La tanatonauta

tanatonautaLa desesperación es la única arma que resulta totalmente efectiva para vencer al miedo. Por eso, cuando llegamos a un momento en que lo hemos perdido todo, en el que lo único que nos queda es nuestra necesidad, nos atrevemos a sobrepasar límites que nunca habríamos osado imaginar siquiera.

Hace unos meses, me convertí en tanatonauta. Una viajera de la muerte. Y lo hice porque estaba sumida en la más absoluta desesperación. Veréis: hace un año estaba con mi hijo de cuatro años en un bulevar, jugando con él a la pelota. Pero la pelota se escapó, mi niño fue detrás de ella, y el conductor del coche no lo vio. O, si lo hizo, le dio igual. Nunca llegué a saberlo, porque se dio a la fuga. Y así fue como me quedé sola con mi desesperación.

Cuando te conviertes en madre, tu forma de ver la vida cambia. Ya no piensas en ti, sino que, pase lo que pase, tu primer pensamiento siempre está en el bienestar de tu pequeño. Si a tu hijo le sucede algo malo, no dejas de pensar en qué habrías podido hacer mejor. Pero cuando ves a tu niño tirado en medio de la calzada, con un golpe que ennegrece su frente y su carita, con los ojos cerrados, convulsionándose, mientras ves que la fuerza va abandonando su pequeño cuerpo, sólo te quieres morir. Eso fue lo primero que intenté hacer nada más enterrar a mi niño. Pero no lo conseguí. Y no volví nunca a intentarlo, pues al despertar tras el lavado de estómago, me di cuenta de que ni siquiera la muerte podría darme la paz.  Si quería sentir un mínimo de tranquilidad, tenía que saber que, dondequiera que se encontrase, ahora mi pobre Nico estaba bien.

Por eso comencé a ir a la iglesia, a leer la Biblia y a hablar con algunos sacerdotes que se encontraban por allí. Esperaba que alguno pudiera darme alguna certeza de que mi niño estaba bien. Ellos me aseguraban que así lo creían, me hablaban de la resurrección de Jesucristo, del alma… pero luego no se ponían de acuerdo. ¿Resucitamos nada más morir? ¿Al tercer día? ¿Tendremos que esperar al Apocalipsis para volver a vivir? Hasta que, un día, una monja muy menudita se me acercó en la iglesia. Se sentó a mi lado en el banco de madera de la capilla y me dijo que, además, era enfermera. Y que la acompañase.

Tras un largo paseo bajo la lluvia de noviembre, entramos en el hospital por una puerta trasera y ella me condujo hasta los quirófanos. Para entonces, ya estaban todos los pacientes durmiendo. Allí, me presentó a dos médicos de mirada cansada pero que se fijaron en mí con un interés casi ávido. Esto es confidencial y, por supuesto, clandestino, me dijeron. Inducimos la muerte a pacientes voluntarios. Esperamos unos pocos minutos y luego comenzamos la reanimación. Después, nos cuentan lo que han visto. Lo que hay al otro lado.

La propia monjita había participado una vez en el experimento. Aseguraba que había visto su cuerpo desde fuera, y luego una luz, una sensación cálida, y agradable, justo antes de regresar. No había podido volver a intentarlo, pues poco después le diagnosticaron una enfermedad de corazón. Pero aquello, decía, había reforzado su fe.

A mí lo de morir me importaba menos que a ella. En realidad, mi único y, como ya he dicho, desesperado deseo, era hallar la certeza de que Nico estaba bien. No había otra forma de saberlo. Así que tardé pocos segundos en decir que sí. Y que cuanto antes. No me importaba que fuera aquella misma noche. Y los dos médicos se miraron sorprendidos, pero el brillo de la ilusión en sus ojos no me pasó inadvertido.

Lo cierto era que no había vuelto al quirófano desde que había dado a luz a Nico. Me seguía pareciendo un lugar frío, seco, demasiado impersonal para la cantidad de emociones que se condensaban en él. En mi caso, mientras tiritaba bajo aquella manta de color verde y me sentía cegada por las luces cenitales, la incertidumbre, la emoción y la culpabilidad, que nunca se separaba de mí, me embargaban. Después, el olor del plástico de la mascarilla sobre la nariz, un pinchazo al ponerme la vía, la sensación pegajosa de los electrodos que adhirieron a mi cuerpo, plagando mi cabeza de ellos. Poco a poco, mientras oía el pitido de la monitorización y veía cómo empezaban a inyectarme sustancias cuyos nombres no había oído nunca, empecé a sumirme en una sensación onírica, parecida a una alucinación o a un sueño de fiebre. El sopor comenzó a invadirme, hasta que sentí aquel fuerte y eléctrico golpe. Debió de ser una descarga con el desfibrilador, para mí fue como un impacto en la cabeza que hizo que dejase de percibir, pero sólo durante un instante. Después, cuando abrí los ojos, me vi flotando en el quirófano. Vi mi cuerpo, la cara muy pálida, y a los dos cirujanos y la monja enfermera a mi alrededor. Contaban el tiempo para reanimarme, pero pronto dejé de verlos. Vi el túnel. Sí, ese famoso túnel al que dicen que te vas precipitando. Sentía un anhelo, una sensación de la paz que está por llegar, una calma que comienza a invadirte. Al llegar hasta la luz, me sentí cegada, no podía ver nada, aunque seguía caminando, pisando un suelo firme, pero mullido y cálido, mientras me aproximaba hacia una puerta. La luz que salía de ella era más cálida, y había una persona en el umbral. Era muy pequeño, apenas llegaba a la mitad de la puerta, pero, al estar tan deslumbrada, no podía distinguir nada más que su silueta, Desesperada, ilusionada, avancé deseando ver su cara. Tenía que ser él. Nico, mi amor. Cuánto te he echado de menos, cuánto siento que…

Pero la puerta se cerró antes de que yo llegase. Me detuve en seco. Empecé a girar a mi alrededor, pero no vi ninguna puerta más. Sólo la luz blanca que me cegaba de nuevo, que me inundaba de paz, pero que, a la vez, me indicaba que no había llegado al final del camino. Volví a sentir un golpe, como una sacudida, muy fuerte, en el pecho. Y volví a mi ser. Sentí la misma sensación de sueño de fiebre, oí vagamente a los médicos murmurando. Luego supe que había estado clínicamente muerta durante dos minutos y treinta un segundos.

La segunda vez fue el mes pasado. Los médicos preferían esperar al menos cuarenta días entre un experimento y otro, para monitorizar todos los cambios, asegurarse de que el estado de salud era el adecuado. Para recabar cualquier mínimo detalle de lo que había experimentado el paciente. La monja y yo nos hicimos amigas y tomábamos café juntas por las tardes, mientras leíamos libros y artículos científicos sobre experiencias cercanas a la muerte.

Esta segunda vez estuve cinco minutos muerta. Sin embargo, seguía sin lograr llegar a Nico. Antes de llegar a la puerta, mi vida comenzó a pasar ante mis ojos, desde mi infancia y mis años de juventud hasta mi embarazo, mi parto, el atropello de mi niño, mi intento de suicidio, mis últimos días. La misma silueta estaba esperándome en la puerta, aquel dulce niño. Vi sus ojitos, sus grandes ojos castaños, pero mi ilusión volvió a verse truncada. Me desperté llorando. ¿Cómo podía estar segura de que había visto a Nico? Algo en mi mente seguía pensando que podía, simplemente, tratarse de algo que estaba haciendo mi mente, que luchaba por conseguir consuelo para lo peor que le puede pasar una madre. O, tal vez, algo en aquel extraño mundo lleno de paz y de sensación de trascendencia era consciente de que yo sólo estaba allí de viaje, de que era una tanatonauta, una turista en el mundo de los muertos y, por eso, no me dejaba llegar hasta esa puerta.

Así he llegado a esta noche. La noche de mi tercer viaje.

-Quiero que prolonguéis el tiempo hasta diez minutos como mínimo.

Los médicos se miraron, alarmados.

-Sí, ya sé que será más difícil, pero no imposible. He leído sobre ello. Además, me dijisteis que nadie había pasado de los siete minutos. ¿No queréis tener información nueva?

Volvieron a cruzar sus miradas, respirando profundamente. Ansiosos, pero asustados a la vez. La enfermera posó la mano sobre el brazo de uno de ellos y, cuando la miró, asintió con gesto convincente.

-De acuerdo.

El quirófano era más frío aquella noche. Más impersonal, ni siquiera sentía mis propias emociones. Me dieron varios escalofríos. El olor de la mascarilla era más penetrante, ácido y espeso. Los pinchazos me dolieron más. La sensación de pérdida de realidad fue más fuerte. Apenas me vi un instante flotando en el quirófano antes de volver a sumirme en aquel túnel de luz. En aquella ocasión, comencé a oír voces. De mis abuelos ya fallecidos, de otros que ya habían pasado al más allá. Luego, un llanto de un bebé. Tenía que ser Nico. Luego, pude oír su risa. Avanzaba por el túnel, la sensación de paz era intensa, pero tal vez demasiado, Se me clavaba, casi me dolía. Y volví a llegar a aquella zona luminosa. De nuevo, la luz blanca me cegaba, pero veía otra vez aquella puerta abierta. Y aquella silueta de niño. Avancé, quería darme prisa, no fueran a llevarme otra vez de regreso. Volví a ver los ojos, que me miraban con alegría. Me esforcé en acercarme un poco más, mi desesperación me empujaba, mientras algo que yo no controlaba parecía empezar a tirar de mí para volver al oscuro túnel. Un par de zancadas más. La luz dejó de cegarme. Y allí estaba Nico. Mi precioso Nico. Quise pedirle perdón y también llorar, pero sólo pude devolverle la sonrisa.

-Mami, estoy bien – me dijo, rozando por un instante mis dedos con su pequeña manita. Hizo que mi alma se estremeciera-. No estés triste. Pero todavía no puedes venir conmigo.

El golpe me dolió. Fue mucho más que un portazo. Todo se volvió negro. No estaba en aquella zona de luz, ni tampoco en el túnel. Me encontraba mirando a la oscuridad, a un muro negro de tinieblas, mientras sentía frío a mi alrededor. Mi sentido del tacto se había agudizado tanto que era consciente de todo lo que tocaba mi piel: el suelo, el aire frío que respiraba, la seca e inerte sensación del quirófano, parecida al tacto del cuerpo de mi niño cuando lo había abrazado por última vez antes de enterrarlo. El olor a desinfectante y a productos químicos. Los pitidos de las constantes vitales. Pero no podía ser. Porque, aunque estaba mirando a una pared oscura, estaba segura de que me encontraba de pie.

-¡Ya está, ha vuelto! – dijo con entusiasmo y alivio uno de los médicos.

Pero la voz me había llegado desde atrás. Una sensación de terror, indicándome que algo iba terriblemente mal, me sacudió como la más fuerte de las descargas que hubiera recibido. Lentamente, me di la vuelta y me vi, tumbada en la camilla del quirófano. Había abierto los ojos, pero yo no estaba ahí dentro. Totalmente presa del pánico, me giré y miré a un lado y a otro, y pude distinguir demasiadas sombras, que susurraban, reían, se lamentaban. No podía ver sus rostros, pero se movían en las tinieblas, entre las zonas poco iluminadas del quirófano, de forma brusca, inquieta. Se carcajeaban, burlonas, en un tono demasiado antinatural, oscuro, como si la vida y la muerte, el bien y el mal, se hubieran desdoblado creando sombras demasiado marcadas, tanto que no era posible atreverse a percibirlas por completo.

Daño cerebral. Así lo llamaron los médicos cuando al día siguiente apareció el jefe de planta del hospital. Mi cuerpo seguía tumbado, con los ojos abiertos, y las constantes perfectamente controladas, pero sin pestañear, sin realizar mayor movimiento que el del diafragma y los pulmones que, acompasadamente, conservaban aquel trozo de carne vacío. Yo permanecía a su lado. Pero para mí la única palabra que podía describir aquello era vegetal. Un cuerpo sin alma, enganchado a las máquinas. Pero, tal y como me temía, mantuvieron aquel vegetal enganchado. Al poco tiempo, hubo que llenarlo de sondas y tubos que realizasen la mayor parte de las funciones. El cuerpo comenzó a deteriorarse mientras los juicios se sucedían. Los cirujanos y la monjita acabaron en la cárcel. Pero nadie me desconectó. Y yo seguía, manteniéndome día a día junto al cuerpo, esperando que, algún día, le llegase la hora y que pudiera volver a ver aquel túnel, aquella luz.

Soy una tanatonauta. Una viajera de la muerte. En mis expediciones descubrí que mi hijo estaba en el más allá, en un lugar donde ya no existía dolor y que, aunque podía culpabilizarme por la tragedia que se lo había llevado tan pequeño, afortunadamente estaba bien, y feliz. Pero en aquel ir y venir por un trayecto tan transitado, me quedé atrapada en la estación de salida. Junto a tantas otras sombras a las que les debió de suceder algo parecido, que ríen y se lamentan y me producen escalofríos y terror, mi alma se ha llenado de sensaciones sobrenaturales mientras espero poder obtener mi billete de ida. Pues, cada vez que veo cómo mi cuerpo, enganchado a las máquinas, se va deteriorando, más lentamente de lo que yo desearía, tengo la brutal y desesperada certeza de que para mí ya no existe billete de vuelta.

Estatua de carne y hueso

sólo quieres escapar.

Porque es tu única salida.

El final de tu infierno.

¿Te ha gustado el relato? En la columna de la derecha puedes suscribirte para conocer más historias cantadas.

Advertisements

One thought on “La tanatonauta

  1. Uno de los relatos más crudos de este blog de Canciones con historia, historias con canción.

    Intenso, reflexivo y un poco moralista, la inquietud de una madre por saber como su hijo estaba pasando ese estado que siempre queremos curosear que viene siendo la misma muerte es lo que la llevó a desafiarla. La mujer convertida en tanatonauta tiene que enfrentar su castigo en el limbo.

    La canción está brutalmente genial para esta épica historia en el abismo del más allá de la vida.

    Saludos Karuna ^^

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s