Esperanza

EsperanzaSe despierta aturdido. Ya no es algo raro que le suceda esto, pero, como siempre que es consciente de la razón, comienza a inquietarse. Es esa sensación de ahogo, esa forma en que se le mueve el diafragma de forma convulsiva y arrítmica. Y los pensamientos dispersos e incoherentes que inundan su cabeza. Se incorpora ligeramente. Es una crisis de ansiedad. Normalmente intentaría volver a dormirse, contener esos espasmos a la altura del estómago, pero lleva sucediéndole demasiados días seguidos. No puede evitar echarse a llorar, aunque los hombres no lloran. Y, mientras lo hace, oye sus propios lamentos, tristes, lastimeros, pero es consciente de ellos como si los estuviera escuchando desde fuera, compadeciéndose de quien los deja escapar. Qué patética escena. Qué desoladora sensación de soledad, de desesperación, de hastío.

No sabe cuánto tiempo sigue así, ajeno a todo salvo a esa terrible y cargante sensación, mientras las lágrimas le empapan la cara e incluso le mojan el cuello de la camiseta del pijama, deseando que nadie le oiga, no despertar a nadie a semejantes horas. Sigue siendo espectador de su propio número de autocompasión, de cómo su cara se va hinchando y su respiración se vuelve convulsiva, como la de un niño que, tras un gran disgusto, llora durante tanto tiempo que casi parece que se fuera a ahogar. Sólo en ese momento vuelve a sentirse dentro de sí, al caer en cómo coincide esa sensación: es la misma que lo ha despertado, esos movimientos de respiración involuntaria e irregular haciéndole sentir que se asfixiaba. Más que ansiedad, por fin comprende que su cuerpo porque estaba llorando por dentro. En medio de la inconsciencia. Sin derramar una lágrima, mientras él dormía. Hasta que lo ha despertado, tratando de hacerle comprender que tanta tristeza y desolación no se pueden contener. Y que no se pueden liberar si no abres la compuerta y dejas que las lágrimas fluyan.

Llorará esta noche y llorará muchas más. Y, cuando ya no aguante más, echará mano de alguna pastilla que le permita calmar sus emociones. Su profunda tristeza. Su falta de esperanza. Sabe que lleva conviviendo con ella demasiado tiempo, cada vez que se cae vuelve a levantarse, pero ya no le ve sentido. Estaba claro que iba a llegar el día. Este gran día. Comenzará con el amanecer, mientras el pulso de la ciudad se acelera más que antes: ese día en el que el punto ciego que quedaba en su ojo desaparezca. Y vea la realidad con toda su crudeza.

Lo cierto es que se considera una persona fuerte. También se ha considerado siempre una persona de ésas “que vale mucho”, tal vez porque  la gente que le quiere siempre se lo dice, y porque siempre se ha esforzado por ello. Por valer mucho. Por llevar consigo todo lo bueno posible: desde buenas notas hasta buenas caras, pasando por momentos de “vamos a llevarnos bien”, aunque muchas veces haya significado salir perdiendo. Lleva todo esto. Pero se ha dado cuenta de que ya no importa. De que ya no hace falta. De que no le sirve. Simplemente, parece que se ha quedado fuera.

Podría echar la culpa a la maldita crisis o a un cúmulo de circunstancias que llevan dándole muchos más disgustos que alegrías durante demasiado tiempo. El caso es que ha visto cómo sus esfuerzos por colaborar en mil proyectos, por generar una buena convivencia,  por ayudar incluso, se han visto despreciados, burlados e incluso, a veces, tergiversados, pretendiendo dejarlo como culpable de cosas de las que él ni siquiera tenía control alguno. Ha aprendido que, muchas veces, al devolver el bien y la tranquilidad, la gente aprovecha su buena disposición para pagar con él sus problemas, ha aprendido que, si pareces dispuesto a colaborar con una persona que secretamente ha decidido considerarte su inferior, es posible que incluso te eche la culpa de sus propios errores. Ha aprendido que siempre hay algo que perder. Ha aprendido que puede confiar en sus amigos y que cuando pida ayuda ellos estén tan absortos en sus vidas que no lleguen siquiera a oírle, en que hay gente a la que no le parece mal jugar con los demás porque ni siquiera se plantean que sea eso lo que realmente están haciendo. Ha aprendido que los méritos no valen de nada si tienes mala suerte. Por mucho que luches, por mucho que te esfuerces, que des lo mejor de ti. Por mucho que te ilusiones y pongas todo en ese objetivo. Y, cuando esto va sucediendo gradualmente, como una angustiosa tortura, día tras día durante años, te apetece escupir al cielo o plantarte en algún templo religioso y pedir una hoja de reclamaciones.

Nadie le dijo que todo podía salirle mal. Que podría ser que este mundo le echase de sus planes, como a un ser inadaptado que ni siquiera al Diablo le importa. Mientras sufre, pensando en cuál será el próximo palo que te dará la vida –seamos sinceros, todavía puede ir a peor-, va viendo cómo los demás avanzan: se casan, encuentran hogares mejores, reciben ascensos, hacen viajes y viven experiencias maravillosas. Va viendo cómo todo el mundo entra en ese lugar para el que parece que él se ha quedado sin invitación, simplemente porque así ha sido. Todos han pasado. Y él sigue en la puerta, preguntándose si algún día podrá entrar.

Así que, en realidad, ha perdido la esperanza hace ya un tiempo. Eso es lo que su cuerpo quiere decirle. Se ha esforzado por mantenerla, pero ya no puede controlarla. Le ha animado, le ha espoleado para seguir luchando, pero no le ha devuelto nada. Por eso, su cuerpo llora por dentro, con ese profundo desconsuelo y le implora que se una a él con sus lágrimas y sus lamentos.

¿Cuánto tiempo más podrá estar así? Necesita que, por fin, le suceda algo bueno, que le anime a seguir, algo que venga de fuera, que deje de pedirle que el fuerte sea él. Pero, por ahora, no tiene expectativas de que llegue. Así que, cuando por fin se levanta por la mañana, llena la bañera y se mete dentro a llorar. Espera que, por lo menos, eso le calme. Se arreglará, intentará parecer optimista antes de salir a la calle. Confía en poder salir de esta desesperanza, aunque no sabe cuántas veces más lo logrará. Porque lo que más le preocupa es que teme por su cordura. Por cuánto tiempo podrá aguantar así. Es como si hubiera una inmensa nube de tormenta, de demencia, que lo esperase en la puerta de su casa y tuviera que prepararse para ella. Pues intuye que, si sigue sintiendo cómo su vida se va a la mierda lenta y agónicamente, acabará por perder el juicio.

Your hope

that you can’t keep in check

Is it you hope, you hope,

that won’t give you anything back.

Puedes leer la letra completa haciendo clic aquí.

Si te ha gustado este relato, puedes suscribirte en la columna de la derecha para leer más historias cantadas.

Imagen:imgfave.com

Advertisements

2 thoughts on “Esperanza

  1. Batallas invisibles y silenciosas contra la erosión del mundo, que se quedan sin ser narradas, que se quedan sin canción… ni rumbo.
    Me encantan las historias aunque sean grises, porque enriquecen nuestros matices.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s