Esto no es un cuento de hadas

Hoy es el día internacional de la eliminación de la violencia contra la mujer, así que he creído interesante poneros aquí este relato de mi amigo Juan Jover, con quien colaboré en la fotografía. Hoy, además, le ponemos banda sonora.Esperemos que algún día no tengamos que concienciar a nadie acerca del grave problema de la violencia contra la mujer, ni del problema de la violencia de género, ni de la violencia doméstica.Medyr

“¿Amor?, cierto es que hay amores que matan. Otro día más te levantas cerca de él. Promesas, el cielo, todo, nada. Recuerdas la época en la que reíais juntos, todo era posible, igual que ahora, pero no de la misma manera, antes no había manera de que te quitaran la sonrisa de la cara, y hoy son las heridas las que no desaparecen.

Tienes un nuevo amigo, es inseparable, día y noche está contigo, recuerdas que te lo presentó él, que es el único que te deja tener, el resto son indeseables que no son amigos, hazle caso, que lo sabe todo, que él te quiere, que es que a veces lo que siente es tan fuerte que no puede controlarse. No quieres a ese nuevo amigo, pero te sigue allá donde vayas. Te cayó mal desde el día en que lo conociste, pero es insistente, tiene una paciencia infinita y muchas maneras de seguir a tu lado. Creías conocerlo de antes, pero no era el mismo, solo era un sucedáneo, éste es realmente el miedo. Es desesperante intentar explicarlo, pues, a pesar de que algunas personas intentan comprenderte, ves como no llegan a verlo, por muy buena voluntad que pongan. Peor es el resto, normalmente no hacen caso, y dicen que no es para tanto, si no te llaman mentirosa o creen que te quieres aprovechar.

Pides ayuda, pero es difícil demostrar lo que pasa, y si lo consigues te puedes quedar sola. Él es todo lo que tienes, es lo que elegiste y te equivocaste. O no te equivocaste, pues no es lo que elegiste: no era lo que conociste, era distinto, lo cambiaron en algún momento. Guardas la esperanza, piensas que cualquier día logrará escapar de sus captores y podrá regresar, estar a tu lado de nuevo, por eso a veces esperas.

¿Por qué?, no lo sabes. Ves que muchas esperaron, pero el ser querido no logró escapar y murieron en manos del ogro, ese ogro del que te hablaban en los cuentos. Nunca les habías tenido miedo, no tenias razones, pues te prometieron que no existían, o que te defenderían de ellos si aparecían. Pero ves que es mentira, viven en tu casa y, a pesar de que lo gritas a los cuatro vientos, nadie te manda la ayuda prometida.

A veces te resignas, pues te enseñaron que es lo que debes hacer, pero no lo entiendes. Empiezas a creer que no debes aguantarlo, pero no sabes qué hacer si sales de su casa. Puede que sea mejor aguantar hasta que los niños sean mayores, pues al menos no pagarán las consecuencias. Pasa el tiempo y te das cuenta que hace tiempo que el pequeño vive feliz, y que tus nietos saltan a tu alrededor. Te acostumbras a esta pesadilla, no sabes qué hacer pues no tienes seguridad.

Está en la cárcel, por fin eres libre, lo han detenido, tus hijos viven con los abuelos y a ti no te tocará nunca más, no tendrás que tenerle miedo nunca más, a partir de hoy estás segura, y podrás dormir tranquila, nadie molesta a lo muertos del cementerio.

Me hubiera gustado poner esta historia en una novela, que fuera un cuento de miedo, el cual pudieras cerrar y olvidarlo, pero por desgracia es la vida de muchas mujeres, de muchas personas de ambos sexos a quienes sus parejas les maltratan tanto física como psicológicamente. Personas que al final mueren a manos de sus parejas o son empujadas a terminar con su vida.”

They only hit until you cry
And after that you don’t ask why

You just don’t argue anymore

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El mejor

besoanime—¿Otra cerveza?—me dice mi mejor amiga mientras se apoya en la barra de madera y me mira de una forma un tanto extraña.

—Vale. ¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?

—¿Te importa que venga tu ex?

—¿Cuál?

Mi amiga rompe en carcajadas, tan altas que se oyen por encima del animado rock que retumba en las paredes rústicas del irish pub donde nos encontramos. Yo sonrío. La verdad es que lo he dicho sin pensarlo. Pero creo que es una buena señal. Significa que me da bastante igual.

—Me ha escrito Raquel. Dice que dónde estamos y que si se puede venir. Pero que está con más gente. Entre otros…

—Sí, no te preocupes. Es normal.

Después de todo, se supone que la gente normal conoce a sus parejas a través de amigos en común. Pero, cuando la historia se acaba, es normal que se pueda dar la posibilidad de coincidir y que resulte incómodo.

—Por mí que vengan —añado—. No pasa nada.

Mi amiga sonríe y se inclina sobre su smartphone, tecleando realmente rápido sobre la pantalla.

Antes de que nos terminemos la pinta, llega el grupo. Lo cierto es que es raro saludar tan fríamente, con dos besos lanzados al aire y desviados por el choque de las mejillas, a una persona con la que has tenido tanta intimidad. Sigue pareciéndome que está muy bueno. Pero no tengo ganas de hablar, ni tampoco se me ocurre qué decir. Así que me dirijo a Raquel y la acompaño a la barra, a pedir una cerveza, mientras no me separo de la mía.

Es él quien se aproxima a hablar conmigo. Parece que quiere que nos llevemos bien. Pero a mí me sigue resultando raro. Tampoco es que llegue a ser violento, pero simplemente no puedo apartar de mi mente la idea de que es mi ex. De que primero fue todo y luego nada. Así no fluyen las conversaciones, por lo que me limito a ser educada y contestar, sonreír un par de veces y luego volver a hablar con mis amigas.

Pero él vuelve, otra vez, a preguntarme qué tal estoy. Luego otra vez. Me pregunta por el trabajo. Mejor no preguntes. Me pregunta por mis planes de verano. Los mismos de siempre. Estoy bien. Como siempre. No hay grandes novedades. No hay grandes ganas de contarle mi vida a un desaparecido. Todo o nada. Pero el chico no está nada mal. Eso se lo tengo que conceder. Sigue igual de guapo.

—Te está buscando —me dice al oído mi mejor amiga cuando me vuelvo a inclinar sobre la barra para pedir un vaso de agua—. Es muy cantoso.

—¿Ah, sí?

—Pues sí —se ríe nerviosamente—. Si lo vieras desde fuera, es bastante evidente. Viene a hablar contigo, tú respondes muy rápido y te vas a hablar con otra persona. Él se te queda mirando. Y, al rato, vuelve.

—Qué pereza. Por Dios… —resoplo, mientras pienso seriamente en cambiar el agua por algo más fuerte.

Mi amiga se vuelve a reír. Pero se para en seco, cuando se gira para mirar a alguien. Es él. Espero que no lo haya oído. Al menos, yo estaba refunfuñando hacia el interior de la barra. Ya sería mala suerte.

Mi amiga intercambia una mirada con él antes de marcharse. Yo tengo que esperar a que la camarera me traiga el agua. Mierda. Ya me ha acorralado. Me toca la espalda con la mano, como si tuviera miedo de que me fuera a escapar. Ganas no me faltan.

—¿Vas a seguir escurriéndote? ¿Es que no quieres hablar conmigo?

Me giro, con la sensación de que se me ha acelerado el pulso. Es la entrada perfecta para comenzar una discusión. Pero, justo en ese momento, la camarera planta el vaso de un fuerte y sonoro golpe. Bebo toda de un trago.

—Tranquilo. Sólo era agua.

—¿Te importaría dar una vuelta conmigo?

Venga ya.

—Sólo será un rato. Quiero hablar contigo.

Resoplo. Me esfuerzo por permanecer inexpresiva, a pesar de esa mirada. Tan intensa. Brillante.

A regañadientes, sin siquiera responder, cojo mi cazadora y salgo del bar. Él viene detrás. Todos nuestros amigos nos miran de reojo mientras abandonamos el irish pub.

—¿Adónde quieres ir?

—No sé… a dar un paseo.

Las conversaciones de esa noche se me habían hecho únicamente raras. Pero este silencio sí que se me hace incómodo. No hace mucho frío, la gente bebe y fuma en la calle, se divierten. Él me abraza los hombros. Al ver que no opongo resistencia, me oprime ligeramente. ¿Qué demonios estoy haciendo? Mejor no mirarle. Volveré a pensar en que sigue estando igual de bueno.

Por fin, se detiene. Se gira hacia mí. Me vuelve a mirar de esa forma tan intensa. Tarda en arrancar a hablar, lo intenta hasta tres veces, y luego las palabras le salen a borbotones. Vomita sentimientos. Vomita explicaciones. Vomita súplicas. Vomita arrepentimiento.

Mientras tanto, lo miro de arriba abajo. Sonrío. Tanto que casi se me cierran los ojos. Él calla y me mira.

—Y bien…, ¿qué me dices?

Me paso la lengua por los labios. Le cojo con dulzura de la mano. Y él sonríe. Observo claramente cómo su pecho se hincha, se crece, parece el doble de alto, mientras se acerca, decidido, a besarme.

Pero yo me giro.

—Ni de coña.

Y me separo.

Él abre los ojos de par en par. Crisis de rechazo. La ira y la incomprensión inundan su mirada. Vuelve a hacerse pequeñito. Primero todo y luego nada.

—¿Qué pasa, me estabas vacilando? Me parece de muy mal gusto, la verdad.

Vuelvo a sonreír. De hecho, incluso me río suavemente, a la vez que me guardo las manos en los bolsillos y adopto una pose de suficiencia.

—A que jode.

Baby, I learned the way to break a heart
I learned from the best.
I learned from you.

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Esperanza

EsperanzaSe despierta aturdido. Ya no es algo raro que le suceda esto, pero, como siempre que es consciente de la razón, comienza a inquietarse. Es esa sensación de ahogo, esa forma en que se le mueve el diafragma de forma convulsiva y arrítmica. Y los pensamientos dispersos e incoherentes que inundan su cabeza. Se incorpora ligeramente. Es una crisis de ansiedad. Normalmente intentaría volver a dormirse, contener esos espasmos a la altura del estómago, pero lleva sucediéndole demasiados días seguidos. No puede evitar echarse a llorar, aunque los hombres no lloran. Y, mientras lo hace, oye sus propios lamentos, tristes, lastimeros, pero es consciente de ellos como si los estuviera escuchando desde fuera, compadeciéndose de quien los deja escapar. Qué patética escena. Qué desoladora sensación de soledad, de desesperación, de hastío.

No sabe cuánto tiempo sigue así, ajeno a todo salvo a esa terrible y cargante sensación, mientras las lágrimas le empapan la cara e incluso le mojan el cuello de la camiseta del pijama, deseando que nadie le oiga, no despertar a nadie a semejantes horas. Sigue siendo espectador de su propio número de autocompasión, de cómo su cara se va hinchando y su respiración se vuelve convulsiva, como la de un niño que, tras un gran disgusto, llora durante tanto tiempo que casi parece que se fuera a ahogar. Sólo en ese momento vuelve a sentirse dentro de sí, al caer en cómo coincide esa sensación: es la misma que lo ha despertado, esos movimientos de respiración involuntaria e irregular haciéndole sentir que se asfixiaba. Más que ansiedad, por fin comprende que su cuerpo porque estaba llorando por dentro. En medio de la inconsciencia. Sin derramar una lágrima, mientras él dormía. Hasta que lo ha despertado, tratando de hacerle comprender que tanta tristeza y desolación no se pueden contener. Y que no se pueden liberar si no abres la compuerta y dejas que las lágrimas fluyan.

Llorará esta noche y llorará muchas más. Y, cuando ya no aguante más, echará mano de alguna pastilla que le permita calmar sus emociones. Su profunda tristeza. Su falta de esperanza. Sabe que lleva conviviendo con ella demasiado tiempo, cada vez que se cae vuelve a levantarse, pero ya no le ve sentido. Estaba claro que iba a llegar el día. Este gran día. Comenzará con el amanecer, mientras el pulso de la ciudad se acelera más que antes: ese día en el que el punto ciego que quedaba en su ojo desaparezca. Y vea la realidad con toda su crudeza.

Lo cierto es que se considera una persona fuerte. También se ha considerado siempre una persona de ésas “que vale mucho”, tal vez porque  la gente que le quiere siempre se lo dice, y porque siempre se ha esforzado por ello. Por valer mucho. Por llevar consigo todo lo bueno posible: desde buenas notas hasta buenas caras, pasando por momentos de “vamos a llevarnos bien”, aunque muchas veces haya significado salir perdiendo. Lleva todo esto. Pero se ha dado cuenta de que ya no importa. De que ya no hace falta. De que no le sirve. Simplemente, parece que se ha quedado fuera.

Podría echar la culpa a la maldita crisis o a un cúmulo de circunstancias que llevan dándole muchos más disgustos que alegrías durante demasiado tiempo. El caso es que ha visto cómo sus esfuerzos por colaborar en mil proyectos, por generar una buena convivencia,  por ayudar incluso, se han visto despreciados, burlados e incluso, a veces, tergiversados, pretendiendo dejarlo como culpable de cosas de las que él ni siquiera tenía control alguno. Ha aprendido que, muchas veces, al devolver el bien y la tranquilidad, la gente aprovecha su buena disposición para pagar con él sus problemas, ha aprendido que, si pareces dispuesto a colaborar con una persona que secretamente ha decidido considerarte su inferior, es posible que incluso te eche la culpa de sus propios errores. Ha aprendido que siempre hay algo que perder. Ha aprendido que puede confiar en sus amigos y que cuando pida ayuda ellos estén tan absortos en sus vidas que no lleguen siquiera a oírle, en que hay gente a la que no le parece mal jugar con los demás porque ni siquiera se plantean que sea eso lo que realmente están haciendo. Ha aprendido que los méritos no valen de nada si tienes mala suerte. Por mucho que luches, por mucho que te esfuerces, que des lo mejor de ti. Por mucho que te ilusiones y pongas todo en ese objetivo. Y, cuando esto va sucediendo gradualmente, como una angustiosa tortura, día tras día durante años, te apetece escupir al cielo o plantarte en algún templo religioso y pedir una hoja de reclamaciones.

Nadie le dijo que todo podía salirle mal. Que podría ser que este mundo le echase de sus planes, como a un ser inadaptado que ni siquiera al Diablo le importa. Mientras sufre, pensando en cuál será el próximo palo que te dará la vida –seamos sinceros, todavía puede ir a peor-, va viendo cómo los demás avanzan: se casan, encuentran hogares mejores, reciben ascensos, hacen viajes y viven experiencias maravillosas. Va viendo cómo todo el mundo entra en ese lugar para el que parece que él se ha quedado sin invitación, simplemente porque así ha sido. Todos han pasado. Y él sigue en la puerta, preguntándose si algún día podrá entrar.

Así que, en realidad, ha perdido la esperanza hace ya un tiempo. Eso es lo que su cuerpo quiere decirle. Se ha esforzado por mantenerla, pero ya no puede controlarla. Le ha animado, le ha espoleado para seguir luchando, pero no le ha devuelto nada. Por eso, su cuerpo llora por dentro, con ese profundo desconsuelo y le implora que se una a él con sus lágrimas y sus lamentos.

¿Cuánto tiempo más podrá estar así? Necesita que, por fin, le suceda algo bueno, que le anime a seguir, algo que venga de fuera, que deje de pedirle que el fuerte sea él. Pero, por ahora, no tiene expectativas de que llegue. Así que, cuando por fin se levanta por la mañana, llena la bañera y se mete dentro a llorar. Espera que, por lo menos, eso le calme. Se arreglará, intentará parecer optimista antes de salir a la calle. Confía en poder salir de esta desesperanza, aunque no sabe cuántas veces más lo logrará. Porque lo que más le preocupa es que teme por su cordura. Por cuánto tiempo podrá aguantar así. Es como si hubiera una inmensa nube de tormenta, de demencia, que lo esperase en la puerta de su casa y tuviera que prepararse para ella. Pues intuye que, si sigue sintiendo cómo su vida se va a la mierda lenta y agónicamente, acabará por perder el juicio.

Your hope

that you can’t keep in check

Is it you hope, you hope,

that won’t give you anything back.

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Imagen:imgfave.com

Cómo conseguir una noticia sensacional

Dream Theater - Metropolis Pt. 2 (Scenes From A Memory) - Inlay—Así que usted es vecino de Echoe’s Hill…

—Así es —respondió el hombre, con la mirada desencajada y tratando de apartarse de la cara el flequillo, que se le había empapado y manchado por el sudor.

Después, el hombre levantó la vista mientras se fijaba en cómo lo miraban las dos periodistas. Una de ellas rondaba ya los cuarenta y vestía muy formal, tan arreglada que casi podía uno preguntarse si estaba trabajando o si pensaba salir después de copas. Llevaba una coleta atada en la coronilla, tan apretada que parecía estar pensada para estirarle las primeras arrugas, aunque el efecto era, más bien, que sus raíces negras en el cabello platino se hacían demasiado evidentes. La segunda era más jovencita, debía de estar ya cerca de los treinta y llevaba unas grandes gafas de pasta rosa fucsia. Vestía de una forma menos formal, pero más elaborada, como si pretendiese parecerse a una jovencita de los años 50. Ésta tomaba notas apresuradamente en una libreta cada vez que la mayor le formulaba a él alguna pregunta. Lo que más le llamó la atención de ambas, sin embargo, era que llevaban tanto maquillaje encima que había percibido el olor del mismo en cuanto le habían saludado. Aunque, se dijo, era mejor que ese olor a pólvora y sangre que lo había rodeado hacía menos de una hora.

—¿Y conocía a la víctima y al agresor?

—Bueno… vivía en la casa de al lado. Así que digamos que intercambiábamos saludos.

—Cualquier día empezarán a detener a los vecinos que siempre saludan –murmuró por lo bajo la mayor de las periodistas—. Es increíble que este tipo de crímenes pasionales se repitan tanto y que de puertas para fuera nadie se percate de lo que está sucediendo ahí dentro —carraspeó—. En fin, disculpe, para usted tiene que haber sido terrible encontrar a su vecina muerta y ver a su vecino y marido de ésta pegarse un tiro.

El testigo tragó saliva. Volvió a recordar el olor a pólvora y sangre. La sangre… derramada por el suelo del impecable salón, contrastando con las blancas baldosas de mármol, aún expandiéndose, hasta mojarle las pantuflas. Bajó los ojos y las miró, con la punta oscurecida.

—Afortunadamente, no he visto cómo se pegaba el tiro. Oí un grito mientras me levantaba a tomarme un vaso de leche. A veces me despierto en mitad de la noche y me cuesta volver a dormir. Entonces, oí un grito desgarrador. Creo que era él. Luego un grito, éste de mujer. En medio, lo que creí que eran disparos. Me asomé a la ventana, pero desde allí no vi nada. Así que cogí el abrigo y salí a la calle. Y, lo que más me sorprendió, es que vi la puerta abierta. Me asomé con cuidado y los vi. En la entrada. Los dos muertos. Dios mío… —apoyó los codos sobre las rodillas, y la frente sobre las palmas de las manos. Mientras trataba de volver a apartar aquella imagen de su mente, volvió a ver las manchas de sangre en sus pantuflas. Ya estaba amaneciendo y le pareció que brillaban, que el rojo volvía a recobrar su viveza.

—¿Y la nota de suicidio? —volvió a preguntar la periodista de pelo teñido, mientras le acercaba un vaso de agua al testigo—. ¿Tiene idea de a qué se refería?

—¿Cómo lo voy a saber?

—Disculpe, no quería ser descortés. Quiero decir, que estos casos son muy habituales: un hombre que empieza a volverse raro, que cambia hasta convertirse en un monstruo, y que termina por matar a su mujer y suicidarse, al darse cuenta de hasta dónde ha llegado.

—No lo sé. El senador y su mujer eran gente reservada. Pero, como le digo, nunca pensé en que tuvieran ningún problema. Aunque yo no soy nada cotilla.

—Muchas gracias por atendernos —le despachó la periodista, dándole una palmadita en el hombro—. Sentimos que haya tenido que presenciar algo tan dantesco. Pero, al menos, ha hecho todo lo posible por ayudar. Y nos ha atendido.

—De nada. Ahora, si me disculpa, voy a llamar al trabajo para decir que me tomo el día libre.

El testigo abandonó la caravana, pensando en que, después de tomarse un somnífero que le ayudase a tomarse el merecido descanso, iría al centro comercial y compraría unas pantuflas nuevas.

En el interior de la caravana, la periodista rubia lo miraba alejarse.

—Tenemos una historia genial. Además, el testigo no ha hablado con nadie más. Quién iba a pensar que el senador fuera un maltratador y que acabaría matando a su mujer, y después, suicidándose. Esto va a encabezar las noticias de hoy y a dar qué hablar durante semanas. ¿Crees que siempre había sido así? Después de todo, lo que hacemos nos persigue toda la vida. Y somos un reflejo de lo que hemos sido.

—Incluso más allá de esta… —meditó la periodista de gafas, mirando por un segundo al infinito.

—¿Cómo?

—No, nada. Es que, estaba pensando que hay algo en todo esto que a mí no me encaja.

—¿Por qué no? —la rubia se giró y se acercó demasiado para mirarla—. ¿Sabías que la política es una de las ramas profesionales preferidas por los psicópatas?

—No me refería a eso exactamente. El testigo ha dicho que el que chilló primero fue el hombre. Después ella. Y que se encontró la puerta abierta. ¿Quién la abrió?

—Seguramente no lo recuerda muy bien. Y no olvides que hay una nota de suicidio: “Me quitaré mi propia vida antes que vivir habiéndote perdido”. Además, podemos darle más dramatismo si contamos que presenció cómo el senador se suicidaba.

—Eso es lo otro que no me encaja. En este tipo de crímenes el asesino no suele pararse a escribir una nota de suicido. Se quita la vida en medio de esa enajenación mental que le ha llevado a asesinar a su mujer, y no piensa de forma clara.

—No le des tantas vueltas. Tú no eres detective y, además, a mí me parece que este caso está muy claro. De todas formas, si quieres llegar a algo en esta profesión, no olvides que nuestro objetivo es vender periódicos. Así que dejar volar tu imaginación para contar la historia de la forma más dramática posible.

—¿Pero eso no es sensacionalista?

—No lo sé. Simplemente, es lo que hacemos. Es nuestro trabajo.

—¿Pero y si…?

—¡Que no! —le cortó la rubia, mirándola con reproche—, céntrate. Venga, te voy a enseñar cómo hacerlo. Saca el ordenador y abre el procesador de textos, que te voy a dictar:

[Headline:] “Murder, young girl killed
Desperate shooting at Echoe`s hill
Dreadful ending, killer died
Evidently suicide”

A witness heard a horrifying sound
He ran to find a woman dead and
Lying on the ground

Standing by her was a man
Nervous, shaking, gun in hand
Witness says he tried to help
But he`d turned the weapon on himself

His body fell across that poor young girl
After shouting out in vain
The witness ran to call for assistance
A sad close to a broken love affair

Our deeds have traveled far
What we have been is what we are

She wanted love forever
But he had another plan
He fell into an evil way
She had to let him down
She said “I can`t love a wayward man”

She may have found a reason to forgive
If he had only tried to change
Was their fatal meeting prearranged?

Had a violent struggle taken place?
There was every sign that lead there
Witness found a switchblade on the ground
Was the victim unaware?
They continued to investigate
They found a note in the killer`s pocket
It could have been a suicide letter
Maybe he had lost her love

I feel there`s only one thing left to do
I’d sooner take my life away than live with losing you

Our deeds have traveled far
What we have been is what we are

All that we learn this time
(What we have been is what we are)
Is carried beyond this life

[Titular:] “Homicidio, joven chica asesinada
Desesperado tiroteo en Echoe’s Hill
Terrible final, el asesino murió
Evidentemente, suicidio”

Un testigo escuchó un horrible sonido
Corrió para encontrar una mujer muerta
yaciendo en el suelo

De pie a su lado, estaba un hombre
Nervioso, temblando, pistola en mano
El testigo dice que intentó ayudar
pero él giró la pistola sobre si mismo

Su cuerpo cayó sobre de aquella pobre chica
Después de gritar en vano
El testigo corrió para buscar ayuda
Un triste cierre a una aventura amorosa rota

Nuestros actos han viajado lejos
Lo que hemos sido es lo que somos

Ella quería amarle eternamente
Pero él tenía otro plan
Cayó en el camino del mal
Lo tenía que decepcionar
Ella dijo:” No puedo amar a un hombre caprichoso”

Ella podría haber encontrado una razón para perdonar

Si él hubiese intentado cambiar

¿Estaba su fatal encuentro organizado de antemano?

¿Tuvo lugar una violenta lucha?
Cada indicio que había, conducía a ello
El testigo encontró una navaja automática en el suelo
¿Estaba la víctima desprevenida?
Siguieron investigando
Encontraron una nota en el bolsillo del asesino
Podría haber sido una carta de suicidio
Quizás él había perdido su amor

Siento que solo hay una cosa que queda por hacer
Antes me quitaría mi vida que vivir habiéndote perdido

Nuestros actos han viajado lejos
Lo que hemos sido es lo que somos

Todo lo que aprendemos esta vez
(lo que hemos sido es lo que somos)
Lo llevamos más allá de esta vida

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(Y, si quieres saber lo que sucedió realmente, escucha Metropolis pt.2: Scenes from a Memory, de Dream Theater)

Imagen: ecover.to