Ver amanecer (de Erik Cruz)

amour-death¿La verdad?, Es algo difícil de contar, pero ahí va:

Estaba asustado. Es la razón estándar, la razón que todo el mundo da para explicar comportamientos alienantes o ajenos a su personalidad. En esos casos suele ser mentira pero en el mío…

En el mío era cierto. Esa noche hacía un mes que nos conocíamos.

Creo que te he hablado de ella. La conocí en una muestra de arte romántico en el Metropolitan de Nueva York. Había viajado a los EE.UU. por razones personales.

Yo estaba admirando uno de mis cuadros favoritos, “La Abadía en el Encinar” de Friedrich.

Estaba absorto en la sensación de soledad que esa pintura me estaba transmitiendo, una sensación de serenidad que hacía tiempo no sentía; en realidad, hacía tiempo que no sentía nada.

-¿Por qué las ruinas de una abadía gótica? ¿Qué tiene eso de romántico?

Esas palabras se me clavaron en la mente como lo hacen las espinas de una rosa al rozarte la piel. Al girar la cabeza para ver a su dueña quede totalmente fascinado por su belleza, una belleza angelical de ojos de un azul profundo, pelo rojizo y piel pálida y suave.

-La soledad, el silencio, el recuerdo de glorias pasadas, supongo. – le contesté.

Nos quedamos mirándonos a los ojos durante una eternidad en la que el tiempo se detuvo, el mundo se detuvo, la vida se detuvo…

Tras volver al mundo de la vigilia me presenté. Ella hizo lo propio, su nombre era Rebeca.

Hasta ese momento me costaba relacionarme con la gente ajena a mis círculos, pero eso fue diferente, y por favor, no me preguntes por qué; simplemente escucha la historia. Después puedes preguntarme lo que quieras.

Tras una conversación de lo más enriquecedora, salimos de la muestra a tomar algo, ya sabes, algún bar o pub.

Al despedirnos intercambiamos números de teléfono y, tras una pequeña última charla, coincidimos en que la atracción era mutua y en que volveríamos a vernos.

Pasaron un par de días y por fin sonó el teléfono. Era ella. Por un momento volví a sentirme como un adolescente. Qué ironía, ¿verdad? Su voz era dulce y tranquilizadora, como un susurro. Esa noche la invité al apartamento que tenía alquilado, por los dos meses que iba a estar en el país. Cenamos, reímos, nos besamos y tras alguna que otra palabra hicimos el amor. Hacía mucho tiempo que no lo hacía y me sentí vivo de nuevo. Fue fantástico, como volver a revivir la juventud. Fue dulce, fue tierno, fue…real.

Ella  me abordó en el sofá cuando hablábamos del futuro inmediato. Empezó a besarme desde la frente hasta el cuello. En ese momento me estremecí. Nos desnudamos el uno al otro, la llevé en brazos al dormitorio y cerré la puerta tras de mí. La oscuridad estaba rota solo por una pequeña vela en la mesilla de noche, pero no hizo falta más luz, la magia nos rodeaba.

Hicimos el amor durante horas, horas que parecieron días, días que parecieron años, años que parecieron una eternidad que, a su vez, fue efímera.

Nos despedimos antes de amanecer, ya que ella tenía que entrar a trabajar unas horas más tarde.

Pasaron los días y no cesábamos de vernos todas las noches, besarnos, de abrazarnos, de amarnos, de fundirnos el uno con el otro.

Durante esos días compartimos sueños, fantasías, secretos…

Durante esos días empecé a darme cuenta de que me estaba enamorando de ella. Enamorándome de ella.  ¡Ja!. ¿Yo? Yo que soy incapaz de amar lo más mínimo a ningún ser vivo.

Durante esos días me di cuenta de que…bueno, de que me gustaba estar con ella y me gustaba sentir lo que ella me transmitía…

Fue la noche en que hacía un mes que nos conocíamos, la noche en la que hacía un mes yo era o pretendía ser algo que no era. La noche en la que entré en razón.

Esa noche decidí que era suficiente.

Esa noche decidí que había de poner fin a esa farsa. Esa noche decidí que tenía que alejarla de mí, no quería hacerle ningún daño, no de ese modo.

Decidí que lo único que la alejaría definitivamente de mí era contarle mi terrible secreto. Sé que pensarás que estoy loco, que perdí el juicio, pero, por favor, no me preguntes por qué, simplemente escucha la historia. Después puedes preguntarme lo que quieras.

La llamé al anochecer a su teléfono móvil y la invité a cenar a mi apartamento esa misma noche. Ella accedió encantada y 3 horas más tarde llamó al timbre.

Estaba preciosa.  Sus ojos brillaban llenos de vida y su cara resplandecía de felicidad a la luz del pasillo. Llevaba un vestido blanco sin espalda, el pelo suelto y la cara sin maquillar, ella no lo necesitaba.

Por un momento pensé en no decirle nada, en desistir de mi intención y simplemente dejar las cosas fluir. Pero no fue más que eso, una idea fugaz.

La invité a pasar. Nos sentamos en el sofá y nos servimos unas copas de vino blanco.

Sentí una extraña ansiedad que iba creciendo en mi interior y que me hacía perder la calma, pero tenía que serenarme, tenía que tranquilizarme para poder decirle algo muy importante, algo que iba a dar un giro a su vida.

Estuve sin hablar mirando al suelo con la frente entre mis manos durante unos minutos. Ella me cogió la mano derecha y la besó pasándola después por su mejilla. Me levanto la cabeza hasta que mis ojos se encontraron con los suyos.

Era el momento. Ella mantenía una mirada de expectación ante algo que sabia iba a decirle, algo que ella sabía era importante.

No duró demasiado mi agonía. La verdad es que no sé de donde saqué las fuerzas ni el valor para decírselo, pero lo hice. Lo que realmente me asustó fue que ella no saliera corriendo aterrorizada por conocer mi secreto; mi secreto y posterior demostración. Simplemente me miró a los ojos, me besó y me dijo que quería saber lo que yo sabía, ver lo que yo veía e ir donde yo fuera.

Tras esto me abrazó y me ofreció su cuello desnudo.

Sí. Lo hice. Me alimenté de ella, pero no le di la inmortalidad.

Tras beber toda su sangre me quede mirando su cuerpo sin vida. Su cara seguía tan bella como siempre, sus labios eran tan rojos como siempre, su piel aun estaba caliente, pero sus ojos ya no me miraban. Sus ojos ya no tenían vida.

Sus brazos se fueron despegando poco a poco de mi espalda y sin dejar  de mirarla la deposité en el suelo.

Lo comprendí al verla tumbada, yo la quería, yo quería estar con ella, yo…¡¡¡Yo soy un monstruo incapaz de ver la vida ni de comprender el amor…!!!

¿Por qué la maté? Me asustaba la idea de pasar la eternidad junto a ella. Compréndelo: he estado solo durante siglos y no sabía si podría tenerla a mi lado eternamente.

Pero cada vez que cierro los ojos veo su cara, veo su vida corriendo a borbotones por mi garganta, veo que… que la eternidad sin ella no tiene sentido alguno.

La quería, la quería más de lo que jamás he querido a nadie durante todo este tiempo.

Esta noche no voy a salir a cazar. Esta noche no quiero alimentarme.

Esta noche me quedaré en la azotea mirando hacia el este.

Hoy quiero ver amanecer.

Solo algo antes de marchar:

No mates el amor, cuídalo y míralo de frente.

Adiós, amigo.

So many nights just slipped away

I felt I could make the beast go away

But you know my friend

The thirst inside will never end

 

I want to touch the sun in your eyes

I want to feed your dreams with my hands

Just bless me one more time

With your smile with your eyes

With your blood with your life


 

(En esta ocasión hemos dado la vuelta a la tortilla, éste es un relato escrito por Erik Cruz y a partir del cual compuso posteriormente la canción que habéis escuchado para su grupo Duendelirium. Desde aquí mi agradecimiento, pues ha accedido a que colguemos su relato sin poder revisarlo, y mi felicitación.)

 

Si te ha gustado el relato, ya sabes que puedes suscribirte en la columna de la derecha para poder conocer más historias cantadas.

Imagen: librodearena.com

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