Conmoción

ConmocionCada noche, lo mismo. El mismo bar. En realidad, no había ningún otro en varios kilómetros a la redonda, por lo que siempre acababa allí. Era curioso ver cómo me miraba la gente. Les debía de parecer un pringao y prácticamente nunca nadie hablaba conmigo, salvo el qué tal  de recibo del camarero mientras me ponía copas. En realidad, no me importaba. Lo cierto es que si bajaba al bar todas las noches era por dos razones.

La primera de ellas era porque me gusta observar a la gente. Me siento a una esquina de la barra, mientras bebo mi cerveza y, como tengo un oído muy fino, me entero de todas las conversaciones. Es como ser el camarero. Después de la segunda cerveza ya nadie se da cuenta de que chilla, de que la música no está tan alta ni de que tras la barra – y, en este caso, en la esquina de la misma -, se oye todo. Además, no se me da nada mal leer los labios. Con todo lo que veo, las relaciones humanas, aprendo mucho. Luego, compongo canciones y me saco una pasta. Nadie en el bar imaginaría, por mi aspecto – desaliñado, con barriguita y un cutis terrible -, que me dedico a ello. Aunque lo que sí saben todos es que estoy forrado. Tal vez por eso me miran como si fuera raro, y a veces me critican, cuando creen que no los oigo. Aunque esto de criticar, es el deporte oficial del bar. Yo no suelo pensar tan mal de la gente, pero a veces me convencen que es cierto que vivimos en el país de la envidia. Doy un sorbo a mi cerveza, mientras empiezo a oír los primeros cuchicheos de la noche. Son un grupo de cuatro chicas, jóvenes, que suelen pasarse después de trabajar y se marchan siempre antes de la una. En principio parecen normales. Tal vez, sólo tal vez, una de ellas parece un poco estirada.

-No sé cómo lo hace. Nunca he visto a nadie llevar ese ritmo bebiendo cervezas. Ni ese ritmo de baile – dijo una de ellas, mientras otra le indicaba con un gesto de la mano que bajase el tono de voz.

-Está claro que se droga – dijo la que había ordenado a la otra ser más discreta -. ¿No la veis? No tiene ni una gota de grasa en el cuerpo. Eso no es normal. Con lo que bebe. Aunque a mí personalmente me parece que no tiene curvas, eso no es atractivo.

-A lo mejor se mete los dedos después de comer – añadió una tercera amiga, que solía hablar poco, pero siempre para hacer sugerencias morbosas.

-Yo creo que estáis exagerando-las contradijo la única que me caía medianamente bien del grupo-. Lo único que pasa es que ése es su metabolismo. Y que no para de bailar, por eso lo quema todo. Lleva la marcha en el cuerpo. La verdad que me encantaría tener esa genética. Esa piel tan bronceada, yo no cojo el sol ni después de todo el verano en la playa…

Las cuatro chicas callaron a la vez que bebían, todas a la vez, un sorbo de sus cervezas. También, al mismo tiempo, se giraron para mirar al objeto de sus críticas.

Que era, ni más ni menos, mi segunda y más poderosa razón para acudir a aquel bar cada noche. Surina se llamaba. Y llevaba ya un buen rato bailando. Se movía con la cadencia, elegancia y gracia habituales de los de su tierra. La que ella tanto añoraba y a la que hacía una mención siempre que el camarero le servía la siguiente cerveza. Era, simplemente, preciosa. Su piel tostada, sus enormes ojos. Apenas hablaba, aunque a mí me encantaba su exótico acento habanero, pero lo decía todo con los ojos. Suspiré y bebí mientras la miraba, una vez más. Ella se dio cuenta y me dedicó una sonrisa que salió más de sus pupilas que de sus labios. Lo cierto era que, desde que habíamos pasado aquella noche juntos hacía ya más de un año, no habíamos cruzado palabra. Aunque ella nunca dejó de saludarme con la mano ni de sonreírme cuando me cazaba mirándola. Sentía un escalofrío cada vez que recordaba haber tenido entre mis brazos y entre mis sábanas a aquella belleza de encantadora y exótica mirada. Lo recordaba cada día, cada noche. Pero me mantenía en mi sitio. Ella volvía cada noche al bar, pues el camarero la invitaba a cuantas cervezas quería – y éstas solían ser muchas -, pero ahora ella estaba con otro. Un imbécil. Pero eran del mismo sitio. Y supongo que eso une. Aunque te una a un camello de mierda. Un camello de mierda que no hace más que mirar lascivamente a todas las tías del bar cada vez que te das la vuelta. Un camello de mierda que está enganchado a su propio veneno. Me daba ganas de vomitar.

Y justamente allí apareció el objeto de mis náuseas. Di un nuevo trago haciendo un intento por ahogar mis flujos gástricos y me quedé mirándoles. Se acercó a ella. Estaba sudoroso o, más bien sería adecuado decir que no lavaba su ropa, ni su pelo, muy a menudo, y por eso parecía estar así.  Con un gesto poco respetuoso la agarró por su escuálido trasero y la atrajo hasta la barra. Ella trató de darle un beso a modo de saludo, pero él la apartó. Temblaba. Mucho. Se apoyó en la barra dándome la espalda. Ella lo miraba, con sus expresivos ojos visiblemente asustados.

-Surina, ¡joder! Deja de jugar a que todo va bien. Esto es muy serio. Pídeme una copa.

La chica obedeció, con una actitud que me pareció casi sumisa. Y yo cada vez odiaba más a su novio.

Surina cruzó una mirada con el camarero y éste pareció comprender. Un whisky on the rocks se deslizó por la barra, hasta las manos del camello, que se lo bebió de un trago, sin soltar a Surina de su irrespetuoso abrazo.

-He hablado con mi jefe – estaba hablando demasiado alto. Qué fácil era oírle-. Y me dice que no puede hacer nada por mí. Que si he perdido la mercancía es mi problema. No me va a ayudar a recuperarla ni a pagarla. Pero es demasiada pasta. Lo único que he conseguido es un poco más de tiempo. Dos días. ¿Qué demonios voy a hacer? Surina, ¡me van a matar! ¡No puedo conseguir tanto dinero en tan poco tiempo! ¡Ayúdame!

Los ojos de Surina lo decían todo, como siempre. Terror. Pánico. Desesperación e impotencia. Alguien iba a cargarse a su novio. Pero ella no tenía ni idea de qué hacer. Él no me daba ninguna pena. Pero ella sí.

Y ella reparó en mi mirada. Se dio cuenta de que les había estado escuchando. Cohibido, bajé los ojos y me escondí detrás de un nuevo trago a la cerveza.

-¿Qué pasa?

Mierda. El camello se había dado cuenta. Se giró y me miró.

-¿Estaba escuchándonos? – le preguntó a su chica, sin soltarla.

Parecía molesto, pero de repente pareció caer en algo.

-¡Ya está! Ya lo tengo.

Abrazó a Surina mientras le pegaba los labios a la oreja. Vaya, así sí que me era imposible saber lo que decía. Ni podía oírle ni leer sus labios. Pero podía leer en los ojos de ella. Se había asustado, y mucho, por lo que había dicho.

-¡Venga, Surina, joder! –la increpó, mientras la zarandeaba- Si no lo haces estoy muerto. Está forrado y babea por ti. Seguro que le parece bien – sus ojos empezaron a brillar-. No llores, ¡joder! Vamos.

La agarró por el brazo, demasiado fuerte. Y la trajo hacia mí. Ella miraba al suelo. Estaba demasiado incómoda. Y, a todas luces, se sentía humillada.

-Oye tío. He visto cómo miras a mi chica. Te voy a proponer algo que seguro que te va a encantar. ¿Cuánto me das por pasar una noche con ella?

Si hubiera sido cualquier otra persona, me habría atragantado ante semejante propuesta. Pero en aquel miserable ya me lo había imaginado. Miré a Surina. Seguía con los ojos bajos y trataba de disimular las lágrimas. Rememoré una vez más aquella noche que habíamos pasado juntos, y cómo reía y se divertía. Ahora, agarrada del brazo por el miserable de su novio, no era ni una sombra de la feliz mujer que siempre bailaba y sonreía.

-¿Cuánto necesitas? – le pregunté.

Él sonrió. Satisfecho. Aliviado. Poco le importaba lo que quería obligar a hacer a su chica. Me dijo una cifra.

Saqué la cartera. Saqué la chequera. Escribí el número. Firmé.

-Toma. Ya está – dije mientras le entregaba el papel sin siquiera mirarle a los ojos. En su logar, me dirigí a ella-. Y no te preocupes, Surina, no tienes que hacer nada. Faltaría más. Que tengas que venderte por los errores de éste…

-¿Cómo? – me espetó el camello indignado.

-Creo que la palabra que buscas es gracias.

-¿Quieres que te parta la cara? Claro, tú estás forrado, no sabes lo que son estos problemas y…

Surina lo zarandeó. Su mirada de furia lo transmitía todo. Me sorprendió que hubiese logrado intimidar al macarra de su novio con un solo gesto. Lo empujó con la escasa fuerza de sus flacos brazos y se acercó a mí, sonriente. Agradecida, no. Conmovida. Posó sus manos en mis hombros. Luego deslizó sus dedos por mi nuca y me atrajo hacia ella.

Qué feliz me hizo.

Por un beso de La Flaca yo daría lo que fuera.

Por un beso de ella, aunque sólo uno fuera.

Por un beso de La Flaca yo daría lo que fuera.

Por un beso de ella, aunque sólo uno fuera, aunque sólo uno fuera.

 

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