Intervención

karma_fraseNo la esperaron con un cartel, ni con ganas de expresar sus sentimientos de forma suave y amistosa. Se encontró un grupo de personas sentadas, que callaron en cuanto la vieron entrar en la cafetería. Sus caras… bueno, digamos que podrían haber cortado un vaso de leche con sólo acercárselo un poquito. Lo que no entendió muy bien era por qué había una mujer que no conocía de nada, sentada junto a ellos. Era muy alta, de pelo moreno rizado y piel cetrina. Con unos ojos muy oscuros y grandes. Vestía ropa vaporosa y tenía las palmas de las manos juntas. Tuvo la sensación de que los había reunido a todos.

 

No sabía si aquellas personas habían sido sus amigos. Al menos, en aquel momento no podía pensar en amistad cuando los miraba. Hostilidad, ira, incluso odio. Sí. Era eso. Uno de ellos le pidió que se sentase. Lo hizo con bastante frialdad, mientras pasaba los dedos por el asa de la jarra de cerveza. A su lado, una de las chicas levantó la ceja de manera casi inconsciente. Los otros dos trataban de permanecer más calmados, pero sus ojos los delataban. Daban miedo. Él acababa de volver de fumar y se peinaba el flequillo, echándolo hacia atrás. Ella doblaba de vez en cuando alguna servilleta para desviar la mirada y tratar de contenerse.

¿Desde cuándo?

 

Hemos intentado arreglar esto por las buenas.

No sé si es que piensas que somos tontos o qué.

Te hemos pillado en una mentira tras otra, pero no has querido admitir nada.

Creía que éramos amigas, pero veo que sólo me has utilizado.

 

No supo qué decir. Se le atropellaban excusas, pero sabía que no iban a servirle de nada. Contradicciones en lo que había dicho, estaba claro que se habían dado cuenta. Habían hablado de ella a sus espaldas. Habían puesto en común las diferentes versiones que ella les había dado. Y había saltado la liebre. No lo entendían…

 

Aquí termina esta relación, este contrato o como quieras llamarlo. Antes nos daba pena. Ahora sólo nos alivia tener que dejar de pasarlo mal y conversar enfadados entre nosotros porque tú nos rehúyes. Adiós.

 

Todos se marcharon. Menos aquella extraña mujer. Se quedó mirándola silbando una melodía que no conocía, mientras ella hacía lo posible por tragarse el nudo en la garganta.

—Es lo que pasa cuando juegas a vender tu alma al Diablo. Eso es lo que haces cuando manipulas a la gente que tienes cerca, les mientes y te crees que vas a saber mantener todas tus versiones. Y él ahora debe de estar riéndose, incluso aplaudiendo. Es que te ha faltado decirles que Elvis seguía vivo y que estaba de vacaciones con Jim Morrison. Menos mal que parece que un poquito sí que te arrepientes.

—Déjame en paz.

—Ah, no, eso sí que no. Yo les he unido. Les he traído aquí y les he dicho cuál era el único momento en el que podrían lograr que quedases, y decirte todo lo que piensan, no de ti, que te querían, sino de lo que les has hecho. ¿Pero sabes una cosa? Ellos no podían verme ni oírme. Únicamente se lo he susurrado. Mientras dormían. A los cuatro. Creo que esta lección te va a venir bien. Ahora tienes que deshacer el mal que has hecho, empezar por el final. Pagar. Partir desde lo peor. Claro, que puedes volver a vender tu alma. Aunque yo buscaría a alguien mejor.

Volvió a silbar.

—¿Quieres marcharte y dejarme sola?

—No puedo, es mi misión estar aquí y recordarte que has estado consiguiendo lo que querías, incluso lo que necesitabas, a costa de demasiadas cosas. Y ahora, por fin, has recibido lo que te mereces. Siempre, siempre, acaba siendo así. Y hasta que aprendas, no me voy a separar de ti. Será tu sombra, una segunda parte de un dueto. La verdad es que cada vez tengo más trabajo, y te reconozco que debería haber llegado antes, pero dicen que nunca es tarde. Quién sabe si contigo será cierto. Permíteme que me presente. Aunque seguro que mi nombre te suena. Me llamo Karma.

 

Sometimes you get what you want.
Sometimes you get what you need.
You’re always gonna get what you deserve.
It’s all about what you want.
If you can get what you need.
You’re always gonna get what…

En este enlace tenéis una traducción de la letra.

Imagen: encuentroalternativo.com

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La otra

fotos-de-niña-llorandoNo dejaba de dolerle. Sentía que estaba allí. Pero ya no estaba. Aún no se había atrevido a mirarse al espejo desde entonces. Imaginaba toda su sien ennegrecida y amoratada, hasta la barbilla, tal vez incluso manchando su frente. Y, allí, en medio de toda aquella hinchazón un hueco, cerrado con puntos y dibujando una línea vertical ensangrentada. De un color granate que ya sería casi negro.

Chantel volvió a llorar mientras veía cómo desaparecía la última respiración de luz que luchaba por iluminar aquella ciudad destruida, por cruzar aquella capa de cenizas y dejar que se vieran aquellos horribles escombros. Recordaba aquellos ojos de brillo acuoso, aquella expresión demente, sádica, carente de cualquier piedad. Recordaba el frío en su cara, pegada contra el suelo del andén en el metro. Sus propios gritos de dolor. La risa de diversión de él, como un eco. Luego, la sangre caliente que había empezado a brotar y a mancharle la cara, creando un pequeño charco a su lado. Ella, inmovilizada, no podía dejar de mirarlo.

El policía se marchó. Se llevó con él su dignidad. Y su oreja derecha.

Chantel era una persona amable aunque no muy efusiva. No dada demasiado al contacto físico ni a las muestras de cariño. Pero en aquel momento lo habría dado todo por tener junto a ella a su madre. Maman, ou est-tu?

Posiblemente estuviera muerta dondequiera que se encontrase de viaje cuando ocurrió todo. Como tantos otros después de aquel Martes, de aquel apocalipsis.

Su tío y sus hermanas la habían cuidado desde entonces. Un amigo de su tío le cosió la herida, la desinfectó, le dio un calmante para el dolor. Pero no los necesitaba a ellos. Pensó que tal vez habría sido mejor morirse. Dejar de revivir una y otra vez aquella espeluznante experiencia. Y solamente dormir. Tal vez su madre estaría esperándola al otro lado. Puede que incluso su padre, al que hacía años que no veía.Pero su historia no era nada especial. Día tras día, muchos niños sufrían la tortura de la corrupta policía que había tomado el control de la ciudad de Magerit, o más bien de lo que quedaba de ella. Vigilaban el metro y se movían a sus anchas. Su principal diversión era hacer cosas como aquéllas: pegar palizas a los niños y, en los peores casos, mutilarles. Cómo pueden cambiar las cosas en menos de un año. Maldita existencia.

La muchacha seguía sintiendo aquel dolor, como si la oreja siguiera estando allí. No podía soportarlo y no podía dejar de llorar. Pero no quería seguir sufriendo así. Prefería dormir y soñar que aquello no había sucedido nunca. Pensó que tal vez sería mejor quitarse la vida. Pero no tenía valor para ello. Suicidarse, sin haber cumplido siquiera los trece años. Qué funesta existencia la de aquel último año.

Lloró hasta que se quedó dormida. Su mente estuvo a punto de sentir cierta paz. Pero entonces un ruido la despertó. La puso alerta. Abrió los ojos. La habitación estaba iluminada, a pesar de ser de noche. Desconcertada, se asomó a la ventana. Luna llena. Y podía verla, a través de las cenizas. Con una luz tenebrosa, pero hipnótica. Un destello la cegó. Bajó la cabeza y se miró las palmas de las manos. Tenía una pequeña mancha blanca en una de ellas. Recordó que le había salido una parecida en el costado hacía un par de semanas. Pero no le había dado importancia. Volvió a mirar a la luna. Y volvió a mirarse la mano. Aquella mancha ya no estaba.

—La mancha está en mi mano, no en la tuya.

Chantel se sobresaltó y se giró hacia una la esquina de la habitación, de donde había salido la voz.

—¿Quién eres?

La silueta oculta entre las sombras dio un paso al frente, muy despacio, y Chantel pudo verla.

Dio un respingo. Era exactamente igual que ella. Con el mismo pelo rubio corto y ondulado, las mismas facciones redondeadas. La cara amoratada en el lado derecho, tal como había imaginado. Pero aquella mirada… aquélla no era su candorosa expresión. Estaba invadida por un gesto demente, colmado de seguridad y de amenaza. Algo casi animal. Como si fuera una bestia que sólo aguardaba el momento adecuado para abalanzarse sobre su presa y disfrutar ejecutándola. Chantel sintió miedo.

Aquella chica alzó la mano y le mostró la palma. Allí estaba aquella mancha blanquecina, como si su piel hubiera perdido el color.

—Soy tú. ¿O no? —dijo mientras ladeaba ligeramente la cabeza y sonreía sólo con un lado de la boca, imprimiendo un matiz siniestro, aún más siniestro, a todo su lenguaje corporal.

—¿Me he vuelto loca?

—Loca te vas a volver como sigas así. Hoy has pensado en suicidarte. ¿No crees que eso sería una victoria más para ese policía cabrón?

La niña volvió a llorar.

—Deja de llorar. Para ya. Chantel. Tú no estás triste. Sólo estás furiosa. Estás llena de odio y rabia por lo que te ha pasado. Lo que nos ha pasado. Si reprimes eso, será todavía peor. Vale, has perdido una oreja. ¿Pero también quieres volverte loca? Porque es lo que te va a ocurrir si sigues así. Negando toda esa ira. Negándome a mí.

—¿Negándote?

—No es la primera vez que sueñas conmigo. Con esta dualidad tuya.

—¿Entonces estoy soñando?

—Y sé que, además, te gustan estas visiones—añadió la otra, sin hacer caso a la pregunta—. Te parece que sería incluso divertido. Las personas no vivimos sólo de la razón. Tenemos una parte dentro de nosotros que también es animal. Y, de vez en cuando, hay que dejarla salir. Y creo que, en este momento, es la única forma que tienes, que tenemos, de sobrevivir. Si me dejas aquí, atrapada, y sigues llorando como una cría, lo único que lograrás es sumirte en una depresión de la que te costará demasiado salir. Si es que sales. Además, mira…

La otra se acercó aún más a ella. Con la mano derecha, se separó el pelo del lateral de la cabeza. Y Chantel pudo ver lo que aquel policía le había hecho. La marca ensangrentada y llena de puntos, el agujero del oído totalmente ennegrecido. La sien y el cuello morados. El ojo derecho y la mandíbula hinchados y enrojecidos.

Chantel resopló, furiosa. Se vio a sí misma: a pesar de aquella aterradora personalidad que le devolvía la mirada, vio el daño y recordó una vez más. Le ardía la sangre, más que cuando la había sentido, tan caliente, brotar a través del corte hecho con aquella navaja automática. Era como sentir fuego, como si sus venas pudieran llegar a romperse con tanta furia moviéndose y pugnando por salir, por explotar.

La otra seguía mirándola, pero ahora su expresión era más directa, persuasiva.

—¿Vas a dejar que nos haga esto?

 

Un ruido la despertó. La puerta se había abierto. Chantel encendió la linterna que descansaba en su mesilla de noche. Era su tío. Caminaba cojeando y llevaba una taza humeante entre las manos.

—Siento haberte despertado —se disculpó, preocupado, con su rasposa voz—. Te traía algo para que pudieras dormir. Y estabas chillando, pensaba que tal vez te había pasado algo o que estabas teniendo una pesadilla.

Chantel miró hacia la esquina de la habitación, aturdida. Allí no había nadie. Alargó la mano para coger la taza. Pero se detuvo un instante al ver que en su palma estaba aquella mancha blanca. Su piel había perdido el poco color que hubiera tenido.

—No lo necesito, gracias. ¿Puedes acercarme un espejo?

—¿Estás bien?

—Sí, no te preocupes. Sólo necesito el espejo.

Su tío abrió el cajón de la mesilla, buscando. Allí encontró un pequeño espejo de tocador. Chantel se alumbró a sí misma con la linterna y colocó el espejo para verse la herida. Era exactamente como la había visto en su sueño. Cada pegote de sangre reseca. Luego se miró a sí misma a los ojos. Ya no estaban enrojecidos. No encontró aquel miedo ni la autocompasión. Encontró seguridad y descaro. Arrogancia. Algo animal y peligroso. Y mucha fuerza. Fuego.

—Gracias.

Pero rehuyó la mirada de su tío. Ladeó la cabeza, pensativa.

—Tío, te agradezco la infusión, pero no creo que sea necesaria. Hoy dormiré bien. Sólo es que me ha costado aceptar todo esto. Y adaptarme.

Su tío abandonó la habitación cojeando. A la sobrina no le pasó desapercibida la consternación, la preocupación, pero sentía todo aquello como algo tan lejano…

Chantel se recostó sobre el lado izquierdo del cuerpo y se apartó el pelo de la sien derecha para que el aire le siguiera secando la herida.

Hizo memoria. Una mirada demente, unos ojos redondos, claros y expresivos. No demasiado alto. Y sus compañeros lo habían llamado por su nombre. ¿Cuál era? Chantel se esforzó por recordar. Sí. Víctor.

La muchacha cerró los ojos. Se vio a sí misma, en un futuro no muy lejano. Acechando, persiguiendo como una bestia que busca a su presa. Con un cúter siempre a punto para utilizarlo. Soñó con la tortura, con el llanto, la sangre y el dolor. Y no olvides mi nombre. Soy Chantel.

La niña sonrió, sólo con un lado de la boca. Y durmió plácidamente. Soñando con lo que pronto, estaba segura de que muy pronto, lograría convertir en realidad.

 

Cambia y deja salir a la Bestia,

que siempre has vivido con ella y hoy es parte de ti.

 Cambia y deja salir a la Bestia,

que siempre has vivido con ella y hoy es parte de ti.

Este relato es una precuela de mi novela El gen. Las ruinas de Magerit, cuyos primeros capítulos puedes leer en este enlace.

Imagen: fotospix.com

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Pirotecnia

04-Fuegos-San-Isidro-04A mi lado, mi amiga suspira. Se gira y me mira.

—Es que me encantan. Siempre que los veo me emocionan como si fuera una niña.

—Sí, entiendo lo que dices. A mí también me pasa.

Porque cuando los veo, pierdo la vista en las alturas y me pongo a soñar.

Sueño contigo, sueño que vienes a verme. Es todo como un cuento de hadas. Te corono con el emblema del imperio, celebramos tu nombramiento en los parques de Lavapiés con unas latas de cerveza. Y salimos de paseo. He conseguido convencer a la alcaldesa, aunque no ha sido fácil, y ha llenado ambos flancos de la Gran Vía con millones de claveles. Rojos a un lado. Blancos al otro. Qué bien huelen, ni siquiera se siente el humo. Quiero impresionarte, así que entramos en un bar que es más que eso. Es un museo. Y allí los reconoces: tus escritores y músicos favoritos toman cócteles y hablan de arte y filosofía. Nos unimos a su conversación mientras te invito a lo más exquisito de la carta. Bailamos, festejamos como locos. Después del tercer vino, reúno algo de valor. No soy de ésos que se dedican a decir frases sentidas, soy más de adoptar una pose de orgullo y chulería y citar a algún poeta. Sí, me lo imagino, e imagino que tú me escuchas, te ilusionas y te ríes:

“¡Mírame con tus ojazos

tan bellos y tan brillantes

y muero por tus pedazos

en unos breves instantes!”

Cómo me gusta soñar despierto e imaginar que vienes a verme. Cómo me gusta imaginar lo mágico que sería. Mientras tanto, pierdo mis ojos entre explosiones y destellos, sentado en el césped del parque de El Retiro, junto a mis amigos, mientras la humedad me da algo de frío. Es el final a esta celebración, después de tanta verbena, chotis y diversión en un día festivo. A mí lo que siempre me gusta para el final de un buen día es soñar despierto. Y nada como esos fuegos artificiales sobre el estanque para hacerlo. Saltan chispas. Y automáticamente pienso en ti. Después de sentirme cegado por tan bonito y sencillo espectáculo, me ensordecen los aplausos. El espectáculo ha sido todo un éxito.

Algo vibra en el bolsillo de mi cazadora. Eres tú. Un Whatsapp.

—¿Qué tal han estado los fuegos?

—Muy bonitos. Te habrían gustado. —Y le adjunto una fotografía que he hecho con el móvil.

—¿Sabes una cosa? Acabo de saber que la semana que viene tengo que ir a trabajar allí. Había pensado quedarme ya el fin de semana. El viaje desde Méjico es muy cansado y así aprovecharía para conocerlo. Llevo tanto tiempo deseando conocer Madrid…

Se me escapa una sonrisa. Mis amigos me miran y me preguntan qué sucede. Pero yo les hago esperar.

—Claro que sí. Yo seré tu anfitrión. Lo tengo todo preparado.

—¿En serio? ¡Muchas gracias!

Y muchos emoticonos.

—Gracias a ti. Estoy seguro de que te vas a enamorar… de la ciudad.

Y vas a ver lo que es canela fina

y armar la tremolina cuando vengas a Madrid.

Feliz día de san Isidro a todos los madrileños 🙂

Imagen: travellersbook.net

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Mónica y su padre (por Karuna)

alcoholMónica mira el reloj de su celular, que marca las 7:30 p.m., su corazón palpita intensamente y está desesperada por regresar a su casa. El camión está saturado, la joven pide su parada; Ya oscureció, asustada, corre hasta llegar a su hogar.

En casa sirve la cena a sus hermanos pequeños. Ya dormidos en su cuarto, se queda en la sala para esperar a un padre que no llega de trabajar. Para la medianoche se escucha un ruido idéntico al golpeteo de una botella contra la puerta, es Raimundo, su padre completamente borracho, Mónica no tiene más remedio que atenderlo.

 

—¿Te sirvo la cena, papá? —pregunta Mónica tratando de controlar su nerviosismo mientras le quita el calzado a su padre.

—Joven, deme otra.—dice Raimundo volteando en repetidas ocasiones la cabeza y alzando la mano con la botella de cerveza.

—Papá, soy Mónica.—dice ella con firmeza y frunciendo el ceño ante los ojos de su padre.

—¿Qué te quedas mirando? ¡TRÁEME OTRA BOTELLA! —grita Raimundo, mientras Mónica aprieta sus dientes sin abrir la boca.

—¿Así me agradeces el ayudar con los gastos, cuidar y alimentar a los niños en tu ausencia? Tan sólo… ¿Para aguantar tus insultos de borrachera? —pregunta la joven resistiendo un nudo en la garganta.

—No me hagas reír —carcajea Raimundo mientras intenta tocar la pierna de su hija.

—¡No vuelvas a tocarme! —grita la muchacha al darle una bofetada a su padre, aunque éste, no deja de carcajear.

 

Mónica deja a su padre en la sala y huye por las escaleras hasta llegar a su habitación. Observa en el espejo su rostro cubierto de lágrimas, mientras abraza el retrato de su familia.

 

Sin embargo, sólo puede tragarse el llanto, respirar profundo y regresar abajo para atender a su padre que se ha quedado completamente dormido, que quizás no recuerde que le tomó la pierna, que tal vez se olvide de su madre a su modo, que cuando se levante sólo pedirá un desayuno picante para prepararse antes de ir al trabajo, no discutir con él lo que pasó en la noche, por lo tanto, lo mirará a los ojos, le dará un beso de despedida, dejará a los niños en la escuela, limpiará la casa, y en la tarde cuando los deje en casa, se irá a la escuela para regresar a las 7:30 y esperar a que su padre llegue para la cena.

 

La vida apesta, piensa Mónica mientras, se ve en el espejo que está en la sala.

 

 

Until a quarter-to-ten… I saw the strain creep in…

He seems distracted and I know just what is gonna happen next

 Before his first step… he is off again

Gracias a Karuna por su colaboración. Ella es autora del blog

Mi Refugio es un Mundo de Ficción, que podéis leer aquí: http://unknownidentify.blogspot.mx/

Imagen: http://www.clinicaser.info

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