La leyenda del trovador

Hace años aprendí que la magia no existía. Que la vida era sencilla y fría. Gris, sin encantamientos. Dejé de leer los libros en los que se contaban historias de princesas, de dragones y de hadas. Recuerdo que mi adolescencia se convirtió en un golpe de realidad, de tristeza y de desazón al saber que nada de lo que soñaba se convertiría en realidad. Que simplemente seguiría en mi remota y diminuta aldea, junto a la laguna, paseando día a día y observando cómo la hierba se amarilleaba en cuanto comenzaba el verano. Hilando, recogiendo el agua del pozo, esperando a que me arreglasen un matrimonio con algún granjero que, con suerte, pudiera alimentarme sin muchos problemas. Escuchando el horrible y estridente canto de la cigarra.

Entonces apareciste tú. Y me convertí en espectadora de una leyenda.bote_al_pie_del_lago-1280x1024

Aquel día perdí la noción del tiempo al ir al bosque cercano a recoger bayas. Estaba siendo un año seco, con malas cosechas y toda aportación para comer nos venía bien. Sin embargo, me di cuenta de que se estaba haciendo de noche cuando ya era demasiado tarde. Comencé el camino de vuelta a casa, algo preocupada por la oscuridad, pero pensando que, seguramente, en poco tiempo saldría la Luna y me iluminaría en el camino.

Entonces oí tu voz. Era dulce, profunda. No entendía lo que decías, pero desde el primer momento me resultó hipnótica. Provenía de la orilla de la laguna, entre los juncos que se mecían suavemente con la brisa que traía humedad desde la gran masa de agua. Me acerqué sigilosamente, me asomé entre las plantas. Y allí estabas. Al hacerlo me tropecé, hice ruido y nuestras miradas se encontraron.

Aunque me gustaría poder decirte lo contrario, no sé que vi en ti. No eras nada especial, no eras guapo, ni alto. Me resultaste contrahecho, tu piel presentaba demasiadas marcas del paso de la vida y tus ojos saltones traían con ellos una mirada demasiado intensa. Pero yo no podía moverme. Creo que fue tu voz. Desde el primer momento en que la escuché, me dejó hechizada.

Eras un trovador, de eso no me quedó duda nada más contemplarte, y mucho menos cuando, después de acercarme a ti, seguiste cantando. Lo hiciste porque en ese momento, por fin, la Luna se asomó entre las copas de los árboles del bosque y tú te giraste para verla. Sin dudarlo, volviste a entonar tu canto. Hablaba de amor, de un amor embrujado. De algo imposible y demasiado intenso para que yo, en mi inexperiencia, comprendiera lo que quería decir.

Sin embargo, me senté junto a ti. Y así te convertiste en mi mejor compañía. Cada noche me sentaba junto a ti y escuchaba tus canciones. En ellas se sentía tu larga vida, la intensidad con la que habías vivido. Se sentía ese dolor, esas cicatrices que aún sangraban a veces. La tragedia te acompañaba siempre. Sé todo lo que sufriste, pero no quiero volver a hablarte de ella. Sé que no deseas revivir el drama, el sufrimiento. Sé que siempre que piensas en ella existir se vuelve casi agónico.

Pero fue gracias a ti que volví a creer en las aventuras, en los sueños y en la magia, pues tú siempre cantabas con ilusión. Decías que sin ella era imposible vivir una vida feliz. Pero también aprendí que esa magia no siempre estaba llena de hadas, ni de belleza. Lo supe cuando empecé a soñar contigo y esto se convirtió en mi mayor dolor. Tú sólo mirabas a la Luna. Era como si ella te hubiese hipnotizado de la misma forma en que tu voz me había seducido a mí. Sólo te volvías para mirarme al llegar. Luego, me dabas la espalda y contemplabas el maravilloso astro. En las noches de Luna Nueva siempre estabas destrozado porque no podías verla en el firmamento. Te tumbabas sobre los juncos y tus ojos brillaban vítreos y tristes a la luz de mi farol. Fue entonces cuando supe el final de tu trágica historia. De ese doloroso amor que te había abandonado. Supe que ella había muerto y que tú la veías en el astro. Que te recordaba a ella. Que, para ti, ella era la Luna. Pero sabía también que aquel embrujo estaba acabando contigo. Aunque tú no querías salir de él. Intenté hacerte comprender. Intenté que sintieras mi calor, mi apoyo, mi amor. También traté de traerte a la realidad con crudeza, intenté que te dieras cuenta de que ella no iba a volver. Que había dado su sangre, que estaba muerta. Que era fría, como esa Luna tuya. Como si las estrellas hubiesen absorbido su vida. Como si ella se la hubiera dado en honorable sacrificio.

Quise advertirte, porque me di cuenta de cómo esto te estaba cambiando, de cómo te estaba transformando. Vi cómo cambiabas lentamente y supe que sólo podía deberse a un encantamiento. Parecía una maldición, y yo veía cómo iba inundándote y venciéndote lentamente. Quise prevenirte para que no te convirtieras en lo que eres. Pero también porque una parte de mí no quería renunciar a que me quisieras. No me hiciste ningún caso. Lamento haber perdido la batalla, aunque sé que tu única forma de ser feliz era seguir con esa ilusión de cantarle a tu cautivadora Luna. A veces me siento un poco estúpida por haberle dado todo mi amor a una criatura que, después de todo, no era tan perfecta. Pero no puedo dejar de ir a verte cada noche. A pesar de que ya sólo eres un sapo.

Sapo Cancionero,

canta tu canción,

que la vida es triste

si no la vivimos con una ilusión

Imagen: fondosya.com

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Ciclogénesis explosiva

Ciclogénesis explosiva

Fuente: i.myniceprofile.com

—Hoy sí que he tenido un sueño raro —me dice, sin mirarme directamente a los ojos, fijando los suyos únicamente en la infusión, sin teína, que remueve despacio, pero como si le costase un esfuerzo sobrehumano.

Después, se pasa la mano por el pelo. Hoy lo lleva muy liso y brillante. Se ha arreglado más de lo normal. Y yo sé que hace eso cuando está deprimida, en un intento de levantar su moral o, al menos, de no desmoronarse por completo. Sus ojos están tristes, pero ella está muy guapa.

—A ver, ¿qué has soñado?

—Estaba en un lugar precioso. En alta montaña. Al principio parecía que estaba todo nevado. Pero no, en realidad, eran unas montañas congeladas, hechas de hielo. Había incluso una pequeña cueva. De ella, brotaba un hilillo de agua. Y, a su alrededor había florecillas moradas. Me acercaba a tocarlas y entonces algunas de ellas comenzaban a moverse y descubría que, más bien, eran pequeñas haditas y pajaritos de colores. Volaban.

Está muy guapa, a pesar de que, desde hace tiempo, se ha teñido el pelo de un rubio muy claro, platino. Esto acentúa su palidez, pero, sorprendentemente, le favorece. La primera vez que la vi así, la llamé la Reina de las Nieves.

—¿Qué te parece el sueño? Venga, que a ti te gusta interpretar este tipo de cosas.

Por fin, me mira a los ojos. Aunque es sólo un segundo.

—Pues el agua suele simbolizar las emociones. Así que parece claro que ahora mismo tus emociones están congeladas.

—Vaya novedad. Para eso no necesito soñar con montañas. Ya sé que he perdido la capacidad de emocionarme.

—Es normal cuando has tenido malas experiencias —intervengo, recordando la semana anterior a aquel cambio de aspecto. Hace ya muchos meses de eso—. Ya sabes, odio, arrepentimiento, decepciones… Todos pasamos por épocas así.

—No sé, creo que es algo más —apostilla—. Algo de lo que no me veo capaz de recuperarme. Es como si algo hubiese cambiado en mí para siempre. La forma de ver la vida. Más cínica, o más desencantada. O tal vez sea que ya pienso que el tiempo de vivir así ha pasado. De todas formas, no tengo una gran autoestima en estos momentos. Me siento poca cosa.

Lo sé. Y te creo, aunque no esté de acuerdo en absoluto.

—Pero en tu sueño el deshielo ha comenzado. Eso podría significar que algo está empezando a cambiar en ti. Y esas flores, esas hadas… podrían tener que ver con la capacidad de ilusionarse y el retorno de la primavera.

—Mira, a lo mejor tienes razón —concede mientras juguetea con la bolsita de té y su mirada sigue baja—. Pero no me siento así. Además, era un hilillo de agua en una montaña de hielo. Tanto hielo no se derrite así como así. Hace falta…

—…mucho calor —la interrumpo.

Yo albergo calor suficiente para fundir todo ese hielo. Pero este año he aprendido algo. Cuando un frente muy cálido y otro muy frío se unen demasiado rápido, se producen vientos huracanados, destrucción; todo es demasiado intenso. No sé cuántos temporales llevamos ya este año ni cuántos puertos, diques y malecones se han destruido a causa de este fenómeno.

—En realidad —me corrige—, iba a decir que hacen falta muchos días de mucho sol.

Incluso, si estás a demasiada altura, demasiado lejos de todo, vivirás en un lugar tan frío que las nieves y el hielo serán perpetuos.

—Yo creo que también hace falta un poco de valor. Para salir de ese lugar tan frío. A lo mejor no quieres salir. Allí nada se mueve, no hay riadas ni peligro. No hay…

…no hay temporales. Ni ciclogénesis explosiva.

—No hay nadie. Puede que sea eso. Nadie irá hasta allí. No es un lugar al que nadie quisiera ir.

Yo iría.

—No digas eso. Sólo son épocas. Pasarán.

—No estoy tan segura. Puede que simplemente siga siempre así. Puede que la única razón por la que me duela aislarme es por ese hilillo de agua que corre. Tal vez sería mejor que también se congelase. Así, dejaría de importarme la soledad, sentirme una mierda y haber perdido toda la confianza en que alguien se pudiera fijar en mí.

Ardo por dentro sin que la Reina de las Nieves perciba mi calor. ¿Que nadie se ha fijado en ti? ¿De verdad disimulo tan bien?

Resoplo, contrariado.

—¿Oye, te pasa algo?

Me mira fijamente, pero parece no ver más allá. Sus ojos son oscuros, pero, aún así, parecen un muro helado. ¿Y si se lo digo? ¿Derretiría todo ese mundo congelado? ¿Qué puedo perder?

—Nada. Sólo es que estoy cansado. Camarero, ¿puede ponerme un café solo y con mucho hielo?

Me duermo con el auricular de la radio dentro de la oreja izquierda. La ventana que está pegada al borde de la cama no es capaz de aislar por completo el frío de la noche. Está nevando. Hoy se ha vuelto a desencadenar una ciclogénesis explosiva. Pero fuera, en la calle. Aunque yo estoy congelado. No importa con cuántas mantas me cubra.

 

If I could melt your heart…

 

 

Podéis leer la letra traducida aquí.

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El fabricante de pociones

ElFabricantedePociones

Foto: Juan Jover (www.apratizando.com)

Muérdago, ortiga, albahaca, azafrán, orégano, cilantro, lúpulo. Y acaba de llegar mi último pedido de pensamientos. Son mis favoritos. Su nombre tiene mucho que ver con su función. Machaco sus pétalos lentamente en el mortero de bronce, extraigo el líquido que se deposita en el fondo y lo cuelo con un embudo. Es el último ingrediente que deposito en el caldero. Con un reloj de arena, calculo los cinco minutos que debe hervir junto al resto de los ingredientes en el alambique. Extraigo el líquido que se libera de la reacción. Lo tomo, delicadamente, con un cuentagotas y lo deposito en un pequeño frasco de cristal azulado, adornado con filigrana de cobre. Tomo un pedazo de papel grueso y, mojando la pluma en tinta roja, escribo: Poción de Adoración. Después, perforo un extremo, introduzco en él una cinta de seda que ato después al frasquito. Ya está listo para ser vendido.

Abandono la trastienda y me dirijo a la tienda. Mi mostrador de madera de caoba aún no recibe la cálida luz del sol, parece estar durmiendo todavía. Me muevo entre las fuertes estanterías de roble, colocadas en las paredes de la habitación a modo de expositores. Paso por delante de las diferentes secciones y voy comprobando que cada estante tiene el producto correspondiente: elixir de amor, en un pequeño bote forrado en terciopelo rojo. Vigorizante, dentro de unas licoreras de color azul brillante. Perfume de atracción, dispuesto en mínimos frascos hechos de ámbar. Filtro de belleza, disponible en sus dos variantes: un tarro de grueso cristal negro, donde caben un par de pellizcos de crema o una botellita que alberga su versión de bebedizo. Olvido sin dolor, esencia de pasión, sueños de amor… Mi tienda de pociones ya está lista para comenzar el día. Soy el único que aún sabe fabricarlas y desde siempre he tenido un éxito rotundo, pues traigo a los corazones el sosiego que no son capaces de obtener si no es con el refuerzo de un compañero amado. Todos necesitamos que nos quieran. Todos dependemos de la atención de los demás más de lo que nos gustaría a veces admitir. Y yo les proporciono un camino para lograr estas atenciones, por una cantidad nada desdeñable de dinero. Me ajusto mi preciosa casaca verde esmeralda de terciopelo de seda, adornada con botones y cadenas de oro blanco y levanto las persianas. Descorro el cerrojo y giro la lámina de plata para que, desde fuera, se lea el grabado en el que reza “ABIERTO”, en letras mayúsculas.

Pero, por segundo día consecutivo, cierro la tienda a la hora de comer sin que haya entrado ningún cliente. No me lo explico. Mi negocio no sabe de crisis, el amor no sabe de dinero. Cuando uno se obsesiona y pierde la cabeza, gasta lo poco que tiene para lograr ser correspondido por el objeto de su desesperada dependencia. Pues todos creemos que el amor nos salvará de todos los males de la vida.

Lo cierto es que empiezo a preocuparme. Si la cosa sigue así, no podré mantener mi tren de vida. ¿Pero adónde han ido todos? No alcanzo a entender que mi clientela habitual haya huido en desbandada. Decido salir de la tienda y dar un largo paseo hasta una taberna, a una media hora de camino, para intentar tranquilizarme y pedir algo delicioso, que me ayude a evadirme de mis problemas. Seguro que no es más que un parón pasajero, me digo.

Pero, en mi paseo, justo antes de llegar a la taberna, me detengo en seco. Me topo con uno de mis clientes habituales. Es una mujer regordeta, entrada en la cuarentena y que no se ha casado. Ha tenido varios romances en los últimos años, todos propiciados por mí. Se mueve siempre insegura, con mirada huidiza. Por eso me sorprende encontrarla tan resplandeciente y segura de sí misma. Su atuendo es igual, pero su aura es otra. ¿Qué le ha sucedido?

—¡Vaya, qué sorpresa! —me dice con una sonrisa.

—La sorpresa es mía, señora. Estaba preocupado por usted. Ya me la imaginaba enferma, pues hace ya mucho que no pasa usted por mi tienda…

—Sí, es cierto… —la mujer esquiva mi mirada. Parece pararse un momento a pensar, antes de decidirse a hablar—. Bueno, a usted no puedo mentirle. En realidad, no veo razón para hacerlo. He estado muy contenta de ser parte de su clientela durante tanto tiempo, pero posiblemente no vaya más por allí. Aunque podemos ser amigos, fuera del negocio —añade, con una sonrisa ciertamente cautivadora.

Pero yo no puedo ocultar mi decepción.

—¿Y por qué no va a venir más?

—Bueno, es que he encontrado otros productos que me han resultado más satisfactorios. No es que los suyos no sean buenos, entiéndame, su trabajo es impecable. Pero éstos son… digamos que son diferentes, funcionan de otra manera.

—¿Y podría decirme quién me está haciendo la competencia?

—Venga, no se enfade, si usted tiene a muchos clientes, una menos no le hará ningún mal. Pues mire, precisamente vengo de esa tienda. La tiene al final de la calle, nada más doblar la esquina. Se llama “Amor Propio”.

—¿Amor propio? ¡Venga ya! —espeté.

—Es muy original, ya lo verá. Bueno, me alegro de verle y de que siga usted tan elegante como siempre. Me marcho, mi prometido me está esperando para comer.

—¿Prometido?

Aunque mi voz suena incrédula, la mujer sólo se ríe. Me planta dos besos y se marcha. Yo giro la cabeza hacia el lado contrario por el que se ha marchado y me dirijo a la famosa tienda que me está quitando el sustento tan necesario. Bueno, y las posibilidades de comer de restaurante todos los días, pasar las vacaciones en Indochina o vivir en un palacete con jardín en pleno centro de la ciudad. Camino, apretando los dientes, preocupado por lo que vaya a encontrar e imaginando mentalmente cómo voy a increpar a la persona responsable de la fuga de mis clientes.

Giro en la esquina. La tienda es bastante grande, tiene una cristalera enorme y está llena de mensajitos vistosos, escritos sobre pegatinas y pegados contra el escaparate, que utilizan a modo de mural. Aunque la letra es bastante pequeña, puedo distinguir algunos smileys dibujados con rotulador grueso. ¿Qué demonios es este lugar?

Entro. En lugar de un sonido de campanillas como el de mi tienda, suena un pitidito alegre, pero que a mí se me antoja impertinente. Las estanterías no son clásicas, como las mías, sino que parecen sacadas del IKEA. Están llenas de frasquitos con etiquetas prefabricadas, escritas con Dymo. Me cuesta acercarme para leer lo que contienen, pues la tienda está llena a rebosar. De hecho, he reconocido ya a varios de mis clientes en el interior. Me abro camino entre las riadas de clientes y  empiezo a mirar los carteles de los productos: Empatía en botecitos. Aceptarse a uno mismo en tarros de metacrilato. Asertividad, en un cuentagotas. Confianza en uno mismo, en una botella que parece de un perfume infantil. Valor, en un difusor en spray. Independencia en tarros de vidrio de colores vivos. Amor propio. Éste está en frascos transparentes,  en el centro de la tienda, bajo un cartel que indica: “best-seller”. La gente de la tienda sonríe, está de buen humor. Irradian calidez. Algunos acuden solos, otros, con amigos. Unos pocos, en pareja. La mayoría están resplandecientes. Pero ¿qué locura es ésta? Este hombre va a acabar con nuestro sistema. Si la gente afianza su confianza en sí misma, su autoestima, su independencia, dejarán de ser dependientes. Y, por supuesto, por eso ya no necesitan mis productos de belleza exterior o de seducción. ¡Es mi ruina!

—¿Puedo ayudarle, señor?

Me giro. Un chaval de unos 30 años me mira sonriente.

—¿Es usted el responsable de esto?

—Así es. Estoy muy contento con el resultado de la tienda.

—Ya, pues yo no —añado, mientras lo sostengo por las solapas de la camisa.

—¡Oiga, tranquilícese, por favor! Si me amenaza, no me resultará fácil ayudarle. Vayamos a la trastienda. Déjeme que le invite a un café.

—Así que es eso —me dice, una vez que le he explicado la situación, café en mano—. Vaya, no sabía de la existencia de su negocio, señor. Nada más lejos de mi intención que robarle a usted su forma de vida. Lo cierto es que mis elixires funcionan muy bien. Mucha gente me ha dicho que gracias a ellos han dejado de ser dependientes…

—…y ésa es la razón por la que ya no necesitan venir a mi tienda.

—Ya… no sabe cuánto lo siento. Me gustaría poder ayudarle. Se me ocurre algo. Como verá, mi tienda está ya saturada, y apenas lleva abierta un par de meses. ¿Qué le parecería vender estos productos en su barrio? Yo le enseñaría a crear los mismos elixires que fabrico aquí. Y acordamos una comisión por el uso de mis fórmulas. Yo mismo anunciaré la venta de mis productos en su tienda- No le costará nada probar y, como ve, hay mucha gente dispuesta a consumir estos productos para conseguir la ansiada confianza en sí mismos.

Observo al joven, que me ofrece su mano. Yo me siento orgulloso de mis pociones, pero es cierto que no tengo nada que perder. Tras tomar el último sorbo del café, asiento y le estrecho la mano.

—¡Cuánto me alegro! Mañana es sábado y no abriré por la tarde. Venga usted a las tres y dedicaremos toda la tarde a nuestro proyecto.

El sábado se presenta luminoso, alegre. Yo camino esperanzado, con la ilusión de volver a ver mi negocio prosperar. Casi me apetece sonreír. Doblo la esquina, dispuesto a llamar a la puerta de una tienda que ya debe de llevar una hora cerrada. Pero me la encuentro entreabierta. Un hombre se cruza conmigo, saliendo a todo correr y casi hace que me caiga al suelo. En su carrera, se le cae una caja de tarjetas de visita de dentro de la chaqueta. Me agacho y las recojo.

—¡Oiga! ¡Se le han caído sus tarjetas!

Pero al hombre no parece importarle. Sigue corriendo, como si huyera del mismísimo Diablo. Miro la caja de las tarjetas. Entonces me doy cuenta de que está mojada, con algo pringoso. Y veo una mancha rojiza en mis dedos.

Con el pulso acelerado, entro en la tienda. Musito un “hola”, deseando que el dueño de la tienda me responda. Pero enseguida lo encuentro. Está tirado en el suelo. Le sangra el pecho. Sus ojos están abiertos, pero no mira a ninguna parte. Siento que me ahogo. Me apoyo con una mano en una de esas estanterías prefabricadas, angustiado y sin poder dejar de mirar a los ojos al hombre muerto. Aquel hombre tan agradable, que estaba dispuesto a ayudarme porque mi falta de prosperidad se debía a su capacidad de ayudar a los demás a ser felices.

Entonces recuerdo la caja de tarjetas de visita. Por seguro, llevarán el nombre de la persona que ha huido y se ha cruzado conmigo. No hace falta ser muy listo para sumar dos más dos y deducir que es él quien ha asesinado al encargado y se ha dado a la fuga. Abro la caja y extraigo una de las tarjetas. Su nombre no me suena. Pero el logotipo, sí. Es una banderola triangular, de color verde esmeralda y con letras blancas en su interior. Le doy la vuelta a la tarjeta. En ella aparecen varios eslóganes, como “Ya es primavera”, “Si no queda satisfecho, le devolvemos su dinero”, “Ya está aquí la semana fantástica” o “Disfrute de los 8 días de Oro”.

Dudo un instante. Podría entrar en la trastienda, tomar la información de los elixires para fabricarlos yo mismo. Pero estoy casi seguro de que han volado. Tal vez podría hablar con los asesinos y negociar con ellos. Y lo más legal, que sería denunciar el crimen.

Sin embargo, aprieto con fuerza la cajita en mi mano, salgo de la tienda y camino hasta el río. Cuando llego allí, me asomo por la barandilla y, con un balanceo de mi brazo, arrojo la cajita al agua. Me quedo mirando cómo se hunde y desaparece.

En un mundo donde todos se sienten bien consigo mismos, no hay sitio para hombres como yo, ni para empresas como la del triángulo verde. En un mundo feliz, no hay sitio para el consumismo. Ni de ropa, ni de productos de belleza ni, por supuesto, de pociones para tapar todos nuestros complejos.

Dígame de qué sufre usted

que yo le tengo un brebaje

que le devuelve el tono

y lo pone bien

Espero que os haya gustado mi relato antirromántico para san Valentín 🙂

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El faro (por KATREyuk)

El faroSentado allí, los recuerdos volvían adheridos a la brisa marina, mientras tras la puesta de Sol, el faro le ponía compás con su luz a la tarde, y me llevaba de la mano a un anochecer fresco para el cuerpo y cálido para el alma.

Desde que conocí aquel rincón me cautivó, con aquellas piedras que no hacían mal de silla, y el olor de los tojos en flor mezclándose con el del mar, al borde de un acantilado, delante de aquella estructura blanca con cabeza luminosa.

Depositaba mis penas en el aire, y se las llevaba, allí dibujaba sueños, y la magia de aquel rincón me ayudaba a elegir cuales debía borrar, y cuales debían quedarse. Allí crecí y me hice hombre, mientras una luz incansable acariciaba el horizonte, siendo brújula de otras vidas como la mía, testigo de pensamientos que circularían entre barcos en mi querido e inmenso azul.

Era inevitable recalibrar tu vida al asomarte a aquel acantilado, que por suerte, no había salido en casi ninguna página de los periódicos por gente perdida poniendo allí fin a su vida, en aquel lugar había algo más que nostalgia, había un punto medio entre los grises del mundo y la más plena alegría de la vida, había una sólida razón para quedarse en el mundo… me llenaba de vida volver allí, una y otra vez, a ver cómo el faro contaba olas, cómo las gaviotas se dejaban mecer por el viento, recordándome cómo cuando acaba una historia… empieza otra.

Aquel día pensé en ella, en cómo mis besos pretendían dejar cicatriz en una piel que era impermeable a ellos, que no se dejaba conquistar por sentimientos grabados a fuego en mis retinas. El amor no siempre se entiende bien, y huyendo de mi, ella se refugió en los brazos de un hombre que la llevaría a una amargura y soledad difíciles de llevar ¿Me echaría de menos entonces? Me daba igual, el tiempo la había diluido en mi recuerdo, ya no recordaba su olor.

Recordé también a los únicos dos amigos que había perdido en el camino hasta entonces, en la ironía presente en sus finales, en el doble sentido que parece esconderse detrás de muchos de los sucesos casuales de la vida. Está claro, nada es para siempre, si entendiéramos lo fugaz del ahora, el mundo sería un lugar mucho mejor, y seríamos personas distintas, para nosotros, para los demás, intentando ser constantemente el reflejo de lo que nos gustaría ver en el mundo.

Empezó a calarme el frío poco después del anochecer, y decidí volver a casa.

Subí la colina, y mirando atrás, me encontré con la luz del faro colándose en mis ojos y atravesando mi alma. De algún modo, aquel sitio de nuevo había compartido conmigo un secreto, una idea, un camino… y emocionado, y con los ojos húmedos de alegría y frío, aún cegados por la luz de aquel sabio lugar, decidí hacerle caso.

We can drive it home
With one headlight

 


Aquí la letra en español.

Gracias a KATREyuk por animarse a colaborar en el blog con este relato. Podéis leerle en http://www.peorparaelsol.com/

Imagen: wallpaperstock.net
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