Mi alimento

Hoy hace mucho calor. A la gente le gusta. Yo no sé qué pensar. Por una parte, no tendré que morirme de frío y cubrirme con cartones, pero, por otra, me preocupa que suba demasiado la temperatura. Será eso que dicen del cambio climático, pues aún estamos en abril, pero ya he visto un termómetro que indica que estamos a 33 grados al sol.

Mialimento

Suspiro. Tras lavarme como puedo en la fuente que hay en el Paseo de la Castellana, me como un chicle para intentar no apestar. Aunque seguramente así es. Me doy asco. Pero tampoco tengo adónde ir a lavarme en condiciones. Así que tomo mi cartel y me encamino a mi lugar habitual.

Está cerca de un hotel de lujo y enfrente del Congreso. Los que vivimos en la calle ya nos conocemos, sabemos dónde podemos situarnos y dónde no. No nos quitamos el sitio los unos a los otros y, además, están todas esas mafias con las que debes negociar para que te dejen tranquilo. Al menos, me digo con un gesto amargo, desde ahí puedo desahogarme. Cuando tengo un mal día, grito desde el otro lado de la acerca a todos los idiotas que entran a hacer como que trabajan ahí dentro. Yo apestaré por fuera, pero ellos están podridos por dentro. La mayoría son incapaces de dignarse a mirarme a mí, ni a ninguno de los que están como yo por las zonas aledañas, cuando se encaminan a tan digna sede de nuestro supuestamente honrado sistema. Siempre dudamos de su veracidad, pero creo que muchos, como yo, nunca esperamos que fuésemos a acabar así. Cuando comenzó la crisis estaba convencido de que, por muy mal que vinieran dadas, al menos siempre tendría asegurado lo mínimo. Que lo de acabar en la puta calle sólo les sucedía a las personas que son unas inadaptadas, que se pelean con todos sus seres allegados. Esperaba que nunca me sucediera a mí. Pero al final, a pesar de muchos esfuerzos, he acabado aquí. Es difícil mantenerse sereno cuando ves cómo todo lo que tienes empieza a desaparecer, cómo te lo van arrebatando. Es difícil asimilar que, por mucho que te esfuerces, no servirá de nada. Yo acabé por caer en la bebida. Ya no sabía cómo esconderme de mi propia vida. Supongo que es algo que no se puede hacer.

Al menos, desde aquí, puedo vociferar e insultarles: estúpido farsante, rey de los ladrones, mientes más que hablas. Príncipe de espadas. No sé cómo duermes por las noches. Al menos, me desahogo. Al menos, procuro insultar con cierta creatividad y no soltar demasiados tacos. Seré un sintecho, pero soy un hombre culto. No como ellos, que muchas veces no saben más que poner “de que” por todas partes. Y esos son los que nos gobiernan. Puf.

Pero hoy tengo demasiado calor. No estaba preparado para esto. También es verdad que tengo resaca, porque a pesar de esto, anoche hizo mucho frío y me bebí una botella de vodka para poder dormir. Para conciliar el sueño, pero también para ignorar el frío. Debo de estar algo deshidratado. Así que me tumbo sobre la acera y dejo que los insultos que ideé anoche vuelen de mis labios, del pestilente aliento de mi boca al aire ondulado y seco que flota entre ellos y yo. Debo de estar chillando mucho, porque se me ha secado la boca. Un policía viene y me dice que calle. Aunque suavemente, me da una patadita en el costado. Para que me quede claro quién manda, supongo.

Me aparto ligeramente y me apoyo en la esquina de la calle. Tengo calor, tengo resaca, me duele la cabeza y no paro de sudar. Pero me encuentro tan mal que no me quedan fuerzas para ponerme de pie. Anoche el vodka parecía mejor idea. Ahora, se me está nublando la vista.

Veo un ligero espejismo frente a mí, como ésos que aparecían cuando tenía un coche de gama media y hacía kilómetros para ir a la playa una semanita al año. Pero sé que no es agua. Es sólo una ilusión. Me cuesta cada vez más enfocar. En la esquina de enfrente se coloca un hombre con una cazadora que le está grande. Leva un enorme acordeón que empieza a tocar, repitiendo insoportablemente la misma canción una y otra vez. Me gustaría increparle, pero no me siento con ganas de discutir. Lo miro desde lejos. Me resulta familiar. ¡Pero qué demonios! ¡Si es Felipe González! Un ruido más fuerte interrumpe la canción y se me clava en el cerebro. Es un tranvía. ¿Pero qué hace un tranvía cruzando Madrid? Hace años que… ¿Y qué demonios hace Aznar subido en el tranvía, sin bigote y con esa boina al estilo de un hombre de pueblo? Me giro, intentando recostarme y pestañeo, al ver que un mendigo envuelto en mantas se ha tumbado junto a mí. Es igualito a Artur Màs. Entran dos diputados más en el congreso, vestidos con ropas caras. Juraría que tienen restos de sangre en la comisura de los labios. Sentados cerca de ellos, en el suelo, veo a Sarckozy y a Angela Merkel con ropas viejas y enormes ojeras. Se clavan sendas jeringuillas en los brazos. Un gremlin cruza por en medio de la calle y se sube a un furgón policial. La muerte se acerca a caballo y me mira. Todo se vuelve negro.

***

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Es un cartelito de madera tallada y bastante viejo, que está colocado bajo un crucifijo con un Jesucristo agonizante. No sé dónde estoy, pero la habitación está fresquita. Es bastante austera, no tiene más adornos que esta cita, la cruz y una vieja rueca rota. Junto a una puerta de madera carcomida, hay un reloj que ya no tiene péndulo.

Me giro y veo que, en la mesita de noche, hay un vasito con agua y una pajita. Me destapo y bebo a sorbitos.

La puerta se abre. Entra una monjita.

—Vaya, me alegro de que se haya despertado. Parece que ha sufrido usted un golpe de calor, una ligera deshidratación. No me extraña, con todo el calor que ha hecho hoy y usted pidiendo en la calle. De veras que lo siento. Habríamos avisado al hospital, pero últimamente están tan desbordados y la espera es tan larga…

—Muchísimas gracias, señora. Seguro que en el hospital no me habrían atendido. Somos gente de segunda.

La mujer calla. En silencio, roza con los dedos la cruz de sencilla madera que cuelga de su cuello, sobre la camisa.

—Cene usted aquí hoy. Tenemos un albergue aquí al lado donde podría quedarse si lo desea. Así no tendría que dormir en la calle.

—No se preocupe. Se lo agradezco mucho, no me malinterprete. Pero, cuando haya cenado, me marcharé. Seguro que hay gente que lo necesita mucho más que yo. Y no tengo ninguna duda de que, en momentos como éste, estarán desbordados.

Mientras termino de beber el agua con la pajita, la mujer no deja de mirarme. Percibo en ella cierta lástima, pero también un deseo de permanecer serena.

—¿Ustedes cómo lo hacen?

—¿Hacer el qué?

—Me refería a qué cómo conservan la calma. Con todo lo que está pasando, seguro que mucha gente les pide ayuda. Y salta a la vista que ustedes no se dan grandes lujos. ¿Nunca se desespera y siente la necesidad de reventar?

La mujer vuelve a acariciar la cruz.

—Claro que sí. Pero intento tener fe en que todo acabará por solucionarse. Y trato de perdonar a los responsables de todo esto. Sin perdón, no habría esperanza.

—¿Eso cree usted?

—Sé que a veces es difícil. Pero si no, estaríamos anclados en el dolor del pasado para siempre.

Sonrío.

—Supongo que mis argumentos no le convencen. ¿Qué es lo que le da fuerzas a usted?

Aprieto los dientes. Pienso en lo que tuve. Siento todo el dolor de haberlo perdido.

—A mí lo único que me mantiene a flote es pensar que tal vez algún día paguen por todo el daño que nos han hecho.

 

Puedes intentar que te perdone Dios,

no lo haré yo.

Puedes intentar que te perdone Dios,

no lo haré yo. No lo haré yo.

Puedes intentar que te perdone Dios,

no lo haré yo.

Puedes intentar que te perdone Dios,

no no no lo haré yo.

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Imagen: periodistadigital.com

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One thought on “Mi alimento

  1. La crudeza dentro de un relato que habla de una invisible realidad política. Nadie es victimario, mucho menos víctima.

    ¡Impresionante!

    Saludos Karuna ^^

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