El inmortal

308989_XSXBDPLNTHOPLJISupe que no era como los demás cuando tan sólo tenía seis años. Me caí por un barranco. Mi familia me dio por muerta. Celebraron un funeral en nuestra cueva, con música ritual y pintándose los rostros. Cuando me vieron aparecer, ilesa, chillaron espantados. Para ellos ya no era más que una aparición. Pero yo no estaba muerta. De verdad que no. Hablo con la gente, me alimento, bebo vino y he amado a más hombres de los que nadie podría recordar. Al llegar a los treinta años dejé de cambiar y me mantuve igual hasta hoy. Mi pelo y mis uñas crecían, los cortaba cuando era necesario. Y eso era todo. Por alguna razón que no alcanzaba a comprender, yo era inmortal.

Pensaréis que es fácil. Creeréis que tal vez soy alguna de esas criaturas de vuestras historias de terror, como un vampiro, un licántropo o cualquier otra invención. Pero no. Hasta donde yo sé, no soy más que una mujer que se esfuerza por repetir su nombre para no olvidarlo. Pues he cambiado tanto a lo largo de mi larga vida que ya nada me parece un punto de apoyo, un referente ni un hogar al que volver.

Excepto él. No sé muy bien quién es, pero me lo encuentro de vez en cuando. La mayoría de las veces que sucede, es en momentos de ésos que escribís en vuestros textos sagrados o en vuestros libros de historia. La primera vez que lo vi estaba próximo el año cero y se acercaba al desierto. Era un hombre de aspecto muy interesante. No sé si guapo, pero sí atractivo. Vestía con prendas exquisitas y siempre con muy buen gusto. Desprendía un magnetismo muy poderoso que, a la vez, me resultaba amenazante. Lo mejor de él era su sonrisa, y cómo la prodigaba de forma encantadora, cómo brillaban sus dientes al hacerlo. Pero en sus ojos no había ilusión. Había más bien un deje de desencanto y fatalidad. No sé si él me vio. De ser así, no me prestó atención.

La siguiente vez que me fijé en él estaba junto a Pilatos. El procurador se lavó las manos con presteza tras mirarle a los ojos. Luego, él sonrió. Uf, aquella sonrisa… Me seducía y a la vez me daba miedo.

Y se sucedieron los encuentros, tanto como mis viajes por el mundo. En todas las guerras, en los ataques por sorpresa, en los complots: Bombay, Rusia, Francia… él era igual que yo. No cambiaba, no envejecía. ¿Podría él explicarme cuál era el origen de mi naturaleza?

Fue en Estados Unidos, tras el asesinato del presidente Kennedy, cuando por fin tuve la ocasión de dar con él. Estaba entre la multitud, al igual que yo y, cuando estalló la histeria posterior a los disparos, él esbozó aquella magnética sonrisa y se dio la vuelta, alejándose de la gente. Yo le seguí. Entró en un bar cercano. Quería hablar con él.

Cuando abrí la puerta del local, él me estaba mirando desde un alto taburete. Se estaba tomando una copa.

—Hola —saludó, y me dedicó aquella sonrisa.

Creo que me sonrojé.

—Debemos de ser los únicos que no se han quedado entre la multitud. ¿Qué ha pasado con…?

—¿Con Kennedy? —interrumpió—. Ha muerto.

Tragué saliva. Estaba ya demasiado acostumbrada a la muerte, pero no a que nadie hablase de ella con semejante satisfacción.

—¿Te divierte? —pregunté, dejando entrever mi indignación.

—Ten cuidado con el tono de tus palabras, querida. Sé cortés.

Su mirada me asustó. Ígnea. Incandescente.

—¿Por qué lo haces?

—¿Por qué hago el qué?

—Todas esas atrocidades. Tú estás metido en ellas. No existe otra explicación. Llevo viéndote desde el principio de los tiempos cada vez que sucede algo terrible. Y no entiendo por qué.

—Vaya. Una de mi prole.

—¿De tu prole?

—Y parece que ni siquiera te lo han dicho. ¿Cuántos años tienes?

—Sinceramente, ya he perdido la cuenta.

—Comprendo. Así que no sabes nada de tus orígenes. Claro, por eso te asusta tanto mi juego. No entiendes cuál es su naturaleza. Pero estoy seguro de que, aunque te atemorizase, en el fondo deseas saberlo.

»Por ejemplo, lo que acabas de ver ahí fuera. Era necesario. Y no voy a negar que también placentero. Podrás decir que ese presidente, o cualquier otra persona cerca de la cual me hayas visto, no era tan mala. Podrás culparme por manipular la situación, pero no olvides que todo policía es también un criminal y que todo pecador es un santo. Son todos más parecidos entre sí de lo que imaginas.

Sonrió. Me temblaban las piernas. Se puso en pie, me atrajo hacia él sosteniéndome por la cintura. Sentía miedo, sentía que estaba entrando en las fauces del lobo. Pero me atraía como el más poderoso imán. Me besó. Creí que iba a perder el sentido. Me inundó de vida y de pasión. De ganas de sentir. Habría jurado que lo veía pesar de tener los ojos cerrados, y que tenía unas alas enormes y negrísimas.

Se separó de mí. Yo abrí los ojos. Volvió a mirarme. Sonrió otra vez, con un nuevo matiz: un aire de suficiencia.

—Vaya, soy un grosero. No te he dicho mi nombre. Permíteme que me presente. Aunque creo que ya has adivinado quién soy.

Pleased to meet you
Hope you guessed my name, mm yeah
(Who who)
But what’s puzzling you
Is the nature of my game, mm mean it, get down
Tell me baby, what’s my name
Tell me honey, can ya guess my name
Tell me baby, what’s my name
I tell you one time, you’re to blame

What’s my name
Tell me, baby, what’s my name
Tell me, sweetie, what’s my name

Imagen: http://zangana.metroblog.com

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Cuando los sueños se cumplen (especial Día del Libro)

La-muñeca-de-porcelana-3INTRODUCCIÓN

Nunca podré olvidar tu mirada angelical. Después de tantos años, sigue clavándose en mí cada vez que miro esa foto tuya que me observa desde el lado derecho de mi escritorio. Sigo sintiendo con absoluta intensidad cómo me cautivabas con tu luz. Ahora, tu cara embruja mis sueños, que ya nunca me traen paz, ni calma, ni descanso.

Ser escritora iba a significar cumplir un sueño, iba a ser una bendición y una recompensa. Pero lo habría dado todo por no llegar hasta aquí. Escribo, incansable, tan harta de estar aquí, en esta situación, mientras siguen sangrando las heridas que no parecen curarse. El dolor es mucho más real que cualquier otra sensación que pueda visitarme ocasionalmente. Puede que una parte de mí se niegue a dejarte marchar, que sienta que, mientras te recuerdo, seguirás aquí. Yo sigo sintiéndote. Pero a la vez, estoy tan sola… Dicen que el tiempo lo cura todo. Pues yo os diré que el tiempo tampoco es omnipotente, hay demasiadas cosas que no puede borrar.

Recuerdo cómo tu luz cambió. Recuerdo cómo llorabas y yo te secaba las lágrimas con mi mano. Recuerdo cómo chillabas de terror, cuando te diste cuenta por fin de lo que estaba pasando, de que no ibas a mejorar, que todo iba a ir a peor, cómo avanzabas hacia un aciago desenlace.

Yo me quedaba contigo siempre para que no estuvieras sola. Te leía las historias que escribía, en las que la protagonista siempre eras tú. Aún te los recito de memoria, en voz baja, cada noche, cuando intento descansar. Aún sigo contigo. Y, a la vez, sigo estando tan sola… atada a esta insoportable existencia que solamente puedo aliviar pensando en ti, escribiendo sobre ti y recordándote con todos y cada uno de los gestos que realizo. Mi vida es sólo para ti. Escribo, porque es la única manera que tengo de hacerte inmortal.

La gente dice que es fácil seguir adelante. Pero tu voz se llevó consigo mi cordura. ¿O tal vez sigues aquí? Tal vez, a pesar de todo, estás conmigo, me observas y me ayudas. Me ves triste, hundida en el dolor y tratas de reconfortarme, inspirándome y recordándome que mi sueño era éste. Escribir, triunfar. La sala llena de gente importante que va a inundar, dentro de muy poco, la presentación de mi primer libro. Un libro que sólo habla de ti.

Iris dejó de escribir para sumirse en un desconsolado sollozo. Hundió la cabeza entre los brazos y, después, lentamente, alzó la vista para mirar la foto que estaba a la derecha de su mesa de trabajo. Aquella luz, aquella mirada. Seguía allí. Una ráfaga de aire helado cruzó su cuerpo e hizo que se estremeciera. La mujer se secó las lágrimas, respiró profundamente. Ojalá su sueño no se hubiera cumplido. Nunca habría escrito aquel prometedor manuscrito si la tragedia no las hubiera elegido a ellas. Ojalá fuera una aspirante a escritora, fracasada y amargada, pero acompañada por aquel amor tan maravilloso. Ahora, sólo escribía por ella. Para recordarla.

Iris tomó una nueva hoja de papel. Sólo le quedaba enviar a sus editores aquellas dos páginas. La introducción ya estaba escrita. Lo único que le faltaba era…

Blandió la pluma henchida de valor, pues aquélla era una de las situaciones más terribles a las que se había enfrentado en su vida. Escribió, muy despacio, las preciosas palabras que conformarían la dedicatoria de su libro.

 “Para mi hija Irina. Mi inmortal.”

You still have all of me.

Quería escribir un relato sobre escritores para un día como el de hoy. Sé que ha quedado un poco triste, pero espero que os haya parecido bonito. Espero que disfrutéis muchísimo del Día Internacional del Libro y que vuestro amor por la literatura crezca un poquito más en este día.

Pasadlo muy bien. 🙂

Imagen: crepypasta.co

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Hasta la vista

mujer_fumandoEl café estaba horrible. Si hubiera estado en mi casa, lo habría endulzado con algo mejor que aquel azúcar industrial que apenas se distinguía del torrefacto. Puaj. Pero, de todas formas, hacía tiempo que había dejado de gustarme el café. Y tantas cosas. Mientras miraba hacia atrás no podía dejar de pensar en el paso del tiempo y en lo que ello supone en las personas.

Dejé el vasito de plástico sobre una de las sillas de la sala de espera, incapaz de tomármelo, y pensé que era mejor lavarme la cara con agua muy fría en el baño. Lo cierto es tampoco me hizo especial bien, por el contrario, me encontré con mi reflejo en el viejo espejo y me di cuenta de que estaba ojerosa. Fue curioso, porque me imaginé a mí misma, de pequeña, con mis ricitos rubios y pensé en que ni siquiera habría llegado a verme en el espejo. En que ahora era diferente. Me pregunté si yo misma me habría reconocido si hubiera visto una foto mía de pequeña. Lo cierto es que, según te haces mayor, el tiempo cada vez pasa más deprisa. Las decisiones se tienen que tomar más rápido y a veces desearías ni siquiera tener que ser responsable de nada, sino dejar pasar la vida, o algún tren, de vez en cuando. O que alguien tomase ese tipo de decisiones por ti.

Fuera, esperaba mi prima. Como siempre, con el mp3 en la mano y los cascos con alguna canción interesante. Me senté entre ella y el vaso del café que había desechado, y suspiré. Ella me miró sin mudar su expresión y me ofreció uno de sus auriculares, que acepté con un nuevo resoplido.

—¿Qué tienes?

Ella me alargó el reproductor de música para que pudiera ver la lista de artistas.

—¿Puedes poner a los Rolling?

Ella obedeció, con amabilidad.

—Viene bien, ¿verdad? Para asimilar las cosas.

Asentí muy lentamente. Ella me cogió del brazo y me sacó de la sala de espera del hospital, mientras en mi oreja izquierda y la suya derecha no dejaba de sonar rock ‘n roll. Me llevó afuera. A pesar de ser primavera, hacía frío. Pero era de esperar. Eran las cinco y media de la mañana y últimamente refrescaba mucho por la noche.

—¿Un cigarrillo? —me extrañé mientras ella me acercaba la caja con decisión.

—Tú sólo fumas en ocasiones especiales. Pues ésta es muy especial. Es el fin de una era. Y habrá que amortiguarlo de alguna forma.

Dicho esto, se sentó en las escaleras de la entrada del hospital arrastrándome a mí por el cable de los auriculares, para que hiciera lo mismo. Y allí pasamos un buen rato, fumando, sin hablar, escuchando la música casi sin pensar en ella y mirándonos los zapatos. Empezaba a amanecer cuando agotamos todas las canciones de los Rolling.

—No puede quedar mucho —dije.

—Ya sabes cómo es la morfina. Cuestión de horas.

—Quiero verle. Hay que despedirse.

—Como quieras. Yo lo hice antes, creo que no tengo fuerzas para volver a pasar. Fumaré un poco más.

—De acuerdo.

Me levanté mientras mi móvil empezaba a vibrar. No debían de ser aún ni las siete y media de la mañana y ya estaban acribillándome a mensajes. La vida de desenfreno, de demasiado trabajo. Todos entendían que tuviera que tomarme este descanso, era un asunto familiar, pero todos me esperaban. En demasiados sitios. Cuando trataba de organizar mi tiempo y mi vida siempre me sentía como en un laberinto. Aunque siempre prefería esto a una vida monótona o mediocre.

Crucé la sala de espera y me acerqué a coger el vasito de plástico de antes. Tal vez me viniera bien tener cualquier cosa que estrujar en la mano al entrar allí. Empujé la puerta, respirando profundamente, sin creerme que aquello estuviera pasando, sin creerme que todo estuviera a punto de acabar. El fin de una era.

Allí estaba. Algunos de sus hijos junto a él. También el muchacho que le había cuidado durante los últimos años. Todos hablando en voz baja, respetuosos ante el sueño del enfermo. Él era el que más ruido hacía, o eso me lo pareció a mí al sentir su respiración, al percibir cómo sus frágiles pulmones seguían moviéndose acompasadamente, aferrándose a una vida que ya duraba casi 102 años.

Otra persona habría visto a un debilísimo anciano en esa cama. Yo veía a alguien que para mí era casi como un monumento. Como la Puerta de Alcalá. Siempre esperabas verla al llegar adonde estaba, y se te haría raro si un día no estuviera allí. Así era él. Fuerte, imposible de doblegar, intransigente por seguro, pero a la vez enérgico y creativo. Puedo decir con cierta arrogancia que fui la única con la que jugó a juegos de niños —que ni con sus hijos jugó—, y que me había cuidado cuando había estado enferma. Al fin y al cabo, el roce hace el cariño, y habían sido muchos años. Y muchas cosas compartidas. Algunas de ellas las veo en mí y pienso que son su legado.

Me acerqué con calma hasta él. Tenía que despedirme, pero no quería creérmelo. Sí, es cierto que estas cosas no son lo mismo con personas tan mayores, pero eso no hace que sean fáciles. Habían sido muchos años. Todavía esperaba en algún momento oírle soltar unos sus estruendosos estornudos o algún grito de enfado acorde a su a veces intratable carácter.

Pero no oí nada más que aquella convulsa respiración. Me incliné hacia él y besé su frente, le cogí de la mano. Tenía que decir algo, que te vaya bien, se acabó, ¡hasta la vista!, pero me daba miedo que lo oyese. Así que sólo lo chillé para mí, desde el fondo de mis entrañas.

Respiré hondo y salí de la habitación, intentando no sentir, sólo pensar. Pensar en aquel legado. En lo que veía en mí y que era también parte de él.

Si algo había compartido y heredado de mi abuelo, eso era, sin duda, mi pasión por escribir. Y eso es algo que deja una huella mayor que cualquier monumento, que cualquier arco grandioso. Ninguna Puerta de Alcalá le hace sombra.

 

Hasta la vista, amigo, adiós,

que todo nos vaya bien,

parece que se acabó.

Hasta la vista rock & roll.

Me tengo que acostumbrar

a cantar sin oír tu voz.

Ezequiel Jaquete. 1908-2010. In memoriam.

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Imagen: rengloneszurdos.com

Mi alimento

Hoy hace mucho calor. A la gente le gusta. Yo no sé qué pensar. Por una parte, no tendré que morirme de frío y cubrirme con cartones, pero, por otra, me preocupa que suba demasiado la temperatura. Será eso que dicen del cambio climático, pues aún estamos en abril, pero ya he visto un termómetro que indica que estamos a 33 grados al sol.

Mialimento

Suspiro. Tras lavarme como puedo en la fuente que hay en el Paseo de la Castellana, me como un chicle para intentar no apestar. Aunque seguramente así es. Me doy asco. Pero tampoco tengo adónde ir a lavarme en condiciones. Así que tomo mi cartel y me encamino a mi lugar habitual.

Está cerca de un hotel de lujo y enfrente del Congreso. Los que vivimos en la calle ya nos conocemos, sabemos dónde podemos situarnos y dónde no. No nos quitamos el sitio los unos a los otros y, además, están todas esas mafias con las que debes negociar para que te dejen tranquilo. Al menos, me digo con un gesto amargo, desde ahí puedo desahogarme. Cuando tengo un mal día, grito desde el otro lado de la acerca a todos los idiotas que entran a hacer como que trabajan ahí dentro. Yo apestaré por fuera, pero ellos están podridos por dentro. La mayoría son incapaces de dignarse a mirarme a mí, ni a ninguno de los que están como yo por las zonas aledañas, cuando se encaminan a tan digna sede de nuestro supuestamente honrado sistema. Siempre dudamos de su veracidad, pero creo que muchos, como yo, nunca esperamos que fuésemos a acabar así. Cuando comenzó la crisis estaba convencido de que, por muy mal que vinieran dadas, al menos siempre tendría asegurado lo mínimo. Que lo de acabar en la puta calle sólo les sucedía a las personas que son unas inadaptadas, que se pelean con todos sus seres allegados. Esperaba que nunca me sucediera a mí. Pero al final, a pesar de muchos esfuerzos, he acabado aquí. Es difícil mantenerse sereno cuando ves cómo todo lo que tienes empieza a desaparecer, cómo te lo van arrebatando. Es difícil asimilar que, por mucho que te esfuerces, no servirá de nada. Yo acabé por caer en la bebida. Ya no sabía cómo esconderme de mi propia vida. Supongo que es algo que no se puede hacer.

Al menos, desde aquí, puedo vociferar e insultarles: estúpido farsante, rey de los ladrones, mientes más que hablas. Príncipe de espadas. No sé cómo duermes por las noches. Al menos, me desahogo. Al menos, procuro insultar con cierta creatividad y no soltar demasiados tacos. Seré un sintecho, pero soy un hombre culto. No como ellos, que muchas veces no saben más que poner “de que” por todas partes. Y esos son los que nos gobiernan. Puf.

Pero hoy tengo demasiado calor. No estaba preparado para esto. También es verdad que tengo resaca, porque a pesar de esto, anoche hizo mucho frío y me bebí una botella de vodka para poder dormir. Para conciliar el sueño, pero también para ignorar el frío. Debo de estar algo deshidratado. Así que me tumbo sobre la acera y dejo que los insultos que ideé anoche vuelen de mis labios, del pestilente aliento de mi boca al aire ondulado y seco que flota entre ellos y yo. Debo de estar chillando mucho, porque se me ha secado la boca. Un policía viene y me dice que calle. Aunque suavemente, me da una patadita en el costado. Para que me quede claro quién manda, supongo.

Me aparto ligeramente y me apoyo en la esquina de la calle. Tengo calor, tengo resaca, me duele la cabeza y no paro de sudar. Pero me encuentro tan mal que no me quedan fuerzas para ponerme de pie. Anoche el vodka parecía mejor idea. Ahora, se me está nublando la vista.

Veo un ligero espejismo frente a mí, como ésos que aparecían cuando tenía un coche de gama media y hacía kilómetros para ir a la playa una semanita al año. Pero sé que no es agua. Es sólo una ilusión. Me cuesta cada vez más enfocar. En la esquina de enfrente se coloca un hombre con una cazadora que le está grande. Leva un enorme acordeón que empieza a tocar, repitiendo insoportablemente la misma canción una y otra vez. Me gustaría increparle, pero no me siento con ganas de discutir. Lo miro desde lejos. Me resulta familiar. ¡Pero qué demonios! ¡Si es Felipe González! Un ruido más fuerte interrumpe la canción y se me clava en el cerebro. Es un tranvía. ¿Pero qué hace un tranvía cruzando Madrid? Hace años que… ¿Y qué demonios hace Aznar subido en el tranvía, sin bigote y con esa boina al estilo de un hombre de pueblo? Me giro, intentando recostarme y pestañeo, al ver que un mendigo envuelto en mantas se ha tumbado junto a mí. Es igualito a Artur Màs. Entran dos diputados más en el congreso, vestidos con ropas caras. Juraría que tienen restos de sangre en la comisura de los labios. Sentados cerca de ellos, en el suelo, veo a Sarckozy y a Angela Merkel con ropas viejas y enormes ojeras. Se clavan sendas jeringuillas en los brazos. Un gremlin cruza por en medio de la calle y se sube a un furgón policial. La muerte se acerca a caballo y me mira. Todo se vuelve negro.

***

“Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen.”

Es un cartelito de madera tallada y bastante viejo, que está colocado bajo un crucifijo con un Jesucristo agonizante. No sé dónde estoy, pero la habitación está fresquita. Es bastante austera, no tiene más adornos que esta cita, la cruz y una vieja rueca rota. Junto a una puerta de madera carcomida, hay un reloj que ya no tiene péndulo.

Me giro y veo que, en la mesita de noche, hay un vasito con agua y una pajita. Me destapo y bebo a sorbitos.

La puerta se abre. Entra una monjita.

—Vaya, me alegro de que se haya despertado. Parece que ha sufrido usted un golpe de calor, una ligera deshidratación. No me extraña, con todo el calor que ha hecho hoy y usted pidiendo en la calle. De veras que lo siento. Habríamos avisado al hospital, pero últimamente están tan desbordados y la espera es tan larga…

—Muchísimas gracias, señora. Seguro que en el hospital no me habrían atendido. Somos gente de segunda.

La mujer calla. En silencio, roza con los dedos la cruz de sencilla madera que cuelga de su cuello, sobre la camisa.

—Cene usted aquí hoy. Tenemos un albergue aquí al lado donde podría quedarse si lo desea. Así no tendría que dormir en la calle.

—No se preocupe. Se lo agradezco mucho, no me malinterprete. Pero, cuando haya cenado, me marcharé. Seguro que hay gente que lo necesita mucho más que yo. Y no tengo ninguna duda de que, en momentos como éste, estarán desbordados.

Mientras termino de beber el agua con la pajita, la mujer no deja de mirarme. Percibo en ella cierta lástima, pero también un deseo de permanecer serena.

—¿Ustedes cómo lo hacen?

—¿Hacer el qué?

—Me refería a qué cómo conservan la calma. Con todo lo que está pasando, seguro que mucha gente les pide ayuda. Y salta a la vista que ustedes no se dan grandes lujos. ¿Nunca se desespera y siente la necesidad de reventar?

La mujer vuelve a acariciar la cruz.

—Claro que sí. Pero intento tener fe en que todo acabará por solucionarse. Y trato de perdonar a los responsables de todo esto. Sin perdón, no habría esperanza.

—¿Eso cree usted?

—Sé que a veces es difícil. Pero si no, estaríamos anclados en el dolor del pasado para siempre.

Sonrío.

—Supongo que mis argumentos no le convencen. ¿Qué es lo que le da fuerzas a usted?

Aprieto los dientes. Pienso en lo que tuve. Siento todo el dolor de haberlo perdido.

—A mí lo único que me mantiene a flote es pensar que tal vez algún día paguen por todo el daño que nos han hecho.

 

Puedes intentar que te perdone Dios,

no lo haré yo.

Puedes intentar que te perdone Dios,

no lo haré yo. No lo haré yo.

Puedes intentar que te perdone Dios,

no lo haré yo.

Puedes intentar que te perdone Dios,

no no no lo haré yo.

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Imagen: periodistadigital.com

Escuchándome a mí mismo y no a Evo (por David Mario Villa Martínez)

EscuchandomeDavidVillaHace unos días —concretamente el fin de semana pasado— un acontecimiento muy bello tuvo lugar en mi vida. Fue algo inesperado que llegó sin ni siquiera imaginarlo. Me dejé llevar, permití que fluyera lo que sentía en ese momento y todo fue fantástico. Con la persona que compartí comida, cena y cama hubo bastante química como suelen decir. Nos complementamos tan bien que parecía que nos conociéramos desde hace mucho tiempo. Sobre todo me sentí cómodo a su lado, cobijado en sus brazos, recibiendo sus caricias, sus besos… Esos labios son de los mejores que he probado desde que aprendí a besar. Dejé a un lado mi pose de macho a lo “Superman” y me sentí normal, terrenal y a la vez ascendido al espacio sideral; me sentí agradablemente confuso.
Puedo decir con mucho orgullo y valentía que fuimos bastante osados al caminar por la calle juntos de la mano y luego besarnos en público sin pensarlo, cosa que nunca antes había hecho. Por lo general, un homosexual en Bolivia evita sus demostraciones en la calle. La mayoría lo hace a escondidas por temor a recibir agresiones, sean estás física o psicológicas, ya que una parte de la sociedad es bastante retrógrada, como sucede en muchos países de Latinoamérica. Sin embargo nosotros fuimos más allá y fue rara la sensación que tuvimos al expresarnos libremente tal y como sentíamos, tal y como éramos.
Toda esta situación me ha hecho reflexionar mucho pues existe un detalle importante… Este chico ha pasado recientemente por una mala experiencia y creo que, de algún modo, quedó confundido con todo lo sucedido en tan corto tiempo. Pero mi corazón me dice con certeza que a este chico le agradó demasiado lo que sucedió entre nosotros.
No puedo decir que estoy enamorado, sería una falacia. Sin embargo lo que estoy sintiendo es muy fuerte y quiero averiguar de qué se trata en realidad. Es una linda ocasión para emprender una discreta relación de pareja -como la que he anhelado por mucho tiempo-.Esta vez pretendo hacer las cosas bien, no precipitarme, dejar que las cosas fluyan de a poco, mostrarme tal cual, conversar bien las cosas, seducirle aún más y jugármela. Quiero saber qué es lo que puede nacer de todo esto… Tengo mucha fe en que esto que estoy sintiendo me puede proporcionar bastante felicidad y novedosas sorpresas a mi vida. ¡Las cosas son tan complicadas aquí! Incluso conocer a alguien para solo un rato es embrollado y no se de nadie que tenga pareja estable.
Hay que reconocer que nuestro presidente -tras alegar en una de sus ponencias que la existencia de la calvicie en Europa y de la homosexualidad en todo el mundo es fruto de la ingesta de alimentos modificados genéticamente-no nos ha puesto las cosas sencillas. También situó la existencia de hombres homosexuales en todo el planeta como consecuencia de una alimentación deficiente. Según él, todo se debe a la ingesta de pollo criado en grandes explotaciones industriales, que estarían cargados con hormonas femeninas. Por eso, cuando los hombres comen esos pollos, tienen desviaciones en su ser como hombres. Estoy a favor de respetar a la “Pachamama” (término indígena boliviano utilizado para designar el concepto de Madre Tierra) pero no creo que el pollo y los transgénicos tengan que ver con lo que siento. Por otro lado, en mi casa todos comemos pollo, cuando se puede. ¿Soy más comilón que ellos?
Imagino que los ciudadanos respetables -cuando nos vieron cogidos de la mano y besarnos- pensarían inmediatamente que comíamos mucho pollo. Me da igual…
Mientras tanto me escucho a mí mismo y lo que siento, y sé que es lo que debo hacer. Entre otras cosas no voy dejar de comer pollo o gallina y creo que mi chico tampoco.

Me siento tan normal, tan fragil, tan real.
Me elevas al espacio sideral
tal como lo hace Superman
.

La colaboración de este mes viene con este genial relato de David Mario Villa Martínez, autor de Diario de una impostura y de De LEVI (sospecha de leve herejía), de inmimente lanzamiento. Además, podéis leerle en su blog, El Arcón de las Fábulas. Espero que os haya gustado tanto como a mí.

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Imagen: giveafcuk.blogspot.com