La tanatonauta

tanatonautaLa desesperación es la única arma que resulta totalmente efectiva para vencer al miedo. Por eso, cuando llegamos a un momento en que lo hemos perdido todo, en el que lo único que nos queda es nuestra necesidad, nos atrevemos a sobrepasar límites que nunca habríamos osado imaginar siquiera.

Hace unos meses, me convertí en tanatonauta. Una viajera de la muerte. Y lo hice porque estaba sumida en la más absoluta desesperación. Veréis: hace un año estaba con mi hijo de cuatro años en un bulevar, jugando con él a la pelota. Pero la pelota se escapó, mi niño fue detrás de ella, y el conductor del coche no lo vio. O, si lo hizo, le dio igual. Nunca llegué a saberlo, porque se dio a la fuga. Y así fue como me quedé sola con mi desesperación.

Cuando te conviertes en madre, tu forma de ver la vida cambia. Ya no piensas en ti, sino que, pase lo que pase, tu primer pensamiento siempre está en el bienestar de tu pequeño. Si a tu hijo le sucede algo malo, no dejas de pensar en qué habrías podido hacer mejor. Pero cuando ves a tu niño tirado en medio de la calzada, con un golpe que ennegrece su frente y su carita, con los ojos cerrados, convulsionándose, mientras ves que la fuerza va abandonando su pequeño cuerpo, sólo te quieres morir. Eso fue lo primero que intenté hacer nada más enterrar a mi niño. Pero no lo conseguí. Y no volví nunca a intentarlo, pues al despertar tras el lavado de estómago, me di cuenta de que ni siquiera la muerte podría darme la paz.  Si quería sentir un mínimo de tranquilidad, tenía que saber que, dondequiera que se encontrase, ahora mi pobre Nico estaba bien.

Por eso comencé a ir a la iglesia, a leer la Biblia y a hablar con algunos sacerdotes que se encontraban por allí. Esperaba que alguno pudiera darme alguna certeza de que mi niño estaba bien. Ellos me aseguraban que así lo creían, me hablaban de la resurrección de Jesucristo, del alma… pero luego no se ponían de acuerdo. ¿Resucitamos nada más morir? ¿Al tercer día? ¿Tendremos que esperar al Apocalipsis para volver a vivir? Hasta que, un día, una monja muy menudita se me acercó en la iglesia. Se sentó a mi lado en el banco de madera de la capilla y me dijo que, además, era enfermera. Y que la acompañase.

Tras un largo paseo bajo la lluvia de noviembre, entramos en el hospital por una puerta trasera y ella me condujo hasta los quirófanos. Para entonces, ya estaban todos los pacientes durmiendo. Allí, me presentó a dos médicos de mirada cansada pero que se fijaron en mí con un interés casi ávido. Esto es confidencial y, por supuesto, clandestino, me dijeron. Inducimos la muerte a pacientes voluntarios. Esperamos unos pocos minutos y luego comenzamos la reanimación. Después, nos cuentan lo que han visto. Lo que hay al otro lado.

La propia monjita había participado una vez en el experimento. Aseguraba que había visto su cuerpo desde fuera, y luego una luz, una sensación cálida, y agradable, justo antes de regresar. No había podido volver a intentarlo, pues poco después le diagnosticaron una enfermedad de corazón. Pero aquello, decía, había reforzado su fe.

A mí lo de morir me importaba menos que a ella. En realidad, mi único y, como ya he dicho, desesperado deseo, era hallar la certeza de que Nico estaba bien. No había otra forma de saberlo. Así que tardé pocos segundos en decir que sí. Y que cuanto antes. No me importaba que fuera aquella misma noche. Y los dos médicos se miraron sorprendidos, pero el brillo de la ilusión en sus ojos no me pasó inadvertido.

Lo cierto era que no había vuelto al quirófano desde que había dado a luz a Nico. Me seguía pareciendo un lugar frío, seco, demasiado impersonal para la cantidad de emociones que se condensaban en él. En mi caso, mientras tiritaba bajo aquella manta de color verde y me sentía cegada por las luces cenitales, la incertidumbre, la emoción y la culpabilidad, que nunca se separaba de mí, me embargaban. Después, el olor del plástico de la mascarilla sobre la nariz, un pinchazo al ponerme la vía, la sensación pegajosa de los electrodos que adhirieron a mi cuerpo, plagando mi cabeza de ellos. Poco a poco, mientras oía el pitido de la monitorización y veía cómo empezaban a inyectarme sustancias cuyos nombres no había oído nunca, empecé a sumirme en una sensación onírica, parecida a una alucinación o a un sueño de fiebre. El sopor comenzó a invadirme, hasta que sentí aquel fuerte y eléctrico golpe. Debió de ser una descarga con el desfibrilador, para mí fue como un impacto en la cabeza que hizo que dejase de percibir, pero sólo durante un instante. Después, cuando abrí los ojos, me vi flotando en el quirófano. Vi mi cuerpo, la cara muy pálida, y a los dos cirujanos y la monja enfermera a mi alrededor. Contaban el tiempo para reanimarme, pero pronto dejé de verlos. Vi el túnel. Sí, ese famoso túnel al que dicen que te vas precipitando. Sentía un anhelo, una sensación de la paz que está por llegar, una calma que comienza a invadirte. Al llegar hasta la luz, me sentí cegada, no podía ver nada, aunque seguía caminando, pisando un suelo firme, pero mullido y cálido, mientras me aproximaba hacia una puerta. La luz que salía de ella era más cálida, y había una persona en el umbral. Era muy pequeño, apenas llegaba a la mitad de la puerta, pero, al estar tan deslumbrada, no podía distinguir nada más que su silueta, Desesperada, ilusionada, avancé deseando ver su cara. Tenía que ser él. Nico, mi amor. Cuánto te he echado de menos, cuánto siento que…

Pero la puerta se cerró antes de que yo llegase. Me detuve en seco. Empecé a girar a mi alrededor, pero no vi ninguna puerta más. Sólo la luz blanca que me cegaba de nuevo, que me inundaba de paz, pero que, a la vez, me indicaba que no había llegado al final del camino. Volví a sentir un golpe, como una sacudida, muy fuerte, en el pecho. Y volví a mi ser. Sentí la misma sensación de sueño de fiebre, oí vagamente a los médicos murmurando. Luego supe que había estado clínicamente muerta durante dos minutos y treinta un segundos.

La segunda vez fue el mes pasado. Los médicos preferían esperar al menos cuarenta días entre un experimento y otro, para monitorizar todos los cambios, asegurarse de que el estado de salud era el adecuado. Para recabar cualquier mínimo detalle de lo que había experimentado el paciente. La monja y yo nos hicimos amigas y tomábamos café juntas por las tardes, mientras leíamos libros y artículos científicos sobre experiencias cercanas a la muerte.

Esta segunda vez estuve cinco minutos muerta. Sin embargo, seguía sin lograr llegar a Nico. Antes de llegar a la puerta, mi vida comenzó a pasar ante mis ojos, desde mi infancia y mis años de juventud hasta mi embarazo, mi parto, el atropello de mi niño, mi intento de suicidio, mis últimos días. La misma silueta estaba esperándome en la puerta, aquel dulce niño. Vi sus ojitos, sus grandes ojos castaños, pero mi ilusión volvió a verse truncada. Me desperté llorando. ¿Cómo podía estar segura de que había visto a Nico? Algo en mi mente seguía pensando que podía, simplemente, tratarse de algo que estaba haciendo mi mente, que luchaba por conseguir consuelo para lo peor que le puede pasar una madre. O, tal vez, algo en aquel extraño mundo lleno de paz y de sensación de trascendencia era consciente de que yo sólo estaba allí de viaje, de que era una tanatonauta, una turista en el mundo de los muertos y, por eso, no me dejaba llegar hasta esa puerta.

Así he llegado a esta noche. La noche de mi tercer viaje.

-Quiero que prolonguéis el tiempo hasta diez minutos como mínimo.

Los médicos se miraron, alarmados.

-Sí, ya sé que será más difícil, pero no imposible. He leído sobre ello. Además, me dijisteis que nadie había pasado de los siete minutos. ¿No queréis tener información nueva?

Volvieron a cruzar sus miradas, respirando profundamente. Ansiosos, pero asustados a la vez. La enfermera posó la mano sobre el brazo de uno de ellos y, cuando la miró, asintió con gesto convincente.

-De acuerdo.

El quirófano era más frío aquella noche. Más impersonal, ni siquiera sentía mis propias emociones. Me dieron varios escalofríos. El olor de la mascarilla era más penetrante, ácido y espeso. Los pinchazos me dolieron más. La sensación de pérdida de realidad fue más fuerte. Apenas me vi un instante flotando en el quirófano antes de volver a sumirme en aquel túnel de luz. En aquella ocasión, comencé a oír voces. De mis abuelos ya fallecidos, de otros que ya habían pasado al más allá. Luego, un llanto de un bebé. Tenía que ser Nico. Luego, pude oír su risa. Avanzaba por el túnel, la sensación de paz era intensa, pero tal vez demasiado, Se me clavaba, casi me dolía. Y volví a llegar a aquella zona luminosa. De nuevo, la luz blanca me cegaba, pero veía otra vez aquella puerta abierta. Y aquella silueta de niño. Avancé, quería darme prisa, no fueran a llevarme otra vez de regreso. Volví a ver los ojos, que me miraban con alegría. Me esforcé en acercarme un poco más, mi desesperación me empujaba, mientras algo que yo no controlaba parecía empezar a tirar de mí para volver al oscuro túnel. Un par de zancadas más. La luz dejó de cegarme. Y allí estaba Nico. Mi precioso Nico. Quise pedirle perdón y también llorar, pero sólo pude devolverle la sonrisa.

-Mami, estoy bien – me dijo, rozando por un instante mis dedos con su pequeña manita. Hizo que mi alma se estremeciera-. No estés triste. Pero todavía no puedes venir conmigo.

El golpe me dolió. Fue mucho más que un portazo. Todo se volvió negro. No estaba en aquella zona de luz, ni tampoco en el túnel. Me encontraba mirando a la oscuridad, a un muro negro de tinieblas, mientras sentía frío a mi alrededor. Mi sentido del tacto se había agudizado tanto que era consciente de todo lo que tocaba mi piel: el suelo, el aire frío que respiraba, la seca e inerte sensación del quirófano, parecida al tacto del cuerpo de mi niño cuando lo había abrazado por última vez antes de enterrarlo. El olor a desinfectante y a productos químicos. Los pitidos de las constantes vitales. Pero no podía ser. Porque, aunque estaba mirando a una pared oscura, estaba segura de que me encontraba de pie.

-¡Ya está, ha vuelto! – dijo con entusiasmo y alivio uno de los médicos.

Pero la voz me había llegado desde atrás. Una sensación de terror, indicándome que algo iba terriblemente mal, me sacudió como la más fuerte de las descargas que hubiera recibido. Lentamente, me di la vuelta y me vi, tumbada en la camilla del quirófano. Había abierto los ojos, pero yo no estaba ahí dentro. Totalmente presa del pánico, me giré y miré a un lado y a otro, y pude distinguir demasiadas sombras, que susurraban, reían, se lamentaban. No podía ver sus rostros, pero se movían en las tinieblas, entre las zonas poco iluminadas del quirófano, de forma brusca, inquieta. Se carcajeaban, burlonas, en un tono demasiado antinatural, oscuro, como si la vida y la muerte, el bien y el mal, se hubieran desdoblado creando sombras demasiado marcadas, tanto que no era posible atreverse a percibirlas por completo.

Daño cerebral. Así lo llamaron los médicos cuando al día siguiente apareció el jefe de planta del hospital. Mi cuerpo seguía tumbado, con los ojos abiertos, y las constantes perfectamente controladas, pero sin pestañear, sin realizar mayor movimiento que el del diafragma y los pulmones que, acompasadamente, conservaban aquel trozo de carne vacío. Yo permanecía a su lado. Pero para mí la única palabra que podía describir aquello era vegetal. Un cuerpo sin alma, enganchado a las máquinas. Pero, tal y como me temía, mantuvieron aquel vegetal enganchado. Al poco tiempo, hubo que llenarlo de sondas y tubos que realizasen la mayor parte de las funciones. El cuerpo comenzó a deteriorarse mientras los juicios se sucedían. Los cirujanos y la monjita acabaron en la cárcel. Pero nadie me desconectó. Y yo seguía, manteniéndome día a día junto al cuerpo, esperando que, algún día, le llegase la hora y que pudiera volver a ver aquel túnel, aquella luz.

Soy una tanatonauta. Una viajera de la muerte. En mis expediciones descubrí que mi hijo estaba en el más allá, en un lugar donde ya no existía dolor y que, aunque podía culpabilizarme por la tragedia que se lo había llevado tan pequeño, afortunadamente estaba bien, y feliz. Pero en aquel ir y venir por un trayecto tan transitado, me quedé atrapada en la estación de salida. Junto a tantas otras sombras a las que les debió de suceder algo parecido, que ríen y se lamentan y me producen escalofríos y terror, mi alma se ha llenado de sensaciones sobrenaturales mientras espero poder obtener mi billete de ida. Pues, cada vez que veo cómo mi cuerpo, enganchado a las máquinas, se va deteriorando, más lentamente de lo que yo desearía, tengo la brutal y desesperada certeza de que para mí ya no existe billete de vuelta.

Estatua de carne y hueso

sólo quieres escapar.

Porque es tu única salida.

El final de tu infierno.

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Ver amanecer (de Erik Cruz)

amour-death¿La verdad?, Es algo difícil de contar, pero ahí va:

Estaba asustado. Es la razón estándar, la razón que todo el mundo da para explicar comportamientos alienantes o ajenos a su personalidad. En esos casos suele ser mentira pero en el mío…

En el mío era cierto. Esa noche hacía un mes que nos conocíamos.

Creo que te he hablado de ella. La conocí en una muestra de arte romántico en el Metropolitan de Nueva York. Había viajado a los EE.UU. por razones personales.

Yo estaba admirando uno de mis cuadros favoritos, “La Abadía en el Encinar” de Friedrich.

Estaba absorto en la sensación de soledad que esa pintura me estaba transmitiendo, una sensación de serenidad que hacía tiempo no sentía; en realidad, hacía tiempo que no sentía nada.

-¿Por qué las ruinas de una abadía gótica? ¿Qué tiene eso de romántico?

Esas palabras se me clavaron en la mente como lo hacen las espinas de una rosa al rozarte la piel. Al girar la cabeza para ver a su dueña quede totalmente fascinado por su belleza, una belleza angelical de ojos de un azul profundo, pelo rojizo y piel pálida y suave.

-La soledad, el silencio, el recuerdo de glorias pasadas, supongo. – le contesté.

Nos quedamos mirándonos a los ojos durante una eternidad en la que el tiempo se detuvo, el mundo se detuvo, la vida se detuvo…

Tras volver al mundo de la vigilia me presenté. Ella hizo lo propio, su nombre era Rebeca.

Hasta ese momento me costaba relacionarme con la gente ajena a mis círculos, pero eso fue diferente, y por favor, no me preguntes por qué; simplemente escucha la historia. Después puedes preguntarme lo que quieras.

Tras una conversación de lo más enriquecedora, salimos de la muestra a tomar algo, ya sabes, algún bar o pub.

Al despedirnos intercambiamos números de teléfono y, tras una pequeña última charla, coincidimos en que la atracción era mutua y en que volveríamos a vernos.

Pasaron un par de días y por fin sonó el teléfono. Era ella. Por un momento volví a sentirme como un adolescente. Qué ironía, ¿verdad? Su voz era dulce y tranquilizadora, como un susurro. Esa noche la invité al apartamento que tenía alquilado, por los dos meses que iba a estar en el país. Cenamos, reímos, nos besamos y tras alguna que otra palabra hicimos el amor. Hacía mucho tiempo que no lo hacía y me sentí vivo de nuevo. Fue fantástico, como volver a revivir la juventud. Fue dulce, fue tierno, fue…real.

Ella  me abordó en el sofá cuando hablábamos del futuro inmediato. Empezó a besarme desde la frente hasta el cuello. En ese momento me estremecí. Nos desnudamos el uno al otro, la llevé en brazos al dormitorio y cerré la puerta tras de mí. La oscuridad estaba rota solo por una pequeña vela en la mesilla de noche, pero no hizo falta más luz, la magia nos rodeaba.

Hicimos el amor durante horas, horas que parecieron días, días que parecieron años, años que parecieron una eternidad que, a su vez, fue efímera.

Nos despedimos antes de amanecer, ya que ella tenía que entrar a trabajar unas horas más tarde.

Pasaron los días y no cesábamos de vernos todas las noches, besarnos, de abrazarnos, de amarnos, de fundirnos el uno con el otro.

Durante esos días compartimos sueños, fantasías, secretos…

Durante esos días empecé a darme cuenta de que me estaba enamorando de ella. Enamorándome de ella.  ¡Ja!. ¿Yo? Yo que soy incapaz de amar lo más mínimo a ningún ser vivo.

Durante esos días me di cuenta de que…bueno, de que me gustaba estar con ella y me gustaba sentir lo que ella me transmitía…

Fue la noche en que hacía un mes que nos conocíamos, la noche en la que hacía un mes yo era o pretendía ser algo que no era. La noche en la que entré en razón.

Esa noche decidí que era suficiente.

Esa noche decidí que había de poner fin a esa farsa. Esa noche decidí que tenía que alejarla de mí, no quería hacerle ningún daño, no de ese modo.

Decidí que lo único que la alejaría definitivamente de mí era contarle mi terrible secreto. Sé que pensarás que estoy loco, que perdí el juicio, pero, por favor, no me preguntes por qué, simplemente escucha la historia. Después puedes preguntarme lo que quieras.

La llamé al anochecer a su teléfono móvil y la invité a cenar a mi apartamento esa misma noche. Ella accedió encantada y 3 horas más tarde llamó al timbre.

Estaba preciosa.  Sus ojos brillaban llenos de vida y su cara resplandecía de felicidad a la luz del pasillo. Llevaba un vestido blanco sin espalda, el pelo suelto y la cara sin maquillar, ella no lo necesitaba.

Por un momento pensé en no decirle nada, en desistir de mi intención y simplemente dejar las cosas fluir. Pero no fue más que eso, una idea fugaz.

La invité a pasar. Nos sentamos en el sofá y nos servimos unas copas de vino blanco.

Sentí una extraña ansiedad que iba creciendo en mi interior y que me hacía perder la calma, pero tenía que serenarme, tenía que tranquilizarme para poder decirle algo muy importante, algo que iba a dar un giro a su vida.

Estuve sin hablar mirando al suelo con la frente entre mis manos durante unos minutos. Ella me cogió la mano derecha y la besó pasándola después por su mejilla. Me levanto la cabeza hasta que mis ojos se encontraron con los suyos.

Era el momento. Ella mantenía una mirada de expectación ante algo que sabia iba a decirle, algo que ella sabía era importante.

No duró demasiado mi agonía. La verdad es que no sé de donde saqué las fuerzas ni el valor para decírselo, pero lo hice. Lo que realmente me asustó fue que ella no saliera corriendo aterrorizada por conocer mi secreto; mi secreto y posterior demostración. Simplemente me miró a los ojos, me besó y me dijo que quería saber lo que yo sabía, ver lo que yo veía e ir donde yo fuera.

Tras esto me abrazó y me ofreció su cuello desnudo.

Sí. Lo hice. Me alimenté de ella, pero no le di la inmortalidad.

Tras beber toda su sangre me quede mirando su cuerpo sin vida. Su cara seguía tan bella como siempre, sus labios eran tan rojos como siempre, su piel aun estaba caliente, pero sus ojos ya no me miraban. Sus ojos ya no tenían vida.

Sus brazos se fueron despegando poco a poco de mi espalda y sin dejar  de mirarla la deposité en el suelo.

Lo comprendí al verla tumbada, yo la quería, yo quería estar con ella, yo…¡¡¡Yo soy un monstruo incapaz de ver la vida ni de comprender el amor…!!!

¿Por qué la maté? Me asustaba la idea de pasar la eternidad junto a ella. Compréndelo: he estado solo durante siglos y no sabía si podría tenerla a mi lado eternamente.

Pero cada vez que cierro los ojos veo su cara, veo su vida corriendo a borbotones por mi garganta, veo que… que la eternidad sin ella no tiene sentido alguno.

La quería, la quería más de lo que jamás he querido a nadie durante todo este tiempo.

Esta noche no voy a salir a cazar. Esta noche no quiero alimentarme.

Esta noche me quedaré en la azotea mirando hacia el este.

Hoy quiero ver amanecer.

Solo algo antes de marchar:

No mates el amor, cuídalo y míralo de frente.

Adiós, amigo.

So many nights just slipped away

I felt I could make the beast go away

But you know my friend

The thirst inside will never end

 

I want to touch the sun in your eyes

I want to feed your dreams with my hands

Just bless me one more time

With your smile with your eyes

With your blood with your life


 

(En esta ocasión hemos dado la vuelta a la tortilla, éste es un relato escrito por Erik Cruz y a partir del cual compuso posteriormente la canción que habéis escuchado para su grupo Duendelirium. Desde aquí mi agradecimiento, pues ha accedido a que colguemos su relato sin poder revisarlo, y mi felicitación.)

 

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Imagen: librodearena.com

Conmoción

ConmocionCada noche, lo mismo. El mismo bar. En realidad, no había ningún otro en varios kilómetros a la redonda, por lo que siempre acababa allí. Era curioso ver cómo me miraba la gente. Les debía de parecer un pringao y prácticamente nunca nadie hablaba conmigo, salvo el qué tal  de recibo del camarero mientras me ponía copas. En realidad, no me importaba. Lo cierto es que si bajaba al bar todas las noches era por dos razones.

La primera de ellas era porque me gusta observar a la gente. Me siento a una esquina de la barra, mientras bebo mi cerveza y, como tengo un oído muy fino, me entero de todas las conversaciones. Es como ser el camarero. Después de la segunda cerveza ya nadie se da cuenta de que chilla, de que la música no está tan alta ni de que tras la barra – y, en este caso, en la esquina de la misma -, se oye todo. Además, no se me da nada mal leer los labios. Con todo lo que veo, las relaciones humanas, aprendo mucho. Luego, compongo canciones y me saco una pasta. Nadie en el bar imaginaría, por mi aspecto – desaliñado, con barriguita y un cutis terrible -, que me dedico a ello. Aunque lo que sí saben todos es que estoy forrado. Tal vez por eso me miran como si fuera raro, y a veces me critican, cuando creen que no los oigo. Aunque esto de criticar, es el deporte oficial del bar. Yo no suelo pensar tan mal de la gente, pero a veces me convencen que es cierto que vivimos en el país de la envidia. Doy un sorbo a mi cerveza, mientras empiezo a oír los primeros cuchicheos de la noche. Son un grupo de cuatro chicas, jóvenes, que suelen pasarse después de trabajar y se marchan siempre antes de la una. En principio parecen normales. Tal vez, sólo tal vez, una de ellas parece un poco estirada.

-No sé cómo lo hace. Nunca he visto a nadie llevar ese ritmo bebiendo cervezas. Ni ese ritmo de baile – dijo una de ellas, mientras otra le indicaba con un gesto de la mano que bajase el tono de voz.

-Está claro que se droga – dijo la que había ordenado a la otra ser más discreta -. ¿No la veis? No tiene ni una gota de grasa en el cuerpo. Eso no es normal. Con lo que bebe. Aunque a mí personalmente me parece que no tiene curvas, eso no es atractivo.

-A lo mejor se mete los dedos después de comer – añadió una tercera amiga, que solía hablar poco, pero siempre para hacer sugerencias morbosas.

-Yo creo que estáis exagerando-las contradijo la única que me caía medianamente bien del grupo-. Lo único que pasa es que ése es su metabolismo. Y que no para de bailar, por eso lo quema todo. Lleva la marcha en el cuerpo. La verdad que me encantaría tener esa genética. Esa piel tan bronceada, yo no cojo el sol ni después de todo el verano en la playa…

Las cuatro chicas callaron a la vez que bebían, todas a la vez, un sorbo de sus cervezas. También, al mismo tiempo, se giraron para mirar al objeto de sus críticas.

Que era, ni más ni menos, mi segunda y más poderosa razón para acudir a aquel bar cada noche. Surina se llamaba. Y llevaba ya un buen rato bailando. Se movía con la cadencia, elegancia y gracia habituales de los de su tierra. La que ella tanto añoraba y a la que hacía una mención siempre que el camarero le servía la siguiente cerveza. Era, simplemente, preciosa. Su piel tostada, sus enormes ojos. Apenas hablaba, aunque a mí me encantaba su exótico acento habanero, pero lo decía todo con los ojos. Suspiré y bebí mientras la miraba, una vez más. Ella se dio cuenta y me dedicó una sonrisa que salió más de sus pupilas que de sus labios. Lo cierto era que, desde que habíamos pasado aquella noche juntos hacía ya más de un año, no habíamos cruzado palabra. Aunque ella nunca dejó de saludarme con la mano ni de sonreírme cuando me cazaba mirándola. Sentía un escalofrío cada vez que recordaba haber tenido entre mis brazos y entre mis sábanas a aquella belleza de encantadora y exótica mirada. Lo recordaba cada día, cada noche. Pero me mantenía en mi sitio. Ella volvía cada noche al bar, pues el camarero la invitaba a cuantas cervezas quería – y éstas solían ser muchas -, pero ahora ella estaba con otro. Un imbécil. Pero eran del mismo sitio. Y supongo que eso une. Aunque te una a un camello de mierda. Un camello de mierda que no hace más que mirar lascivamente a todas las tías del bar cada vez que te das la vuelta. Un camello de mierda que está enganchado a su propio veneno. Me daba ganas de vomitar.

Y justamente allí apareció el objeto de mis náuseas. Di un nuevo trago haciendo un intento por ahogar mis flujos gástricos y me quedé mirándoles. Se acercó a ella. Estaba sudoroso o, más bien sería adecuado decir que no lavaba su ropa, ni su pelo, muy a menudo, y por eso parecía estar así.  Con un gesto poco respetuoso la agarró por su escuálido trasero y la atrajo hasta la barra. Ella trató de darle un beso a modo de saludo, pero él la apartó. Temblaba. Mucho. Se apoyó en la barra dándome la espalda. Ella lo miraba, con sus expresivos ojos visiblemente asustados.

-Surina, ¡joder! Deja de jugar a que todo va bien. Esto es muy serio. Pídeme una copa.

La chica obedeció, con una actitud que me pareció casi sumisa. Y yo cada vez odiaba más a su novio.

Surina cruzó una mirada con el camarero y éste pareció comprender. Un whisky on the rocks se deslizó por la barra, hasta las manos del camello, que se lo bebió de un trago, sin soltar a Surina de su irrespetuoso abrazo.

-He hablado con mi jefe – estaba hablando demasiado alto. Qué fácil era oírle-. Y me dice que no puede hacer nada por mí. Que si he perdido la mercancía es mi problema. No me va a ayudar a recuperarla ni a pagarla. Pero es demasiada pasta. Lo único que he conseguido es un poco más de tiempo. Dos días. ¿Qué demonios voy a hacer? Surina, ¡me van a matar! ¡No puedo conseguir tanto dinero en tan poco tiempo! ¡Ayúdame!

Los ojos de Surina lo decían todo, como siempre. Terror. Pánico. Desesperación e impotencia. Alguien iba a cargarse a su novio. Pero ella no tenía ni idea de qué hacer. Él no me daba ninguna pena. Pero ella sí.

Y ella reparó en mi mirada. Se dio cuenta de que les había estado escuchando. Cohibido, bajé los ojos y me escondí detrás de un nuevo trago a la cerveza.

-¿Qué pasa?

Mierda. El camello se había dado cuenta. Se giró y me miró.

-¿Estaba escuchándonos? – le preguntó a su chica, sin soltarla.

Parecía molesto, pero de repente pareció caer en algo.

-¡Ya está! Ya lo tengo.

Abrazó a Surina mientras le pegaba los labios a la oreja. Vaya, así sí que me era imposible saber lo que decía. Ni podía oírle ni leer sus labios. Pero podía leer en los ojos de ella. Se había asustado, y mucho, por lo que había dicho.

-¡Venga, Surina, joder! –la increpó, mientras la zarandeaba- Si no lo haces estoy muerto. Está forrado y babea por ti. Seguro que le parece bien – sus ojos empezaron a brillar-. No llores, ¡joder! Vamos.

La agarró por el brazo, demasiado fuerte. Y la trajo hacia mí. Ella miraba al suelo. Estaba demasiado incómoda. Y, a todas luces, se sentía humillada.

-Oye tío. He visto cómo miras a mi chica. Te voy a proponer algo que seguro que te va a encantar. ¿Cuánto me das por pasar una noche con ella?

Si hubiera sido cualquier otra persona, me habría atragantado ante semejante propuesta. Pero en aquel miserable ya me lo había imaginado. Miré a Surina. Seguía con los ojos bajos y trataba de disimular las lágrimas. Rememoré una vez más aquella noche que habíamos pasado juntos, y cómo reía y se divertía. Ahora, agarrada del brazo por el miserable de su novio, no era ni una sombra de la feliz mujer que siempre bailaba y sonreía.

-¿Cuánto necesitas? – le pregunté.

Él sonrió. Satisfecho. Aliviado. Poco le importaba lo que quería obligar a hacer a su chica. Me dijo una cifra.

Saqué la cartera. Saqué la chequera. Escribí el número. Firmé.

-Toma. Ya está – dije mientras le entregaba el papel sin siquiera mirarle a los ojos. En su logar, me dirigí a ella-. Y no te preocupes, Surina, no tienes que hacer nada. Faltaría más. Que tengas que venderte por los errores de éste…

-¿Cómo? – me espetó el camello indignado.

-Creo que la palabra que buscas es gracias.

-¿Quieres que te parta la cara? Claro, tú estás forrado, no sabes lo que son estos problemas y…

Surina lo zarandeó. Su mirada de furia lo transmitía todo. Me sorprendió que hubiese logrado intimidar al macarra de su novio con un solo gesto. Lo empujó con la escasa fuerza de sus flacos brazos y se acercó a mí, sonriente. Agradecida, no. Conmovida. Posó sus manos en mis hombros. Luego deslizó sus dedos por mi nuca y me atrajo hacia ella.

Qué feliz me hizo.

Por un beso de La Flaca yo daría lo que fuera.

Por un beso de ella, aunque sólo uno fuera.

Por un beso de La Flaca yo daría lo que fuera.

Por un beso de ella, aunque sólo uno fuera, aunque sólo uno fuera.

 

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Deseando aullar

moonMientras camino por el paseo marítimo y la brisa nocturna que viene del mar la despeina ligeramente, todos los caminantes se la quedan mirando. Les falta poco para babear. Luego se fijan en mí. No sé lo que pensarán, pero en mi mente lo imagino: “¿Cómo puede ser que un tío tan normal lleve de la cintura a ese bombón?”. Ella no deja de hablar, me pregunta, me ríe las gracias, de vez en cuando me planta un besito en el cuello. Yo sonrío, vanidoso, pero me cuesta hacerlo.

—¡Bajemos a la arena! – me dice ella, que empieza a descender a todo correr los escalones.

Al llegar abajo, se descalza y comienza a caminar hacia el mar. Yo me recreo unos instantes mirándola, repasando los pocos días que hemos pasado juntos desde que nos conocimos en el estudio de grabación de Miami. La verdad es que es espectacular: guapa, un cuerpo de diosa, divertida, y encima le gusto. ¿Qué más podría pedir?, me pregunto, mientras veo cómo se van marcando sus huellas en la arena junto a la orilla del mar.

—¡Vamos, ven! ¿Qué te pasa?

Tardo un momento en darme cuenta de que se me ha quedado mirando, inexpresiva. Sacudo la cabeza. Por un segundo, me ha parecido ver otras huellas en la arena, junto a las suyas. Pero eso fue hace mucho. Y una ola acaba de venir y ha borrado las dos filas de huellas. Sonrío forzadamente.

—Nada, es sólo que no me gusta mucho el mar.

—¡Venga ya! – replica, socarrona mientras deja escapar una dulce carcajada.

Luego corre hacia mí, se cuelga de mi cuello, me besa. Dios mío, qué bien besa. Qué maravilla de cuerpo el suyo, que siento que pega contra el mío.

—Vámonos, por favor. En serio, me molesta el ruido de las olas, de la espuma.

—¿De la espuma? – pregunta antes de volver a reír. Después, me toma dulcemente de la mano y emprende el camino hacia mi cabaña en la playa.

¿Se puede saber qué demonios me pasa? Tengo a una diosa a mi lado, que me adora, me desea, no quiere hacer nada más que prestarme atención y complacerme y yo…

… yo abro la puerta y la dejo entrar en mi cabaña. Una vez más.

—¿Música? – dice, tras caminar resueltamente hacia la radio.

La emisora entona una melodía lenta, conocida. Ella comienza a bailar. Dios mío, qué bien baila…

—No, lo siento, no tengo ganas de bailar – la contradigo, dándome cuenta de que he sido demasiado brusco. Me acerco a ella, la abrazo y beso su mejilla, mientras cambio de emisora varias veces, hasta dar con una en la que se retransmiten un debate —. ¿Quieres una copa? – pregunto, mientras me acerco al mueble bar y señalo las botellas con la mano.

—De acuerdo. Muchas gracias.

Gintonic – digo, mientras preparo la copa con sumo cuidado.

—Ya empiezas a conocer mis gustos, qué bien. Vaya, ¿qué es esto?

—¡Hey espera, deja eso! – le digo mientras me acerco rápidamente a ella con la copa en la mano.

—“Tras una promesa sin cumplir” – lee ella en la hoja que ha cogido de la mesita de noche —. ¿Es una nueva canción para grabar?

—Pues es una canción – respondo raudo—. Pero no sé si la grabaré o si haré algo con ella. Tal vez me la quede para mí.

—Vaya, veo que estar aquí te ha inspirado – me sonríe antes de besarme —. No sabes cuánto me alegro.

—En realidad, no estoy seguro. Es decir, a ratos me siento muy inspirado, pero en otros momentos siento que pierdo por completo la inspiración. Es difícil de explicar.

—¿Y de qué trata la canción?

—De una historia que le sucedió a una amiga— respondo con rapidez, pero evito mirarla a los ojos. Aunque, en realidad, lo que le he dicho no es del todo mentira.

—¡Qué bonita! Pues ya la escucharé, si es que finalmente decides no guardarla para ti. Pero ahora – dice, quitándome la hoja de las manos y dejándola caer de nuevo sobre la mesita de noche —, vamos a buscar otro tipo de inspiración. ¿Te parece bien?

Deja la copa junto a la partitura, se abalanza sobre mí, me besa, el empujón me tiende sobre la cama. Ella se me sube encima. Qué bien besa. Qué precioso cuerpo. Espero que la partitura no se haya manchado con el gintonic.

***

Mi reloj digital deja escapar un tímido pitido. Las tres de la mañana. Con este leve sonido, ella se despierta, mira a su lado y ve que ya no estoy en la cama, sino de pie, mirando por la ventana. Hacia el mar.

—¿Estás bien? – me pregunta con voz soñolienta —. ¿Te sucede algo?

—No, nada, no te preocupes. Es la luz de la luna llena, que no me deja dormir – contesto, mientras bajo las persianas con demasiada delicadeza, y la habitación queda sumida en la más absoluta oscuridad.

Mientras siga viendo tu cara en la cara de la Luna,

mientras siga escuchando tu voz entre las olas, entre la espuma.

Mientras tenga que cambiar la radio de estación

porque cada canción me hable de ti, de ti, de ti,

me hable de ti.

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Además, este relato es una petición de Natalia Robledillo, espero que le haya gustado la historia que acompaña a su canción. Si tú también quieres que hable de tu canción, descubre cómo hacerlo haciendo clic aquí.

Imagen:klaraadalena.com

Algunas lecciones que aprender de la crisis (especial para jóvenes).

chica bajo la lluvia (1)El aire en Barcelona es húmedo, pero más frío de lo esperado para un mes de mayo. Las dos chicas llevan cazadoras y dudan que puedan permanecer mucho tiempo en la terraza en la que se han sentado a tomarse una cerveza. Pero llevaban demasiado tiempo sin verse y les importa poco el frío o la lluvia. Sonríen y brindan por haberse reencontrado.

-Pero sólo una, claro. En estos tiempos, sentarse y tomarse una cañita ya es todo un lujo.

-Pues sí, pero por lo menos aún podemos tomarnos una. Hay gente que está mucho peor. Por cierto, ¿cómo van tus ataques de ansiedad?

-Ahí van. Hay días mejores y días peores, de vez en cuando tengo que tomarme un Trankimazín. La verdad es que, por lo menos, ya detecto el momento de hacerlo. ¿Y tú?

-Pues mira, la verdad es que bastante mejor. Es decir, si te tengo que contar mi situación laboral, económica o sentimental, posiblemente el panorama no suene de lo mejor, pero yo me siento muy tranquila conmigo misma. Y creo que, gracias a eso, estoy mejor.

-Vaya, a mí me parece muy difícil estar tranquilo cuando las cosas te van mal. No dejo de pensar en que no encuentro trabajo, en cuándo mejorará la situación, en que no quiero seguir pidiendo ayuda y aceptando trabajos en los que me explotan. No sé, es como no ver la luz al final del túnel.

-Sí, te entiendo perfectamente, pero cuando pienso así, ahora me doy cuenta de que es cuando está todo más oscuro cuando resulta más fácil ver la poquita luz que hay. Y he dado un giro de 180 grados a cómo pensaba. La verdad es que estaba un poco harta de oír eso de que “hay que aprender a gestionar las emociones”, suena muy bien, ¿pero cómo vas a gestionar tanta decepción a la vez, si intentes lo que intentes vas viendo que no va a servir de nada? Pues mira por dónde, sí se puede. Creo que he perdido 6 kilos en dos meses porque no tenía ni hambre, pero aquí estoy, no me he muerto y ¡sorpresa! He visto que esto tampoco me ha vencido, he conseguido volver a levantarme.

-Ya, pero no es plato de buen gusto estar así.

-Por supuesto que no, pero es importante aceptar que en la vida tendremos siempre malos momentos. Pueden ser crisis económicas, de vocación, sentimentales, familiares, de salud, en fin, mil cosas, pero luchar contra la marea, pensando que estamos en igualdad de condiciones, es absurdo. Las cosas ya han pasado y, hasta que no aceptemos que han sucedido, no podremos decidir cómo responder, cómo seguir adelante. Con nuestra forma de ser, pasa lo mismo: cuando las cosas nos van mal, tendemos a pensar que es culpa nuestra, que podríamos haber hecho algo para controlar la situación y que hubiera salido bien. A veces, esto es cierto, o al menos en parte, pero tenemos que ser lo suficientemente humildes para aceptar que no depende todo de nosotros y que a veces, simplemente, suceden cosas malas, o que nuestra estrategia no ha funcionado. No porque seamos buenos o malos en esto. Simplemente ha sucedido. Y sólo si aceptamos esto podemos centrarnos en lo que realmente va a seguir, que es tu vida contigo mismo. Y empezar a cuidarnos y respaldar nuestras decisiones, aunque salgan mal. Después de todo, la vida sigue. ¿O habías pensado que, cuando termine esta crisis, si es que termina, ya nunca más ibas a tener problemas?

-Uff, calla, que sólo de pensarlo, me agobio.

-Claro, pero no intentes controlarlo. Si te agobia, deja que te agobie un rato. Luego se te pasará y sacarás tus conclusiones. Cuanto antes aceptes la emoción, antes pasará. Y así le quitas papeletas a la ansiedad para volver a salir. Engañarte y hacerte creer que no te sientes así no hará sino que se prolongue o que salga en el peor momento y en forma de enfermedad nerviosa. Una vez que veas que se pasa, de hecho, te darás cuenta de que una sensación negativa es molesta, la sientes en el cuerpo y te hace daño, pero luego se va mitigando, extinguiendo. Y la próxima vez que te venga, sabrás que es así. Mejor respirarlo cuanto antes y que se largue cuanto antes también, ¿no?

-Pues sí, visto así, tiene su lógica. Pero no creo que pueda quedarme sentada esperando a que todo acabe, que llegue otra oportunidad o poniéndoles velas a los santos.

-No, yo no he dicho eso. Sino que hay que partir de que la lucha es dura y lo seguirá siendo. Pero cuanto antes lo asumamos, antes dejaremos de culpabilizarnos si nos explotan en un trabajo o si no encontramos uno, como si no sirviésemos o algo. Hay que asumir que el panorama es malo, que no todas las cartas las tenemos nosotras y que puede que a veces las cosas buenas sucedan por un golpe de suerte o por machacar y machacar y llamar a mil puertas. Y también que podemos tener mala suerte. Pero tendremos la tranquilidad de que la parte que podíamos hacer la hemos hecho. En ésa es en la que tenemos que quedarnos para poder tener un poco de tranquilidad y dormir bien. Nosotras tenemos una suerte aún en esta historia: no tenemos hijos, tenemos padres que nos respaldan.

-Ya, pero a mí no me gusta tener que pedirles ayuda, llevan toda la vida haciendo cosas por mí.

-Pues a mí me sucede igual. Me parece injustísimo haber perdido mi independencia y tener que pedir ayuda. Pero, ¿sabes qué? Para eso está la familia, para apoyarnos unos a otros. Y seguro que si algún día ellos se ven en una situación mala tú también harás todo por ayudarles. ¿No es mejor verlo como la ocasión que has tenido para saber que tu familia te va a respaldar siempre que pueda? Estoy segura de que a ellos también les preocupa nuestra situación, aunque no les haya afectado tan directamente esta crisis. Les parece tan injusto como a ti y a mí que, después de prepararnos tanto, nos veamos en esta situación. Pero en fin, es lo que hay. Es mejor aceptarlo y ver, en la situación en la que estamos, cómo podemos movernos y reaccionar.

-Ya, todo lo que dices me suena súper lógico, sensato y maduro. Estoy totalmente de acuerdo. Pero no es fácil verlo así.

-Por supuesto que no. A mí me ha costado años de ansiedad, insomnio y, últimamente, 6 kilos de peso. Pero creo que es cierto que, al final, es la experiencia y en mi caso ha sido el sentirme muy mal y muy hundida lo que me ha hecho ver lo que es realmente importante. Porque una vez que sientes que lo vas perdiendo todo y te das cuenta de que sólo te quedas tú, aprendes que hay que hacer todo lo que puedas por cuidar de ti mismo. Seas como seas. Es como convertirte en tu propia madre. Y así, siempre te moverás con una sensación de estabilidad interna, y de orgullo, porque en todo momento sabes que estás cuidando de ti e incluso te lo agradeces.  Pero como te digo, cualquier acción, o cambio de actitud, para que sea real, tiene que partir de una determinación. Y esa determinación nace de un sentimiento profundo de querer cambiar y aprender. Y eso, amiga mía, aunque a veces sean muy duras, sólo te lo dan las experiencias.

Nadie mejor que tú podrá
decidir cambiar
Nadie mejor que tú para
encontrar otra realidad
Nadie mejor que tú sabrá
cuál es la verdad
Nadie mejor que tú para
inventar la felicidad

 

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Imagen: soniadelgado.blogspot.com

Voy en un coche (por Carmen Flores Mateo)

voyenuncocheConducía recostada en el asiento del deportivo, marcando el ritmo de la música con los dedos de su mano derecha sobre el volante. El brazo izquierdo descansaba sobre la puerta y su larga melena rubia ondeaba al viento. ¡Le encantaban los descapotables!  El Spider color crema no era un modelo nuevo, pero cogía sin apretar los doscientos fácilmente. De todas formas, para lo que le había costado…

No había planeado robarle el coche al chulo de la cazadora de piel, pero fue tan fácil… la oportunidad estaba ahí simplemente. Le conoció en el bar de carretera donde le había dejado el segundo camionero que la recogió haciendo autostop. Un bareto típico, adosado a una gasolinera, con sus bocatas rancios de queso, su cerveza Mahou de etiqueta verde y su fauna de pueblerinos, camioneros y viajeros con ojeras. Se llamaba Km. 312, una exhibición de originalidad,  ¡sin duda!Ella estaba apoyada en la barra sujetando su café con leche, cuando el aroma a Brummel le atascó los sentidos. El pavo se sentó en el taburete de al lado y le echó una mirada que se presumía misteriosa y seductora… y que no llegó ni a ligeramente atractiva.

–Vaya, vaya… parece que la noche está interesante por aquí…–dijo el colega.

“Vaya, vaya… otro tipo listo que viene a ligar”, pensó ella.

–No demasiado, bastante aburrida, la verdad. – habría que darle un poco de coba– ¿Viajas solo?

–Todo lo solo que tú quieras, nena…–el tipo estaba creciéndose por momentos– El coche es de dos plazas, no da para mucho más… Es el Mercedes de ahí fuera –siguió la mirada de ella con los ojos y reaccionó rápido cuando vio alzarse su ceja–. No, el camión no, el Spider color crema, el descapotable.

–Vale, menos mal, ya te iba a mandar a la mierda… Había pensado que eras otro pirado en busca que una mamada a cambio de adelantarme unos kilómetros. Estoy harta de que los camioneros cuelguen sonrisas del parabrisas cuando me ven… nunca consigo distinguir los salidos de los simpáticos.

–Te aseguro que no soy un salido ni un camionero…–dijo el tío con autosuficiencia–. ¿Te apetece salir fuera a fumar un piti? –la esperanza llenaba sus ojos mientras intentaba parecer duro.

–Claro, ¿porqué no?

Salieron del bar juntos, y con brazo experto y seguro él le rodeó la cintura. “¿En serio? Siempre atraigo a los gilipollas”, pensó. Aprovechando el improvisado y demasiado cercano abrazo, metió su mano en el bolsillo de la cazadora de cuero negro que llevaba él, cogiendo las llaves del coche y sacándolas silenciosamente y en un gesto rápido.

Salieron al frente del bar, con la carretera delante de ellos, aunque sin demasiado tráfico a esas horas.

–Mi amor, voy por cigarrillos, me los he dejado dentro –dijo con voz dulce. Sin darle tiempo a responder volvió a entrar al bar cogiendo al vuelo la mochila que había dejado apoyada en la barra, y salió disparada por la puerta que daba al exterior por la parte de atrás, donde se encontraban los servicios.

Rodeó el edificio hasta el lateral, pegada a la pared, y subió al Spider de un salto. La llave estaba dentro y el motor rugía antes de que la mochila cayese en el asiento del acompañante. Pisó a fondo el acelerador antes de soltar el embrague y torció la esquina del edificio derrapando, pasando por delante del tipo listo a toda leche, a escasos dos metros de él.

–¡Ehhh! –gritó éste con sorpresa– ¡Eh, eh! ¡Mi coche!

Ella pisó aún más el pedal, enfilando la curva que salía a plena autopista, pero aún pudo observar por el retrovisor cómo el muy cretino le tiraba un beso al aire.

–¡Disfruta tu autopista, princesa!  ¡Ya hablarás con la policía!

La chica levantó la mano izquierda enseñándole su mejor dedo –¡Que te den!, ¡A mí los polis me besan los pies! – gritó para sí misma.

Eso había pasado hacía tres noches, y ningún policía se había molestado tan siquiera en mirarla. Las patrullas de carretera la ignoraban y parecía más bien que le hacían la ola cuando pasaba. “Venga chicos, poned algo más de vuestra parte y hacedme el viaje divertido, ya os veo pintando panteras en el arcén”, se mofaba.

Conducía sin descanso hacia el norte, parando solamente para echar gasolina y comprar algo de comer. No sabía dónde iba, ni le importaba, necesitaba llegar muy lejos, tan lejos como fuese posible, casi casi hasta el final, el final de sí misma si era necesario. Donde nadie diese consejos, pasando la frontera, con su mochila y sus recuerdos, sus botas camperas y su tatuaje de la calavera en el brazo. “Debería tatuarla en el cristal, para que todos pudiesen verme venir de lejos”.

Pisaba el acelerador con furia, disfrutando la velocidad y dejándose hipnotizar por las rayas de la autopista hasta que éstas parecían bailar como coristas de cabaret. Pocos coches conseguían adelantarle pero aquellos que iban de tipos duros y se cruzaban en su carril pagaban las consecuencias. Más de uno había pasado serios apuros y hasta estuvo a punto de salirse de la carretera. ¡Que se quitasen todos de en medio!¡Era suya! Solo ella marcaba el ritmo y su volante no vacilaba, parecía que en el cielo todos los santos eran de su bando y rezaban por ella.

La rabia se pintaba en su cara como si de un diablo de la carretera se tratara, pero ella sabía que estaba huyendo. Las lágrimas escaparon de sus ojos y las enjugó con violencia mientras de un volantazo cogía una salida de la autopista.  Quemando las ruedas frenó en otra triste gasolinera llena de mierda, y estampó sus puños en el volante con fuerza, llorando y apretando los dientes. Estuvo ahí un rato, desahogando su furia y tratando de tranquilizarse, diciéndose a sí misma que tenía que hacerlo, sólo sería una llamada, una sola, pero tenía que hacerla para poder seguir adelante sin remordimientos y romper definitivamente con su anterior vida sin hacer daño a la única persona que le importaba en este mundo.

Decidida y más tranquila, con los surcos de las lágrimas en sus mejillas, se dirigió a la cabina que había al lado de la gasolinera. El chico que la atendía la siguió con la mirada sin demasiado interés. Introdujo varias monedas en la ranura y marcó el número que conocía tan bien, con la cabeza entre los hombros intentando protegerse del rugido del viento. Por favor, que cogiese el teléfono ella, por favor…

–¿Quién? –sólo había sonado una vez, parecía que alguien estaba pendiente de esa llamada– ¿Quién? –la voz sonaba impaciente– Cristina, ¿eres tú? –era ella.

–Hola hermanita, claro que soy yo –las lágrimas caían de nuevo pero su tono fue jovial– Quién va a ser, ¿Bon Jovi? Anda que no te gustaría…

–Joder, ¿se puede saber dónde estás? Llevamos cinco días sin saber de ti, me tenías muerta de preocupación –sonaba entrecortada, le partía el alma– Papá está como loco, no te puedes imaginar –añadió bajando el tono, casi en un susurro.

–Mira, dile a papá que me importa una mierda, que me voy de la ciudad. Por mí podéis quemar la ciudad entera, con sus rascacielos, sus postes de luz, camiones de bomberos, tribunales y bares, porque no voy a volver –dijo con furia apretando los dientes.

–Cristina, por Dios, ¿qué estás diciendo? Estamos preocupados…

–Imagino que tú si –la interrumpió– Esperaba que contestases tú, sólo quería despedirme de ti. Eres la única persona importante que queda en mi vida, pero de verdad que tengo que irme. Intentaré llamarte de vez en cuando, pero estate segura de que estaré bien, ya me conoces… –sonaba más dulce ahora–Cuídate chiquilla, y piensa por ti misma, no dejes que te mangoneen como han intentado hacerme a mí… y en cuanto estés preparada para venir conmigo tendrás un sitio a mi lado.

–Pero Cristina…

–Anda, ¡no me montes el drama! –no sabía si podía aguantar mucho más tiempo sin que se le quebrase la voz– Y a los chicos les dices que no volveré más, que te cuiden mucho y no se pasen contigo ni un pelo, o les caerá la más grande –bromeó– Adiós enana, volveré a llamarte cuando pueda.

–Cris…

Colgó sin darle tiempo a decir nada más.

Más tranquila, sintiendo que había hecho lo que debía, volvió a subir al coche y salió de la gasolinera llenándolo todo de polvo. El tipo listo tenía razón, ella era la princesa de la autopista, no tenía nada detrás, sólo kilómetros delante por recorrer, y la luna iba a pasar noches y noches oyendo el ruido de su motor.

Este relato es una colaboración de la escritora Carmen Flores Mateo. Puedes leer más relatos en su página de Wattpad:

http://www.wattpad.com/user/CarmenFMat

¡Mil gracias, Carmen!

Imagen: viajeaestadosunidos.es

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