Tinta para la pluma seca

TintaparalaplumasecaPasar mi pluma sobre el cuaderno y darme cuenta de que sólo había logrado imprimir la huella del metal, con una sensación que me produjo un escalofrío de grima; eso era lo que necesitaba para poner la guinda a mi mala leche. Alcé la vista y el camarero tardó más de lo que yo hubiese deseado en darse cuenta de mi presencia. Iba a pedir una cerveza, pues estaba más seca que la tinta de mi pluma, pero ya estaba harta. Un Bombay Sapphire con limón. Vi en su cara que le parecía pronto para pedir una copa. Pues que le dieran por…

Encima decidió quitar la melodía country-rock que sonaba como suave hilo musical y, en su lugar, encendió la televisión con un mando a distancia lleno de roña y el barullo me inundó. En cambio, la mayoría de tíos que había en el bar se entusiasmaron y se giraron hacia la caja idiota. Bueno, casi mejor. Así esa noche no vendría ningún babas cuando se hubiese pasado de copas.

Según me dejaba la bebida sobre la mesa, le pedí al camarero su bolígrafo. Él miro mi pluma. Está seca, me expliqué, y él me dejó su boli a regañadientes. Vaya panorama para un jueves noche. Di un trago largo a mi copa y recordé a aquel cantante alemán al que había visto, hacía ya muchos años, beberse una igual de un solo trago antes de salir a actuar. Decía que era su inspiración. La verdad que yo le habría dado la razón en cualquier cosa a aquel espécimen. Pero todo aquello quedaba ya demasiado lejos.

Volví a mirar el papel que tenía delante. No se me ocurría nada. Pero lo peor era que, posiblemente, diese igual. No tenía muy claro que fuese a servir de nada hacer aquello. Y os preguntaréis por qué. Pues veréis: seguramente vosotros no me reconoceríais si nos cruzásemos por la calle. Pero todos conocéis alguna de mis canciones, de eso estoy segura. Me dedico, desde hace muchos años, a escribir y componer para musicales de éxito. Aunque tal vez sería más correcto decir que me dedicaba. En otro tiempo, Broadway fue mío. Triunfaba, todo el mundo cantaba mis canciones y yo vivía en un lujoso apartamento de Manhattan. Ahora todo eso es humo. Tuve una desavenencia con una de las actrices de mayor éxito. No voy a decir que fuese todo culpa de ella, pero lo que no me podía imaginar era que fuese tan rencorosa y retorcida, ni que se estuviese tirando al director de la obra. Bueno, ahora que lo pienso, eso último sí que podría habérmelo imaginado. La muy zorra. El caso es que se las apañó para que me echasen de aquella obra y para que el director me pusiese a parir en todo su círculo. O tal vez ella se tiraba a todo aquel círculo. La creo capaz.

En cuestión de un mes, pasé de todo a nada. Y pagar la vida en Manhattan no es precisamente barato. Aunque creo que podría haber aguantado y recuperar algo de mi trabajo o dar con buenos contactos en otro lugar. O tal vez aguantar una buena temporada con mis ahorros. Pero entonces sucedió otra cosa. Me llamó mi familia. Llevaba años sin hablar con ellos salvo en las navidades y de repente se pusieron en contacto conmigo. Estaban en la bancarrota. Llamaban para pedirme ayuda. Para pedirme dinero. Al final, lo único que pude hacer fue largarme de Nueva York y acabar en Detroit, la ciudad con mayor delincuencia del país y, por cierto, también en bancarrota. A mi hermana le habían concedido una casa en un programa de repoblación de la ciudad, destinado a escritores. Era bastante mediocre escribiendo, pero al menos eso consiguió. Allí acabé, con una familia con la que nunca había tenido ganas de convivir, y encima ellos parecían encantados y casi altivos, como su me hubieran hecho un favor, sacándome del cielo para ir a aquel infierno. Aún no entienden por qué me voy a beber por ahí todas las noches. Y en Nueva York deben de pensarse que me he ido para vivir bucólica y tranquilamente a algún pueblecito de Alaska. Espero encontrarme algún día a la zorra que logró que me echasen de mi vida perfecta, espero de verdad, encontrármela rebuscando entre las basuras. Sería una auténtica lección kármica.

Mientras tanto, me toca aguantar el tipo, aunque muchas ganas no me quedan. Aún tengo algunos contactos y de vez en cuando puedo presentarles alguna canción para tal o cual serie de poca monta, y con eso sacar los cuatro duros que necesito para mantener a toda mi parasitaria familia y seguir tomándome algo en el bar. Lo del bar me sirve para evadirme de todo esto durante un rato corto.

Pero lo cierto es que es muy difícil pensar en componer cuando estás tan amargada que la creatividad se ha convertido únicamente en un desahogo. La gente, cuando ve la televisión o paga entradas para un musical espera llenarse de grandiosidad, de fascinación y de sobrecogimiento. Pueden tolerar una canción triste de vez en cuando, pero lo que realmente desean es saberse de memoria una cancioncita alegre y ñoña y cantarla a coro con los protagonistas y sentirse parte del espectáculo. Sentir que la vida es así, que puede ser así. Una maníaca euforia.

Esa empatía es difícil de inspirar cuando te has vuelto tan cínica y pesimista. Como mucho, te sale algo dramático y existencialista que podrías meter en mitad de la obra, pero que el espectador desea que resulte sólo pasajero y que lleve a una conclusión con un bonito final. Yo también lo esperaba. Pero ya no. Ya se me están acabando las excusas para ser positiva. Y no se me ocurre a qué cantarle. Ojalá existiera algún espíritu o demonio al que pudiera invocar para poder hacer magia y acabar de una vez este trabajo. O que al menos me diese alguna idea.

Sin darme cuenta, había apurado ya más de la mitad de la copa. Qué rica está esta ginebra, eso había que admitirlo. Pero la verdad es que era muy cara, no creía que pudiera pedirme otra más. El próximo día escondería una petaca en mi bolso y rellenaría el vaso cuando nadie se fijase, me dije. En ese momento, de hecho, no me miraba nadie, me aseguré. Entonces me di cuenta de que tal vez, sin querer, con mis refunfuños, había invocado de verdad a un demonio.

Siempre llegaba al bar a esas horas, cuando ya había anochecido. No tenía, ni de lejos, buen gusto, aunque nadie en aquel marginado barrio de Detroit lo tenía. Como mucho, podría haber admitido que tenía buena percha y que sabía sacarse partido. Era muy pálido y tenía las facciones demasiado angulosas. Pero, en lugar de suavizarlas, se peinaba el pelo hacia atrás, muy pegado y se vestía siempre de negro. Acentuaba aún más sus defectos, pero le daba cierta personalidad. Elegancia no, pero sí bastante fuerza.

El tipo era bastante gilipollas. Su pose era excesivamente segura, juguetona y no exenta de cierto aire de suficiencia. Pero, a la vez, en ciertos momentos resultaba bastante infantil, incluso algo patético. Las cosas no siempre le salían bien. Ya le había visto meterse en más de una pelea. Seguramente por eso tenía aquella cicatriz que le partía la ceja izquierda.

Pero lo verdaderamente triste era que, a pesar de lo mal que me caía aquel tipo, me había dado cuenta de que había empezado a encontrar cosas en común con él. Cuando me iban bien las cosas nunca habría pensado así, pero ahora era consciente de que las personas que lo han pasado mal, por muy insoportables que nos parezcan a veces, son capaces de comprender, mucho mejor que aquéllos a quienes siempre les ha sonreído la fortuna, los problemas y miserias de los demás. Si vives en un campo de flores no puedes entender la sed que se pasa en el desierto.  Si no has estado en el infierno, no puedes más que intuir cómo quema el fuego de sus hogueras. No es lo mismo. Así que, tristemente, confiaba en alguien a quien hace no tanto tiempo ni siquiera me habría dignado a mirar. Pero, según entró, me quedé mirándole fijamente. Él se dio cuenta, aunque, como parte de su juego de chulería, no se giró para mirarme hasta que hubo conseguido una cerveza.

—¿Inspirada? —me dijo, mientras se acercaba a mí con una mueca burlona y señalaba la hoja en blanco.

Huyó de mi fulminante mirada echando la cabeza hacia atrás para beber de su cerveza.

—Ya estoy harta. No se me ocurren motivos para cantar canciones bonitas y alegres. Mucho menos para escribirlas.

—Ya. Un barrio marginal de Detroit no es precisamente un paraje lleno de hadas y pajaritos, ¿verdad? Pero siempre se puede sacar alguna lección. Algo que puedas aplicar. Si me dejas que me siente contigo, a lo mejor puedo ayudarte.

Se me escapó una carcajada amarga.

—Es más —concedí, mientras con un gesto de la mano le invitaba a sentarse—, si me das una razón para cantar y componer, te invito a una cerveza.

—Tu problema, amor, es que estás viendo las cosas desde otra perspectiva —me dijo con seguridad mientras se sentaba a mi lado.

—¿Ah, sí? —pregunté, acabando el último trago de mi copa.

—Pues sí —aseveró, mientras echaba la silla hacia atrás. Estuvo a punto de caerse hacia atrás, pero logró recomponer su postura y también su pose—. La de los conejitos y los pajaritos de los dibujos animados. Pero esas canciones no las escriben ellos, ni los niños. Las escriben las personas que viven y que también sufren. Gente como tú y como yo. Vaya, vaya, pero si pareces sorprendida —dijo mientras subía las cejas y sonreía con aire de suficiencia—. ¡He dicho algo que te ha interesado!

—Bueno, un poco —concedí—. Aunque no te veo componiendo canciones.

—Yo a ti tampoco —se mofó antes de darle un nuevo trago a la cerveza. Ante mi expresión, añadió:—. Bueno, bueno, no te enfades. Además, se supone que esto lo estoy diciendo para ayudarte. Ah, y para que me invites a una cerveza. Déjame que siga con lo que te estaba contando.

Resoplé, contrariada.

—Verás: todas las personas, tanto las que componen como las que no, pasan por momentos difíciles. Y también los superan. No lo hacen gracias a algo mágico y bonito como en esas cancioncillas de Disney. Lo hacen poco a poco, viviendo y sabiendo que la vida sigue adelante. En realidad, en tus musicales se canta más a lo que creemos que nos debería ocurrir que a lo que finalmente nos sucede. No existen razones para cantar. Cantar es simplemente una forma de desahogarse. Cantar todas esas ñoñerías que tú componías es una forma de separarse de la realidad, no de hacerle un homenaje. Porque la vida es simplemente compleja y difícil. Habrá quien componga a costa de todo esto y pretenda llenar los silencios y el dolor con grandes frases y coros. Pero la realidad nunca es así. La vida es mucho más silenciosa. Cuando te sucede algo, simplemente lo estás viviendo en tus entrañas, lo estás respirando fría y crudamente, sin banda sonora. Estás demasiado ocupado sintiéndolo. La vida no es una canción.

Life’s not a song,
life isn’t bliss
Life is just this:
It’s living.

You’ll get along.
The pain that you feel
only can heal,
by living.

You have to go on living,
So one of us is living.

Frikada dedicada a mi prima Elena, ¡espero que le guste!

Podéis suscribiros en la columna de la derecha para leer más historias cantadas.

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One thought on “Tinta para la pluma seca

  1. Ahora entiendo porque razón se estaban burlando en aquella revista sobre ese programa que daban hace mucho tiempo en mi país, “La vida es una canción”.

    Este relato es una forma de expresar todas esas frustraciones que sentimos los escritores al pasar por este tipo de bloqueos que afrontamos con dificultad y al mismo tiempo, nos cuesta entender que la vida es la vida.

    La vida es la madre de todas nuestras musas.

    Saludos Karuna ^^

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