La leyenda del trovador

Hace años aprendí que la magia no existía. Que la vida era sencilla y fría. Gris, sin encantamientos. Dejé de leer los libros en los que se contaban historias de princesas, de dragones y de hadas. Recuerdo que mi adolescencia se convirtió en un golpe de realidad, de tristeza y de desazón al saber que nada de lo que soñaba se convertiría en realidad. Que simplemente seguiría en mi remota y diminuta aldea, junto a la laguna, paseando día a día y observando cómo la hierba se amarilleaba en cuanto comenzaba el verano. Hilando, recogiendo el agua del pozo, esperando a que me arreglasen un matrimonio con algún granjero que, con suerte, pudiera alimentarme sin muchos problemas. Escuchando el horrible y estridente canto de la cigarra.

Entonces apareciste tú. Y me convertí en espectadora de una leyenda.bote_al_pie_del_lago-1280x1024

Aquel día perdí la noción del tiempo al ir al bosque cercano a recoger bayas. Estaba siendo un año seco, con malas cosechas y toda aportación para comer nos venía bien. Sin embargo, me di cuenta de que se estaba haciendo de noche cuando ya era demasiado tarde. Comencé el camino de vuelta a casa, algo preocupada por la oscuridad, pero pensando que, seguramente, en poco tiempo saldría la Luna y me iluminaría en el camino.

Entonces oí tu voz. Era dulce, profunda. No entendía lo que decías, pero desde el primer momento me resultó hipnótica. Provenía de la orilla de la laguna, entre los juncos que se mecían suavemente con la brisa que traía humedad desde la gran masa de agua. Me acerqué sigilosamente, me asomé entre las plantas. Y allí estabas. Al hacerlo me tropecé, hice ruido y nuestras miradas se encontraron.

Aunque me gustaría poder decirte lo contrario, no sé que vi en ti. No eras nada especial, no eras guapo, ni alto. Me resultaste contrahecho, tu piel presentaba demasiadas marcas del paso de la vida y tus ojos saltones traían con ellos una mirada demasiado intensa. Pero yo no podía moverme. Creo que fue tu voz. Desde el primer momento en que la escuché, me dejó hechizada.

Eras un trovador, de eso no me quedó duda nada más contemplarte, y mucho menos cuando, después de acercarme a ti, seguiste cantando. Lo hiciste porque en ese momento, por fin, la Luna se asomó entre las copas de los árboles del bosque y tú te giraste para verla. Sin dudarlo, volviste a entonar tu canto. Hablaba de amor, de un amor embrujado. De algo imposible y demasiado intenso para que yo, en mi inexperiencia, comprendiera lo que quería decir.

Sin embargo, me senté junto a ti. Y así te convertiste en mi mejor compañía. Cada noche me sentaba junto a ti y escuchaba tus canciones. En ellas se sentía tu larga vida, la intensidad con la que habías vivido. Se sentía ese dolor, esas cicatrices que aún sangraban a veces. La tragedia te acompañaba siempre. Sé todo lo que sufriste, pero no quiero volver a hablarte de ella. Sé que no deseas revivir el drama, el sufrimiento. Sé que siempre que piensas en ella existir se vuelve casi agónico.

Pero fue gracias a ti que volví a creer en las aventuras, en los sueños y en la magia, pues tú siempre cantabas con ilusión. Decías que sin ella era imposible vivir una vida feliz. Pero también aprendí que esa magia no siempre estaba llena de hadas, ni de belleza. Lo supe cuando empecé a soñar contigo y esto se convirtió en mi mayor dolor. Tú sólo mirabas a la Luna. Era como si ella te hubiese hipnotizado de la misma forma en que tu voz me había seducido a mí. Sólo te volvías para mirarme al llegar. Luego, me dabas la espalda y contemplabas el maravilloso astro. En las noches de Luna Nueva siempre estabas destrozado porque no podías verla en el firmamento. Te tumbabas sobre los juncos y tus ojos brillaban vítreos y tristes a la luz de mi farol. Fue entonces cuando supe el final de tu trágica historia. De ese doloroso amor que te había abandonado. Supe que ella había muerto y que tú la veías en el astro. Que te recordaba a ella. Que, para ti, ella era la Luna. Pero sabía también que aquel embrujo estaba acabando contigo. Aunque tú no querías salir de él. Intenté hacerte comprender. Intenté que sintieras mi calor, mi apoyo, mi amor. También traté de traerte a la realidad con crudeza, intenté que te dieras cuenta de que ella no iba a volver. Que había dado su sangre, que estaba muerta. Que era fría, como esa Luna tuya. Como si las estrellas hubiesen absorbido su vida. Como si ella se la hubiera dado en honorable sacrificio.

Quise advertirte, porque me di cuenta de cómo esto te estaba cambiando, de cómo te estaba transformando. Vi cómo cambiabas lentamente y supe que sólo podía deberse a un encantamiento. Parecía una maldición, y yo veía cómo iba inundándote y venciéndote lentamente. Quise prevenirte para que no te convirtieras en lo que eres. Pero también porque una parte de mí no quería renunciar a que me quisieras. No me hiciste ningún caso. Lamento haber perdido la batalla, aunque sé que tu única forma de ser feliz era seguir con esa ilusión de cantarle a tu cautivadora Luna. A veces me siento un poco estúpida por haberle dado todo mi amor a una criatura que, después de todo, no era tan perfecta. Pero no puedo dejar de ir a verte cada noche. A pesar de que ya sólo eres un sapo.

Sapo Cancionero,

canta tu canción,

que la vida es triste

si no la vivimos con una ilusión

Imagen: fondosya.com

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