervios que relajarse un poquito, le damos vacaciones al blog hasta septiembre. Será un suspiro, ¡enseguida estaremos de vuelta!

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Imagen: paula.cl

El regreso (por Daniel G. Domínguez)

SONY DSCSábado noche, casa del matrimonio Jiménez-Alba. El matrimonio solía acostarse temprano, a sus setenta y pico años no tenían nada mejor que hacer, no tenían cuerpo para fiestas y la programación nocturna era pésima, así que tras su habitual copa de coñac, Alfonso decidió irse a la cama. Esa noche se encontraba solo, Julia había ido a pasar el fin de semana con su hermana Lucía, que había insistido en que se vieran, ya que necesitaba ayuda para coser unas prendas que debía entregar el lunes.

Nunca le cayó bien su cuñada, para él era una solterona miedosa de compartir una vida, dedicada única y exclusivamente a su profesión, modista, defensora de los débiles cuando ella misma era una de ellos. Para él su esposa era el ejemplo perfecto de mujer, dedicada en cuerpo y alma a su familia, siempre atenta y servicial, con la casa siempre recogida y limpia, y una cocinera excelente.

En verdad, casi nadie le caía bien… Los “amigos” los podía contar con los dedos de una sola mano y se limitaban a compañeros de mus y dominó en el bar que había enfrente del bloque de edificios en el que vivían. Religiosamente todas las mañanas ejercía la vida de jubilado en dicho bar, entre partida y partida, entre copas de anís, orujo o whisky, según le apeteciera… Pepe, el camarero, conocía muy bien a Alfonso, era cliente desde hacía ya mucho, tanto que aunque tenía veinte años menos que él, los mismos que llevaba trabajando en el bar, siempre supo que Alfonso no dejaría de ir ni un solo día. Un cliente de este tipo no se encontraba todos los días, así que procuraba que su copa nunca estuviera vacía.

Llevaba un buen rato acostado sumido en un profundo sueño, cuando despertó sobresaltado. Le había parecido oír el chirriar de la puerta que daba al rellano… Hizo memoria, aunque todo estaba algo nublado, turbio. ¿Echó la cadena antes de irse a dormir? Sabía muy bien que la cerradura no funcionaba, él mismo la rompió una mañana cuando salió dando un portazo, enfadado por algo que ahora no recordaba. No la arregló pese a que hacía un año de aquello, no se llevaba bien con el bricolaje y el manitas de la casa era su único hijo, pero este hacía ya muchísimo tiempo que se había marchado de la casa, buscando independencia y libertad. Le restó importancia al asunto, se convenció a sí mismo de que el sonido provenía de algún sueño o pesadilla. Volvió a cerrar los ojos dispuesto a dormirse.

Una figura humana cruzó la ventana, haciendo parpadear la luz de la farola que entraba por la ventana un instante.

Alfonso abrió los ojos de nuevo, un nudo se formó en su garganta. ¿Sería su cerebro recién despierto jugándole una mala pasada? ¿O alguien habría entrado? Abrió todo lo que pudo los ojos, buscó entre la oscuridad sin resultado alguno. Empezaba a sentirse estúpido y paranoico, sonrió… Fue entonces cuando una sensación muy intensa se clavó en su nuca.

Alguien le estaba observando desde algún rincón oscuro de la habitación, en silencio. El vello se le erizó, el silencio era interrumpido por un leve sonido, apenas perceptible, de la tela de unos pantalones moviéndose al caminar, lentos, muy lentos.

—¿Julia? ¿Eres tú? —dijo con voz temblorosa.

La cama recibió una fuerte sacudida, algo pesado cayó encima de Alfonso aprisionándole brazos y piernas, sintió un golpe en la boca e intentó gritar. Tarde. El sonido de su voz no fluía hacia fuera, solo llegaba un ruido amortiguado, comprendió en seguida que el asaltante se la había tapado. El desconocido le dio la vuelta y con destreza le ató las muñecas y tobillos con bridas, cuando lo hizo volvió a colocarlo en la primera posición, cara a cara. Situó su rostro muy cerca del de Alfonso.

—Mírame bien, contemplarás a alguien que no has visto jamás… —Aquella voz estaba repleta de odio.

El anciano reconoció la voz, los ojos se le tornaron llorosos. Al concentrar su vista la luz de las farolas fue suficiente para ver quién era su asaltante. La bolsa de plástico transparente que le cubrió la cabeza le impidió cerrar los párpados, el aire que intentaba aspirar desesperadamente no llegaba.

El asaltante no apartó su mirada de la de Alfonso ni un solo momento, hasta que este, poco a poco, dejó de forcejear. En un instante cortó las bridas, unos minutos más tarde retiró la bolsa de la cabeza del cuerpo inerte y lo colocó de manera que parecía seguir durmiendo, sin quitarse los guantes de cuero negro que enfundaban sus manos. Ya relajado y sintiéndose muchísimo mejor de lo que lo había hecho en años, volvió a atornillar la cadena de la puerta exterior. Con la misma entrecerrada y desde el rellano con la ayuda del destornillador y retorciendo un poco la mano, la puso como si hubiera sido cerrada desde adentro.

El asaltante abandonó la casa eufórico con una sonrisa en el rostro.

—Ahora la ley la marco yo.

Mírame bien… contemplarás a alguien
que no has visto jamás.
Cachorro ayer, hoy soy león;
ahora, la ley la marco yo.

 

Quería agradecerle al escritor Daniel G. Domínguez su participación en el blog con este relato, espero que os haya gustado tanto como a mí. Podéis leer más relatos de Daniel y su novela Moriendum en su página de Wattpad.

Imagen: http://www.las-drogas.com

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