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Se movía convulsivamente, jadeaba de una forma casi exagerada, subida encima de mí. Una amante más. Sin embargo, algo dentro de mí y que aún pensaba con la cabeza me decía que debía sentirme afortunado porque, al menos, había ligado aquella noche. Mientras, ella seguía moviéndose y, de vez en cuando echaba la cabeza, y la melena rubia teñida hacia atrás, a la vez que dejaba escapar un grito demasiado teatral. Para entonces, yo ya no pensaba; sólo sentía y la sostenía por las caderas, balanceándola ligeramente.

Lo cierto es que no estuvo mal. Al terminar, como en una película de Hollywood – casi a la vez – ella se inclinó hacia mí y me dio un beso demasiado casto en los labios – sin siquiera entreabrir la boca – y descansó, apoyada sobre mi pecho, durante unos segundos.

Yo la abracé de forma demasiado sentida, demasiado cariñosa, casi como si fuera mi novia o algo así. Esto debió de hacerle gracia, pues rió, casi sin hacer nada más que resoplar, antes de preguntarme:

—¿Cómo me llamo?

Aflojé mi abrazo. Lo cierto es que no tenía ni idea. Ni siquiera estaba seguro de que me lo hubiese dicho antes de venirse conmigo.

Ella dejó escapar una carcajada amarga a la par que se separaba de mí.

—¿Sabes lo más curioso? —me dijo, mientras se ponía la poca ropa que se había quitado—. Tú y yo ya nos conocíamos antes de esta noche. Yo estuve trabajando un par de semanas con una novia que tuviste. Un día viniste a recogerla, traías unos folletos de una agencia de viajes. Querías llevarla a algún sitio de la costa Oeste americana. San Francisco creo.

—Los Ángeles —corregí secamente.

Estaba asqueado. Un poco por no recordar a aquella chica, pero sobre todo porque me hubiese hecho rememorar aquellos momentos. Ya no me hacía ilusión haber ligado aquella noche. Irritado, alargué la mano en la oscuridad y tanteé, hasta que encontré la botella de Martini. Había acabado debajo del asiento del conductor.

Sentí ganas de escupir, pero me limité a empinar el codo y dar un trago. La rubia se rió. Y empezó a caerme mal. Aunque he de decir que tampoco me había caído demasiado bien al principio. Pero no estaba mal. Y había visto claramente lo que los dos estábamos dispuestos a hacer.

—No sabes ya nada de ella, ¿no? —me preguntó mientras se cerraba la cazadora—. Yo me la encontré hace ya unos meses, ¡con dos críos! Me contó que se había casado. Quién lo habría dicho, con lo pieza que era entonces…

Eso es lo que se debe de sentir cuando te clavan un arpón en el pecho.

Noticias—Ya —traté de parecer tranquilo, como si no me hubiera atravesado de lado a lado con aquella noticia. Miré al infinito. Tragué saliva, apreté los dientes. Me clavé las uñas en la palma de la mano.

A aquellas alturas ya la odiaba. Quería que se largase de allí. Echarla.

Ella no pareció darse cuenta de mi cambio de actitud. Pero, de todas formas, salió del coche. Se asomó para mirarme justo antes de cerrar la puerta.

—No hace falta que me acerques. Tengo la moto ahí al lado. Además, yo creo que deberías dormir un poco antes de conducir. ¡Estás muy borracho! ¡Adeu!

Ni adiós le dije. Me habría gustado darle una patada en el culo antes de que se fuera.

Cuando el sonido de sus pasos se hubo perdido como el eco de algo sucedido hace demasiado tiempo, sentí ganas de fumarme un cigarro, para acallar en mis entrañas el dolor que me habían causado sus palabras. Había sido como recibir un puñetazo muy, muy fuerte, pero el dolor no se me pasaba. Porque me había golpeado sobre una herida que nunca había dejado de sangrar…

Y esto es lo último que recuerdo con claridad. Lo siguiente, un rayo de sol en los ojos que me hizo abrirlos, y un dolor muy fuerte en la frente. En realidad, me dolía toda la cabeza. Estaba aturdido, pero no pude evitar dejar escapar una carcajada. Seguía borracho. Con cada pitido de la sirena, me dolía la cabeza un poco más. Pero no me importaba. En realidad, me hacía gracia.

—Está bien —dijo el médico que se encontraba junto a mí, vestido con ropa reflectante, a otro que estaba más lejos—. Debe de haberse distraído mirando hacia la vista de los edificios. Se ha salido en la curva y se ha chocado de frente con esta palmera. Menos mal que iba despacio.

—Pues a mí me parece una putada—le contradijo el otro. Su voz era chillona, no me gustaba.

—¿Por qué?

—Porque el morro del coche está destrozado. ¿Tú sabes la pasta que le va a costar arreglar eso? ¡Es un Cadillac!

El amanecer me sorprenderá
dormido, borracho en el Cadillac,
junto a las palmeras cruce solitario.
Y dice la gente que ahora eres formal
y yo aquí borracho en el Cadillac
bajo las palmeras cruce solitario.
Y no estás tú, nena…

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Imágenes: colortears.com y wallpaperz.blogspot.com

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