Voy en un coche (por Carmen Flores Mateo)

voyenuncocheConducía recostada en el asiento del deportivo, marcando el ritmo de la música con los dedos de su mano derecha sobre el volante. El brazo izquierdo descansaba sobre la puerta y su larga melena rubia ondeaba al viento. ¡Le encantaban los descapotables!  El Spider color crema no era un modelo nuevo, pero cogía sin apretar los doscientos fácilmente. De todas formas, para lo que le había costado…

No había planeado robarle el coche al chulo de la cazadora de piel, pero fue tan fácil… la oportunidad estaba ahí simplemente. Le conoció en el bar de carretera donde le había dejado el segundo camionero que la recogió haciendo autostop. Un bareto típico, adosado a una gasolinera, con sus bocatas rancios de queso, su cerveza Mahou de etiqueta verde y su fauna de pueblerinos, camioneros y viajeros con ojeras. Se llamaba Km. 312, una exhibición de originalidad,  ¡sin duda!Ella estaba apoyada en la barra sujetando su café con leche, cuando el aroma a Brummel le atascó los sentidos. El pavo se sentó en el taburete de al lado y le echó una mirada que se presumía misteriosa y seductora… y que no llegó ni a ligeramente atractiva.

–Vaya, vaya… parece que la noche está interesante por aquí…–dijo el colega.

“Vaya, vaya… otro tipo listo que viene a ligar”, pensó ella.

–No demasiado, bastante aburrida, la verdad. – habría que darle un poco de coba– ¿Viajas solo?

–Todo lo solo que tú quieras, nena…–el tipo estaba creciéndose por momentos– El coche es de dos plazas, no da para mucho más… Es el Mercedes de ahí fuera –siguió la mirada de ella con los ojos y reaccionó rápido cuando vio alzarse su ceja–. No, el camión no, el Spider color crema, el descapotable.

–Vale, menos mal, ya te iba a mandar a la mierda… Había pensado que eras otro pirado en busca que una mamada a cambio de adelantarme unos kilómetros. Estoy harta de que los camioneros cuelguen sonrisas del parabrisas cuando me ven… nunca consigo distinguir los salidos de los simpáticos.

–Te aseguro que no soy un salido ni un camionero…–dijo el tío con autosuficiencia–. ¿Te apetece salir fuera a fumar un piti? –la esperanza llenaba sus ojos mientras intentaba parecer duro.

–Claro, ¿porqué no?

Salieron del bar juntos, y con brazo experto y seguro él le rodeó la cintura. “¿En serio? Siempre atraigo a los gilipollas”, pensó. Aprovechando el improvisado y demasiado cercano abrazo, metió su mano en el bolsillo de la cazadora de cuero negro que llevaba él, cogiendo las llaves del coche y sacándolas silenciosamente y en un gesto rápido.

Salieron al frente del bar, con la carretera delante de ellos, aunque sin demasiado tráfico a esas horas.

–Mi amor, voy por cigarrillos, me los he dejado dentro –dijo con voz dulce. Sin darle tiempo a responder volvió a entrar al bar cogiendo al vuelo la mochila que había dejado apoyada en la barra, y salió disparada por la puerta que daba al exterior por la parte de atrás, donde se encontraban los servicios.

Rodeó el edificio hasta el lateral, pegada a la pared, y subió al Spider de un salto. La llave estaba dentro y el motor rugía antes de que la mochila cayese en el asiento del acompañante. Pisó a fondo el acelerador antes de soltar el embrague y torció la esquina del edificio derrapando, pasando por delante del tipo listo a toda leche, a escasos dos metros de él.

–¡Ehhh! –gritó éste con sorpresa– ¡Eh, eh! ¡Mi coche!

Ella pisó aún más el pedal, enfilando la curva que salía a plena autopista, pero aún pudo observar por el retrovisor cómo el muy cretino le tiraba un beso al aire.

–¡Disfruta tu autopista, princesa!  ¡Ya hablarás con la policía!

La chica levantó la mano izquierda enseñándole su mejor dedo –¡Que te den!, ¡A mí los polis me besan los pies! – gritó para sí misma.

Eso había pasado hacía tres noches, y ningún policía se había molestado tan siquiera en mirarla. Las patrullas de carretera la ignoraban y parecía más bien que le hacían la ola cuando pasaba. “Venga chicos, poned algo más de vuestra parte y hacedme el viaje divertido, ya os veo pintando panteras en el arcén”, se mofaba.

Conducía sin descanso hacia el norte, parando solamente para echar gasolina y comprar algo de comer. No sabía dónde iba, ni le importaba, necesitaba llegar muy lejos, tan lejos como fuese posible, casi casi hasta el final, el final de sí misma si era necesario. Donde nadie diese consejos, pasando la frontera, con su mochila y sus recuerdos, sus botas camperas y su tatuaje de la calavera en el brazo. “Debería tatuarla en el cristal, para que todos pudiesen verme venir de lejos”.

Pisaba el acelerador con furia, disfrutando la velocidad y dejándose hipnotizar por las rayas de la autopista hasta que éstas parecían bailar como coristas de cabaret. Pocos coches conseguían adelantarle pero aquellos que iban de tipos duros y se cruzaban en su carril pagaban las consecuencias. Más de uno había pasado serios apuros y hasta estuvo a punto de salirse de la carretera. ¡Que se quitasen todos de en medio!¡Era suya! Solo ella marcaba el ritmo y su volante no vacilaba, parecía que en el cielo todos los santos eran de su bando y rezaban por ella.

La rabia se pintaba en su cara como si de un diablo de la carretera se tratara, pero ella sabía que estaba huyendo. Las lágrimas escaparon de sus ojos y las enjugó con violencia mientras de un volantazo cogía una salida de la autopista.  Quemando las ruedas frenó en otra triste gasolinera llena de mierda, y estampó sus puños en el volante con fuerza, llorando y apretando los dientes. Estuvo ahí un rato, desahogando su furia y tratando de tranquilizarse, diciéndose a sí misma que tenía que hacerlo, sólo sería una llamada, una sola, pero tenía que hacerla para poder seguir adelante sin remordimientos y romper definitivamente con su anterior vida sin hacer daño a la única persona que le importaba en este mundo.

Decidida y más tranquila, con los surcos de las lágrimas en sus mejillas, se dirigió a la cabina que había al lado de la gasolinera. El chico que la atendía la siguió con la mirada sin demasiado interés. Introdujo varias monedas en la ranura y marcó el número que conocía tan bien, con la cabeza entre los hombros intentando protegerse del rugido del viento. Por favor, que cogiese el teléfono ella, por favor…

–¿Quién? –sólo había sonado una vez, parecía que alguien estaba pendiente de esa llamada– ¿Quién? –la voz sonaba impaciente– Cristina, ¿eres tú? –era ella.

–Hola hermanita, claro que soy yo –las lágrimas caían de nuevo pero su tono fue jovial– Quién va a ser, ¿Bon Jovi? Anda que no te gustaría…

–Joder, ¿se puede saber dónde estás? Llevamos cinco días sin saber de ti, me tenías muerta de preocupación –sonaba entrecortada, le partía el alma– Papá está como loco, no te puedes imaginar –añadió bajando el tono, casi en un susurro.

–Mira, dile a papá que me importa una mierda, que me voy de la ciudad. Por mí podéis quemar la ciudad entera, con sus rascacielos, sus postes de luz, camiones de bomberos, tribunales y bares, porque no voy a volver –dijo con furia apretando los dientes.

–Cristina, por Dios, ¿qué estás diciendo? Estamos preocupados…

–Imagino que tú si –la interrumpió– Esperaba que contestases tú, sólo quería despedirme de ti. Eres la única persona importante que queda en mi vida, pero de verdad que tengo que irme. Intentaré llamarte de vez en cuando, pero estate segura de que estaré bien, ya me conoces… –sonaba más dulce ahora–Cuídate chiquilla, y piensa por ti misma, no dejes que te mangoneen como han intentado hacerme a mí… y en cuanto estés preparada para venir conmigo tendrás un sitio a mi lado.

–Pero Cristina…

–Anda, ¡no me montes el drama! –no sabía si podía aguantar mucho más tiempo sin que se le quebrase la voz– Y a los chicos les dices que no volveré más, que te cuiden mucho y no se pasen contigo ni un pelo, o les caerá la más grande –bromeó– Adiós enana, volveré a llamarte cuando pueda.

–Cris…

Colgó sin darle tiempo a decir nada más.

Más tranquila, sintiendo que había hecho lo que debía, volvió a subir al coche y salió de la gasolinera llenándolo todo de polvo. El tipo listo tenía razón, ella era la princesa de la autopista, no tenía nada detrás, sólo kilómetros delante por recorrer, y la luna iba a pasar noches y noches oyendo el ruido de su motor.

Este relato es una colaboración de la escritora Carmen Flores Mateo. Puedes leer más relatos en su página de Wattpad:

http://www.wattpad.com/user/CarmenFMat

¡Mil gracias, Carmen!

Imagen: viajeaestadosunidos.es

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3 thoughts on “Voy en un coche (por Carmen Flores Mateo)

  1. ¡Que vida tan épica, le espera a Cristina! Me gustó mucho tu relato. Carmen y esa canción le da ese aspecto divertido y gracioso que le da a la historia.

    Saludos Karuna ^^

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