Entender (especial Día del Orgullo Gay)

women-huggingVacío. Los huecos que deja una persona cuando se va son golpes silenciosos que te destruyen, poquito a poco, mientras quieres luchar contra esa realidad: la de una cama vacía, una habitación sin desorden, un baño que no está lleno de vapor cuando yo voy a entrar. Ya no abres la ventana después de ducharte para que entre aire fresco. Porque tú ya no estás.

La verdad es que me vuelve loca no tenerte aquí. Cada vez que suena el teléfono corro a contestarlo y rezo: que sea ella, que sea ella, por favor… Pero nunca eres tú. Voy por la calle esperando verte caminar, con tus siempre seguros pasos pero con tu mirada asustadiza. Pero todos los días acabo llorando, sola en casa, por la noche, pensando en que lo más probable es que ni siquiera te asomes a la ventana de dondequiera que estés para mirar a tu antiguo barrio. Que te has ido.

Pero yo sigo, como una tonta, pensando que lo mismo una tarde cualquiera, cuando haya bajado la guardia, nos crucemos por la calle, tal vez en el centro de la ciudad, que pueda preguntarte qué tal estás, que vea que tienes buena cara… Para mí hasta el día más nublado se inundaría con los rayos del sol con volver a verte sólo una vez.

Pero han pasado ya… ¿cuántos? ¿Tres años, cuatro? Mi vida está patas arriba y sigo sin poder dejar de pensar en ti. En cuánto te echo de menos. Soñando con ese día nublado en que volvamos a encontrarnos. O en que algún día vengas a verme. Te quiero tanto que nunca dejaré de echarte de menos.

¿Y sabes lo peor? Lo peor es saber que fue todo culpa mía. No quiero excusarme, pero sí te suplico que intentes entenderme. Entender. En ese verbo ha estado siempre la clave de nuestra relación y de tantas otras. Sabes que soy vieja, que vengo de un mundo donde no todo se veía como ahora. Que me habían enseñado que algunas cosas están mal, son pecado, son raras. Que hay que avergonzarse de ellas, luchar, rezar mucho, ir a un médico para que te cure. Pero luego pienso en cuánto te quiero y vuelvo a decirme, una y otra vez, que el amor nunca puede ser malo. Es lo mejor que hay en nosotros. Nunca deberíamos avergonzarnos de sentir amor. Y la persona objeto de él siempre debería sentirse algo más que halagada. Por eso yo me rompo en mil pedazos cada vez que pienso que es posible que ya no me quieras. Que me odies.

He hecho un esfuerzo sobrehumano para llegar a estas conclusiones. Y también para entender no sólo que el amor nunca es malo, sino que tampoco es raro. Que no colgamos el cartel de raros a las personas con los ojos azules, ni a los que se dedican a rodar documentales. Que algo de menor frecuencia en las estadísticas es únicamente menos habitual. No es malo. No te convierte en un esperpento. ¿Cómo pude poner esa etiqueta? Nadie se merece ser tildado de raro por una convención social. Nadie merece que se le juzgue por una sola característica de su ser que, después de todo, es tan válida como las demás.

No he puesto remitente a esta carta. He pensado que así, tal vez, esta vez sí que la abras en lugar de romperla y tirarla a la basura. He encontrado en tu habitación aquel CD que tanto te gustaba y que te olvidaste cuando te fuiste, con tu canción preferida, y lo he metido en el sobre. Un pequeño cebo, lo sé. Una trampa de vieja. Pero si no me respondes, si no me perdonas, iré a verte. No puedo soportarlo más. Sé que estás sola y sé que estás sufriendo. No he vuelto a dormir desde que tu hermano me contó lo de tu enfermedad. Y que ni siquiera te atreves a decirle la realidad. Él cree que es más grave de lo que dices. Por eso me gustaría pedirte, una vez más, que me perdones. Lo haré una y otra vez. Sabes que nuestra casa es humilde, pero que siempre habrá un hueco para ti. Que yo voy a cuidarte hasta el final. Que no quiero ni puedo permitir que estés sola en estos momentos. Luché mucho porque no me importase que “entendieras”, como lo decís vosotros. No es sólo que no me importe, es que me siento tan orgullosa de ti, de que hayas sido capaz de pelear contra tanto rechazo para poder ser quien eres, la mejor versión de ti misma, como todos deberíamos luchar por ser. Hija mía, tal vez yo no entiendo. Pero he luchado con todas mis fuerzas por comprender. Y ahora sé que yo no entiendo, pero que sí te entiendo. Por favor, perdóname. Déjame cuidarte. Vuelve a casa. Te quiero.

 

Mamá

 

Espero tener la oportunidad

para poder demostrar

que nadie más te cuida y que sólo yo te entiendo.

 

 

Este relato está escrito específicamente para la revista Gay+Art como colaboración al número especial del Día del Orgullo Gay. creo que la concienciación sobre esta situación y la lucha por la desaparición de la discriminación al colectivo LGTB es una de las principales causas que deben ocupar la parte de la historia que nos toca vivir. Con este relato he querido poner mi granito de arena.

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Imagen: thehouseofhendrix.com

Cinismo

cinismoDemasiados desengaños. Pasar de los treinta y que te hayan roto demasiadas veces el corazón. Que tenga pedacitos que nunca podrás sellar y cicatrices. Sobre las cicatrices siempre se siente menos. Mis latidos los marcan ellas. Haber roto corazones de gente a la que querías demasiadas veces. Desengaños, desenamoramientos. En definitiva: traumas, rupturas, ausencia y dolor. Mucho dolor.

Camino por la calle. Hace ya tiempo que ha llegado la primavera y la mayoría de las chicas están preciosas, con esos vestidos que anuncian que el verano ya casi está aquí. Y yo camino mirando al frente, como un animal de feria al que le han puesto parches en los laterales para que no se asuste. Me da miedo mirar. Puede que me dé miedo sentir. Puede que ya me esté imaginando cómo acabará. Y pienso, o más que pensar, siento, sí, siento que ya no soy un chaval, y que debería darme prisa, que la vida pasa rápido, y que todos acabaremos en el mismo sitio. Que me gustaría que cuando llegase ese momento pudiera volver mi vista atrás y decir que mi vida valió la pena.

Pero ya estoy pasado de vueltas de todo. No entiendo muy bien cuál es mi papel, mientras veo cómo mis amigos y amigas se enamoran, se arrejuntan. Algunos se casan y tienen ya críos. Yo ya no tengo ganas de nada. No lo sé. Es como si hubieran cortado mis alas, mis ganas de emocionarme, de vivirlo todo al máximo y sin miedo.

Lo cierto es que ya estoy pasado de vueltas de todo. Pongamos un ejemplo: conoces a una chica en una fiesta de unos amigos. Luego os volvéis a ver un día tomando cervezas. Os dais el teléfono. Os enviáis unos cuantos mensajes. Bueno, ahora unos whatsapp. Volvéis a coincidir una tercera vez o ya directamente decidís quedar. Te enrollas con ella. Besa bien, está buena. Te gusta… bueno, te gusta un poco. Dependiendo de cuánto, acabarás teniendo una o más noches tórridas con ella. Y luego planes postcoitales como tomar una cerveza en una terraza al día siguiente cuando despiertes en su casa o desayunar juntos antes de ir a trabajar. Pero tú, o ella, o incluso los dos, seguiréis sin verlo claro. Es algo para pasar el rato. Y esto ya lo has hecho, ya sabes cómo va y no te produce ya esa sensación de bienestar que te generaba antes. Ya no es la conquista por la conquista. Eso ya sabes que puedes hacerlo. Ya no te emociona. Al final, la historia acaba tal y como esperabas: o bien se enfría y dejáis de veros o bien con una conversación que tiene por conclusión que esto no es lo que estáis buscando ninguno de los dos.

¿Pero es que buscamos algo? En realidad, yo creo que sí. A mí me encanta el cine de acción y de aventuras. Y siempre he sentido que vivir una historia de amor apasionado y emocionante es lo más parecido a ser el protagonista de una de ésas películas a lo que podemos aspirar el común de los mortales. Sientes que estás en una película, que tiene sus momentos de subida y de bajada, que todo es emoción e intensidad. Entonces… ¿por qué es ya tan difícil de sentir?

No entiendo qué es lo que me pasa por la cabeza. No. Me pregunto si es alguna burla de los planes divinos que están pensados para mí. Cuando me suceden cosas absurdas e ilógicas a veces levanto la vista y miro al cielo, y siento ganas de preguntar hacia allí arriba: «¿Te estás tiendo de mí?». Claro, no hay respuesta. Y así pasa la vida. Creo que en algún momento hice planes. Pero ya me las sé todas. Ahora envidio esas generaciones de nuestros padres, que se enamoraban de adolescentes y crecían juntos. Yo simplemente vivo la vida, día a día, sin esperar nada de nadie. Supongo que tengo miedo. Que estoy tan harto de sufrir que ya no hay forma de que deje de protegerme inconscientemente. Es una pena, pues creo, francamente, que siempre he sido un buen novio. Cuando me enamoro siento tanta necesidad de dar, de hacer feliz a la otra persona… le doy toda mi vida, todas mis energías. Aunque suene cursi, le doy todo mi amor. Y aquí estoy, desperdiciándolo.

A veces siento que me recorre las venas, que arde y que me quiere preguntar algo como: «¿Cuándo vas a dejarme fluir otra vez?». No tengo respuesta. Creo que sigo deseando que eso ocurra, pero que tengo demasiado miedo. Que me he acomodado y que vivo en una zona de confort donde hay pocas emociones. Creo que mi cerebro ha puesto un freno de mano al que no tengo acceso y que me impide abrir esas compuertas. ¡Qué desperdicio de generosidad, de amor, de cariño, cuando seguramente existe alguna chica que esté pensando lo mismo que yo en algún sitio! Es como tener un desagüe en el alma por el que se escurren todas estas ilusiones. Quiero volver a sentir, a ilusionarme. Pero la verdad es que duele tanto cuando sufres…

Estos son mis pensamientos mientras intento dormir la siesta. Últimamente es una sensación recurrente. No consigo dejar de pensar en ello. Y claro, mi descanso vespertino se va al carajo. Llevo dando vueltas en el sofá dos horas y he quedado dentro de una, abajo, para tomar una cerveza con un amigo. Al menos, me digo, el primer paso es admitirlo. Y después de unas cañas no me costará conciliar el sueño esta noche. ¿O no será así? Porque, en realidad, lo que descubro en estos pensamientos recurrentes no es otra cosa que la más dura verdad: estoy muerto de miedo.

Así que me he levantado del sofá, me he duchado y me he bajado al bar un rato antes de que llegue mi amigo. El camarero ya me conoce y me ha saludado con la sonrisa de siempre y me ha puesto lo de siempre. Después del segundo trago a mi caña, me he permitido la osadía de mirar a mi alrededor. Y he visto que al fondo de la barra había dos chicas hablando, una de ellas, para dirigirse a la otra, miraba en dirección a mí. Y sus ojos se han cruzado con los míos.

Antes de mis siestas llenas de reflexiones repetitivas y cansinas habría bajado la vista. Pero hoy, en lugar de eso, he mantenido su mirada y he esbozado la sonrisa más tímida de toda mi vida. No sabéis el valor que me ha supuesto hacer esto.

Y ella me ha devuelto la sonrisa.

Por algo se empieza.

 

I just want to feel real love
In a life ever after
There’s a hole in my soul
You can see it in my face
It’s a real big place

Come and hold my hand
I want to contact the living
Not sure I understand
This role I’ve been given
Not sure I understand

 

Imagen: Pinterest.com

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Relato nocturno (por Jonathan Gómez Narros)

RelatoNocturnoApenas recuerdo el olor de tu cuerpo al dormir, cuando te respiraba sin que tú lo notaras, cuando me sonreías al soñarme.

Apenas mi piel se acuerda de tu piel. Ya no la siente. Ya no siente, sin más. Quiere, pero no puede…

Recuerdo aún tu figura negra a mi lado, ese bulto durmiente junto a mí, dándome calor y paz, calor y seguridad, calor que ahora no tengo…

 

Aún te pienso sonriendo en sueños. Aquella sonrisa blanca, transparente, cristalina que se convirtió en obsesiva, decadente, marchita…

Te toco, todavía, en mi mente. Te recorro con mi mano todo tu cuerpo, sin dejarme un solo rincón… como a ti te gustaba… Mi mano se mueve, espasmos que no controlo, rozando las yemas de mis dedos con tu espalda. Dulce, delicadamente, con miedo a que te rompas…

Te beso, sí, te beso todavía en tus labios, en tus ojos, en todo tu ser, sin poder contenerme, sin remisión, perdiéndome, sin posibilidad de salvación para mi alma de hombre que ha pecado..

Te pierdo, hoy, y me pierdo. Hoy rememoro el ayer con la esperanza de que despierte, algún día, de este sueño… Te sigo perdiendo. Hoy te veo marchar y te digo adiós, cumpliéndose el destino, haciéndose verdad todos mis miedos más profundos. Me pierdo y no me/te reconozco. Adiós a ambos…

Desde la cama, solitaria, le leía todos esos pensamientos. Uno a uno. Lo conocía bien. Demasiado bien. Se dio la vuelta y ahuecó el colchón. Que si me pasa algo, pregunta el cretino. No se da cuenta de que estoy aquí… Vuelve a colocar el rebelde almohadón y sube el embozo hasta su barbilla. Que si te pasa algo, cariño. ¿Estás bien?, vuelve a preguntar el lunático, abstraído.

Todas las noches la misma rutina (la misma tortura): junto a la ventana la rememora. Se apoya en el alfeizar y respira el aire del exterior, dándole igual si yo paso frío, mirando embobado la Luna… La echa de menos, estoy segura. Sin prestar atención al calor que yo le regalo todas las noches… Insensible, maldito, capullo… Vuelve junto a mí y olvídate de ella. Ya no existe. Ya no está. Como si estuviera muerta.

Es que está muerta…

Ahora me ahogo mirando esa luna negra. Me recuerda a tus ojos… No sé por qué te sigo pensando… Aunque quiera„ no puedo olvidar…

Me engaño a mí mismo ahora. Niego la mayor y me engaño. Entro en una espiral sin sentido. Me mareo. Vuelvo a tomar aire… Todo está tan oscuro, sin ti… Una bocada de aire me ahoga, me hace toser. Siento que mi garganta se obstruye…

Ahora ya no juego como antes. Créeme, estoy limpio. De todo. Nadie como tú me ha ayudado tanto, pero te pierdo, me pierdo y no olvido. Una sola carta en una mano mala, malísima. ¿Quéhago? No lo sé. Dime, respóndeme, te lo exigió, ¿qué debo hacer para elegir la estrategia perfecta en este juego?

No te oigo. Tu respuesta me llega muda. Veo cómo tus labios se mueven articulando palabras, pero no producen sonido. No lo oigo. ¡Maldita sordera! Quiero oír, quiero oírte… Lo necesito…

Necesito comer, lo sé, pero no tengo ganas. Tengo tantas ganas… Me comería el mundo desde los cimientos, esa Luna que me mira desde arriba, ésa que mueve mis fluidos y me arrastra, engulléndome, hacia ti…Pero no. No lo hago. La pereza se ha apoderado de mí y no quiero nada, no quiero a nadie… Desprecio todo. Y por encima de todo, a mí mismo…

Vuelve a la cama, te lo exijo. Un grito sordo, leves concatenaciones de fonemas o sonidos o silabas o palabras sin sentido llegaron hasta sus oídos. Le costó comprender, tan absorbido estaba por la belleza de la Luna llena de aquella noche. Eres tan preciosa… Se movía, sin quererlo. Se descalzó, se quitó la camisa y se acostó junto a ella. La abrazó, pero no era lo mismo…

Ella lo debería saber, o tal vez no…

Aumentó la intensidad del abrazo, deseando encontrar en aquel cuerpo lo que había perdido tiempo atrás. Ella se dejó hacer, como siempre.

Suspiró. Él sonrió.

Una extraña sensación de calor recorría su cuerpo. Un extraño trasvase de fuerzas, energías, no sabría cómo explicarlo… La cálida sensación se iba haciendo fuerte. Empezaba a sentir que el influjo de la Luna ya no le arrastraba. Volvió a sonreír. Se notaba la comisura de los labios tirante.

Acercó sus labios a la espalda de ella. Un beso. Un único contacto hizo que a ella se le erizara la piel, el cuerpo entero. Un único beso los volvió a unir…

Nunca me volveré a ir lejos, me promete. Nunca abandonaré esta cama, le responde…

 

You say go, it isn’t workin’
And I say no, it isn’t perfect
So I stay instead
I’m never gonna leave this bed

Take it, take it all, take all that I have

 

 

Esta semana el relato de de mi compañero de Leyendo hasta el amanecer Jonathan Gómez Narros. Espero que os haya gustado el relato y le doy mil gracias a él por animarse a escribir esta colaboración para el blog.

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Imagen: silenciosdormidos.wordpress.com