Mi memoria sí funciona

suarezTraidor. Facha. Cuando lo conocí era joven, debía de tener unos 25 años y, si algo podía definir el impacto que causó en nosotros, fueron las opiniones encontradas sobre su persona. Encontrarnos. Eso hizo.
Nadie podía obviar el atractivo que emanaba de su persona. Transmitía un aire de honestidad y de sinceridad. Me sedujo, creo que sedujo a toda una generación.
A los jóvenes nos habían acostumbrado a no interesarnos en la política, pero nos estaba entrando el gusanillo de colaborar en el nuevo sistema político. Queríamos ser modernos, abiertos. Ser como todos los países de Europa. Estábamos ilusionados, lo creíamos posible. Pero, para lograrlo, alguien tenía que abrir las puertas, aunque se la jugase a llevarse un buen mamporro al hacerlo. Parecía que todos le podían caer encima. Pero había que ser valiente. ¿Traidor? ¿Facha? ¡Valiente!
Nadie esperaba que se atreviera a legalizar el Partido Comunista, pero lo hizo y poco a poco vimos que no pasaba nada, que todos cabíamos en el sistema democrático. También los que le habían llamado traidor desde un lado. Y los que le habían llamado facha desde el otro.
Vimos, sorprendidos, esperanzados, cómo se acercaban a él políticos de todas las tendencias esperando colaborar en el proyecto democrático incipiente. Si la juventud está siempre llena de ilusión, imaginad cómo puede ser cuando ves que tu mundo cambia, que cambia tanto, y que lo hace bien. Qué cotas de fantasía pueden alcanzar las emociones. Las ganas que te da de sonreír.
Él tuvo que poner de acuerdo a todos los partidos políticos de la época y conseguir que todos fueran a un objetivo común, “la democracia”. A todos les pidió sensibilidad y renuncia de mezquindades para conseguirlo. Renuncia de mezquindades a los políticos, sí, seguro que la gente de ahora no se lo puede creer.
Sus mayores problemas fueron conseguir que el Partido Comunista aceptara la monarquía y estuviera dispuesto a vivir dentro de la Constitución Española y que los militares y derecha no comprendían que la democracia no iba a ser posible si no estaban comprometidos todos los partidos sin excluir a ninguno. El mundo nunca hubiera aceptado una democracia restrictiva. España tenía que reconciliar a sus dos Españas.

Pero no se llega a ser grande sin suscitar recelos, envidias y enemistades. Tuvo enemigos dentro y fuera de su partido. La UCD estaba compuesta de derechistas, demócratas cristianos, socialdemócratas y progres de salón. Tuvo problemas y críticas de todos. De los suyos, de sus contrarios, de los que le dejaron solo. Y ese abandono lo sintió sin que cesase una presión durísima de la ETA que asesinó y secuestró como nunca lo había hecho. Debieron de ser momentos muy duros. Dicen que cuando conoces a tus amigos es cuando ya no te necesitan. Y ves quiénes siguen allí.

Yo le voté hasta que dimitió. Bueno, o hasta que le hicieron dimitir. Dicen que el rey le comunicó que los militares exigían su cabeza para no alzarse en armas. Al final, traicionado por todos, lo hizo. A pesar de todo, tuvo que soportar el golpe del 23-F. Pero, a pesar de todo, dicen que sabía perdonar. Posiblemente, eso le salvó. Y también saber olvidar. Porque no tengo muy claro que hubiera soportado ser consciente de todo lo que ha ido sucediendo con el esfuerzo que él hizo por reconciliarnos, porque la buena voluntad y el bien común estuviesen por encima de intereses parciales y de corrupciones deshonrosas. Creo que yo no lo habría soportado.
Ahora que ha fallecido, los mismos que le traicionaron se deshacen en elogios sobre su persona y se apuntan el tanto como si no hubieran sido parte de su desgracia.
Es el pueblo el que ha reconocido la honestidad y la categoría humana y política que tuvo Adolfo Suárez. Al menos, durante unos días, hemos podido volver a hablar de lo que es hacer las cosas bien. De un hombre que predicaba con el ejemplo, que, tras retirarse y caer enfermo, tuvo que pedir ayuda para mantener a su familia.
Hoy, martes, he visto cómo se lo llevaban, el último acto de honor en la Plaza de Cibeles. Y he visto a mucha gente joven que desearía con todas sus fuerzas tener a una persona que los haga creer como nos hizo creer él a nosotros. Es como si el último aliento de la democracia se hubiese muerto con él.
Sólo espero que algún día ese legado pueda recuperarse. Puede que aún no seamos conscientes, pero es posible que dentro de cientos de años, en España se hable de Suárez con el orgullo y la admiración del mito que hizo posible la concordia. Que sea como es Lincoln para los estadounidenses. Que tal vez algún día sea real lo que en aquel momento creímos posible, que vuelva a serlo. Que lo sea más aún.

 

Y si no la hay, sin duda la habrá.

Para este post he trabajado con el testimonio de una persona de 61 años cuyo nickname es el marqués de Ardines. Quería darle mil gracias por su testimonio, no quería dejar pasar un pequeño homenaje a este gran hombre. Sin el texto del marqués de Ardines yo habría tenido que hacer algo frío, que no habrían sido sino palabras de una persona que sólo lo conoció por los libros de historia. Espero que os guste su relato. Y que D. E. P. Adolfo Suárez.

Desde el otro lado

0912-broken-coffee-mugA veces desearía tener más sueño por la mañana, levantarme como si fuera una autómata y poder ir al trabajo sin darme cuenta del desastre en que mi vida se está convirtiendo. Pero soy de esa clase de personas que se levanta de un salto en cuanto sale el primer rayo de sol, cargada de energía, y por la noche antes de que den las once caigo dormida como un bebé… esta mañana no ha sido diferente, salvo por el sueño que estaba teniendo cuando el despertador ha sonado, sacándome de mi falsa felicidad con sus estridentes pitidos. He sentido ganas de llorar al darme cuenta de que una vez más era la única que estaba en la cama, y el frío se ha colado por las sábanas haciéndome tiritar. Todo lo que quería era volver al sueño en el que sentía su abrazo, pero me ha sido imposible.

Así que me he tragado las lágrimas, una vez más. Me he vestido, he hecho la cama, la casa entera estaba reluciente y el café servido en la mesa cuando él ha entrado por la puerta.

¿Qué te ha pasado, mi amor, qué ha sido de tu juvenil aspecto? Ahora no encuentro en tus ojos la alegría que me enamoró, sólo veo a un hombre desesperado y agotado, que llega con la ropa oliendo a colillas y los ojos enrojecidos por el humo del tabaco. Y ya no me miras como antes. ¿Es sólo que estás cansado o es que ya no me quieres?

—¡Buenos días! –he dicho con toda la vitalidad que he podido.

Pero ni siquiera has respondido.

¿Qué hacer? Me he acercado a ti y he rozado tu oreja con mis labios dulcemente. Ha sido casi peor.

—¿Quieres dejarme en paz?

Hace unos meses no habría imaginado que tu voz pudiera desprender tanta violencia. Has dado tal puñetazo a la mesa que tu taza se ha caído al suelo, se ha roto, el café se ha derramado y se ha esparcido por las baldosas

—Eres una egoísta, ¡sabes que estoy cansado pero no dejas de molestarme! Me voy a dormir, ya no quiero tomar nada.

Con el portazo que has dado al encerrarte en el dormitorio he roto a llorar sin remedio.

Hoy hasta en el trabajo lo han notado. Miguel, el encargado, es el único que sabe que no paso por un buen momento. No he sido capaz de atender bien a la mitad de los clientes, y cuando un hombre indignado ha acudido a él para quejarse, me he echado a llorar. Afortunadamente, ya estaban cerrando y Miguel me ha llevado a casa en coche.

—No creo que debas estar sola ahora. ¿Quieres hablar?

El café se había convertido en una mancha pringosa en las baldosas de la cocina de una casa vacía. He preferido desviar la mirada y sugerir, por una vez, pedir la cena por teléfono.

—Oye, parece que se te ha caído el café. —la expresión de Miguel cuando me ha visto volver a llorar ante tan inocente comentario no ha hecho sino que mi llanto arrecie.

He llorado tanto desde ese momento que me duele la cabeza, pero por fin he podido contarle a alguien qué era lo que realmente me pasa. Y es cierto lo que dicen, es la única forma de ver la situación con menos pesimismo. Hemos hablado horas y horas, he comprendido mi parte de culpa y la de él. Me he dado cuenta de que la situación debe cambiar, que debo buscar otra solución para ayudarnos a ambos. Creo que nunca podré agradecerle a Miguel todo el bien que me ha hecho esta noche de conversación.

Cuando han dado las cinco menos diez le he acompañado al portal para abrirle, pues por la noche siempre cierran con llave.

“Gracias”, he murmurado mientras me ha abrazado con cariño. Creo que nunca me había sentido tan reconfortada. Miguel ha sonreído, me ha mirado a los ojos… y me ha besado. Y, por primera vez en meses, he vuelto a sentirme querida. He vuelto a sentir calor.

—¿Se puede saber qué está pasando aquí?

Una enfurecida voz a mis espaldas. Me ha dado más miedo reconocer el timbre que el tono.

La mirada enrojecida y enfurecida de Mario me ha hecho sentir vergüenza y pánico.

—¿Quién coño eres tú y qué haces con mi mujer?

—Mario…

Y se ha abalanzado sobre Miguel. Yo no podía dejar de temblar, pero a la vez me he sentido inmovilizada, sólo he podido gritar, rogándoles que dejasen de pelearse. Pero Miguel se está defendiendo, nada más. Mario ha caído cuando ha recibido un golpe en el pecho… luego se ha dado con la frente en el bordillo… y ha dejado de moverse.

Miguel sangra por la nariz y apenas puede abrir el ojo izquierdo. Se acerca al cuerpo de Mario y trata de buscarle el pulso en el cuello. Me mira espantado y habla con voz temblorosa:

—¿Y ahora qué hacemos?

Sobre Mario de bruces tres cruces:
una en la frente, la que mas dolió
otra en el pecho, la que le mató
y otra miente en el noticiero:
Dos drogadictos en plena ansiedad
roban y matan a Mario Postigo
mientras su esposa es testigo
desde el portal.
En vez de cruz de navajas por una mujer
brillos mortales despuntan al alba
sangres que tiñen de malva el amanecer.

Éste fue mi primer relato con canción, espero que os guste. Y ya sabéis que en la columna de la derecha podéis suscribiros para leer más hisotrias cantadas.

Imagen:yassminelnazer.files.wordpress.com

Cada vez que respiras (de David F. Barrera)

EverybreathTemprano, igual que cada día, salí de la casa.  Mañana gris. Gotas de una lluvia triste caían. Un frío de panteón me entraba por los pies recorriéndome todo. Caminé las dos cuadras y media de siempre rumbo al bus que me llevaría a una entrevista de trabajo,  que de llegar a obtenerlo, ya lo detesto; no por vago, no, señor, sino porque la idea  de cualquier encierro  o rutina me desgastan, me aterran de sólo pensarlo. No tenía más opción; la miseria es así, no da salidas.

En la esquina, aquella  que conozco de memoria vi a Elena. Como están en mí las cosas, verla en cualquier parte es un karma secuencial y repetitivo; pocas veces resulta ser ella, siempre es una fantasma, una ilusión; sin embargo esta vez sí era, no tenía duda. A través del tránsito bruto y salvaje capté la tierna presencia de Elena quien, al otro lado de la esquina, esperaba, no sé qué, sólo esperaba. Su figura impecable, pequeña y hermosa estaba allá, tan cerca de mí, pero siempre tan lejos. Levaba una sombrilla blanca de pepitas de colores y su morral en la espalda. ¡Al demonio el trabajo! ¡Al demonio las responsabilidades! ¡Al demonio yo! —me dije—; por ella, cada riesgo, cada caída, cada intento y hasta cada error vale la pena.

Mientras el tráfico circulaba energúmeno, entre bocinas aturdidoras, mi vida sin ella pasó cual  río turbulento por mis ojos.  De nuevo, como en días nefastos la extrañé, y quise de sus manos una caricia y de su boca un beso cálido.

En mis adentros, en una parte profunda, abisal, una explosión se desató; un remezón, un ¡boom!, estridente y destructivo, cuya onda cargó con lo poco de humanidad, de vida que me quedaba esa mañana; y como el día que la perdí,  quedé roto, amilanado, sin cimientos, sin ganas, sin fe. Quedé hecho mierda. El temblor del bombazo melló mis fuerzas; no pude mantenerme en pie, tuve que sentarme en la acera y encender un cigarrillo para tranquilizarme.  Las rodillas, cual si fueran de gelatina me temblaban, las manos huesudas y húmedas parecían no responder a las órdenes de mi mente. Saqué de mi bolsillo el reproductor mp3 buscando en la música algo de paz.

Una guitarra sonó. La alquimia de los instrumentos logró apaciguarme. Un poco de sosiego hubo en mi atribulada mente. Sin embargo, como si ahí, en esa infame mañana recibiera yo un mensaje de Dios o del demonio ¿por qué no? Las notas y la voz de la canción me dieron una idea; terrible, oscura, absurda, pero idea al fin y al cabo.  Decidí obedecer el llamado que me daba el corazón.

“Every breath you take, every move you make,

every bond you break, every step you take I’ll be watching you.

Every single day, every word you say,

every game you play, every night you stay I’ll be watching you…

Oh can’t you see, you belong to me?

How my poor heart aches with every step you take…”

Movido por  un  impulso ajeno a mi lógica decidí seguirla. Ella revisó su reloj, parece que tenía afán. Desde la esquina  empezó a caminar con rapidez hacia el norte. Yo, con igual angustia me abalance sobre el tráfico y como pude, pase la calle. Un taxi que circulaba urgido alcanzo a frenar antes de cargarme por delante.

—¡Fíjese, hijueputa! —dijo el conductor histérico—. Lo ignoré y seguí tras ella. Sin que me viera, anduve unas tres o cuatro cuadras hasta que llegamos a su lugar de estudios. Con el afán que llevaba entró a un edificio  moderno.

Sabía que la espera allí podía ser muy larga; tan sólo eran las ocho de la mañana; el día apenas empezaba. Sin perder de vista la entrada del lugar, que esperaba yo, fuera la única, me senté en una esquina. Allí, bajo una lluvia lastimera esperé. Pasé toda la mañana en ese lugar, me paraba a veces  a estirar las piernas y a engañar el entumecimiento de mis huesos. Fumaba y fumaba. La gente pasaba y se me quedaba mirando con extrañeza. No es normal que un tipo como yo, de cabello largo y desordenado, vestido con una gabardina gris que me cubría hasta debajo de las rodillas pasara desapercibido. Esos extraños transeúntes, en medio de esta sociedad del terror, el miedo y la esquizofrenia habrían de pensar, al verme ahí, quieto, incesante y obstinado, que yo, quizás sea un asesino serial, un degenerado, un depravado, un peligro. Tantas veces se habrá de mi pensado eso, que  un día me lo creeré, y sí, resultaré  un daño para la sociedad. Por ahora, para el único ser vivo que yo soy un peligro es para mí.

El estómago me hacía sonidos del hambre que tenía; los pies y las manos me temblaban de frío. Eran más o menos la una de la tarde cuando salió, cuando por fin salió. De nuevo en mí, las llamas del infinito amor por ella ardieron de deseo y desesperación.

Se dirigió hacia la esquina en la que estaba. Yo, ansioso por no saber qué hacer, bajé una cuadra y entré a una tienda. Allí pedí un cigarrillo y unas galletas.

Elena pasó por ahí; sentí su olor, el corazón me dio un salto salvaje; quise irme sobre ella, abalanzarme como un animal y darle el abrazo urgente que tanto esquivamos. El sentido común me lo impidió. Apenas supe que podría mantener una distancia prudencial continué la tarea de seguirla. Después de caminar tres cuadras, llegó a una esquina donde había un vivero. Desde donde yo estaba, pude ver lo que hacía. Tomó su celular e hizo una llamada. Duró en la esquina quince minutos; de pronto un chico delgado, no muy alto, de apariencia sencilla y descomplicada, pelo rizo e hirsuto, apareció. Con fuerza, la abrazó; luego cruzaron unas escuetas palabras, finalmente, firmando mi desgracia, el hombre le dio un largo y amable beso en la boca.

Sí, en la boca, ese lugar reservado sólo a los amantes, tan ajeno para los otros. Punto de la cara a donde no llegan todos, lugar en el que la necesidad y el amor se hacen algo físico, tangible. La boca, dulce, cálida, sincera; su boca, esa que yo también besé y que hoy sólo anhelo; en la que yo me perdía en las comisuras de sus labios rosados, en su lengua jugando entre mis dientes. La boca, el lugar del beso, el beso, la expresión del cariño, el te extraño dicho de otra forma.

Me derrumbé. No tuve ganas de seguir; no era cosa que quisiera ver más. Sin embargo, a pesar de eso que me invadía, que me absorbía, por encima de los celos cáusticos, la ira sobrehumana y en un masoquismo malsano, los seguí a los dos. Caminaron unas cuadras, tomados de la mano, hablando en un cariño cómplice, riendo, sonriendo, abrazándose de vez en cuando. Yo atrás, hecho mierda, igual que fantasma iba tras ellos. Nunca, en ese espacio de tiempo se percataron de mi presencia.

Anduvieron un rato recorriendo las calles lluviosas de la ciudad. Entraron a un edificio viejo. Tan pronto los perdí de vista, corrí hacia el mismo lugar en el que les perdí el rastro. “Academia de baile”, decía un letrero.

Con más fuerza arreció la lluvia. Desde una ventana de nuevo los vi. A pesar del sonido de las gotas estrellándose contra el pavimento y de los bullicios normales de esta metrópoli de hierro y asfalto, pude escuchar una milonga triste sonar. Alcancé a verlos a través de un cristal. Los dos se estrechaban con fuerza. Al compás de un tango subliminal se movían de derecha a izquierda, de izquierda a derecha. El hombre, con respeto, pero con pasión, ponía sobre sus manos los muslos de Elena. En ese fatídico y mojado momento quise ser él; ser sus manos, que podían hacer eso que yo tanto anhelaba, sentirla, tocarla, recorrerla. Deseé también  desaparecer, no ser nada, que esta masa de hueso y carne que encierra mi alma dejará de existir.  Con abismales fuerzas anhelé dejar esta tierra a ver si así paraban las infames emociones que me dominaban, que me hundían,  si así dejaba de amarla tanto.

De noche salieron del lugar. Entraron a un café donde se demoraron más o menos una hora. Pensando en lo que estarían haciendo, me trabajaba a mil por hora la mente. Cuando salieron, de nuevo los seguí. Caminaron hasta la casa de ella; trayecto que había recorrido tantas veces que lo conocía de memoria. En una esquina, cerca de la casa se detuvieron. Hablaron un rato, y de nuevo, un largo abrazo precedido por el beso criminal se hizo ante mis ojos. Ella desapareció, él se quedó  esperando que entrara a la casa. Luego camino en la dirección de la que yo venía.

Yo, del frío y la desesperación, tenía las manos entre los bolsillos del gabán gris. Apretaba mis puños con tal fuerza que pude  sentir la carne de mis manos en mis uñas. El hombre caminaba lentamente hacia mí. Cuanto más cerca estaba, más me embargaba una sensación salvaje. Mi corazón, cual tambor selvático, gruñía, las venas de mi cabeza latían con fuerza; no me circulaba sangre sino una locomotora desbocada. Pasó junto a mí, vi su rostro, sentí su olor; sin que él se imaginara quién era ese tipo extraño de paso lento y gabardina gris, sí supe yo quien era él. Nuestros hombros se chocaron.

—Perdón —dije.

—Todo bien —respondió.

Él continuó su camino, yo el mío. Llegué a la entrada de la casa de Elena, mujer de mis desgracias. Me quedé un rato viendo la fachada verde de puertas blancas y quise, como antes, llamar a su puerta y esperar que saliera para decirle cuanto la quería.

Como no era posible, con las gotas cayendo sobre mí, en la entrada de su casa fumé un cigarrillo mientras me perdía en los recuerdos y en la nostalgia. Camine con un collage horrible de imágenes en mi cabeza. De nuevo, volví a la realidad, mi realidad, ajena y distante. Recorrido las calles húmedas, llenas de seres inciertos, supe cuanto la quería.

I’ll be watching you

Éste es un relato que ha cedido David F. Barrera para este blog. Desde aquí mi agaredeciemiento y, si queréis leerle, podéis hacerlo aquí.

Imagen: tecnoculto.com

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