La otra

fotos-de-niña-llorandoNo dejaba de dolerle. Sentía que estaba allí. Pero ya no estaba. Aún no se había atrevido a mirarse al espejo desde entonces. Imaginaba toda su sien ennegrecida y amoratada, hasta la barbilla, tal vez incluso manchando su frente. Y, allí, en medio de toda aquella hinchazón un hueco, cerrado con puntos y dibujando una línea vertical ensangrentada. De un color granate que ya sería casi negro.

Chantel volvió a llorar mientras veía cómo desaparecía la última respiración de luz que luchaba por iluminar aquella ciudad destruida, por cruzar aquella capa de cenizas y dejar que se vieran aquellos horribles escombros. Recordaba aquellos ojos de brillo acuoso, aquella expresión demente, sádica, carente de cualquier piedad. Recordaba el frío en su cara, pegada contra el suelo del andén en el metro. Sus propios gritos de dolor. La risa de diversión de él, como un eco. Luego, la sangre caliente que había empezado a brotar y a mancharle la cara, creando un pequeño charco a su lado. Ella, inmovilizada, no podía dejar de mirarlo.

El policía se marchó. Se llevó con él su dignidad. Y su oreja derecha.

Chantel era una persona amable aunque no muy efusiva. No dada demasiado al contacto físico ni a las muestras de cariño. Pero en aquel momento lo habría dado todo por tener junto a ella a su madre. Maman, ou est-tu?

Posiblemente estuviera muerta dondequiera que se encontrase de viaje cuando ocurrió todo. Como tantos otros después de aquel Martes, de aquel apocalipsis.

Su tío y sus hermanas la habían cuidado desde entonces. Un amigo de su tío le cosió la herida, la desinfectó, le dio un calmante para el dolor. Pero no los necesitaba a ellos. Pensó que tal vez habría sido mejor morirse. Dejar de revivir una y otra vez aquella espeluznante experiencia. Y solamente dormir. Tal vez su madre estaría esperándola al otro lado. Puede que incluso su padre, al que hacía años que no veía.Pero su historia no era nada especial. Día tras día, muchos niños sufrían la tortura de la corrupta policía que había tomado el control de la ciudad de Magerit, o más bien de lo que quedaba de ella. Vigilaban el metro y se movían a sus anchas. Su principal diversión era hacer cosas como aquéllas: pegar palizas a los niños y, en los peores casos, mutilarles. Cómo pueden cambiar las cosas en menos de un año. Maldita existencia.

La muchacha seguía sintiendo aquel dolor, como si la oreja siguiera estando allí. No podía soportarlo y no podía dejar de llorar. Pero no quería seguir sufriendo así. Prefería dormir y soñar que aquello no había sucedido nunca. Pensó que tal vez sería mejor quitarse la vida. Pero no tenía valor para ello. Suicidarse, sin haber cumplido siquiera los trece años. Qué funesta existencia la de aquel último año.

Lloró hasta que se quedó dormida. Su mente estuvo a punto de sentir cierta paz. Pero entonces un ruido la despertó. La puso alerta. Abrió los ojos. La habitación estaba iluminada, a pesar de ser de noche. Desconcertada, se asomó a la ventana. Luna llena. Y podía verla, a través de las cenizas. Con una luz tenebrosa, pero hipnótica. Un destello la cegó. Bajó la cabeza y se miró las palmas de las manos. Tenía una pequeña mancha blanca en una de ellas. Recordó que le había salido una parecida en el costado hacía un par de semanas. Pero no le había dado importancia. Volvió a mirar a la luna. Y volvió a mirarse la mano. Aquella mancha ya no estaba.

—La mancha está en mi mano, no en la tuya.

Chantel se sobresaltó y se giró hacia una la esquina de la habitación, de donde había salido la voz.

—¿Quién eres?

La silueta oculta entre las sombras dio un paso al frente, muy despacio, y Chantel pudo verla.

Dio un respingo. Era exactamente igual que ella. Con el mismo pelo rubio corto y ondulado, las mismas facciones redondeadas. La cara amoratada en el lado derecho, tal como había imaginado. Pero aquella mirada… aquélla no era su candorosa expresión. Estaba invadida por un gesto demente, colmado de seguridad y de amenaza. Algo casi animal. Como si fuera una bestia que sólo aguardaba el momento adecuado para abalanzarse sobre su presa y disfrutar ejecutándola. Chantel sintió miedo.

Aquella chica alzó la mano y le mostró la palma. Allí estaba aquella mancha blanquecina, como si su piel hubiera perdido el color.

—Soy tú. ¿O no? —dijo mientras ladeaba ligeramente la cabeza y sonreía sólo con un lado de la boca, imprimiendo un matiz siniestro, aún más siniestro, a todo su lenguaje corporal.

—¿Me he vuelto loca?

—Loca te vas a volver como sigas así. Hoy has pensado en suicidarte. ¿No crees que eso sería una victoria más para ese policía cabrón?

La niña volvió a llorar.

—Deja de llorar. Para ya. Chantel. Tú no estás triste. Sólo estás furiosa. Estás llena de odio y rabia por lo que te ha pasado. Lo que nos ha pasado. Si reprimes eso, será todavía peor. Vale, has perdido una oreja. ¿Pero también quieres volverte loca? Porque es lo que te va a ocurrir si sigues así. Negando toda esa ira. Negándome a mí.

—¿Negándote?

—No es la primera vez que sueñas conmigo. Con esta dualidad tuya.

—¿Entonces estoy soñando?

—Y sé que, además, te gustan estas visiones—añadió la otra, sin hacer caso a la pregunta—. Te parece que sería incluso divertido. Las personas no vivimos sólo de la razón. Tenemos una parte dentro de nosotros que también es animal. Y, de vez en cuando, hay que dejarla salir. Y creo que, en este momento, es la única forma que tienes, que tenemos, de sobrevivir. Si me dejas aquí, atrapada, y sigues llorando como una cría, lo único que lograrás es sumirte en una depresión de la que te costará demasiado salir. Si es que sales. Además, mira…

La otra se acercó aún más a ella. Con la mano derecha, se separó el pelo del lateral de la cabeza. Y Chantel pudo ver lo que aquel policía le había hecho. La marca ensangrentada y llena de puntos, el agujero del oído totalmente ennegrecido. La sien y el cuello morados. El ojo derecho y la mandíbula hinchados y enrojecidos.

Chantel resopló, furiosa. Se vio a sí misma: a pesar de aquella aterradora personalidad que le devolvía la mirada, vio el daño y recordó una vez más. Le ardía la sangre, más que cuando la había sentido, tan caliente, brotar a través del corte hecho con aquella navaja automática. Era como sentir fuego, como si sus venas pudieran llegar a romperse con tanta furia moviéndose y pugnando por salir, por explotar.

La otra seguía mirándola, pero ahora su expresión era más directa, persuasiva.

—¿Vas a dejar que nos haga esto?

 

Un ruido la despertó. La puerta se había abierto. Chantel encendió la linterna que descansaba en su mesilla de noche. Era su tío. Caminaba cojeando y llevaba una taza humeante entre las manos.

—Siento haberte despertado —se disculpó, preocupado, con su rasposa voz—. Te traía algo para que pudieras dormir. Y estabas chillando, pensaba que tal vez te había pasado algo o que estabas teniendo una pesadilla.

Chantel miró hacia la esquina de la habitación, aturdida. Allí no había nadie. Alargó la mano para coger la taza. Pero se detuvo un instante al ver que en su palma estaba aquella mancha blanca. Su piel había perdido el poco color que hubiera tenido.

—No lo necesito, gracias. ¿Puedes acercarme un espejo?

—¿Estás bien?

—Sí, no te preocupes. Sólo necesito el espejo.

Su tío abrió el cajón de la mesilla, buscando. Allí encontró un pequeño espejo de tocador. Chantel se alumbró a sí misma con la linterna y colocó el espejo para verse la herida. Era exactamente como la había visto en su sueño. Cada pegote de sangre reseca. Luego se miró a sí misma a los ojos. Ya no estaban enrojecidos. No encontró aquel miedo ni la autocompasión. Encontró seguridad y descaro. Arrogancia. Algo animal y peligroso. Y mucha fuerza. Fuego.

—Gracias.

Pero rehuyó la mirada de su tío. Ladeó la cabeza, pensativa.

—Tío, te agradezco la infusión, pero no creo que sea necesaria. Hoy dormiré bien. Sólo es que me ha costado aceptar todo esto. Y adaptarme.

Su tío abandonó la habitación cojeando. A la sobrina no le pasó desapercibida la consternación, la preocupación, pero sentía todo aquello como algo tan lejano…

Chantel se recostó sobre el lado izquierdo del cuerpo y se apartó el pelo de la sien derecha para que el aire le siguiera secando la herida.

Hizo memoria. Una mirada demente, unos ojos redondos, claros y expresivos. No demasiado alto. Y sus compañeros lo habían llamado por su nombre. ¿Cuál era? Chantel se esforzó por recordar. Sí. Víctor.

La muchacha cerró los ojos. Se vio a sí misma, en un futuro no muy lejano. Acechando, persiguiendo como una bestia que busca a su presa. Con un cúter siempre a punto para utilizarlo. Soñó con la tortura, con el llanto, la sangre y el dolor. Y no olvides mi nombre. Soy Chantel.

La niña sonrió, sólo con un lado de la boca. Y durmió plácidamente. Soñando con lo que pronto, estaba segura de que muy pronto, lograría convertir en realidad.

 

Cambia y deja salir a la Bestia,

que siempre has vivido con ella y hoy es parte de ti.

 Cambia y deja salir a la Bestia,

que siempre has vivido con ella y hoy es parte de ti.

Este relato es una precuela de mi novela El gen. Las ruinas de Magerit, cuyos primeros capítulos puedes leer en este enlace.

Imagen: fotospix.com

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4 thoughts on “La otra

  1. Cova:

    Ha sido un placer leer la precuela de El gen. Las ruinas de Magerit. Me gustaría saber los motivos que te llevaron a crear tu novela, antes de dedicarme a leer los primeros episodios de ella.

    Los motivos de Chantel, me han dejado impactada y con un enorme ánimo de leer tu obra.

    Saludos Karuna ^^

    • Pues motivos hay muchos y sería largo de contar, la idea surgió a partir de un sueño que tuve donde el metro era el contexto de todo en un estilo decadente y con mucha acción. Y para saber más tendrás que leerlo 🙂

  2. Chantel ha sido uno de los personajes que mas me ha gustado. Todo el misterio que la rodeaba, el silencio y ese toque de indiferencia. Como todos, era un víctima y arrastraba un gran sufrimiento. Sinceramente ansiaba leer el momento en que pudiera tomar venganza contra Victor.

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