La Galerna

Un golpe. Otro. Luego tres, seguidos, más fuertes. Al principio los sonidos se habían confundido con mis sueños, y con los estremecedores truenos de aquella lluviosa e inestable noche. Parecía que el tiempo no iba a dejar que descansase, a pesar de lo mucho que necesitaba despejar mi mente unas pocas horas. Pero, por fin, cuando el sonido se hizo constante y repetitivo y mi puerta parecía querer salirse de su marco, desperté. Alguien llamaba. Entonces, mi mente trató de adivinar a qué se debía una visita tan violenta y en medio de aquella noche. No podía ser otra cosa, sino que hubiesen encontrado el cuerpo de mi mejor amigo. Confirmando la terrible certeza que, desde hacía semanas, había arrasado la aldea con una ola de tristeza.

Me levanté y, deprisa, me vestí. Cuando quité el cerrojo la puerta se abrió dándome un golpe en el brazo. No me había dado tiempo de apartarlo. Me dolió, grité con la voz ronca de quien acaba de despertar. Iba a protestar, pero alguien me agarró violentamente por las solapas de la recién puesta camisa. Era mi padre.

—¿Se puede saber qué demonios haces aquí? –mi padre siempre había tenido mal genio, pero en aquellos momentos estaba fuera de sí. Me asusté.

—No sabía que llegabas hoy.

Y me asusté más, cuanto me puso contra la pared.

—He venido lo antes posible, esto es grave, ¡pero parece que tú no te das cuenta! ¿Por qué no has estado cuidando a tu hermana, por lo menos hasta que llegásemos?

—¡Eh! – me defendí, apartándole de un empujón—. Yo también estoy mal, ella no es la única – repliqué, mirando de soslayo la botella vacía de vino que me había bebido unas horas antes con la intención de conciliar el sueño—. Era mi mejor…

—No era tu marido –me cortó mi padre como si pronunciase una sentencia—. No sé cómo has podido dejarla sola…

Y me asusté aún más.

—¿Está bien mi hermana?

—Estaría mejor si tú te hubieras preocupado de meterla en casa –me reprochó indignado—. Con la galerna, y la tempestad de esta noche…

—¿Qué ha pasado?

—Que no sabemos cuántas horas lleva en la playa, pasando frío y empapándose con la lluvia. Podría haberle caído un rayo y, por lo menos, habrá cogido una buena pulmonía. Lo que le faltaba a la pobre… Vamos ya.  Esperemos que ya haya llegado el médico.

Me calcé las botas sin ponerme siquiera los calcetines y eché a correr tras mi padre. El hombre ya era mayor, pero el temor por su hija había rejuvenecido sus piernas, aportándole la energía y fuerzas necesarias para correr incansable hasta la playa. A mí me costaba seguirle.

En la playa, junto a las rocas había varios faroles encendidos. Bajamos hasta la arena. Ahora la marea había bajado un poco. Allí estaba mi hermana. Mi madre la abrazaba y le tapaba los hombros con una manta. Ella, con el pelo empapado y lleno de sal y algas, tenía la mirada perdida en el infinito.

—¡Ana! –chillé. El ruido de la tormenta y las fuertes olas rompiendo, agresivas, ahogaron mi voz.  Corrí hasta ella y me planté ante sus ojos —. ¿Qué hacías aquí sola? ¿Estás bien? –pero mi hermana no me miraba. Parecía estar buscando algo en el mar. Ni siquiera pestañeaba. Parecía un espectro, a la luz de los faroles. Sus ojos vidriosos y los destellos dorados de su alianza en el dedo eran la única luz que reflejaba. Pero ella parecía haberse apagado.

Mi madre estaba llorando a lágrima viva, no dejaba de frotar la manta sobre los hombros de Ana. Al lado, el médico cerraba su viejo maletín de cuero negro.

—Fuimos a su casa nada más llegar a la aldea –me explicó mi madre—. Pero no estaba allí. La hemos encontrado rápido, pero sólo Dios sabe cuántas horas lleva aquí, pasando frío. Está empapada y llena de algas. Es posible que, con la marea alta y la galerna, las olas hayan llegado hasta aquí, y así la han dejado. Pero mirad, apenas tiembla. Y no quiere moverse –mi madre empezó a sollozar—. Ni siquiera me contesta.

El médico habló por fin.

—Es normal comportarse de forma extraña en casos de pérdidas repentinas. Aún no lo ha asimilado.

Pensé en la botella de vino, en cómo el alcohol me había hecho llorar hasta quedar dormido sobre mi cama al estridente arrullo de la tormenta. Después de una semana, había podido empezar a asimilarlo. Pero Ana no. El mar no había devuelto a mi amigo. Tal vez mi padre tenía razón. Había compartido muchas cosas con mi mejor amigo, pero para Ana era alguien más. Era su marido. Para ella, las maderas quebradas de una pequeña barca no eran prueba suficiente de que él se hubiera ido.

La abracé y estaba realmente fría.  Besé su frente y me supo a sal, mis labios se llenaros de ella. Ana seguía sin mirarme. Pero teníamos que llevarla a casa.

—Ana, vámonos. Ya no hay nada que hacer. Y tú necesitas descansar. Aquí no conseguirás nada. Tienes que seguir adelante y… —mi propia voz se quebró. Me tragué las lágrimas cerrando muy fuerte la garganta y agaché la cabeza, pestañeando repetidamente. No era el momento de mostrarse débil. Tenía que ser fuerte por mi hermana y por mí. Y porque mi amigo lo habría querido así.

Ana pareció reaccionar a mi vulnerabilidad y alzó su fría mano para acercarme aún más a ella. Después, me susurró al oído.

—Hermano, él volverá. Me lo prometió, y nunca rompe sus promesas. Luchará por volver conmigo.  Es mentira todo lo que dicen. Estoy segura de que vive. Y yo le esperaré aquí hasta que vuelva.

—¿Qué te ha dicho? –me preguntó la voz entrecortada de mi madre.

Me levanté, tratando de serenarme. Respiré profundamente antes de responder.

—El médico tiene razón. Aún no lo ha asumido. Supongo que es normal.

Mi padre me apartó con prisas y cogió la mano de mi hermana.

—Ana, tenemos que irnos. Aquí cogerás una pulmonía –tiró fuertemente de la mano de mi hermana, pero ella no se movió ni un centímetro —. ¡Ana, por favor, escúchame, hija! – el tono de mi padre sonaba desesperado.

Mi mirada se desvió de la escena por un instante y, extrañado, me giré hacia el mar. Tal vez sólo eran los rayos, pero mis ojos se habían dirigido de manera inconsciente a lo que mi mente había interpretado como un minúsculo destello dorado entre las aguas. Cuando quise fijarme, ya no estaba allí. Sólo veía la espuma gris de las olas, y el mar oscuro agitarse. El viento soplaba violentamente. Por primera vez desde que había salido de casa, me di cuenta de que tenía frío y estaba empapado. Me desabroché los puños de la camisa, incómodo. Y entonces fue cuando oí la voz.

Me era demasiado familiar como para pasarla por alto. Una voz, como un lamento, había salido del mar. Pero no podía ser. El viento, me dije. A veces parece arrancar lamentos a los árboles al pasar entre ellos. Pero estábamos en la playa y allí no había ningún árbol. Tembloroso, y emocionado, me introduje en el agua hasta las rodillas. Me había parecido oírlo de nuevo. Esperé un poco más. Pero no lo volví a oír. Sin embargo, me había resultado demasiado familiar.

Me adentré un par de pasos más en el agua, hasta que ésta me llegó por la cintura. Asustado, esperanzado y a la vez incrédulo, intenté comunicarme con aquel lamento:

—¿Miguel?

Incluso hay gente que asegura

que cuando hay tempestad

las olas las provoca

Miguel luchando a muerte con el mar.

Imagen: nikones.com

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4 thoughts on “La Galerna

  1. Me encanta el relato, me ha emocionado mucho y además ha hecho que me entere bien de la letra de esta canción; siempre me ha encantado la música pero nunca había entendido bien la historia.

    Enhorabuena por esta idea tan bonita que nos emociona y además nos lleva a escuchar canciones que hacía mucho tiempo que no oíamos. Un abrazo y muchos besos.

  2. Mecano se ha caracterizado por letras que siempre despiertan la imaginación de los oyentes. No es la primera canción de esta banda que me deja con la boca abierta y por esa razón, debo felicitar al autor de este relato.

    Quizás la letra no esté del todo relacionada al pie de ella con la historia, pero la conexión de ambas deja ese dolor que realmente resalta la canción.

    Saludos Karuna ^^

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