Deseando aullar

moonMientras camino por el paseo marítimo y la brisa nocturna que viene del mar la despeina ligeramente, todos los caminantes se la quedan mirando. Les falta poco para babear. Luego se fijan en mí. No sé lo que pensarán, pero en mi mente lo imagino: “¿Cómo puede ser que un tío tan normal lleve de la cintura a ese bombón?”. Ella no deja de hablar, me pregunta, me ríe las gracias, de vez en cuando me planta un besito en el cuello. Yo sonrío, vanidoso, pero me cuesta hacerlo.

—¡Bajemos a la arena! – me dice ella, que empieza a descender a todo correr los escalones.

Al llegar abajo, se descalza y comienza a caminar hacia el mar. Yo me recreo unos instantes mirándola, repasando los pocos días que hemos pasado juntos desde que nos conocimos en el estudio de grabación de Miami. La verdad es que es espectacular: guapa, un cuerpo de diosa, divertida, y encima le gusto. ¿Qué más podría pedir?, me pregunto, mientras veo cómo se van marcando sus huellas en la arena junto a la orilla del mar.

—¡Vamos, ven! ¿Qué te pasa?

Tardo un momento en darme cuenta de que se me ha quedado mirando, inexpresiva. Sacudo la cabeza. Por un segundo, me ha parecido ver otras huellas en la arena, junto a las suyas. Pero eso fue hace mucho. Y una ola acaba de venir y ha borrado las dos filas de huellas. Sonrío forzadamente.

—Nada, es sólo que no me gusta mucho el mar.

—¡Venga ya! – replica, socarrona mientras deja escapar una dulce carcajada.

Luego corre hacia mí, se cuelga de mi cuello, me besa. Dios mío, qué bien besa. Qué maravilla de cuerpo el suyo, que siento que pega contra el mío.

—Vámonos, por favor. En serio, me molesta el ruido de las olas, de la espuma.

—¿De la espuma? – pregunta antes de volver a reír. Después, me toma dulcemente de la mano y emprende el camino hacia mi cabaña en la playa.

¿Se puede saber qué demonios me pasa? Tengo a una diosa a mi lado, que me adora, me desea, no quiere hacer nada más que prestarme atención y complacerme y yo…

… yo abro la puerta y la dejo entrar en mi cabaña. Una vez más.

—¿Música? – dice, tras caminar resueltamente hacia la radio.

La emisora entona una melodía lenta, conocida. Ella comienza a bailar. Dios mío, qué bien baila…

—No, lo siento, no tengo ganas de bailar – la contradigo, dándome cuenta de que he sido demasiado brusco. Me acerco a ella, la abrazo y beso su mejilla, mientras cambio de emisora varias veces, hasta dar con una en la que se retransmiten un debate —. ¿Quieres una copa? – pregunto, mientras me acerco al mueble bar y señalo las botellas con la mano.

—De acuerdo. Muchas gracias.

Gintonic – digo, mientras preparo la copa con sumo cuidado.

—Ya empiezas a conocer mis gustos, qué bien. Vaya, ¿qué es esto?

—¡Hey espera, deja eso! – le digo mientras me acerco rápidamente a ella con la copa en la mano.

—“Tras una promesa sin cumplir” – lee ella en la hoja que ha cogido de la mesita de noche —. ¿Es una nueva canción para grabar?

—Pues es una canción – respondo raudo—. Pero no sé si la grabaré o si haré algo con ella. Tal vez me la quede para mí.

—Vaya, veo que estar aquí te ha inspirado – me sonríe antes de besarme —. No sabes cuánto me alegro.

—En realidad, no estoy seguro. Es decir, a ratos me siento muy inspirado, pero en otros momentos siento que pierdo por completo la inspiración. Es difícil de explicar.

—¿Y de qué trata la canción?

—De una historia que le sucedió a una amiga— respondo con rapidez, pero evito mirarla a los ojos. Aunque, en realidad, lo que le he dicho no es del todo mentira.

—¡Qué bonita! Pues ya la escucharé, si es que finalmente decides no guardarla para ti. Pero ahora – dice, quitándome la hoja de las manos y dejándola caer de nuevo sobre la mesita de noche —, vamos a buscar otro tipo de inspiración. ¿Te parece bien?

Deja la copa junto a la partitura, se abalanza sobre mí, me besa, el empujón me tiende sobre la cama. Ella se me sube encima. Qué bien besa. Qué precioso cuerpo. Espero que la partitura no se haya manchado con el gintonic.

***

Mi reloj digital deja escapar un tímido pitido. Las tres de la mañana. Con este leve sonido, ella se despierta, mira a su lado y ve que ya no estoy en la cama, sino de pie, mirando por la ventana. Hacia el mar.

—¿Estás bien? – me pregunta con voz soñolienta —. ¿Te sucede algo?

—No, nada, no te preocupes. Es la luz de la luna llena, que no me deja dormir – contesto, mientras bajo las persianas con demasiada delicadeza, y la habitación queda sumida en la más absoluta oscuridad.

Mientras siga viendo tu cara en la cara de la Luna,

mientras siga escuchando tu voz entre las olas, entre la espuma.

Mientras tenga que cambiar la radio de estación

porque cada canción me hable de ti, de ti, de ti,

me hable de ti.

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Además, este relato es una petición de Natalia Robledillo, espero que le haya gustado la historia que acompaña a su canción. Si tú también quieres que hable de tu canción, descubre cómo hacerlo haciendo clic aquí.

Imagen:klaraadalena.com

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