Dos bailarines (por Rafael Dicenta)

Dos bailarinesLlegó a las diez en punto. Los miércoles no se retrasaba ni un minuto. La observaba desde hacía dos meses. Todo este tiempo, sin ni siquiera atreverse a mantener la vista firme cuando sus miradas se encontraban fortuitamente, o no.

Veía semana tras semana cómo bailaba aquellas baladas, con otros. Imaginaba que era con él con quien realizaba esos pasos, apasionados y cálidos, sin atreverse a más que a fantasear a través de las miradas furtivas, miradas que probablemente sólo tenían un punto de encuentro en su mente soñadora.

Aquel miércoles, novena semana, ella lucía un sencillo vestido color granate, de escote drapeado y espalda al aire, que le sentaba como al más bello óleo un marco bien escogido, y que acentuaba su apasionado rostro. Su cabello moreno, ondulado y abundante, que besaba su piel hasta mitad de espalda,  unos pendientes largos, y su dulce y profunda mirada de ojos azabache, la hacían brillar, cual estrella en la noche, destacándola sobre los demás. Se acercó a ella, pues no pudo evitarlo por más tiempo, mientras ajustaba el nudo de su corbata, que complementaba su traje de raya diplomática. Armándose de valor, cortés, le preguntó si le concedía el honor de poder bailar con ella. La respuesta fue rápida, y al tiempo que le decía que sí, se sonrojó levemente. Ella también se había fijado en él, y creyó haberse delatado. Estuvieron bailando tema tras tema, hora tras hora, pegados como a fuego, sin dar ninguna muestra de cansancio, casi sin conversar. No les hacía falta, sentían conocerse. Se miraban a los ojos viendo más allá. Era algo muy íntimo. Daba la impresión de que se habían amado toda la vida. Era tal el encanto de su baile, que la gente se quedaba embobada contemplándoles. Era evidente que sus corazones latían al unísono, que eran completamente felices. Bailaron cada noche con el mismo entusiasmo que la primera. Corazón con corazón, vivían y se amaban con cada balada. Fueron éstas, noches de dicha, noches de caricias, en las que, más que bailar, parecía que volaran. Pero una noche ella no apareció.

Estuvo buscándola sin descanso, en salas y escuelas de baile primero, por las calles y en el metro después, angustiado, deseando verla al doblar cada esquina. Sabía su nombre, al igual que ella el suyo, pero su amor no había salido de la pista de baile, así lo habían querido. Finalmente se decidió a preguntar en los hospitales y al final, la encontró. En uno de éstos, antesalas de la muerte, le informaron de la suya. Fue a verla al tanatorio, el último sitio donde le hubiera gustado encontrarse con ella. Allí estaba la que seguramente fuera su familia en vida, los que probablemente habían sido sus amigos y allegados antes de que se marchara de su lado. Mantuvo la vista fija en el ataúd, preparado ya para emprender la marcha hacia el cementerio. No podía creerlo. Sintió una espina enorme clavarse en su corazón, y la noche ocupó su alma. Fue tras el cortejo fúnebre. Diez coronas de flores rodeaban su cuerpo, y la mortaja era lo único que le impedía acariciarla y darle un último beso, ese beso que la música les pedía a gritos. Se arrodilló frente al ataúd y gritó al cielo que cubriera su luz.

Llegó a las diez en punto, los miércoles no se retrasaba ni un minuto. La gente miraba su patético baile nocturno. Bailaba solo, le observaban con tristeza y compasión, era realmente dramático verle bailar, llorando abrazado al aire, como si aún bailara con ella.

Al poco tiempo, de vuelta a casa, sintió una brisa helada que no le dejaba respirar. Una oscura procesión avanzaba, inexorable, por su ser. Se encontraba envuelto en el manto de un mundo en tinieblas del cual no podía escapar. Trató de ver luz con las pocas fuerzas que le quedaban, pero su vida se estaba apagando.

Su apartamento era un quinto piso sin ascensor, y a cada peldaño que ascendía, pensaba en lanzarse escaleras abajo. Entró y cerró la puerta tras de sí. La mesa comedor de su casa aparecía dispuesta para una cena romántica. La madera, cubierta con un mantel granate, servía de apoyo a la vajilla, la comida, y a las velas, que daban un ambiente melancólico y quizás un poco siniestro a la casa. Se sentó y empezó a cenar. Después del postre cogió dos copas, sirvió cava y brindó. Bebió ávidamente hasta que no quedo ni una sola gota y se derrumbó en el suelo.

Encontraron su cuerpo tendido en la alfombra que cubría el suelo del salón, y junto a él, una copa rota. En la mesa había otra copa, ésta llena, apoyada sobre una foto de su amada. Al lado de la foto había una cinta de música, la pusieron, la voz era la suya, cantaba un tema lento. Al terminar la canción hablaba. Decía que la canción estaba dedicada a ella y a lo que les había unido para siempre, el baile.

En el reverso de la foto se podía leer:

 “Bailar de lejos no es bailar.”

(Ésta es la primera colaboración en este blog y quería dar las gracias a Rafael Dicenta por ella. Podéis seguir sus relatos en Wattpad haciendo clic aquí).

Imagen: elysesnow.wordpress.com

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