Cada vez que respiras (de David F. Barrera)

EverybreathTemprano, igual que cada día, salí de la casa.  Mañana gris. Gotas de una lluvia triste caían. Un frío de panteón me entraba por los pies recorriéndome todo. Caminé las dos cuadras y media de siempre rumbo al bus que me llevaría a una entrevista de trabajo,  que de llegar a obtenerlo, ya lo detesto; no por vago, no, señor, sino porque la idea  de cualquier encierro  o rutina me desgastan, me aterran de sólo pensarlo. No tenía más opción; la miseria es así, no da salidas.

En la esquina, aquella  que conozco de memoria vi a Elena. Como están en mí las cosas, verla en cualquier parte es un karma secuencial y repetitivo; pocas veces resulta ser ella, siempre es una fantasma, una ilusión; sin embargo esta vez sí era, no tenía duda. A través del tránsito bruto y salvaje capté la tierna presencia de Elena quien, al otro lado de la esquina, esperaba, no sé qué, sólo esperaba. Su figura impecable, pequeña y hermosa estaba allá, tan cerca de mí, pero siempre tan lejos. Levaba una sombrilla blanca de pepitas de colores y su morral en la espalda. ¡Al demonio el trabajo! ¡Al demonio las responsabilidades! ¡Al demonio yo! —me dije—; por ella, cada riesgo, cada caída, cada intento y hasta cada error vale la pena.

Mientras el tráfico circulaba energúmeno, entre bocinas aturdidoras, mi vida sin ella pasó cual  río turbulento por mis ojos.  De nuevo, como en días nefastos la extrañé, y quise de sus manos una caricia y de su boca un beso cálido.

En mis adentros, en una parte profunda, abisal, una explosión se desató; un remezón, un ¡boom!, estridente y destructivo, cuya onda cargó con lo poco de humanidad, de vida que me quedaba esa mañana; y como el día que la perdí,  quedé roto, amilanado, sin cimientos, sin ganas, sin fe. Quedé hecho mierda. El temblor del bombazo melló mis fuerzas; no pude mantenerme en pie, tuve que sentarme en la acera y encender un cigarrillo para tranquilizarme.  Las rodillas, cual si fueran de gelatina me temblaban, las manos huesudas y húmedas parecían no responder a las órdenes de mi mente. Saqué de mi bolsillo el reproductor mp3 buscando en la música algo de paz.

Una guitarra sonó. La alquimia de los instrumentos logró apaciguarme. Un poco de sosiego hubo en mi atribulada mente. Sin embargo, como si ahí, en esa infame mañana recibiera yo un mensaje de Dios o del demonio ¿por qué no? Las notas y la voz de la canción me dieron una idea; terrible, oscura, absurda, pero idea al fin y al cabo.  Decidí obedecer el llamado que me daba el corazón.

“Every breath you take, every move you make,

every bond you break, every step you take I’ll be watching you.

Every single day, every word you say,

every game you play, every night you stay I’ll be watching you…

Oh can’t you see, you belong to me?

How my poor heart aches with every step you take…”

Movido por  un  impulso ajeno a mi lógica decidí seguirla. Ella revisó su reloj, parece que tenía afán. Desde la esquina  empezó a caminar con rapidez hacia el norte. Yo, con igual angustia me abalance sobre el tráfico y como pude, pase la calle. Un taxi que circulaba urgido alcanzo a frenar antes de cargarme por delante.

—¡Fíjese, hijueputa! —dijo el conductor histérico—. Lo ignoré y seguí tras ella. Sin que me viera, anduve unas tres o cuatro cuadras hasta que llegamos a su lugar de estudios. Con el afán que llevaba entró a un edificio  moderno.

Sabía que la espera allí podía ser muy larga; tan sólo eran las ocho de la mañana; el día apenas empezaba. Sin perder de vista la entrada del lugar, que esperaba yo, fuera la única, me senté en una esquina. Allí, bajo una lluvia lastimera esperé. Pasé toda la mañana en ese lugar, me paraba a veces  a estirar las piernas y a engañar el entumecimiento de mis huesos. Fumaba y fumaba. La gente pasaba y se me quedaba mirando con extrañeza. No es normal que un tipo como yo, de cabello largo y desordenado, vestido con una gabardina gris que me cubría hasta debajo de las rodillas pasara desapercibido. Esos extraños transeúntes, en medio de esta sociedad del terror, el miedo y la esquizofrenia habrían de pensar, al verme ahí, quieto, incesante y obstinado, que yo, quizás sea un asesino serial, un degenerado, un depravado, un peligro. Tantas veces se habrá de mi pensado eso, que  un día me lo creeré, y sí, resultaré  un daño para la sociedad. Por ahora, para el único ser vivo que yo soy un peligro es para mí.

El estómago me hacía sonidos del hambre que tenía; los pies y las manos me temblaban de frío. Eran más o menos la una de la tarde cuando salió, cuando por fin salió. De nuevo en mí, las llamas del infinito amor por ella ardieron de deseo y desesperación.

Se dirigió hacia la esquina en la que estaba. Yo, ansioso por no saber qué hacer, bajé una cuadra y entré a una tienda. Allí pedí un cigarrillo y unas galletas.

Elena pasó por ahí; sentí su olor, el corazón me dio un salto salvaje; quise irme sobre ella, abalanzarme como un animal y darle el abrazo urgente que tanto esquivamos. El sentido común me lo impidió. Apenas supe que podría mantener una distancia prudencial continué la tarea de seguirla. Después de caminar tres cuadras, llegó a una esquina donde había un vivero. Desde donde yo estaba, pude ver lo que hacía. Tomó su celular e hizo una llamada. Duró en la esquina quince minutos; de pronto un chico delgado, no muy alto, de apariencia sencilla y descomplicada, pelo rizo e hirsuto, apareció. Con fuerza, la abrazó; luego cruzaron unas escuetas palabras, finalmente, firmando mi desgracia, el hombre le dio un largo y amable beso en la boca.

Sí, en la boca, ese lugar reservado sólo a los amantes, tan ajeno para los otros. Punto de la cara a donde no llegan todos, lugar en el que la necesidad y el amor se hacen algo físico, tangible. La boca, dulce, cálida, sincera; su boca, esa que yo también besé y que hoy sólo anhelo; en la que yo me perdía en las comisuras de sus labios rosados, en su lengua jugando entre mis dientes. La boca, el lugar del beso, el beso, la expresión del cariño, el te extraño dicho de otra forma.

Me derrumbé. No tuve ganas de seguir; no era cosa que quisiera ver más. Sin embargo, a pesar de eso que me invadía, que me absorbía, por encima de los celos cáusticos, la ira sobrehumana y en un masoquismo malsano, los seguí a los dos. Caminaron unas cuadras, tomados de la mano, hablando en un cariño cómplice, riendo, sonriendo, abrazándose de vez en cuando. Yo atrás, hecho mierda, igual que fantasma iba tras ellos. Nunca, en ese espacio de tiempo se percataron de mi presencia.

Anduvieron un rato recorriendo las calles lluviosas de la ciudad. Entraron a un edificio viejo. Tan pronto los perdí de vista, corrí hacia el mismo lugar en el que les perdí el rastro. “Academia de baile”, decía un letrero.

Con más fuerza arreció la lluvia. Desde una ventana de nuevo los vi. A pesar del sonido de las gotas estrellándose contra el pavimento y de los bullicios normales de esta metrópoli de hierro y asfalto, pude escuchar una milonga triste sonar. Alcancé a verlos a través de un cristal. Los dos se estrechaban con fuerza. Al compás de un tango subliminal se movían de derecha a izquierda, de izquierda a derecha. El hombre, con respeto, pero con pasión, ponía sobre sus manos los muslos de Elena. En ese fatídico y mojado momento quise ser él; ser sus manos, que podían hacer eso que yo tanto anhelaba, sentirla, tocarla, recorrerla. Deseé también  desaparecer, no ser nada, que esta masa de hueso y carne que encierra mi alma dejará de existir.  Con abismales fuerzas anhelé dejar esta tierra a ver si así paraban las infames emociones que me dominaban, que me hundían,  si así dejaba de amarla tanto.

De noche salieron del lugar. Entraron a un café donde se demoraron más o menos una hora. Pensando en lo que estarían haciendo, me trabajaba a mil por hora la mente. Cuando salieron, de nuevo los seguí. Caminaron hasta la casa de ella; trayecto que había recorrido tantas veces que lo conocía de memoria. En una esquina, cerca de la casa se detuvieron. Hablaron un rato, y de nuevo, un largo abrazo precedido por el beso criminal se hizo ante mis ojos. Ella desapareció, él se quedó  esperando que entrara a la casa. Luego camino en la dirección de la que yo venía.

Yo, del frío y la desesperación, tenía las manos entre los bolsillos del gabán gris. Apretaba mis puños con tal fuerza que pude  sentir la carne de mis manos en mis uñas. El hombre caminaba lentamente hacia mí. Cuanto más cerca estaba, más me embargaba una sensación salvaje. Mi corazón, cual tambor selvático, gruñía, las venas de mi cabeza latían con fuerza; no me circulaba sangre sino una locomotora desbocada. Pasó junto a mí, vi su rostro, sentí su olor; sin que él se imaginara quién era ese tipo extraño de paso lento y gabardina gris, sí supe yo quien era él. Nuestros hombros se chocaron.

—Perdón —dije.

—Todo bien —respondió.

Él continuó su camino, yo el mío. Llegué a la entrada de la casa de Elena, mujer de mis desgracias. Me quedé un rato viendo la fachada verde de puertas blancas y quise, como antes, llamar a su puerta y esperar que saliera para decirle cuanto la quería.

Como no era posible, con las gotas cayendo sobre mí, en la entrada de su casa fumé un cigarrillo mientras me perdía en los recuerdos y en la nostalgia. Camine con un collage horrible de imágenes en mi cabeza. De nuevo, volví a la realidad, mi realidad, ajena y distante. Recorrido las calles húmedas, llenas de seres inciertos, supe cuanto la quería.

I’ll be watching you

Éste es un relato que ha cedido David F. Barrera para este blog. Desde aquí mi agaredeciemiento y, si queréis leerle, podéis hacerlo aquí.

Imagen: tecnoculto.com

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One thought on “Cada vez que respiras (de David F. Barrera)

  1. David F. Barrera, me gustó tu relato. Triste y poético. Esta célebre canción de The Police ha sido la mejor canción que transmite tu historia, otra canción no hubiera podido transmitir los sentimientos del narrador hacia Elena.

    Saludos Karuna ^^

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