Réquiem por un amigo.

RequiemHay demasiadas cosas extrañas en las personas que están tan enfermas que incluso ellas han empezado a intuir que la batalla está a punto de ser perdida, que tal vez sería mejor rendirse. No podemos comprenderlas, tal vez por eso nos quedamos en que son, simplemente, demasiado duras. ¿Quién está preparado para morir? Si ni siquiera estamos preparados para ver la agonía de un amigo. Tu agonía. A pesar de todo, pasaremos por ella, empatizaremos con tu desgracia y la de tu familia. Por cariño, porque lo mereces. Porque no mereces quedarte solo, aunque, en ese terrible camino, ya lo estés.

Empezamos a verlo en cómo deja de preocuparte casi todo. Pero seamos sinceros, ¿qué más te da ya? Es como si fueras ciego y te importase de qué color son las cosas. Posiblemente veas cómo hablamos, cómo movemos los labios, y ya no prestes mucha atención. Porque te gustaría ver un rayo de esperanza en lo que te decimos, sentir que tal vez, realmente, todo pase y al final salga bien, pero algo dentro de tu profundísima convicción ya ha entendido que no es sino fingido. Y no ves esas sonrisas forzadas que intentan reconfortarte.  El durísimo golpe de realidad que has recibido es precisamente el que te desconecta de la misma.

Así que puede que pronto el mundo acabe por olvidarte. Pero tú, en tu agonía, en tu dolor, ya has empezado a olvidarlo. Estás sufriendo lo peor que le puede pasar a un ser humano. Tal vez te gustaría poder encontrar un por qué, una razón que te explique este sufrimiento, algo místico, que esté escrito en algún lugar, quizás en el cielo, o un susurro en el viento que corre, en la calle, fuera de la habitación donde estás postrado. Los que vamos a verte desearíamos ver tranquilidad en tu sufrimiento, algo que nos confortase, algo que nos dijera que estás bien, que te vas tranquilo y casi feliz, pero no hay lugar para la vida, ni para atenuar tanto dolor. Sólo hay lugar para el horror, el llanto y la incomprensión. Nos gustaría darte algo que pudiera ayudarte, algo que hiciera que volvieras con nosotros, que sintieras y vieras otra vez como antes. Pero todo parece seguir su inexorable y fatídico curso.

Tal vez en algún momento, cuando todo pase, soñemos contigo. Soñemos que estás bien, que has recuperado el color y el buen aspecto y que te has convertido en algo que ha trascendido, como un espíritu o un ángel. Pero nos asustemos al pensar en que te estamos viendo, al temer que tiendas tu mano hacia nosotros y nos pidas que vayamos contigo. Puede que no sea real, que sea sólo fruto de nuestra mente. De la necesidad de que pensar que, después de todo lo que has sufrido, has encontrado algo bueno. Qué aciago viaje.

Sea como sea, recuerda, por favor, que mientras vimos tus ojos cerrarse, nosotros nunca cerramos los nuestros. Y que seguiremos acordándonos de ti.

Your angel cheeks are stained with blood,
your hand evoking fear in me…

Come to me.

Feel with me.

See with me.

This world has changed.

 

In memoriam.

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Fotografía: MyGotyk.

Pobre niña rica. Pobre niña buena.

ponreniñaricaMi padre había vuelto a pagarme la fianza. Lo más curioso fue la mirada de reproche que le dirigió al policía mientras me acompañaba fuera de la celda y hasta la calle. O, en realidad, no era tan extraño. No en él.

-Qué exagerados – dijo -, estoy seguro de que a tus amigas no las han hecho venir hasta aquí.

-Mis amigas no estaban – le rectifiqué.

-Ya… – asintió de forma evasiva, mientras entrábamos en el coche y volvíamos a casa-. Te recomiendo que no vuelvas a salir con esa gente.

Siempre era así. Nunca quería escuchar la verdad. La culpa siempre era de otros.

Llegué a casa y me metí en mi habitación. Ya no estaba sumida en el caos, como cuando la hubiera abandonado la noche anterior. Todo había sido perfectamente recogido y ahora parecía la fotografía de una revista de decoración. Tenía que haber sido mi madre.

Lo cierto era que yo había pasado una noche horrible en el calabozo y ahora tenía una fuerte resaca. Me habían detenido por beber en la calle, pero no sólo por eso: hasta donde alcanzaba a recordar, había estado chillando en la calle, dado patadas a los contenedores e, incluso, me había llevado por delante el espejo retrovisor de un coche. Al menos, eso creía. La verdad es que, desde hacía tiempo, notaba cómo necesitaba cada vez más a menudo salir de casa, beber unas cervezas con amigos o conocidos… pero cada vez me daba más cuenta de cómo se me iba de las manos. A partir de la tercera caña, perdía la medida de todo: bebía más y más rápido que cualquiera de mis amigos y entre mis recuerdos se intercalaban demasiadas lagunas. Me caía, rompía cosas, incluso me encaraba con los puertas de los bares si no me dejaban entrar. Lo peor de todo era que, desde hacía un tiempo, me había dado cuenta de que necesitaba hacer todas esas cosas. Lo hacía porque lo necesitaba demasiado. Una fuerte y apremiante sensación se revolvía y subía y bajaba de mi corazón a mi garganta. Aquello era lo único que me aliviaba. Necesitaba dejar de tenerlo todo controlado, pero sólo lo conseguía de aquella manera tan exageradamente desatada y caótica.

Me tumbé en la cama y observé mi perfecta habitación. En ella no había, en realidad, nada demasiado personal. Era un cuarto frío. En una pared se agolpaban mis títulos de Derecho, Empresariales, MBA… todos con sobresaliente o matrícula de honor. A la vez que los miraba ahogué un nudo en mi garganta y pestañeé, tratando de evitar que las lágrimas salieran de mis ojos. Cuánto me habría gustado estudiar pedagogía, pero mi familia me había aconsejado aquella otra trayectoria, que nada tenía que ver conmigo. Asustada ante la posibilidad de cometer un error, había hecho caso a los consejos de mi familia y había seguido el camino aconsejado. Un camino que estaba pensado para otra persona. Es un trabajo muy bonito. Sí, hija, pero no es igual de prestigioso, y no te asegura encontrar tan buen trabajo ni un buen sueldo. Tú piénsalo. Verás cómo te parece más lógico y práctico.

Me di la vuelta en la cama y mis ojos se cruzaron con la otra pared. Ésta estaba llena de fotos con familiares y amigos. En todas ellas aparecía con una posición demasiado recta, firme, siempre con la sonrisa más adecuada. Lo cierto es que, al verlas todas a la vez, me recordé a mí misma a un dependiente de alguna cadena de hamburguesas. ¿Con patatas o sin patatas?, parecía que era lo que aquellas imágenes estuvieran a punto de decir. Salvo las del último año. En éstas ya se veía algo diferente. Un gesto histérico que se reprimía en una sonrisa torcida, en una tensión antinatural. Me incorporé y me miré en el espejo. Así había sido desde entonces.

Lo cierto es que la forma en que las personas beben, lo que beben, cuánto beben y cómo se comportan tras hacerlo dice mucho de ellas. Una persona que no se atreve a beber posiblemente tenga demasiado miedo de dejar de controlar la situación. Alguien tímido beberá de más cuando aparezca la chica que le gusta. Una persona que contiene demasiado su ira se replicará constantemente a partir de la segunda copa. Los que hemos pasado demasiados años sin dejarnos llevar y ya no sabemos cómo hacerlo por nosotros mismos, también tenemos nuestra forma de beber. Es impulsiva, fuerte, y libera demasiada tensión en una sola noche. Nos hace liberar todo lo que hemos contenido durante un periodo de tiempo que ha excedido lo sano, lo racional y lo humano. Y luego, al día siguiente, nos sentimos culpables por haberlo hecho. Es la resaca moral. Porque estamos demasiado acostumbrados a hacer lo que se espera de nosotros, a no cometer nunca errores y ser buenos siempre de cara a la galería. Pero ese ser, esa especie de Mr. Hyde que liberamos también es parte de nosotros y, al no dejar que se reconcilien los dos, estamos creando algo demasiado peligroso. Para los demás, pero sobre todo para nosotros.

Después de todo, ¿es tan terrible cometer un error? ¿O veinte? ¿O los que sean necesarios para llegar a descubrir quién somos? ¿Cuál es el precio por dejar fingir ser otra persona que no eres tú? Lo cierto es que, después de años en la burbuja de la niña buena, dejas de atreverte a equivocarte. Te da demasiado miedo. Pero ahí está. Por eso los lápices tienen goma de borrar.

-Pero hija, ¿qué estás diciendo? ¿Seguro que lo has pensado bien?

-Sí, lo he pensado mucho – afirmé, mientras asentía con la cabeza.

-Pues yo creo que te estás equivocando – añadió mi madre -. No sé, dejarlo todo y empezar de cero. Emprender un negocio en estos tiempos. ¿Y además marcharte de casa? ¿Es que no estás bien aquí?

-Estoy de maravilla. Pero si no me atrevo ahora a descubrir quién soy y a cometer mis propios errores, creo que me volveré loca. Además, ya es hora de abandonar el nido, ¿no? ¡Dentro de tres meses cumplo cuarenta años!

I can’t help the way I feel
But my life has been so overprotected.

Clic aquí para ver la letra completa en inglés y traducida.

Imagen: blog.blusox.com

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Puro amor

Puro AmorAquel día salí con un  moño mal hecho y las ojeras más grandes que había visto nunca en mi reflejo en el espejo, que, por cierto, estaba que daba pena. Era uno de esos días en los que te ves especialmente mal. Bajé a la calle y entré en el metro, que estaba demasiado abarrotado. Justo antes de entrar al vagón me encontré con uno de mis compañeros de trabajo, así que decidimos aventurarnos juntos a entrar en uno de los concurridos vagones, abriéndonos paso a brazadas en aquel mar de gente sudando bajo sus abrigos.

Sabía que iba a ser un mal día. No tuve ninguna duda cuando vi a aquel colgado junto a mí.

***

Bonita, ¡qué bonita! No me podía creer que estuviese viendo algo tan angelical, y la pobre no tenía muy buena cara a pesar de todo. La gente que tenía a mi alrededor esquivaba mi mirada, procuraban no tocarme mucho, como siempre. Qué sabrían ellos. Pijos. Felices en su vida facilona de corbatas y maletines de ejecutivos. Pero prisioneros de todo. En cambio, yo era libre, pues no tenía nada, y por eso mismo, algo tan sencillo como contemplar aquel dulce rostro, me hizo tanta ilusión. Y más, cuando, dirigiendo mi mirada hacia sus ojos, ella me devolvió una sonrisa. ¡Me sentí volar! No necesitaba nada más en la vida. Ni siquiera me importaba que fuera acompañada de aquel hombre. ¡Qué gran momento!

***

Efectivamente, aquel colgado se había fijado en mí. ¡Qué demonios me pasará que siempre se me pega la gente rara! Olía raro, como a rancio y a basura, y el calor del vagón no ayudaba a sofocar aquel hedor. Puaj. Crucé una mirada con mi compañero de trabajo, que también se había dado cuenta de cómo me observaba el colgado. Aparentaba más de sesenta años, pero lo mismo debajo de toda aquella mugre y del desgaste de su mala vida no llegaba a los cuarenta. Qué horror. El vagón dio un frenazo fuerte y por la inercia el hombre se me pegó un poco más. Aguanté la respiración y una arcada. Por fin, llegamos a nuestra parada. Pero, antes de poder moverme hacia la salida, el indigente me dedicó una mirada demasiado penetrante, tanto que acercó la cabeza hacia mí y yo no pude hacer otra cosa que apartarme con miedo al cruzar nuestras miradas, y tratar de quitarle importancia a mi susto esbozando una sonrisa nerviosa. La gente me miraba, curiosa ante la más mínima novedad y compadeciéndome por mi mala suerte. Mi compañero me agarró del brazo y tiró hacia mí para que pudiera salir del vagón.

***

Pobre muchacha, enganchada a aquel mundo. Pero tan preciosa… ojala quisiera quedarse conmigo. Estaba seguro, había sido un flechazo en toda regla, el destino. Aquella chica y yo estábamos destinados a compartir mis cartones de vino, mis noches en los cajeros, mis búsquedas de comida en los contenedores. Seríamos libres y felices. Sin necesidad de trabajar, de atarnos a convencionalismos. Sólo nosotros y nuestro amor. Nuestro destino.

Pero entonces, pareció que algo tiraba de la chica y la hizo salir del vagón. Yo corrí hacia ella, pero las puertas se cerraron justo en mis narices. Me dolió un poco, pero fue peor ver cómo se alejaba, y pensar que yo no podía ir con ella. Se marchaba. Y nunca estaríamos juntos. Rabié, y pataleé, ante las miradas curiosas de todos aquellos extraños. Entrometidos, les chillé, antes de sentarme en el suelo y abrazarme las rodillas con los brazos, resignado.

You’re beautiful. You’re beautiful.
You’re beautiful, it’s true.
There must be an angel with a smile on her face,
When she thought up that I should be with you.
But it’s time to face the truth,
I will never be with you

Aquí la letra en inglés y español, para quien le haga falta.

Imagen: stillfeelinclever.com

Para no olvidar

La fiesta de aquella tarde no podría ir mejor: rodeado de todos mis amigos, festejan, me felicitan, brindan conmigo y yo he perdido la cuenta de las copas y cervezas que me he bebido. Creo que, además de divertirme, aún trato de reunir el valor para acercarme a ti. Puede que tú también estés haciendo lo mismo con esos chupitos que bebes con tus amigas en la barra, o puede que, simplemente, te dé igual. Al menos, ésa es la sensación que me transmites siempre.

El tiempo pasa. Ya me siento más relajado, olvido algunas de mis preocupaciones de adolescente, me río con más facilidad, empiezo a hablar demasiado. Y entonces, alguien me agarra del brazo. Suave, pero firmemente. Eres tú.

Supongo que si no hubiera bebido el doble que tú, notaría que también estás algo borracha. Pero, lo único que veo es una mirada tan firme y dura que intuyo que estás enfadada conmigo.

—Como veo que no te hago mucha falta, creo que me voy a ir. Adiós.

Me cuesta pestañear. Una despedida fría, sin más contacto que tu mano sobre mi antebrazo, que sueltas con un deje de desprecio. Mierda.

—No, espera, por favor.

Para No Olvidar   Pero ya has salido del bar. Dejo mi copa, olvido el abrigo y salgo a la calle a buscarte, mientras pienso en la frase que me has soltado como despedida. Por fin, veo un mínimo resquicio para hablar. Para decirte algo que para mí es realmente importante. Acabo de ver una puerta que tal vez esté abierta, cuando yo la creía cerrada. Llueve, pero no me importa. Miro a mi alrededor, tratando de dar contigo. Pensando en lo que quiero decirte. Yo nunca quiero que te vayas. Es más…

Grito tu nombre al ver que te alejas por una calle. Doblas una esquina y los rizos de tu pelo son lo último que alcanzo a ver. Camino rápido, casi corriendo hacia ti.

Otra vez me ha vuelto a pasar. Mierda. ¿Es que nunca va a dejar de sucederme? Apenas me acuerdo de ti, alguna vez, por casualidad. Todo está enterrado en mi memoria. Pero, sigue sucediéndome lo mismo. Cada seis meses, o cada tres. O tal vez cada dos años. Sin motivo aparente, vuelvo a soñar contigo y, cuando me despierto, y descubro que sólo ha sido un sueño, vuelve a invadirme una profunda desazón. En mis sueños siento dicha cuando pienso en que sigues ahí, en que me prestas atención. Pero la decepción de que no sea real me quita hasta el aire.

Mi cabeza me dice que tiene que haber sido alguna asociación absurda en mi mente, o algo que identifico con tu forma de ser. Relacionado con alguna vivencia del día anterior, con una explicación lógica y sin tanto dolor emocional. Pero algo más primitivo, algo que siento cerca de la garganta y también de los pulmones, me dice que tiene que ser algo más, una señal, una intuición.

Supongo que ya da igual. Hace más de diez años desde la última vez que te vi, pero sé que aún pasaré algunas horas o, incluso días, tratando de volver a esa sensación confortable que me dieron esas palabras. Unas palabras que sólo pronunciaste en mi sueño.

Luego, tal vez, vuelva a pensar en lo que pudo haber sido. En lo que nunca me atreví a decir. En lo que, tal vez, nunca te atreviste a decirme. En lo difícil que es que las cosas salgan bien cuando se trata de dos personas tan orgullosas. Siempre tuve la sensación de que te creías mejor que yo. De que yo no era lo bastante bueno para ti. Tal vez porque mi forma de ser estaba menos centrada en lo que era correcto o lo que no. Tal vez, sentías miedo a que te hiciera daño. Tal vez te lo hice. Tal vez, tú a mí también. Porque, de otra manera, no entiendo por qué algo de mí sigue manteniendo, aletargado en mis entrañas, ese anhelo que vuelve, de vez en cuando, a abrir los ojos. Pero sólo cuando los míos están cerrados.

Nunca me permito pensar en ti. Vivo mi vida como una huida hacia delante, pensando que todos tenemos alguna historia romántica, más o menos relevante, de ésas que se evocan con ternura, con una sensación agridulce, pero de la que nunca nos arrepentiremos. Que nos permite recordar los primeros años de nuestra juventud y recordar lo vivos que nos sentíamos entonces. Pero pienso en que me he vuelto a sentir vivo muchas otras veces, y en que volveré a sentirme así en el futuro. Envuelvo los pocos recuerdos felices que tengo contigo con una cinta de rayas negras y amarillas, los rodeo de vallas de seguridad y pongo un cartel con enormes y vistosas letras en el camino hasta ellos: NO PASAR. Eres mi recuerdo prohibido.

Pero mi inconsciente es una parte de mí que no sabe de esas cosas. Y, de vez en cuando, juega con las leyes de la física, te saca de esa zona restringida que siempre sigue ahí, y te acerca hasta mis brazos. Aunque luego me duela, me gusta que lo haga. Por eso, sólo de vez en cuando, vuelvo a soñar contigo. Y, si me despierto, a veces vuelvo a intentar dormirme para seguir sintiendo que, lo que ahora es un sueño, fue real hace mucho tiempo.

¿Qué habrá sido de ti? Me gustaría coger el teléfono y llamarte, pero no me atrevo. Si un sueño me revuelve tanto, imagina lo que podría hacerme la auténtica tú. O tal vez no. Tal vez algún día, tú también hayas soñado conmigo. Con aquella lluvia o con algún otro momento, que también llene de calidez todo tu cuerpo. De una paz y de una tranquilidad parecidas a la felicidad. Tal vez sí. Pero tú tampoco te has atrevido a decírmelo nunca. Puede que hoy hayamos soñado lo mismo y los dos estemos pensando en volver a vernos. Pero no nos atrevemos a exponernos, a sufrir, a hacernos daño. Ojalá supiera lo que piensas. Ojalá supiera lo que sientes. Porque tú nunca sabrás cómo me siento, ni que, después de tantísimos años y, aunque lo intente con todas mis fuerzas, todavía hay momentos en que me sigo acordando de ti. En que lo más profundo de mí me devuelve a ti.

Por eso tengo la certeza de que volveremos a vernos, sí. Volverá a suceder. Nos diremos lo que sentimos, sentiremos rabia por haber dejado pasar el tiempo, pero alegría por habernos atrevido, al fin, a liberarnos de esas prohibiciones que hemos creado en nuestra memoria y en nuestras emociones. Pero será, como hoy, sólo por unas horas, antes de despertarnos. Una vez más, lo que más quisimos, sólo se hará real mientras dormimos. Tal vez sea mejor así. Luego, al cabo de unos días o de unas horas, decidiremos que es mejor no pensar más en el pasado, ni tampoco en el futuro. Y asumiremos que lo mejor que podemos hacer es seguir viviendo. Después de todo, cualquier noche, nos volveremos a encontrar.

Y si un día te encontrare una mañana…
¿será posible?, será dormido.
¿Será posible?, será dormido.

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Imagen: mixtarhka.blogspot.com

Dos bailarines (por Rafael Dicenta)

Dos bailarinesLlegó a las diez en punto. Los miércoles no se retrasaba ni un minuto. La observaba desde hacía dos meses. Todo este tiempo, sin ni siquiera atreverse a mantener la vista firme cuando sus miradas se encontraban fortuitamente, o no.

Veía semana tras semana cómo bailaba aquellas baladas, con otros. Imaginaba que era con él con quien realizaba esos pasos, apasionados y cálidos, sin atreverse a más que a fantasear a través de las miradas furtivas, miradas que probablemente sólo tenían un punto de encuentro en su mente soñadora.

Aquel miércoles, novena semana, ella lucía un sencillo vestido color granate, de escote drapeado y espalda al aire, que le sentaba como al más bello óleo un marco bien escogido, y que acentuaba su apasionado rostro. Su cabello moreno, ondulado y abundante, que besaba su piel hasta mitad de espalda,  unos pendientes largos, y su dulce y profunda mirada de ojos azabache, la hacían brillar, cual estrella en la noche, destacándola sobre los demás. Se acercó a ella, pues no pudo evitarlo por más tiempo, mientras ajustaba el nudo de su corbata, que complementaba su traje de raya diplomática. Armándose de valor, cortés, le preguntó si le concedía el honor de poder bailar con ella. La respuesta fue rápida, y al tiempo que le decía que sí, se sonrojó levemente. Ella también se había fijado en él, y creyó haberse delatado. Estuvieron bailando tema tras tema, hora tras hora, pegados como a fuego, sin dar ninguna muestra de cansancio, casi sin conversar. No les hacía falta, sentían conocerse. Se miraban a los ojos viendo más allá. Era algo muy íntimo. Daba la impresión de que se habían amado toda la vida. Era tal el encanto de su baile, que la gente se quedaba embobada contemplándoles. Era evidente que sus corazones latían al unísono, que eran completamente felices. Bailaron cada noche con el mismo entusiasmo que la primera. Corazón con corazón, vivían y se amaban con cada balada. Fueron éstas, noches de dicha, noches de caricias, en las que, más que bailar, parecía que volaran. Pero una noche ella no apareció.

Estuvo buscándola sin descanso, en salas y escuelas de baile primero, por las calles y en el metro después, angustiado, deseando verla al doblar cada esquina. Sabía su nombre, al igual que ella el suyo, pero su amor no había salido de la pista de baile, así lo habían querido. Finalmente se decidió a preguntar en los hospitales y al final, la encontró. En uno de éstos, antesalas de la muerte, le informaron de la suya. Fue a verla al tanatorio, el último sitio donde le hubiera gustado encontrarse con ella. Allí estaba la que seguramente fuera su familia en vida, los que probablemente habían sido sus amigos y allegados antes de que se marchara de su lado. Mantuvo la vista fija en el ataúd, preparado ya para emprender la marcha hacia el cementerio. No podía creerlo. Sintió una espina enorme clavarse en su corazón, y la noche ocupó su alma. Fue tras el cortejo fúnebre. Diez coronas de flores rodeaban su cuerpo, y la mortaja era lo único que le impedía acariciarla y darle un último beso, ese beso que la música les pedía a gritos. Se arrodilló frente al ataúd y gritó al cielo que cubriera su luz.

Llegó a las diez en punto, los miércoles no se retrasaba ni un minuto. La gente miraba su patético baile nocturno. Bailaba solo, le observaban con tristeza y compasión, era realmente dramático verle bailar, llorando abrazado al aire, como si aún bailara con ella.

Al poco tiempo, de vuelta a casa, sintió una brisa helada que no le dejaba respirar. Una oscura procesión avanzaba, inexorable, por su ser. Se encontraba envuelto en el manto de un mundo en tinieblas del cual no podía escapar. Trató de ver luz con las pocas fuerzas que le quedaban, pero su vida se estaba apagando.

Su apartamento era un quinto piso sin ascensor, y a cada peldaño que ascendía, pensaba en lanzarse escaleras abajo. Entró y cerró la puerta tras de sí. La mesa comedor de su casa aparecía dispuesta para una cena romántica. La madera, cubierta con un mantel granate, servía de apoyo a la vajilla, la comida, y a las velas, que daban un ambiente melancólico y quizás un poco siniestro a la casa. Se sentó y empezó a cenar. Después del postre cogió dos copas, sirvió cava y brindó. Bebió ávidamente hasta que no quedo ni una sola gota y se derrumbó en el suelo.

Encontraron su cuerpo tendido en la alfombra que cubría el suelo del salón, y junto a él, una copa rota. En la mesa había otra copa, ésta llena, apoyada sobre una foto de su amada. Al lado de la foto había una cinta de música, la pusieron, la voz era la suya, cantaba un tema lento. Al terminar la canción hablaba. Decía que la canción estaba dedicada a ella y a lo que les había unido para siempre, el baile.

En el reverso de la foto se podía leer:

 “Bailar de lejos no es bailar.”

(Ésta es la primera colaboración en este blog y quería dar las gracias a Rafael Dicenta por ella. Podéis seguir sus relatos en Wattpad haciendo clic aquí).

Imagen: elysesnow.wordpress.com

Por ti

La noche es demasiado oscura. No hay luna, tan sólo una capa de plomizas nubes, de un gris parecido a las más oscuras cenizas, cubre el cielo sobre nosotros. Acaba de empezar a llover y cada pocos segundos, un rayo surca el cielo. El relámpago ilumina todo, y puedo ver el camino hacia el bosque. Es un alivio saber que me dirijo al lugar adecuado, pero también me llena de terror el pensar que pueden habernos visto.

Él pesa demasiado y no puede caminar bien. Es más, decir que puede caminar es una forma de pensar demasiado optimista. Apenas se arrastra. Tiene una herida terrible en el costado y mi mano se resbala al intentar sostenerlo, deslizándose sobre una mezcla de sangre casi negra y agua de lluvia. Pero no puedo abandonarlo allí.

RyM4Mi pelo está igual de empapado que el resto de mi cuerpo, mis ropas, y las de él. Quiero echarme a llorar, gritar y pedir ayuda, pero sé que nadie acudirá a ayudarnos. Estamos solos. Y, en realidad, por el momento, es lo mejor. Significa que no nos han visto.

—Sigue tú – consigue decirme entre jadeo y jadeo —. No vale la pena intentarlo.

—¡Ni se te ocurra decirme eso! – chillo en un susurro. Sigo queriendo romper a sollozar —. Te sacaré de aquí, aunque sea a rastras.

—Peso demasiado para ti, no creo que valga la pena que luches por mí. Pero aún puedes correr y salvarte.

—Te lo repito: no me vuelvas a decir algo así.

—Quién iba a pensar que podría traicionarnos…

Callé. Nunca me había fiado de aquel criado. No me extrañaba nada que hubiera abierto las puertas a nuestros enemigos. Ni que hubiera apuñalado a su señor en el costado como lo había hecho. En plena noche. De haber sido durante el día, los nuestros lo habrían descubierto y nos habrían socorridos. Menos mal que yo conocía los pasadizos de huida de nuestro castillo mejor que ellos. Menos mal que había sido capaz de reaccionar con rapidez.

Me abracé a él, mientras me tragaba el nudo que tenía en la garganta. Fue entonces cuando empecé a oír a los perros.

—Ya vienen. No van a cejar hasta estar seguros de que estamos muertos. Por favor… por favor…

—¡No! ¡Y no pienso volver a repetirlo!

Pesaba muchísimo, estaba destrozado y agotado. Un peso muerto, casi. Pero si lográsemos llegar al bosque, allí no podrían encontrarnos. Si nuestras posiciones hubieran estado invertidas, él me habría llevado hasta allí, me habría escondido, me habría cuidado sin descanso. Ya había arriesgado su vida por mí antes. Ahora me tocaba a mí devolverle el favor. Sólo había que aguantar, un paso tras otro; acabaríamos por llegar.

Los primeros pasos fueron los más difíciles, pero finalmente conseguí hacerme con el control de la situación. Empecé a sentir frío, mucho frío, pero conseguí no tiritar. Él arrastraba la mitad de su cuerpo, la otra mitad la arrastraba yo. Cruzamos la pradera que rodeaba las murallas del castillo. La tormenta parecía haberse suavizado, pero no la lluvia. Entonces volvieron los rayos. Y un inmenso relámpago alumbró el cielo y el suelo, descubriendo nuestra posición.

—¡Allí están! – una voz a lo lejos, que fue seguida de cascos de caballos, y ladridos.

Se acercaban.

—Por favor… — su voz sonaba suplicante, tuvo que dejar de hablar cuando el dolor volvió a estremecer su cuerpo —. Vete y déjame. Aún puedes correr.

—No vuelvas a decirme que no vale la pena seguir luchando – le contradije, sabiendo que la lluvia tapaba mis lágrimas mientras seguía tirando de él —. Ya estamos en el bosque. Encontraré el escondite… ¡mira, ahí está!

Uno de aquellos falsos montículos. Casi reptamos hasta allí, logré que se tumbara, me acosté junto a él y nos cubrí a ambos con aquel falso manto de hojas. Un escondrijo para los bandidos, para sus emboscadas… nadie nos vería. Sólo había que rezar por que los perros no nos olieran, no nos encontrasen. Contuve la respiración, en medio de la oscuridad, creyendo que iba a asfixiarme, sintiendo el frío de la lluvia, y su respiración junto a mí. Costosa, irregular. El tiempo parecía haberse detenido, se hizo eterno, hasta que, por fin, me llegó una voz lejana.

—Nos han dado esquinazo. Y aquí no podremos encontrarles. Podrían incluso tendernos una emboscada entre los dos.

En silencio, suspiré, aliviada. Aguardé aún un rato antes de descubrir el manto de hojas. Me giré para contemplarlo. A mi lado, él dormía. Al menos, me dije, aún respiraba.

—Vamos, tienes que hacer aún el último esfuerzo – le pedí mientras volvía a tirar de él, tratando de ayudarle a incorporarse—. Tengo que curarte esas heridas.

El día amaneció soleado en la cabaña del bosque. Aún no consigo explicarme cómo pude arrástralo hasta allí, prácticamente inconsciente. Ni cómo había podido quitarnos a los dos las ropas empapadas y envolvernos con mantas, que debían de llevar muchos años allí. Ni cómo logré limpiar y vendar la herida del costado de Robin, y tumbarme junto a él, tratando de darle mi calor, para que su pálida piel recobrase el color.

Él había dormido, entre jadeos y quejidos, toda la noche. Yo la había pasado rezando, abrazándole. Sin apartar mis ojos de él ni un solo segundo, analizando cada movimiento de la oscura y doliente silueta que luchaba por sobrevivir a mi lado.

A la luz del alba, pude ver que seguía teniendo mal aspecto, pero sus labios ya no estaban morados. Un ligero brillo de esperanza relumbró en sus ojos cuando los abrió y un rayo de sol lo cegó levemente.

—No sé cómo lo has logrado, Marian. Pero has salvado mi vida. A pesar del peligro y de…

—Moriría por ti – le corté, antes de tapar sus labios con un beso.

Yeah, I’d die for you.

You know it’s true:

Everything I do,

I do it for you.

Clic aquí para leer la letra en inglés y en español.

La Galerna

Un golpe. Otro. Luego tres, seguidos, más fuertes. Al principio los sonidos se habían confundido con mis sueños, y con los estremecedores truenos de aquella lluviosa e inestable noche. Parecía que el tiempo no iba a dejar que descansase, a pesar de lo mucho que necesitaba despejar mi mente unas pocas horas. Pero, por fin, cuando el sonido se hizo constante y repetitivo y mi puerta parecía querer salirse de su marco, desperté. Alguien llamaba. Entonces, mi mente trató de adivinar a qué se debía una visita tan violenta y en medio de aquella noche. No podía ser otra cosa, sino que hubiesen encontrado el cuerpo de mi mejor amigo. Confirmando la terrible certeza que, desde hacía semanas, había arrasado la aldea con una ola de tristeza.

Me levanté y, deprisa, me vestí. Cuando quité el cerrojo la puerta se abrió dándome un golpe en el brazo. No me había dado tiempo de apartarlo. Me dolió, grité con la voz ronca de quien acaba de despertar. Iba a protestar, pero alguien me agarró violentamente por las solapas de la recién puesta camisa. Era mi padre.

—¿Se puede saber qué demonios haces aquí? –mi padre siempre había tenido mal genio, pero en aquellos momentos estaba fuera de sí. Me asusté.

—No sabía que llegabas hoy.

Y me asusté más, cuanto me puso contra la pared.

—He venido lo antes posible, esto es grave, ¡pero parece que tú no te das cuenta! ¿Por qué no has estado cuidando a tu hermana, por lo menos hasta que llegásemos?

—¡Eh! – me defendí, apartándole de un empujón—. Yo también estoy mal, ella no es la única – repliqué, mirando de soslayo la botella vacía de vino que me había bebido unas horas antes con la intención de conciliar el sueño—. Era mi mejor…

—No era tu marido –me cortó mi padre como si pronunciase una sentencia—. No sé cómo has podido dejarla sola…

Y me asusté aún más.

—¿Está bien mi hermana?

—Estaría mejor si tú te hubieras preocupado de meterla en casa –me reprochó indignado—. Con la galerna, y la tempestad de esta noche…

—¿Qué ha pasado?

—Que no sabemos cuántas horas lleva en la playa, pasando frío y empapándose con la lluvia. Podría haberle caído un rayo y, por lo menos, habrá cogido una buena pulmonía. Lo que le faltaba a la pobre… Vamos ya.  Esperemos que ya haya llegado el médico.

Me calcé las botas sin ponerme siquiera los calcetines y eché a correr tras mi padre. El hombre ya era mayor, pero el temor por su hija había rejuvenecido sus piernas, aportándole la energía y fuerzas necesarias para correr incansable hasta la playa. A mí me costaba seguirle.

En la playa, junto a las rocas había varios faroles encendidos. Bajamos hasta la arena. Ahora la marea había bajado un poco. Allí estaba mi hermana. Mi madre la abrazaba y le tapaba los hombros con una manta. Ella, con el pelo empapado y lleno de sal y algas, tenía la mirada perdida en el infinito.

—¡Ana! –chillé. El ruido de la tormenta y las fuertes olas rompiendo, agresivas, ahogaron mi voz.  Corrí hasta ella y me planté ante sus ojos —. ¿Qué hacías aquí sola? ¿Estás bien? –pero mi hermana no me miraba. Parecía estar buscando algo en el mar. Ni siquiera pestañeaba. Parecía un espectro, a la luz de los faroles. Sus ojos vidriosos y los destellos dorados de su alianza en el dedo eran la única luz que reflejaba. Pero ella parecía haberse apagado.

Mi madre estaba llorando a lágrima viva, no dejaba de frotar la manta sobre los hombros de Ana. Al lado, el médico cerraba su viejo maletín de cuero negro.

—Fuimos a su casa nada más llegar a la aldea –me explicó mi madre—. Pero no estaba allí. La hemos encontrado rápido, pero sólo Dios sabe cuántas horas lleva aquí, pasando frío. Está empapada y llena de algas. Es posible que, con la marea alta y la galerna, las olas hayan llegado hasta aquí, y así la han dejado. Pero mirad, apenas tiembla. Y no quiere moverse –mi madre empezó a sollozar—. Ni siquiera me contesta.

El médico habló por fin.

—Es normal comportarse de forma extraña en casos de pérdidas repentinas. Aún no lo ha asimilado.

Pensé en la botella de vino, en cómo el alcohol me había hecho llorar hasta quedar dormido sobre mi cama al estridente arrullo de la tormenta. Después de una semana, había podido empezar a asimilarlo. Pero Ana no. El mar no había devuelto a mi amigo. Tal vez mi padre tenía razón. Había compartido muchas cosas con mi mejor amigo, pero para Ana era alguien más. Era su marido. Para ella, las maderas quebradas de una pequeña barca no eran prueba suficiente de que él se hubiera ido.

La abracé y estaba realmente fría.  Besé su frente y me supo a sal, mis labios se llenaros de ella. Ana seguía sin mirarme. Pero teníamos que llevarla a casa.

—Ana, vámonos. Ya no hay nada que hacer. Y tú necesitas descansar. Aquí no conseguirás nada. Tienes que seguir adelante y… —mi propia voz se quebró. Me tragué las lágrimas cerrando muy fuerte la garganta y agaché la cabeza, pestañeando repetidamente. No era el momento de mostrarse débil. Tenía que ser fuerte por mi hermana y por mí. Y porque mi amigo lo habría querido así.

Ana pareció reaccionar a mi vulnerabilidad y alzó su fría mano para acercarme aún más a ella. Después, me susurró al oído.

—Hermano, él volverá. Me lo prometió, y nunca rompe sus promesas. Luchará por volver conmigo.  Es mentira todo lo que dicen. Estoy segura de que vive. Y yo le esperaré aquí hasta que vuelva.

—¿Qué te ha dicho? –me preguntó la voz entrecortada de mi madre.

Me levanté, tratando de serenarme. Respiré profundamente antes de responder.

—El médico tiene razón. Aún no lo ha asumido. Supongo que es normal.

Mi padre me apartó con prisas y cogió la mano de mi hermana.

—Ana, tenemos que irnos. Aquí cogerás una pulmonía –tiró fuertemente de la mano de mi hermana, pero ella no se movió ni un centímetro —. ¡Ana, por favor, escúchame, hija! – el tono de mi padre sonaba desesperado.

Mi mirada se desvió de la escena por un instante y, extrañado, me giré hacia el mar. Tal vez sólo eran los rayos, pero mis ojos se habían dirigido de manera inconsciente a lo que mi mente había interpretado como un minúsculo destello dorado entre las aguas. Cuando quise fijarme, ya no estaba allí. Sólo veía la espuma gris de las olas, y el mar oscuro agitarse. El viento soplaba violentamente. Por primera vez desde que había salido de casa, me di cuenta de que tenía frío y estaba empapado. Me desabroché los puños de la camisa, incómodo. Y entonces fue cuando oí la voz.

Me era demasiado familiar como para pasarla por alto. Una voz, como un lamento, había salido del mar. Pero no podía ser. El viento, me dije. A veces parece arrancar lamentos a los árboles al pasar entre ellos. Pero estábamos en la playa y allí no había ningún árbol. Tembloroso, y emocionado, me introduje en el agua hasta las rodillas. Me había parecido oírlo de nuevo. Esperé un poco más. Pero no lo volví a oír. Sin embargo, me había resultado demasiado familiar.

Me adentré un par de pasos más en el agua, hasta que ésta me llegó por la cintura. Asustado, esperanzado y a la vez incrédulo, intenté comunicarme con aquel lamento:

—¿Miguel?

Incluso hay gente que asegura

que cuando hay tempestad

las olas las provoca

Miguel luchando a muerte con el mar.

Imagen: nikones.com

La Celebración

Eran ya las ocho y media cuando Isabel apareció por fin por la puerta del bar. Habíamos quedado a las ocho, pero yo ya me imaginaba que, para variar, llegaría yo la primera y me tocaría esperar. De todas formas, aquel día mi amiga tenía disculpa. Pobre, vaya cara llevaba. Yo, por diversas razones, había decidido arreglarme y salir con la cabeza bien alta y alegre. Una de ellas, había sido el parecer fuerte para mi amiga. Era algo que procuraba hacer desde hacía tiempo. Cuando uno está mal y necesita apoyarse en los demás, le viene bien ver a alguien que parece fuerte, que puede aguantar su peso. Eso intentaba yo ser aquel día para Isabel.

La recibí con un fuerte abrazo, aunque ella procuró no ser demasiado emotiva. Por lo que me había dicho su hermano, se había llevado un disgusto muy grande al recibir la noticia aquella mañana. Me dije que había hecho bien al llamarla nada más enterarme y obligarla a salir de casa, a no quedarse sola en su cuarto y sentirse desdichada.

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—¿Una ronda? – pregunté —. Más te vale, porque yo ya me he bebido dos cañas esperándote.

Mi amiga se rió.

—Y lo mal que lo habrás pasado entre cañita y cañita, ¿eh?

Y así nos dieron las doce, entre cerveza y cerveza. Fuimos cambiando el ritmo, a ratos bajándolo para hablar, a ratos subiéndolo en momentos de euforia, entre abrazos y brindis.

—Pues me parece fatal, ¡pero fatal!, que ni siquiera te hayan dado una explicación.

—Ya, imagínate, y encima así, por sorpresa y casi de una patada. Aunque mira, qué se puede esperar de una persona así. Si siempre ha sido un imbécil y un babas, mirando de arriba abajo a todas las compañeras de trabajo.

—Brindemos entonces, porque ya no lo tendrás que soportar. ¡Salud!

—Sí… ¡salud! – añadió mi amiga mientras alzaba su vaso y se bebía de un trago todo lo que le quedaba —. Voy al baño.

Me recosté en la barra y volví a mirar el móvil. Cientos de whatsapp, algún mensaje de texto, y un par de llamadas perdidas que había visto de reojo entre cerveza y cerveza pero que había decidido no contestar al ver al emisor de las mismas. Y no es que me guste pasar lista, pero había echado de menos algunos mensajes aquel día. Guardé el teléfono y miré a mi alrededor. Mi truco parecía haber funcionado, una vez más. Entre trago y trago, me había fijado en un chico que bebía cañas con sus amigos a un ritmo más acelerado que el nuestro. Era el tipo de chico que me encantaba, de ésos que no te llamarían la atención si te lo cruzas por la calle, pero que, cuanto más lo miras, más atractivo te parece. Castaño, ojos verdes. Y mi truco, el más viejo y sencillo del mundo: mirarlo de vez en cuando, y que se diera cuenta de que me había fijado en él. Para despertar su curiosidad e inflar un poquito su ego. Y me había salido bien, pues llevaba un rato ya en el que era yo la que lo cazaba mirándome constantemente de refilón. Sonreí, pero justamente entonces vi que mi amiga regresaba del baño.

—Entonces el viaje a Santiago bien, ¿verdad?

—Pues sí, como siempre. Aunque lo que te decía. Que me llamó Marta. Hacía mucho que no sabía de ella, y estaba un poco de bajón. La verdad es que me sorprendió la llamada.

—Después de tanto tiempo, no me extraña.

—Supongo que es un poco absurdo pensar así, pero a veces yo también me acuerdo de ella, o de Sebastián, pero no sé, me da como reparo llamar. No sé si es porque hace mucho tiempo o si será porque pienso que, si quieren saber qué tal estoy, pues que me llamen ellos. Supongo que es un poco triste. A veces pienso que soy yo siempre la que llama y la que se acuerda.

—Vaya, pues no sé. La verdad es que a mí me ha venido muy bien que me llamases hoy, porque vaya panorama de día. Al paro, bueno, al paro por decir algo, porque es que no voy a cobrar un duro, como estaba trabajando de extranjis

—Bueno, yo creo que éste es uno de esos momentos en los que llamas sí o sí. No hay dudas al respecto. Siempre se agradece.

—Pues puede ser. Como cuando me enteré de que Claudia había sido madre. ¡Es que aluciné! Y lo peor, es que me enteré por mi hermano, que si no lo mismo el niño ya habla y yo sin saber de su existencia.

Me reí.

—Sí, supongo que hay ciertas ocasiones en las que sabemos que hay que llamar, sí o sí. Lo difícil es saber mantener el contacto. Hay gente a la que no le importa perderlo, pero a mí sí que me suele dar pena. Una cosa es que disminuya la frecuencia, a veces es inevitable, pero desaparecer del todo, me suena a dejadez, no sé… — me estaba poniendo un poco ñoña, así que yo también apuré mi caña y me giré hacia la barra para pedir otra ronda, no sin antes mirar de nuevo de soslayo al chico que me había gustado. Esta vez estaba inmerso en la conversación con sus colegas—. Es como lo de Lidia. Vale, se marchó de la ciudad, pero aún no sé qué demonios es lo que realmente le sucedió, no ya para dejar de llamar, sino para dejar de coger el teléfono o devolver los mensajes. La verdad es que me dio mucha pena.

—Ya tía, yo tampoco lo entiendo. Pero mira a Guille y los otros, ésos siguen viviendo aquí y llevo años sin saber nada de ellos. Uy, mira – dijo, a la vez que rebuscaba en el bolso y sacaba su teléfono móvil con la luz de la pantalla parpadeando —, hablando de momentos de llamar sí o sí, aquí tienes a Juan. Se habrá enterado ya. Se lo has dicho tú hoy en el trabajo, ¿verdad? Un momento, que salgo a responderle y así aprovecho y me fumo un piti.

Asentí, resignada a beber un poco más sola mientras Isabel estaba fuera. Entonces fue cuando vi que el chico de los ojos verdes me miraba abiertamente. Seguramente la última caña le había dado la última dosis de valor o descaro que necesitaba, pues al ver que le devolvía la mirada, me sonrió y se acercó para saludarme.

—¿Puedo invitarte a la próxima?

Isabel tardó bastante en volver. Lo mismo estaba sonsacándole a Juan cotilleos acerca de la nueva chica que le gustaba, o lo mismo simplemente estaba criticando al imbécil de su jefe. El caso es que yo había perdido la noción del tiempo mientras hablaba con Diego quien, además de atractivo, me había parecido un encanto.

—Vaya, vaya… — oí su voz a mi espalda y me giré instantáneamente, como una niña a la que hubieran pillado in fraganti copiando en el colegio.

La miré, sin soltar la mano de Diego, y me dio la risa. Medio de vergüenza medio de las cervezas que me había bebido.

—Oye, creo que yo ya me voy a ir a casa. Ya hemos celebrado mi despido y tú ahora estás ocupada. Así que mañana me llamas y me cuentas qué tal, ¿vale? — dejó un billete sobre la barra y me dio un fuerte y sentido abrazo, muy distinto al que me había devuelto al saludarnos —. Y mil gracias por acordarte hoy de mí y sacarme de casa. Me ha venido genial. ¡Buenas noches!

Isabel dejó el bar con bastante rapidez, aunque no sin dar un par de tropezones antes. La pobre había tenido un mal día y, posiblemente por eso, la bebida le había afectado más de lo esperado. Una vez que se cerró la puerta tras ella me volví de nuevo hacia Diego, que por entonces ya me estaba abrazando por la cintura.

—Aquí ya van a cerrar— me dijo—. ¿Quieres que vayamos a otro sitio?

Un mojito y un chupito después había descubierto que Diego, además de atractivo y encantador, besaba de miedo. Pero empecé a encontrarme cansada. Intercambio de teléfonos, una promesa de volver a quedar un par de días después y la caballerosa oferta del chico de acompañarme a coger el taxi.

Camino a la parada, mi teléfono sonó por enésima vez. Era Isabel.

—¡Tía, pero cómo no me dices nada! – su voz sonaba entre avergonzada y molesta. Y borracha como una cuba.

—Pues porque estabas muy mal. Imaginaba que no sabías ni qué día era.

—¡Pues no veas la bronca que me ha echado mi hermano cuando he llegado y le he dicho que no había caído en la cuenta de que…!

—Isa, déjalo, en serio. Es que me pillas en mal momento, ya me entiendes…

—Ah… vale – calló, justo después de dejar escapar una risita nerviosa.

—¡Un beso! – y colgué.

Diego me miró.

—¿Tu amiga? ¿Todo bien?

—Pues la verdad es que no lo sé. Es que, ¿sabes una cosa? Hemos quedado porque hoy su hermano me ha llamado para contarme que la habían despedido y la he sacado a despejarse. Pero claro, con el disgusto, ella no se acordaba de que era mi cumpleaños.

— Vaya, ¡felicidades! ¡Pues qué calladito te lo tenías! A mí tampoco me lo habías contado.

—Pues es que habría sonado a técnica de bar, ¿no crees?

Diego rio.

—Pues lo mismo te habría pedido el DNI. ¿Y cuántos cumples?

— Treinta y uno. ¿Pero sabes lo más raro? Bueno, me ha llamado mucha gente, el whatsapp saturado, cómo no, pero de mi grupo de amigos de toda la vida, ni uno se ha acordado de felicitarme. Menos el hermano de ésta, que después de llamarme para contarme lo del despido, lo ha visto en Facebook y me ha llamado medio disculpándose.

—Pues oye, ¿un poco imbéciles tus amigos, no? A mí no se me habría pasado.

—¡Oye! – me indigné —. ¡No te metas con mis amigos!

Son mis amigos

Por encima de todas las cosas.

Comenzando…

ElenaHola a todos, aquí comienzo mi blog.

A algunos os he dado muchísimo la lata con él, y seguro que estáis entre curiosos y hartos por esta historia. Otros llegaréis de nuevas. Espero que os gusten los relatos que escribo y cómo los enlazo con las canciones. Siempre os agradeceré mucho que os suscribáis y que compartáis mis relatos si os gustan.

Así que a por ello vamos.

Antes de seguir, quiero dar las gracias a mi prima Elena por la fotografía que he utilizado como portada y también a mi amiga Béné por la fotografía de mi perfil. Grandes fotógrafas y estupendas amigas. Este blog os lo dedico a vosotras 🙂