Recuerdos imborrables

Está oscuro y puedo oír mi propia respiración por encima de todos los disparos, los gritos de dolor, el murmullo de cadáveres que son arrastrados. Estoy escondido tras un montón de escombros y mi único deseo es romper a llorar. Llamar a mi madre, sentirme como un bebé de nuevo en la cuna. Siento que el tiempo se detiene a mi alrededor, pero lejos de mí se mueve demasiado deprisa, a cámara rápida. Estoy atrapado más allá de la línea de enemigos. Siento que, si no sucede un milagro, éste va a ser mi fin. Por enésima vez me arrepiento de haberme metido en tan terrible guerra. Servir a la patria, falsa propaganda. ¿Quién se cree eso? ¿Qué nos había hecho esta gente? Entiendo que ahora nos odien, nos hemos metido en su casa y hemos destrozado sus muros, hemos robado y ultrajado. ¿En serio somos los buenos de la película? Una vez leí que las personas que hacen daño en este mundo no son en realidad las malas, ni las que se consideran simplemente normales. Son esos supuestos buenos los que hacen el verdadero daño. Pues, si desapareciesen todos los malos y sólo quedasen buenos y normales, los buenos tendrían que convertir a algunos de esos normales en malos, para sentirse justificados. A veces, siento que nosotros somos esa clase de buenos. No creo que nada valga la pena tanto dolor y sufrimiento. Lo único que me mantiene con ánimos para levantarme es la posibilidad de regresar a casa y volver con mi familia.

»Los disparos y los ruidos cesan. Todo queda, de repente, sumido en un silencio demasiado antinatural, hasta que oigo unos pasos acercarse a mí. Mi pulso se acelera, estoy seguro de que me han descubierto. Las pisadas suenan más fuertes, más próximas. Vuelvo a pensar en mi familia. Tengo que mantenerme con vida. Tengo que volver a casa. Intentando silenciar mi agitada respiración, agarro con más fuerza mi arma, salgo de mi escondite y disparo.

»El estruendo me restalla en los oídos, pero el golpe más fuerte lo siento en el corazón, aunque nadie me ha atacado. Son esos ojos asustados los que me han hecho sentir el golpe. Están enmarcados por un velo de tela roída y vieja, que contrasta con la juventud de la piel. No debe de tener más de dieciséis años. En mi pánico, he disparado antes de mirar. Le he dado en el pecho. Su abrigada túnica presenta una mancha oscura, rojiza, a la altura del corazón. No deja de mirarme. Su mirada está llena de incomprensión. Yo me siento incapaz de decir nada, pero cuando se desmorona, intento sujetarla entre mis brazos, la ayudo a tumbarse en el suelo y siento cómo la sangre me pringa el uniforme. Sigue mirándome, apenas es capaz de pestañear. No dice nada. Su cuerpo comienza a convulsionarse, tiene arcadas. No mueve sus ojos de mí, pero de repente deja de mirarme. Ya no está conmigo. Ha muerto.

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»Los disparos vuelven a sonar. Alguien me coge del brazo y me obliga a seguirlo a todo correr. Va vestido igual que yo, es uno de mis compañeros. En la huida, recibo un disparo en el hombro.

»No puedo dejar de pensar en ella. Cada vez que me miro al espejo la veo, detrás de mí. Nunca supe su nombre, ni por qué estaba allí en medio del fuego cruzado. A veces me pregunto si se estaba acercando para ayudarme. Por las noches me despierto con una opresión en el pecho tan fuerte que me siento como si fuera a sufrir un infarto. Y siempre que eso me sucede, es porque estaba soñando con ella. Está siempre conmigo. No me lo puedo perdonar. Ni esto, ni todo lo demás que hice.

Sentado en la silla, mientras el hombre corpulento y de mirada perdida interrumpió su discurso, el psiquiatra no dejó de tomar notas. El silencio inundó la habitación durante unos segundos.

—Es una situación terrible, sin lugar a dudas— dijo con voz desapasionada—. No será fácil para usted superarla, le llevará un tiempo de terapia y de medicación. Pero poco a poco podrá olvidarlo.

El soldado se enfureció, se puso en pie y se levantó, dando una sonora patada a la mesita de café que se interponía entre él y el psiquiatra.

—No, no, me parece que usted no lo entiende —replicó con voz rasposa, conteniendo la furia—. La medicación no obrará un milagro. No hará que esa joven vuelva a vivir. No hará que toda la gente que ha muerto en Irak por mi culpa resucite. No existe nada mágico que pueda borrar lo que he hecho. Y, sinceramente, no sé si debería olvidarlo, ni superarlo. Puede que deba llevar esta carga toda mi vida. No sería justo que tantas personas que murieron caigan en el olvido, sólo porque para mí sería conveniente superarlo. No dejo de huir de ello, pero lo llevo dentro. Ya es parte de mí y dudo mucho que exista una forma de escapar de uno mismo.

I’m running from the enemy inside.

Looking for the like I left behind.

These suffocating memories

are etched upon my mind.

And I can’t escape from the enemy inside.

(Huyo del enemigo en mi interior.

Busco la vida que dejé atrás.

Estos asfixiantes recuerdos

están grabados en mi mente

Y no puedo escapar del enemigo en mi interior.)

En este enlace podéis escuchar la canción con la traducción al español de la letra.

En la columna de la derecha podéis suscribiros para leer más historias cantadas.

Imagen: diariohd.com

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One thought on “Recuerdos imborrables

  1. Recuerdo cuando me tocó ver un episodio de la serie The Wonder Years, donde el hermano de Kevin se quejaba por no haber entrado a la guerra de Vietnam. Cuando pasó los años, el hermano se reencuentra con un amigo suyo que entró a combatir en Vietnam, destrozado y traumatizado.

    El hermano se quedó sin palabras al comprender el dolor de su amigo.

    Estos recuerdos imborrables siguen siendo la realidad invisible que estamos enfrentando. Me encanta tu propuesta antibélica dentro de este relato y la canción de Dream Theater.

    Saludos Karuna ^^

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