La Celebración

Eran ya las ocho y media cuando Isabel apareció por fin por la puerta del bar. Habíamos quedado a las ocho, pero yo ya me imaginaba que, para variar, llegaría yo la primera y me tocaría esperar. De todas formas, aquel día mi amiga tenía disculpa. Pobre, vaya cara llevaba. Yo, por diversas razones, había decidido arreglarme y salir con la cabeza bien alta y alegre. Una de ellas, había sido el parecer fuerte para mi amiga. Era algo que procuraba hacer desde hacía tiempo. Cuando uno está mal y necesita apoyarse en los demás, le viene bien ver a alguien que parece fuerte, que puede aguantar su peso. Eso intentaba yo ser aquel día para Isabel.

La recibí con un fuerte abrazo, aunque ella procuró no ser demasiado emotiva. Por lo que me había dicho su hermano, se había llevado un disgusto muy grande al recibir la noticia aquella mañana. Me dije que había hecho bien al llamarla nada más enterarme y obligarla a salir de casa, a no quedarse sola en su cuarto y sentirse desdichada.

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—¿Una ronda? – pregunté —. Más te vale, porque yo ya me he bebido dos cañas esperándote.

Mi amiga se rió.

—Y lo mal que lo habrás pasado entre cañita y cañita, ¿eh?

Y así nos dieron las doce, entre cerveza y cerveza. Fuimos cambiando el ritmo, a ratos bajándolo para hablar, a ratos subiéndolo en momentos de euforia, entre abrazos y brindis.

—Pues me parece fatal, ¡pero fatal!, que ni siquiera te hayan dado una explicación.

—Ya, imagínate, y encima así, por sorpresa y casi de una patada. Aunque mira, qué se puede esperar de una persona así. Si siempre ha sido un imbécil y un babas, mirando de arriba abajo a todas las compañeras de trabajo.

—Brindemos entonces, porque ya no lo tendrás que soportar. ¡Salud!

—Sí… ¡salud! – añadió mi amiga mientras alzaba su vaso y se bebía de un trago todo lo que le quedaba —. Voy al baño.

Me recosté en la barra y volví a mirar el móvil. Cientos de whatsapp, algún mensaje de texto, y un par de llamadas perdidas que había visto de reojo entre cerveza y cerveza pero que había decidido no contestar al ver al emisor de las mismas. Y no es que me guste pasar lista, pero había echado de menos algunos mensajes aquel día. Guardé el teléfono y miré a mi alrededor. Mi truco parecía haber funcionado, una vez más. Entre trago y trago, me había fijado en un chico que bebía cañas con sus amigos a un ritmo más acelerado que el nuestro. Era el tipo de chico que me encantaba, de ésos que no te llamarían la atención si te lo cruzas por la calle, pero que, cuanto más lo miras, más atractivo te parece. Castaño, ojos verdes. Y mi truco, el más viejo y sencillo del mundo: mirarlo de vez en cuando, y que se diera cuenta de que me había fijado en él. Para despertar su curiosidad e inflar un poquito su ego. Y me había salido bien, pues llevaba un rato ya en el que era yo la que lo cazaba mirándome constantemente de refilón. Sonreí, pero justamente entonces vi que mi amiga regresaba del baño.

—Entonces el viaje a Santiago bien, ¿verdad?

—Pues sí, como siempre. Aunque lo que te decía. Que me llamó Marta. Hacía mucho que no sabía de ella, y estaba un poco de bajón. La verdad es que me sorprendió la llamada.

—Después de tanto tiempo, no me extraña.

—Supongo que es un poco absurdo pensar así, pero a veces yo también me acuerdo de ella, o de Sebastián, pero no sé, me da como reparo llamar. No sé si es porque hace mucho tiempo o si será porque pienso que, si quieren saber qué tal estoy, pues que me llamen ellos. Supongo que es un poco triste. A veces pienso que soy yo siempre la que llama y la que se acuerda.

—Vaya, pues no sé. La verdad es que a mí me ha venido muy bien que me llamases hoy, porque vaya panorama de día. Al paro, bueno, al paro por decir algo, porque es que no voy a cobrar un duro, como estaba trabajando de extranjis

—Bueno, yo creo que éste es uno de esos momentos en los que llamas sí o sí. No hay dudas al respecto. Siempre se agradece.

—Pues puede ser. Como cuando me enteré de que Claudia había sido madre. ¡Es que aluciné! Y lo peor, es que me enteré por mi hermano, que si no lo mismo el niño ya habla y yo sin saber de su existencia.

Me reí.

—Sí, supongo que hay ciertas ocasiones en las que sabemos que hay que llamar, sí o sí. Lo difícil es saber mantener el contacto. Hay gente a la que no le importa perderlo, pero a mí sí que me suele dar pena. Una cosa es que disminuya la frecuencia, a veces es inevitable, pero desaparecer del todo, me suena a dejadez, no sé… — me estaba poniendo un poco ñoña, así que yo también apuré mi caña y me giré hacia la barra para pedir otra ronda, no sin antes mirar de nuevo de soslayo al chico que me había gustado. Esta vez estaba inmerso en la conversación con sus colegas—. Es como lo de Lidia. Vale, se marchó de la ciudad, pero aún no sé qué demonios es lo que realmente le sucedió, no ya para dejar de llamar, sino para dejar de coger el teléfono o devolver los mensajes. La verdad es que me dio mucha pena.

—Ya tía, yo tampoco lo entiendo. Pero mira a Guille y los otros, ésos siguen viviendo aquí y llevo años sin saber nada de ellos. Uy, mira – dijo, a la vez que rebuscaba en el bolso y sacaba su teléfono móvil con la luz de la pantalla parpadeando —, hablando de momentos de llamar sí o sí, aquí tienes a Juan. Se habrá enterado ya. Se lo has dicho tú hoy en el trabajo, ¿verdad? Un momento, que salgo a responderle y así aprovecho y me fumo un piti.

Asentí, resignada a beber un poco más sola mientras Isabel estaba fuera. Entonces fue cuando vi que el chico de los ojos verdes me miraba abiertamente. Seguramente la última caña le había dado la última dosis de valor o descaro que necesitaba, pues al ver que le devolvía la mirada, me sonrió y se acercó para saludarme.

—¿Puedo invitarte a la próxima?

Isabel tardó bastante en volver. Lo mismo estaba sonsacándole a Juan cotilleos acerca de la nueva chica que le gustaba, o lo mismo simplemente estaba criticando al imbécil de su jefe. El caso es que yo había perdido la noción del tiempo mientras hablaba con Diego quien, además de atractivo, me había parecido un encanto.

—Vaya, vaya… — oí su voz a mi espalda y me giré instantáneamente, como una niña a la que hubieran pillado in fraganti copiando en el colegio.

La miré, sin soltar la mano de Diego, y me dio la risa. Medio de vergüenza medio de las cervezas que me había bebido.

—Oye, creo que yo ya me voy a ir a casa. Ya hemos celebrado mi despido y tú ahora estás ocupada. Así que mañana me llamas y me cuentas qué tal, ¿vale? — dejó un billete sobre la barra y me dio un fuerte y sentido abrazo, muy distinto al que me había devuelto al saludarnos —. Y mil gracias por acordarte hoy de mí y sacarme de casa. Me ha venido genial. ¡Buenas noches!

Isabel dejó el bar con bastante rapidez, aunque no sin dar un par de tropezones antes. La pobre había tenido un mal día y, posiblemente por eso, la bebida le había afectado más de lo esperado. Una vez que se cerró la puerta tras ella me volví de nuevo hacia Diego, que por entonces ya me estaba abrazando por la cintura.

—Aquí ya van a cerrar— me dijo—. ¿Quieres que vayamos a otro sitio?

Un mojito y un chupito después había descubierto que Diego, además de atractivo y encantador, besaba de miedo. Pero empecé a encontrarme cansada. Intercambio de teléfonos, una promesa de volver a quedar un par de días después y la caballerosa oferta del chico de acompañarme a coger el taxi.

Camino a la parada, mi teléfono sonó por enésima vez. Era Isabel.

—¡Tía, pero cómo no me dices nada! – su voz sonaba entre avergonzada y molesta. Y borracha como una cuba.

—Pues porque estabas muy mal. Imaginaba que no sabías ni qué día era.

—¡Pues no veas la bronca que me ha echado mi hermano cuando he llegado y le he dicho que no había caído en la cuenta de que…!

—Isa, déjalo, en serio. Es que me pillas en mal momento, ya me entiendes…

—Ah… vale – calló, justo después de dejar escapar una risita nerviosa.

—¡Un beso! – y colgué.

Diego me miró.

—¿Tu amiga? ¿Todo bien?

—Pues la verdad es que no lo sé. Es que, ¿sabes una cosa? Hemos quedado porque hoy su hermano me ha llamado para contarme que la habían despedido y la he sacado a despejarse. Pero claro, con el disgusto, ella no se acordaba de que era mi cumpleaños.

— Vaya, ¡felicidades! ¡Pues qué calladito te lo tenías! A mí tampoco me lo habías contado.

—Pues es que habría sonado a técnica de bar, ¿no crees?

Diego rio.

—Pues lo mismo te habría pedido el DNI. ¿Y cuántos cumples?

— Treinta y uno. ¿Pero sabes lo más raro? Bueno, me ha llamado mucha gente, el whatsapp saturado, cómo no, pero de mi grupo de amigos de toda la vida, ni uno se ha acordado de felicitarme. Menos el hermano de ésta, que después de llamarme para contarme lo del despido, lo ha visto en Facebook y me ha llamado medio disculpándose.

—Pues oye, ¿un poco imbéciles tus amigos, no? A mí no se me habría pasado.

—¡Oye! – me indigné —. ¡No te metas con mis amigos!

Son mis amigos

Por encima de todas las cosas.

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One thought on “La Celebración

  1. Esa canción me acuerdo cuando la escuché en esos tiempos que veía videoclips que pasaban cuando prendía el televisor.

    La descargué porque se me hizo muy curiosa la letra además del ritmo de la canción que recuerda esa nostalgia que hace revivir esos días que convives con tus amigos.

    ¡Cielos, creo que hacer una historia en base a la letra sería un gran reto! Debo felicitarte porque es la primera vez que me ha tocado leer una historia basada en esta sencilla, divertida y añorativa melodía

    Saludos Karuna ^^

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