El Penal

ElPenalReconocí aquella mirada en cuanto el hombre puso un pie en la sala que hacía las veces de comedor. Era la misma que había puesto yo cuando había entrado en el centro por primera vez. Parece un detalle sin importancia, como si fuera simplemente un lugar en plena mudanza, al que le faltan aún algunos detalles. Luego, un segundo después, caes en la cuenta de que la razón por la que en torno a esas mesas no hay ninguna silla es bien distinta. Todos los que allí viven llevan la silla incorporada, nunca se separan de ella porque no pueden caminar. Unos la arrastran con ayuda de las manos, los más afortunados tienen un pequeño motor que la dirige con facilidad. Lo que peor están, ni siquiera pueden sentarse y los mueven a duras penas en camillas. Así es un centro de daño cerebral.

Creo francamente que todas las personas deberían visitar uno de estos lugares durante su juventud, a ser posible en sus primeros años de adolescencia. Así, aprenderían lo peligroso que es pasarse de copas y coger el coche o no respetar las normas del tráfico como si fueran invulnerables. Entenderían que las drogas pueden pasar factura y dejarte hemipléjico, cambiando tu vida en un solo instante. También aprenderían que hay que apreciar el presente, porque nunca sabes cuándo va a cambiar tu vida y vas a verte impedido, cuándo vas a suponer un problema para la gente que te quiere o cuándo te vas a dar cuenta de que nadie te quiere lo suficiente como para responsabilizarse de la carga en la que te has convertido. Que cualquiera de nosotros puede entrar aquí y no salir nunca más, ya sea porque se lo ha buscado o porque, como me sucedió a mí, simplemente empecé a hacerme viejo y mi salud sufrió un bajón demasiado fuerte, en más de un sentido.

Uno de mis compañeros, de los pocos con los que se puede mantener una conversación medianamente normal, lo llama “El Penal”. El centro es un lugar frío, donde las enfermeras no quieren implicarse ante tantas desgracias y tanto pesimismo. Son feas y desagradables como El patizambo de Velázquez. El silencio es el principal sonido que se percibe, junto con el roce de las ruedas sobre los pulidos suelos. La gente está de mal humor. La comida sabe mal. Las aguas termales a las que nos llevan tampoco sirven de mucho para mejorar la salud de una gente que muchas veces ni siquiera se plantea si sería mejor haber muerto, porque ya saben la respuesta. Cada pastilla de nuestra medicación es una nueva dosis de odio a esta parte del mundo en la que nos ha tocado vivir.

Todo esto se aprende poco a poco, pero el hombre que había hecho su aparición no iba a descubrirlo, o al menos no por el momento. Quién podía saber lo que vendría más adelante en su vida.

En su complexión se notaba que era un hombre bien entrenado; en su mirada, que era un tipo despierto y atento. En su expresión se notaba que, aunque había visto ya muchas cosas, aún era impresionable y le quedaban otras tantas por ver. Hablaba quedamente con la directora del centro. La mayoría de los residentes no les prestaba atención, pero yo sí. Es curioso cómo, cuando tu vida te ha dejado de importar, te dan igual incluso los más impactantes acontecimientos. Yo aún debía de estar en la transición a esa depresión absoluta, pues, a pesar de mi desmejorada agudeza visual, intenté seguir su conversación o, por lo menos, sus gestos. Al poco tiempo, el hombre se marchó. Acompañado de la directora del centro.

Una de las grotescas enfermeras se cruzó con ellos según salían y los tres se detuvieron para mantener una corta conversación. Luego, se despidieron y la enfermera se acercó a la mesa en la que estaba yo. No presté mucha atención a cómo le limpiaba la baba a la mujer que tenía enfrente, ni siquiera a las quejas incomprensibles del joven que tenía al lado y cuya espasticidad le impedía expresarse de manera más comprensible. Mis ojos sólo seguían a la desagradable mujer.

—¿Quién era el hombre que estaba antes en la puerta?

—El comisario —respondió la mujer secamente, mientras servía agua a mi compañero espástico.

—¡Qué joven para ser ya comisario!

—Ya sabe, estos pueblos pequeños… es lo que tienen.

—¿Y ha averiguado algo acerca del crimen de ayer?

Aunque a todos los demás les diera igual, en aquel pequeño pueblo, un crimen era todo un acontecimiento. Tal vez yo era el único de los residentes que no había quedado indiferente por la noticia, tal vez aún me quedaba algo de espíritu por vivir.

—Pues no mucho más. Aparte de lo que ya sabíamos, que la concejala fue estrangulada en la antesala cuando se disponía a dar el discurso de inauguración de la nueva sala de actividades, sólo me han dicho que están vigilando las entradas al centro para que hoy no haya problemas. Parece que todo está controlado.

—Me alegro mucho. Sería terrible que le ocurriera algo al señor ministro. Imaginaba que suspenderían el acto.

—Pero estamos en plena campaña electoral. Y venir aquí le hace ganar puntos, por supuesto. Así que a la policía le tocará trabajar duro y cachear a todos los visitantes antes del acto de esta noche.

—¿Puedo marcharme ya? Me gustaría irme a leer a la biblioteca.

—Si ha terminado ya toda la comida, por supuesto. Debe de ser usted el único que usa la biblioteca. ¿Ha terminado ya de leerse ese libro tan horrible de derecho romano? —me preguntó con un tono amargo y desapasionado.

Tosí. Tenía una flema entre la faringe y la garganta.

—Así es, ya me lo he leído tres veces, casi puedo decir que soy un experto. Ahora quiero leer a los filósofos orientales.

La enfermera dejó escapar una vaga exclamación. No supe muy bien qué había pretendido expresar con ella, pero me sentí despreciado. Con cuidado, accioné el mando que descansaba sobre el apoyabrazos derecho de mi silla de ruedas y di marcha atrás. Maniobré y avancé entre las mesas huérfanas de sillas de patas, para dirigirme al pasillo que me conduciría hasta la biblioteca.

Justo antes de abandonar el comedor, metí cuidadosamente la mano izquierda en la mochila que colgaba del respaldo de mi silla de ruedas. Tanteé todo lo que guardaba en su interior, hasta que sentí el frío metal del mango de mi pistola. Estaba deseando poder utilizarla en el acto de aquella noche.

Y cada día que pasa en el balneario
se acrecienta mi odio a este mundo ingrato,
sumenta mi pasión por el asesinato:
mi único deseo es matar.
Y sé que el comisario
no sospecharía de un pobre anciano
abstraído al estudio del derecho romano
y la filosofía oriental.

Hoy va a correr la sangre en el balneario.

Por supuesto, dedicada a mi padrino.

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One thought on “El Penal

  1. Wow, esa vida en el asilo de nuestro pobre protagonista lo ha llevado a esos extremos de locura.

    ¡Qué canción tan graciosa, después de retratar esa dolorosa y triste vida de anciano!

    Saludos Karuna ^^

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