Cítricos

naranjosSiempre se ha dicho que cuando uno es ciego, como yo, se agudizan el resto de los sentidos. No sé si os habéis preguntado alguna vez si es verdad. Os diré que es cierto, pero solamente a medias. A mí me sucede con el olfato, por ejemplo, pues uno de los mayores placeres de mi vida es comer y oler los alimentos. A veces, la gente que vive a mi alrededor dice que la comida les resulta insípida. Pero yo absorbo todo su aroma y todo su sabor con facilidad. Y lo que más me gusta es comerme una buena naranja. Así que, siempre que me quedo solo en casa y mi esposa no está, avanzo con cuidado por nuestro pequeño huerto, hasta que encuentro mi naranjo favorito y tomo una de sus frutas. Luego me siento en la piedra de siempre. Con mi cuchillo, le hago una raja y comienzo a pelarla, sintiendo cómo su aire cítrico me inunda las fosas nasales. Después me la como muy despacio. Y siempre se me pringan las manos. La verdad es que no me importa, porque así sigo sintiendo durante un rato más el olor de la naranja.

En general, siempre he creído que esto no me sucedía más que con el olfato. Pero hace tan sólo un par de días que me di cuenta de que con el oído también me puede pasar. Aunque únicamente con ciertos sonidos. Porque, estando en la soledad de mi huerto, se me clavó con fuerza un sonido lejano, pero que me llenó de desazón. Era el llanto de un bebé. Desconsolado. Me quedé triste, pensando en qué podría sucederle. Pero pronto oí, con mucha menos nitidez, cómo unos pasos se arrastraban, subiendo cuesta arriba, y el llanto se hacía más fuerte. Enseguida escuché la voz de una mujer. Muy joven.

—Buenas tardes, señor—me dijo. Y su voz me inundó de paz.

—Buenas tardes tenga usted, señora.

La mujer dudaba. No decía nada. Así que decidí ser yo quien siguiera con la conversación, aunque los lloros del niño me estaba resultando francamente molestos.

—¿Qué le pasa a su bebé? ¿Puedo ayudarlos en algo?

El tono de voz de la mujer se llenó de agradecimiento al responderme.

—Pues se lo agradecería mucho. Verá usted, estamos en pleno viaje y mi hijo tiene mucha sed. Pero he visto que el agua de los ríos está turbia.

—Así es —concedí—. Así sucede siempre en esta época del año. Es habitual en nuestro río. Pero, si lo desea, yo puedo darle unas naranjas. Y le puede dar al niño el zumo para calmarlo.

—¿Sería usted tan amable?

Pude respirar el júbilo que exhalaban sus palabras.

—Por supuesto.

Sentí cómo se me acercaban, pues olían a incienso. Aquello me llamó la atención.

—Acompáñenme al naranjo —añadí— y cojan cuantas naranjas gusten.

La mujer tomó mi brazo suavemente para ayudarme a caminar hasta el naranjo. Yo posé mi mano sobre la áspera corteza del árbol y ella se separó de mi brazo. El niño dejó de llorar.

—¡Oye, no las cojas todas! —le regañó la madre.

—No se preocupe señora, los niños son niños. Y, además, el suyo parece muy pequeño aún.

—Sí, aún es muy pequeño, pero empiezo a enseñarle desde el primer día. Con tres naranjas será suficiente.

—Como desee usted.

Le cedí mi cuchillo y ella abrió las naranjas. Percibí ese maravilloso olor cítrico al partirlas, al exprimirlas. El niño ya no lloraba, ni se quejaba. De hecho, pude oír su dulce risita.

—No sabe usted cuánto se lo agradezco. Dios se lo pague.

—No se preocupe, señora. Usted siga su camino, no se le vaya a hacer de noche en el desierto.

—Pero me gustaría poder agradecérselo. Claro, ya sé.

Volví a sentir cómo se acercaba a mí. Posó algo sobre mi mano. Era una tela fina, suave, exquisita.

—Tome, mi pañuelo. Es muy fino y le ayudará a limpiarse sus ojos. Se ve que los tiene delicados y que han sufrido mucho. Nos marchamos ya, Dios le bendiga.

Sonreí a la mujer, aunque no estoy seguro de si me vio.  Sus pasos se alejaron rápido y pronto las risitas del niño y el olor del incienso se desvanecieron en el aire. Tanteando entre los árboles del huerto, volví a sentarme en la piedra de siempre, aunque esta vez sin naranja alguna.

Volví a sonreír mientras jugueteaba con mis dedos con tan exquisito pañuelo. Parecía de una calidad exquisita. No entendía cómo una mujer que viajaba sola con su hijo por el desierto podía tener un paño de tan buena calidad. Despacio, me lo llevé a las manos e hice lo que ella me había sugerido. Me limpié los ojos.

Y, al hacerlo, dejé de percibir con tanta nitidez el aroma cítrico de mis manos manchadas por el jugo de la naranja. Era como si se me hubiese atrofiado un poco el olfato. Extrañado, abrí los ojos. Y la luz del sol me deslumbró por un instante. Tomé aire, sobrecogido. Podía ver.

Me levanté, corriendo, y me asomé hacia la empinada cuesta que llevaba hacia el desierto, buscando a la mujer. Pero ya debía de estar muy lejos, porque no pude dar con ella.

 

¿Quién sería esta señora que me hizo tanto bien?

Era la Virgen María camino para Belén

Tenía muchas ganas de hacer un relato con este villancico que me cantaba mi padre de pequeña. Ésta es la versión más parecida que he encontrado. Con ella aprovecho para desearos felices fiestas. 🙂

Y por supuesto, se la dedico a mi padre, que tantas canciones me ha cantado.

Ya sabéis que podéis suscribiros en la columna de la derecha para leer más historias cantadas.

Imagen: malaganow.com

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2 thoughts on “Cítricos

  1. ¡Qué relato tan místico! La nobleza del ciego recibió un regalo que por desgracia, sacrificó el talento que había apreciado.

    Saludos Karuna ^^

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