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Se movía convulsivamente, jadeaba de una forma casi exagerada, subida encima de mí. Una amante más. Sin embargo, algo dentro de mí y que aún pensaba con la cabeza me decía que debía sentirme afortunado porque, al menos, había ligado aquella noche. Mientras, ella seguía moviéndose y, de vez en cuando echaba la cabeza, y la melena rubia teñida hacia atrás, a la vez que dejaba escapar un grito demasiado teatral. Para entonces, yo ya no pensaba; sólo sentía y la sostenía por las caderas, balanceándola ligeramente.

Lo cierto es que no estuvo mal. Al terminar, como en una película de Hollywood – casi a la vez – ella se inclinó hacia mí y me dio un beso demasiado casto en los labios – sin siquiera entreabrir la boca – y descansó, apoyada sobre mi pecho, durante unos segundos.

Yo la abracé de forma demasiado sentida, demasiado cariñosa, casi como si fuera mi novia o algo así. Esto debió de hacerle gracia, pues rió, casi sin hacer nada más que resoplar, antes de preguntarme:

—¿Cómo me llamo?

Aflojé mi abrazo. Lo cierto es que no tenía ni idea. Ni siquiera estaba seguro de que me lo hubiese dicho antes de venirse conmigo.

Ella dejó escapar una carcajada amarga a la par que se separaba de mí.

—¿Sabes lo más curioso? —me dijo, mientras se ponía la poca ropa que se había quitado—. Tú y yo ya nos conocíamos antes de esta noche. Yo estuve trabajando un par de semanas con una novia que tuviste. Un día viniste a recogerla, traías unos folletos de una agencia de viajes. Querías llevarla a algún sitio de la costa Oeste americana. San Francisco creo.

—Los Ángeles —corregí secamente.

Estaba asqueado. Un poco por no recordar a aquella chica, pero sobre todo porque me hubiese hecho rememorar aquellos momentos. Ya no me hacía ilusión haber ligado aquella noche. Irritado, alargué la mano en la oscuridad y tanteé, hasta que encontré la botella de Martini. Había acabado debajo del asiento del conductor.

Sentí ganas de escupir, pero me limité a empinar el codo y dar un trago. La rubia se rió. Y empezó a caerme mal. Aunque he de decir que tampoco me había caído demasiado bien al principio. Pero no estaba mal. Y había visto claramente lo que los dos estábamos dispuestos a hacer.

—No sabes ya nada de ella, ¿no? —me preguntó mientras se cerraba la cazadora—. Yo me la encontré hace ya unos meses, ¡con dos críos! Me contó que se había casado. Quién lo habría dicho, con lo pieza que era entonces…

Eso es lo que se debe de sentir cuando te clavan un arpón en el pecho.

Noticias—Ya —traté de parecer tranquilo, como si no me hubiera atravesado de lado a lado con aquella noticia. Miré al infinito. Tragué saliva, apreté los dientes. Me clavé las uñas en la palma de la mano.

A aquellas alturas ya la odiaba. Quería que se largase de allí. Echarla.

Ella no pareció darse cuenta de mi cambio de actitud. Pero, de todas formas, salió del coche. Se asomó para mirarme justo antes de cerrar la puerta.

—No hace falta que me acerques. Tengo la moto ahí al lado. Además, yo creo que deberías dormir un poco antes de conducir. ¡Estás muy borracho! ¡Adeu!

Ni adiós le dije. Me habría gustado darle una patada en el culo antes de que se fuera.

Cuando el sonido de sus pasos se hubo perdido como el eco de algo sucedido hace demasiado tiempo, sentí ganas de fumarme un cigarro, para acallar en mis entrañas el dolor que me habían causado sus palabras. Había sido como recibir un puñetazo muy, muy fuerte, pero el dolor no se me pasaba. Porque me había golpeado sobre una herida que nunca había dejado de sangrar…

Y esto es lo último que recuerdo con claridad. Lo siguiente, un rayo de sol en los ojos que me hizo abrirlos, y un dolor muy fuerte en la frente. En realidad, me dolía toda la cabeza. Estaba aturdido, pero no pude evitar dejar escapar una carcajada. Seguía borracho. Con cada pitido de la sirena, me dolía la cabeza un poco más. Pero no me importaba. En realidad, me hacía gracia.

—Está bien —dijo el médico que se encontraba junto a mí, vestido con ropa reflectante, a otro que estaba más lejos—. Debe de haberse distraído mirando hacia la vista de los edificios. Se ha salido en la curva y se ha chocado de frente con esta palmera. Menos mal que iba despacio.

—Pues a mí me parece una putada—le contradijo el otro. Su voz era chillona, no me gustaba.

—¿Por qué?

—Porque el morro del coche está destrozado. ¿Tú sabes la pasta que le va a costar arreglar eso? ¡Es un Cadillac!

El amanecer me sorprenderá
dormido, borracho en el Cadillac,
junto a las palmeras cruce solitario.
Y dice la gente que ahora eres formal
y yo aquí borracho en el Cadillac
bajo las palmeras cruce solitario.
Y no estás tú, nena…

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Imágenes: colortears.com y wallpaperz.blogspot.com

El Penal

ElPenalReconocí aquella mirada en cuanto el hombre puso un pie en la sala que hacía las veces de comedor. Era la misma que había puesto yo cuando había entrado en el centro por primera vez. Parece un detalle sin importancia, como si fuera simplemente un lugar en plena mudanza, al que le faltan aún algunos detalles. Luego, un segundo después, caes en la cuenta de que la razón por la que en torno a esas mesas no hay ninguna silla es bien distinta. Todos los que allí viven llevan la silla incorporada, nunca se separan de ella porque no pueden caminar. Unos la arrastran con ayuda de las manos, los más afortunados tienen un pequeño motor que la dirige con facilidad. Lo que peor están, ni siquiera pueden sentarse y los mueven a duras penas en camillas. Así es un centro de daño cerebral.

Creo francamente que todas las personas deberían visitar uno de estos lugares durante su juventud, a ser posible en sus primeros años de adolescencia. Así, aprenderían lo peligroso que es pasarse de copas y coger el coche o no respetar las normas del tráfico como si fueran invulnerables. Entenderían que las drogas pueden pasar factura y dejarte hemipléjico, cambiando tu vida en un solo instante. También aprenderían que hay que apreciar el presente, porque nunca sabes cuándo va a cambiar tu vida y vas a verte impedido, cuándo vas a suponer un problema para la gente que te quiere o cuándo te vas a dar cuenta de que nadie te quiere lo suficiente como para responsabilizarse de la carga en la que te has convertido. Que cualquiera de nosotros puede entrar aquí y no salir nunca más, ya sea porque se lo ha buscado o porque, como me sucedió a mí, simplemente empecé a hacerme viejo y mi salud sufrió un bajón demasiado fuerte, en más de un sentido.

Uno de mis compañeros, de los pocos con los que se puede mantener una conversación medianamente normal, lo llama “El Penal”. El centro es un lugar frío, donde las enfermeras no quieren implicarse ante tantas desgracias y tanto pesimismo. Son feas y desagradables como El patizambo de Velázquez. El silencio es el principal sonido que se percibe, junto con el roce de las ruedas sobre los pulidos suelos. La gente está de mal humor. La comida sabe mal. Las aguas termales a las que nos llevan tampoco sirven de mucho para mejorar la salud de una gente que muchas veces ni siquiera se plantea si sería mejor haber muerto, porque ya saben la respuesta. Cada pastilla de nuestra medicación es una nueva dosis de odio a esta parte del mundo en la que nos ha tocado vivir.

Todo esto se aprende poco a poco, pero el hombre que había hecho su aparición no iba a descubrirlo, o al menos no por el momento. Quién podía saber lo que vendría más adelante en su vida.

En su complexión se notaba que era un hombre bien entrenado; en su mirada, que era un tipo despierto y atento. En su expresión se notaba que, aunque había visto ya muchas cosas, aún era impresionable y le quedaban otras tantas por ver. Hablaba quedamente con la directora del centro. La mayoría de los residentes no les prestaba atención, pero yo sí. Es curioso cómo, cuando tu vida te ha dejado de importar, te dan igual incluso los más impactantes acontecimientos. Yo aún debía de estar en la transición a esa depresión absoluta, pues, a pesar de mi desmejorada agudeza visual, intenté seguir su conversación o, por lo menos, sus gestos. Al poco tiempo, el hombre se marchó. Acompañado de la directora del centro.

Una de las grotescas enfermeras se cruzó con ellos según salían y los tres se detuvieron para mantener una corta conversación. Luego, se despidieron y la enfermera se acercó a la mesa en la que estaba yo. No presté mucha atención a cómo le limpiaba la baba a la mujer que tenía enfrente, ni siquiera a las quejas incomprensibles del joven que tenía al lado y cuya espasticidad le impedía expresarse de manera más comprensible. Mis ojos sólo seguían a la desagradable mujer.

—¿Quién era el hombre que estaba antes en la puerta?

—El comisario —respondió la mujer secamente, mientras servía agua a mi compañero espástico.

—¡Qué joven para ser ya comisario!

—Ya sabe, estos pueblos pequeños… es lo que tienen.

—¿Y ha averiguado algo acerca del crimen de ayer?

Aunque a todos los demás les diera igual, en aquel pequeño pueblo, un crimen era todo un acontecimiento. Tal vez yo era el único de los residentes que no había quedado indiferente por la noticia, tal vez aún me quedaba algo de espíritu por vivir.

—Pues no mucho más. Aparte de lo que ya sabíamos, que la concejala fue estrangulada en la antesala cuando se disponía a dar el discurso de inauguración de la nueva sala de actividades, sólo me han dicho que están vigilando las entradas al centro para que hoy no haya problemas. Parece que todo está controlado.

—Me alegro mucho. Sería terrible que le ocurriera algo al señor ministro. Imaginaba que suspenderían el acto.

—Pero estamos en plena campaña electoral. Y venir aquí le hace ganar puntos, por supuesto. Así que a la policía le tocará trabajar duro y cachear a todos los visitantes antes del acto de esta noche.

—¿Puedo marcharme ya? Me gustaría irme a leer a la biblioteca.

—Si ha terminado ya toda la comida, por supuesto. Debe de ser usted el único que usa la biblioteca. ¿Ha terminado ya de leerse ese libro tan horrible de derecho romano? —me preguntó con un tono amargo y desapasionado.

Tosí. Tenía una flema entre la faringe y la garganta.

—Así es, ya me lo he leído tres veces, casi puedo decir que soy un experto. Ahora quiero leer a los filósofos orientales.

La enfermera dejó escapar una vaga exclamación. No supe muy bien qué había pretendido expresar con ella, pero me sentí despreciado. Con cuidado, accioné el mando que descansaba sobre el apoyabrazos derecho de mi silla de ruedas y di marcha atrás. Maniobré y avancé entre las mesas huérfanas de sillas de patas, para dirigirme al pasillo que me conduciría hasta la biblioteca.

Justo antes de abandonar el comedor, metí cuidadosamente la mano izquierda en la mochila que colgaba del respaldo de mi silla de ruedas. Tanteé todo lo que guardaba en su interior, hasta que sentí el frío metal del mango de mi pistola. Estaba deseando poder utilizarla en el acto de aquella noche.

Y cada día que pasa en el balneario
se acrecienta mi odio a este mundo ingrato,
sumenta mi pasión por el asesinato:
mi único deseo es matar.
Y sé que el comisario
no sospecharía de un pobre anciano
abstraído al estudio del derecho romano
y la filosofía oriental.

Hoy va a correr la sangre en el balneario.

Por supuesto, dedicada a mi padrino.

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Recuerdos imborrables

Está oscuro y puedo oír mi propia respiración por encima de todos los disparos, los gritos de dolor, el murmullo de cadáveres que son arrastrados. Estoy escondido tras un montón de escombros y mi único deseo es romper a llorar. Llamar a mi madre, sentirme como un bebé de nuevo en la cuna. Siento que el tiempo se detiene a mi alrededor, pero lejos de mí se mueve demasiado deprisa, a cámara rápida. Estoy atrapado más allá de la línea de enemigos. Siento que, si no sucede un milagro, éste va a ser mi fin. Por enésima vez me arrepiento de haberme metido en tan terrible guerra. Servir a la patria, falsa propaganda. ¿Quién se cree eso? ¿Qué nos había hecho esta gente? Entiendo que ahora nos odien, nos hemos metido en su casa y hemos destrozado sus muros, hemos robado y ultrajado. ¿En serio somos los buenos de la película? Una vez leí que las personas que hacen daño en este mundo no son en realidad las malas, ni las que se consideran simplemente normales. Son esos supuestos buenos los que hacen el verdadero daño. Pues, si desapareciesen todos los malos y sólo quedasen buenos y normales, los buenos tendrían que convertir a algunos de esos normales en malos, para sentirse justificados. A veces, siento que nosotros somos esa clase de buenos. No creo que nada valga la pena tanto dolor y sufrimiento. Lo único que me mantiene con ánimos para levantarme es la posibilidad de regresar a casa y volver con mi familia.

»Los disparos y los ruidos cesan. Todo queda, de repente, sumido en un silencio demasiado antinatural, hasta que oigo unos pasos acercarse a mí. Mi pulso se acelera, estoy seguro de que me han descubierto. Las pisadas suenan más fuertes, más próximas. Vuelvo a pensar en mi familia. Tengo que mantenerme con vida. Tengo que volver a casa. Intentando silenciar mi agitada respiración, agarro con más fuerza mi arma, salgo de mi escondite y disparo.

»El estruendo me restalla en los oídos, pero el golpe más fuerte lo siento en el corazón, aunque nadie me ha atacado. Son esos ojos asustados los que me han hecho sentir el golpe. Están enmarcados por un velo de tela roída y vieja, que contrasta con la juventud de la piel. No debe de tener más de dieciséis años. En mi pánico, he disparado antes de mirar. Le he dado en el pecho. Su abrigada túnica presenta una mancha oscura, rojiza, a la altura del corazón. No deja de mirarme. Su mirada está llena de incomprensión. Yo me siento incapaz de decir nada, pero cuando se desmorona, intento sujetarla entre mis brazos, la ayudo a tumbarse en el suelo y siento cómo la sangre me pringa el uniforme. Sigue mirándome, apenas es capaz de pestañear. No dice nada. Su cuerpo comienza a convulsionarse, tiene arcadas. No mueve sus ojos de mí, pero de repente deja de mirarme. Ya no está conmigo. Ha muerto.

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»Los disparos vuelven a sonar. Alguien me coge del brazo y me obliga a seguirlo a todo correr. Va vestido igual que yo, es uno de mis compañeros. En la huida, recibo un disparo en el hombro.

»No puedo dejar de pensar en ella. Cada vez que me miro al espejo la veo, detrás de mí. Nunca supe su nombre, ni por qué estaba allí en medio del fuego cruzado. A veces me pregunto si se estaba acercando para ayudarme. Por las noches me despierto con una opresión en el pecho tan fuerte que me siento como si fuera a sufrir un infarto. Y siempre que eso me sucede, es porque estaba soñando con ella. Está siempre conmigo. No me lo puedo perdonar. Ni esto, ni todo lo demás que hice.

Sentado en la silla, mientras el hombre corpulento y de mirada perdida interrumpió su discurso, el psiquiatra no dejó de tomar notas. El silencio inundó la habitación durante unos segundos.

—Es una situación terrible, sin lugar a dudas— dijo con voz desapasionada—. No será fácil para usted superarla, le llevará un tiempo de terapia y de medicación. Pero poco a poco podrá olvidarlo.

El soldado se enfureció, se puso en pie y se levantó, dando una sonora patada a la mesita de café que se interponía entre él y el psiquiatra.

—No, no, me parece que usted no lo entiende —replicó con voz rasposa, conteniendo la furia—. La medicación no obrará un milagro. No hará que esa joven vuelva a vivir. No hará que toda la gente que ha muerto en Irak por mi culpa resucite. No existe nada mágico que pueda borrar lo que he hecho. Y, sinceramente, no sé si debería olvidarlo, ni superarlo. Puede que deba llevar esta carga toda mi vida. No sería justo que tantas personas que murieron caigan en el olvido, sólo porque para mí sería conveniente superarlo. No dejo de huir de ello, pero lo llevo dentro. Ya es parte de mí y dudo mucho que exista una forma de escapar de uno mismo.

I’m running from the enemy inside.

Looking for the like I left behind.

These suffocating memories

are etched upon my mind.

And I can’t escape from the enemy inside.

(Huyo del enemigo en mi interior.

Busco la vida que dejé atrás.

Estos asfixiantes recuerdos

están grabados en mi mente

Y no puedo escapar del enemigo en mi interior.)

En este enlace podéis escuchar la canción con la traducción al español de la letra.

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Imagen: diariohd.com

Tinta para la pluma seca

TintaparalaplumasecaPasar mi pluma sobre el cuaderno y darme cuenta de que sólo había logrado imprimir la huella del metal, con una sensación que me produjo un escalofrío de grima; eso era lo que necesitaba para poner la guinda a mi mala leche. Alcé la vista y el camarero tardó más de lo que yo hubiese deseado en darse cuenta de mi presencia. Iba a pedir una cerveza, pues estaba más seca que la tinta de mi pluma, pero ya estaba harta. Un Bombay Sapphire con limón. Vi en su cara que le parecía pronto para pedir una copa. Pues que le dieran por…

Encima decidió quitar la melodía country-rock que sonaba como suave hilo musical y, en su lugar, encendió la televisión con un mando a distancia lleno de roña y el barullo me inundó. En cambio, la mayoría de tíos que había en el bar se entusiasmaron y se giraron hacia la caja idiota. Bueno, casi mejor. Así esa noche no vendría ningún babas cuando se hubiese pasado de copas.

Según me dejaba la bebida sobre la mesa, le pedí al camarero su bolígrafo. Él miro mi pluma. Está seca, me expliqué, y él me dejó su boli a regañadientes. Vaya panorama para un jueves noche. Di un trago largo a mi copa y recordé a aquel cantante alemán al que había visto, hacía ya muchos años, beberse una igual de un solo trago antes de salir a actuar. Decía que era su inspiración. La verdad que yo le habría dado la razón en cualquier cosa a aquel espécimen. Pero todo aquello quedaba ya demasiado lejos.

Volví a mirar el papel que tenía delante. No se me ocurría nada. Pero lo peor era que, posiblemente, diese igual. No tenía muy claro que fuese a servir de nada hacer aquello. Y os preguntaréis por qué. Pues veréis: seguramente vosotros no me reconoceríais si nos cruzásemos por la calle. Pero todos conocéis alguna de mis canciones, de eso estoy segura. Me dedico, desde hace muchos años, a escribir y componer para musicales de éxito. Aunque tal vez sería más correcto decir que me dedicaba. En otro tiempo, Broadway fue mío. Triunfaba, todo el mundo cantaba mis canciones y yo vivía en un lujoso apartamento de Manhattan. Ahora todo eso es humo. Tuve una desavenencia con una de las actrices de mayor éxito. No voy a decir que fuese todo culpa de ella, pero lo que no me podía imaginar era que fuese tan rencorosa y retorcida, ni que se estuviese tirando al director de la obra. Bueno, ahora que lo pienso, eso último sí que podría habérmelo imaginado. La muy zorra. El caso es que se las apañó para que me echasen de aquella obra y para que el director me pusiese a parir en todo su círculo. O tal vez ella se tiraba a todo aquel círculo. La creo capaz.

En cuestión de un mes, pasé de todo a nada. Y pagar la vida en Manhattan no es precisamente barato. Aunque creo que podría haber aguantado y recuperar algo de mi trabajo o dar con buenos contactos en otro lugar. O tal vez aguantar una buena temporada con mis ahorros. Pero entonces sucedió otra cosa. Me llamó mi familia. Llevaba años sin hablar con ellos salvo en las navidades y de repente se pusieron en contacto conmigo. Estaban en la bancarrota. Llamaban para pedirme ayuda. Para pedirme dinero. Al final, lo único que pude hacer fue largarme de Nueva York y acabar en Detroit, la ciudad con mayor delincuencia del país y, por cierto, también en bancarrota. A mi hermana le habían concedido una casa en un programa de repoblación de la ciudad, destinado a escritores. Era bastante mediocre escribiendo, pero al menos eso consiguió. Allí acabé, con una familia con la que nunca había tenido ganas de convivir, y encima ellos parecían encantados y casi altivos, como su me hubieran hecho un favor, sacándome del cielo para ir a aquel infierno. Aún no entienden por qué me voy a beber por ahí todas las noches. Y en Nueva York deben de pensarse que me he ido para vivir bucólica y tranquilamente a algún pueblecito de Alaska. Espero encontrarme algún día a la zorra que logró que me echasen de mi vida perfecta, espero de verdad, encontrármela rebuscando entre las basuras. Sería una auténtica lección kármica.

Mientras tanto, me toca aguantar el tipo, aunque muchas ganas no me quedan. Aún tengo algunos contactos y de vez en cuando puedo presentarles alguna canción para tal o cual serie de poca monta, y con eso sacar los cuatro duros que necesito para mantener a toda mi parasitaria familia y seguir tomándome algo en el bar. Lo del bar me sirve para evadirme de todo esto durante un rato corto.

Pero lo cierto es que es muy difícil pensar en componer cuando estás tan amargada que la creatividad se ha convertido únicamente en un desahogo. La gente, cuando ve la televisión o paga entradas para un musical espera llenarse de grandiosidad, de fascinación y de sobrecogimiento. Pueden tolerar una canción triste de vez en cuando, pero lo que realmente desean es saberse de memoria una cancioncita alegre y ñoña y cantarla a coro con los protagonistas y sentirse parte del espectáculo. Sentir que la vida es así, que puede ser así. Una maníaca euforia.

Esa empatía es difícil de inspirar cuando te has vuelto tan cínica y pesimista. Como mucho, te sale algo dramático y existencialista que podrías meter en mitad de la obra, pero que el espectador desea que resulte sólo pasajero y que lleve a una conclusión con un bonito final. Yo también lo esperaba. Pero ya no. Ya se me están acabando las excusas para ser positiva. Y no se me ocurre a qué cantarle. Ojalá existiera algún espíritu o demonio al que pudiera invocar para poder hacer magia y acabar de una vez este trabajo. O que al menos me diese alguna idea.

Sin darme cuenta, había apurado ya más de la mitad de la copa. Qué rica está esta ginebra, eso había que admitirlo. Pero la verdad es que era muy cara, no creía que pudiera pedirme otra más. El próximo día escondería una petaca en mi bolso y rellenaría el vaso cuando nadie se fijase, me dije. En ese momento, de hecho, no me miraba nadie, me aseguré. Entonces me di cuenta de que tal vez, sin querer, con mis refunfuños, había invocado de verdad a un demonio.

Siempre llegaba al bar a esas horas, cuando ya había anochecido. No tenía, ni de lejos, buen gusto, aunque nadie en aquel marginado barrio de Detroit lo tenía. Como mucho, podría haber admitido que tenía buena percha y que sabía sacarse partido. Era muy pálido y tenía las facciones demasiado angulosas. Pero, en lugar de suavizarlas, se peinaba el pelo hacia atrás, muy pegado y se vestía siempre de negro. Acentuaba aún más sus defectos, pero le daba cierta personalidad. Elegancia no, pero sí bastante fuerza.

El tipo era bastante gilipollas. Su pose era excesivamente segura, juguetona y no exenta de cierto aire de suficiencia. Pero, a la vez, en ciertos momentos resultaba bastante infantil, incluso algo patético. Las cosas no siempre le salían bien. Ya le había visto meterse en más de una pelea. Seguramente por eso tenía aquella cicatriz que le partía la ceja izquierda.

Pero lo verdaderamente triste era que, a pesar de lo mal que me caía aquel tipo, me había dado cuenta de que había empezado a encontrar cosas en común con él. Cuando me iban bien las cosas nunca habría pensado así, pero ahora era consciente de que las personas que lo han pasado mal, por muy insoportables que nos parezcan a veces, son capaces de comprender, mucho mejor que aquéllos a quienes siempre les ha sonreído la fortuna, los problemas y miserias de los demás. Si vives en un campo de flores no puedes entender la sed que se pasa en el desierto.  Si no has estado en el infierno, no puedes más que intuir cómo quema el fuego de sus hogueras. No es lo mismo. Así que, tristemente, confiaba en alguien a quien hace no tanto tiempo ni siquiera me habría dignado a mirar. Pero, según entró, me quedé mirándole fijamente. Él se dio cuenta, aunque, como parte de su juego de chulería, no se giró para mirarme hasta que hubo conseguido una cerveza.

—¿Inspirada? —me dijo, mientras se acercaba a mí con una mueca burlona y señalaba la hoja en blanco.

Huyó de mi fulminante mirada echando la cabeza hacia atrás para beber de su cerveza.

—Ya estoy harta. No se me ocurren motivos para cantar canciones bonitas y alegres. Mucho menos para escribirlas.

—Ya. Un barrio marginal de Detroit no es precisamente un paraje lleno de hadas y pajaritos, ¿verdad? Pero siempre se puede sacar alguna lección. Algo que puedas aplicar. Si me dejas que me siente contigo, a lo mejor puedo ayudarte.

Se me escapó una carcajada amarga.

—Es más —concedí, mientras con un gesto de la mano le invitaba a sentarse—, si me das una razón para cantar y componer, te invito a una cerveza.

—Tu problema, amor, es que estás viendo las cosas desde otra perspectiva —me dijo con seguridad mientras se sentaba a mi lado.

—¿Ah, sí? —pregunté, acabando el último trago de mi copa.

—Pues sí —aseveró, mientras echaba la silla hacia atrás. Estuvo a punto de caerse hacia atrás, pero logró recomponer su postura y también su pose—. La de los conejitos y los pajaritos de los dibujos animados. Pero esas canciones no las escriben ellos, ni los niños. Las escriben las personas que viven y que también sufren. Gente como tú y como yo. Vaya, vaya, pero si pareces sorprendida —dijo mientras subía las cejas y sonreía con aire de suficiencia—. ¡He dicho algo que te ha interesado!

—Bueno, un poco —concedí—. Aunque no te veo componiendo canciones.

—Yo a ti tampoco —se mofó antes de darle un nuevo trago a la cerveza. Ante mi expresión, añadió:—. Bueno, bueno, no te enfades. Además, se supone que esto lo estoy diciendo para ayudarte. Ah, y para que me invites a una cerveza. Déjame que siga con lo que te estaba contando.

Resoplé, contrariada.

—Verás: todas las personas, tanto las que componen como las que no, pasan por momentos difíciles. Y también los superan. No lo hacen gracias a algo mágico y bonito como en esas cancioncillas de Disney. Lo hacen poco a poco, viviendo y sabiendo que la vida sigue adelante. En realidad, en tus musicales se canta más a lo que creemos que nos debería ocurrir que a lo que finalmente nos sucede. No existen razones para cantar. Cantar es simplemente una forma de desahogarse. Cantar todas esas ñoñerías que tú componías es una forma de separarse de la realidad, no de hacerle un homenaje. Porque la vida es simplemente compleja y difícil. Habrá quien componga a costa de todo esto y pretenda llenar los silencios y el dolor con grandes frases y coros. Pero la realidad nunca es así. La vida es mucho más silenciosa. Cuando te sucede algo, simplemente lo estás viviendo en tus entrañas, lo estás respirando fría y crudamente, sin banda sonora. Estás demasiado ocupado sintiéndolo. La vida no es una canción.

Life’s not a song,
life isn’t bliss
Life is just this:
It’s living.

You’ll get along.
The pain that you feel
only can heal,
by living.

You have to go on living,
So one of us is living.

Frikada dedicada a mi prima Elena, ¡espero que le guste!

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