Blue Monday

Aceptar-una-FIV-negativaAbres Instagram y ves esa foto que te han obligado a hacerte tus compañeras al bajar a tomar café. Tú no ves más que tus ojeras eclipsando esa falsa sonrisa que has esbozado y te preguntas una vez más por qué te has dejado hacer esa foto. Seguramente por no discutir. Ya estás harta de eso.

Otra vez en tu mesa y otro día horrible. Hace frío, no tienes dinero después de la cuesta de enero y te acaban de bajar el sueldo «por la crisis». No tienes fuerzas para salir a hacer deporte y te ves terrible después de los excesos navideños. Tienes un mal día. Como el anterior, y como el anterior al mismo. No tienes ganas de nada, sólo esperas un momento que te devuelva un poco los ánimos, la ilusión. A todos debería pasarnos algo bueno, simplemente porque sí. Bueno, qué demonios, porque nos lo merecemos. Nos pasamos la vida esforzándonos, muchas veces olvidándonos de nosotros mismos y no recibimos mucho más que rutina, fracaso, silencio, cansancio. Respiras hondo para que no se te escapen las lágrimas y vas a por el segundo café del día. Muy caliente, porque hace frío, mucho frío.

Puede que pienses que no sabes lo que te pasa. Salesa dar una vuelta para despejarte a la hora de comer y, al caminar por la calle, te resbalas con las hojas que hay caídas por el suelo y les das patadas. Te estás convirtiendo en una persona amargada. Y es una lástima, pues no es porque no luches, sino porque la realidad acaba por disolver tus ilusiones. Ni siquiera ves que te estás marcando metas demasiado altas y que por eso ya no valoras nada de lo bueno que hay en tu vida. Tanto frío, tanta carencia, tanta negatividad te han dejado ciega. Puede que lo único que necesites sea despejarte. Una buenas vacaciones con un poco de sol y de tranquilidad, separarte de todo y volver con las pilas recargadas. Pero estamos en enero. Así que toca esperar.

Al menos hoy te han dejado salir a tu hora. Piensas que ni siquiera tienes algo apetecible en la nevera , pero que no tienes ninguna gana de hacer la compra. Abres la puerta con un chirrido incómodo y miras la gotera que tienes en la entrada antes de fijarte en la cajita que está en medio del pasillo. Extrañada, la desenvuelves y encuentras una tableta de tu arca de chcolate preferido y un sobre con una nota.

«Estamos abajo, donde siempre. ¡Te vamos pidiendo una caña!»

 

Lo bueno de un día tan horrible como el de hoy es que no hace falta mucho esfuerzo para conseguir mejorarlo.

You work at a smile and you go for a ride
You had a bad day
You’ve seen what you like
And how does it feel for one more time
You had a bad day
You had a bad day

¡Feliz peor día del año a todos!

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El fin del mundo

MageritSales a la calle y lo descubres. Puede que te hayas dado cuenta al mirar al cielo, pero normalmente es una sensación más relacionada con tu interior. Intentas mirarte y lo ves todo negro. No hay camino, no hay salida. No hay luz al final, porque ni siquiera hay un túnel. Y ves pasar tu historia, esa corta historia, de un año o de tres, de seis meses… a veces incluso de veinte. La ves porque sabes que se ha acabado. Que ya no hay nada más. No hay futuro, no hay hacia dónde mirar. Todo se extingue, se deshace como si fuera arena.

Ves lo bueno de tu historia, que te mantenía enganchado a seguir adelante. Lo malo, que dolía y te dejaba hundido, pero de alguna forma lograba fortalecerlo todo. Pero ya da igual. Se acabó. Y no habrá un mañana, así que no hay que preocuparse. Si quieres, puedes llorar. Ya no importa.

Todos somos supervivientes. De una o de mil historias. Hemos caído y nos hemos vuelto a levantar. En cada una de esas ocasiones hemos sentido que el fin del mundo había llegado. No existía nada. Ni siquiera aquel dulce dolor que a veces valía la pena. O aquella preciosa sensación de calma que inundaba nuestro pecho. Hacía que nos sintiéramos vivos. Y, ese fin del mundo lo acentuaba más. Porque sentíamos esa sensación de que eran nuestros últimos instantes, previos a la absoluta desaparición. Qué tontos somos los seres humanos, que a veces preferimos sufrir para saber que estamos vivos a no sentir absolutamente nada. Luego llegan estos días y nos sentimos como si el sol nunca fuera a volver a salir. Como si las calles fueran a quedarse desiertas y nosotros, en un momento u otro pudiésemos desaparecer también. Y ya daría igual. Porque no hay nadie a quién le importe. El mundo ya no existe.

Hoy es martes, 28 de octubre. El Martes. Otro aniversario del fin del mundo. Uno como otro cualquiera. Y no te has muerto. Pero con cada uno de ellos posiblemente sientas esa sensación de muerte, ese dolor de no querer decir adiós. Una palabra tan corta y tan difícil de decir. Y luego, verás que sigues vivo. Aunque jamás habrías pensado que podrías salir adelante. Pensabas que no podía haber nada más. Pero hoy, un aniversario más, descubres que te habías equivocado.

 

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Refugio

Tonta. Niña tonta, niña estúpida, niñata. ¿No ves lo que te haces? En serio, ¿no lo ves? Lloras, creas, inventas, pero a todo el mundo le da igual. Sólo les importa lo que haces por ellos. Y lo peor es que ni siquiera puedes quejarte: fuiste tan complaciente en tu afán por agradar, porque todos te quisieran, que te olvidaste de ti misma. ¿Cómo no se iban a olvidar los demás? Si te tratas a ti misma como un trapo, así lo hará el mundo.

RefugioTe diste cuenta, una y otra vez. Pero es algo que no eras capaz de desaprender. Algo que casi parece formar parte de tu propia naturaleza, como si tener un corazón demasiado bueno sólo te fuera a traer decepciones, y el olvido. Así que te volvió a ocurrir. Volviste a olvidarte, volviste a caer en tu propia trampa de forzada empatía y buena disposición. Y así has terminado.

Poco a poco creaste el muro, te alejaste de la realidad porque a veces se te hacía demasiado insoportable. Al principio fue imperceptible: dejaste de contar cómo estabas porque a nadie le gustan las frases negativas. Luego dejaste de salir, para no tener que poner buena cara a gente que te había hecho daño. Y fuiste sustituyéndolo todo por esta otra dimensión. En ella bailas, tentadora, pero nadie te ve bailar. Escribes historias que nadie quiere conocer. Tomas fotografías que nadie quiere ver. Esa genialidad, esa creatividad, sigue ahí: los colores que inventaste, las novelas que escribiste y que casi te habrían llevado al éxito. Pero que al final te llevaron a ponerte la zancadilla a ti misma. Sola. Desatendida. ¿A quién le importa ya?

Algunas veces, cuando estás conmigo, lloras. Puede que sea ya la única conexión que tienes con la realidad. Pero ni siquiera ese llanto se percibe más allá de un tenue lamento. Has aprendido a no molestar a nadie con tus problemas, con esas tonterías, como tú las llamabas, porque así fueron siempre tratadas por los demás.

Puede que tengas razón. Creo que a nadie le importa. Yo sólo te veo una vez por semana, cuando paso consulta y escondes tus creaciones justo antes de yo entre en tu habitación de la clínica. Tus cuantos, tus fotos, tus figuritas, todo cae de golpe en un gran arcón blanco y echas el cerrojo. Escondes la llave. Ya no quieres que nadie mire.

Ya nunca dices nada. Ya no hablas, imagino que ni siquiera tienes ganas de hablar. Aunque una parte de mí siente pena, porque veo, a través de esa mirada desencantada, una luz y unas ganas de comunicarse que me iluminarían sólo con un par de frases. Como cuando sentías que eras genial y no habías sufrido tanto.

A veces pienso que nunca saldrás de esa celda que tú misma te impusiste. Encontraste el alivio de todo en escribir, en crear un pequeño mundo que fuera tuyo y de nadie más, donde nadie pudiera olvidarse ya de ti. Donde pudieras estar siempre presente, para ti misma y para los otros. ¿Y sabes lo que pienso? Que me da igual. Sólo soy tu psiquiatra y cada día, cuando me quito la bata, desconecto de mi trabajo y vuelvo a casa.

Solamente cuando camino por los pasillos de la clínica y veo cómo vuelves a sacar todos tus tesoros del arcón, cuando veo la ilusión que ilumina tu cara durante esos momentos, me pregunto algo: ¿es tu solución la mejor? ¿No estaremos los demás equivocados y tú tienes más razón que nadie, creando un mundo pequeñito a tu medida en el que has renunciado a que te quieran y así también a sentir que para los demás únicamente formas parte del olvido? ¿Eres feliz al fin? ¿Diste con lo que buscabas?

Tell me, did you find
all your explanations inside your
Diorama?

Fotografía: Mygotyk.com

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Endimión (por Armando Valdemar)

caminante_ante_un_mar_de_niebla- gaspar friedrichUna vez hubo océanos, cubiertos de infinitas sombras argénteas, todavía era joven la Tierra.

De eso y más, hace mucho ya…

Yo era un muchacho imprudente. Orgulloso, creí conocer miríada de cosas. Entendía tan poco, que no me daba cuenta que demasiado había por comprender.

Para mi esta vida fue un viaje, a través de arroyos y montañas, un vagar en el cual alcé la vista por el sendero que te descubrió ante mi.

—Te alcanzaré —te dije—. Incluso cuando el invierno de mi vida me llegue, Selene, te alcanzaré…—.

Dormida sobre los bosques, soñabas consciente. Serena belleza de plata, dijiste ”te amo” al verme. Sorpresivo momento, ya nunca más me vi triste.

Aún recuerdo aquel amor en invierno, tu secreta luz en verano, esos arcanos susurros en mis desvelos.

En el amor, las palabras quedan en el viento y los versos en un diario. Lo amado se atestigua siempre, perenne como las sombras sobre las rocas.

Pese a todo, te seguiré; donde quiera que mores, te buscaré. Siempre a través de la noche, Selene, pero te seguiré.

Asi es el amor de impulsivo: emoción pura y estrépito cuando sobre el océano por fin te oísusurrar:

—Quédate conmigo eternamente. Ahora y siempre, abrázame….

No hay pensamientos, solo acto.

Fugaz tragedia, zambullida y renacimiento,

Amor secreto en la profundidad,

Destino, fatalidad y anhelo,

Por fin, felicidad.

 

“El individuo ha luchado siempre para no ser absorbido por la tribu. Si lo intentas, a menudo estarás solo, y a veces asustado. Pero ningún precio es demasiado alto por el privilegio de ser uno mismo”. Nietzche

Este mes colabora con este genial relato el escritor Armando Valdemar, que estudiante de doctorado de Historia Universal, es autor de la antología de relatos Crónicas de Gaia: Génesis. Podéis leer aquí la precuela ya publicada de la saga Crónicas de Gaia: Renacimiento, una colección de obras de ciencia ficción “clockpunk” y terror gótico que verá la luz próximamente.

 

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Alegato

Encerrado-celda-aislamiento_TL5IMA20080718_0003_4El juez me miraba con expresión severa. Sabía que no había esperanza. Sin embargo, tragué saliva y me puse en pie, dispuesto a hablar antes de que se retirase a deliberar, tal y como había solicitado.

—Mire usted, yo sé que todo esto de lo que se me acusa es terrible, no voy a negarlo —admití con una voz tan penosa que ni siquiera me sonó como mía—. Pero también creo que puedo seguir alegando que no estaba en mis cabales. Y creo que hasta usted podría entenderme.

El juez resopló y apoyó los antebrazos sobre su mesa.

—A ver, explíquese.

—Señoría, es que estaba enamorado —me temblaba la voz al responder, pues quería llorar—. Y todos hacemos locuras por amor. Ese tipo de cosas que, hasta que no las vemos desde fuera, no somos capaces de asumir. Que nos parecen estúpidas cuando vemos a nuestros amigos hacerlas. Les avisamos, les advertimos… es una absoluta enajenación mental. Por favor, intente comprenderlo. Lo único que me ha guiado en todos estos hechos de que se me acusan ha sido el amor. ¿Es que usted nunca ha estado enamorado?

El juez se rascó el cuello por debajo de la túnica mientras volvía a resoplar.

—Por supuesto que he estado enamorado y he hecho algunas tonterías por amor. Tonterías como perdonar desplantes o malas actitudes, mentiras o incluso traiciones. Pero siempre llega un momento en que todos debemos poder despertar de esa enajenación, como usted la llama, porque nuestro cerebro nos avisa de que hemos ido demasiado lejos. De que la situación en la que nos estamos metiendo es disparatada, humillante para nosotros e incluso peligrosa. A usted no se le acusa de cualquier cosa. Se lo voy a recordar: tiroteo en el restaurante Yuan, asesinato de una niña quemándola a lo bonzo, llenar la bañera de su madre de serpientes y matar a su gato metiéndolo en el microondas… por no hablar de la invitación a los menores de una escuela infantil a tomar alcohol, ni del atropello reiterado a aquella mujer tan mayor… afortunadamente, gracias a su ensañamiento en este horrible acto, logramos dar con usted. Tenía aterrorizado a todo su barrio.

»Ahora tengo que preparar mi veredicto y mi sentencia. Pero no tardaré mucho.

Sin soltarme las esposas, los guardias me sacaron de la sala. Recorrí con la mirada a las personas que habían acudido al juicio. Y me di cuenta de que ella no estaba allí. Me había dejado solo. ¿Dónde estaría?

Entonces recordé aquel billete que la había visto comprar por internet. Las Bahamas. Y me di cuenta de que ya no iba a volver a verla. Tragué saliva, no quería llorar mientras hacía el camino por los pasillos de los juzgados.

Los guardias me dejaron en mi celda, para que esperase. Me la imaginé una vez más. Con aquella mirada hipnótica, su risa melódica… me la imaginé tomando el sol en una playa de una isla perdida, donde nunca nadie podría encontrarla. Sobre todo yo.

Me vinieron a la mente las palabras del juez:

Pero siempre llega un momento en que todos debemos poder despertar de esa enajenación, como usted la llama, porque nuestro cerebro nos avisa de que hemos ido demasiado lejos. De que la situación en la que nos estamos metiendo es disparatada, humillante para nosotros e incluso peligrosa.

Me llevé las manos a la cabeza, siendo, por primera vez, consciente de lo que me esperaba. Me iba a pudrir en la cárcel mientras ella disfrutaba de una vida de ensueño, muy lejos de mí.

Y desperté.

—¿En qué demonios estaba pensando? —grité en el interior de la celda de aislamiento.

Pero nadie me oyó.

 

Encerrado en la celda de aislamiento

espero el veredicto del juez.

Sólo en el último momento

me di cuenta de que hice una estupidez.

Me engatusaste con tus encantos,

me fascinó tu tono de voz.

Te decía “Por tí viviría en Tres Cantos”,

por ti viví en Badajoz.

Hipnotizado por tu mirada

me convertí en un juguete de tu colección.

Al servicio de tu mente malvada

sembraba el pánico y la destrucción.

Dime por qué, yeyeyeye

tratas de convencerme de

cosas que no uouououo,

cosas que nunca he querido hacer.

Tú me induces al mal…

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Imagen: forokd.com

Inseparables

Man Kissing Woman at BarLuces ese vestido rojo que tan bien te queda. Maldita sea, recuerdo que lo llevabas la primera vez que te besé. Sin embargo, ahora tonteas con otro. Le susurras cosas al oído, él te habla a ti también y tú te ríes, mientras sostienes la cerveza con la otra mano y de vez en cuando das un sorbo, mirándole a él con ojos golosos.

Me he distraído. La rubia que tengo frente a mí me acaricia el pecho a la altura de las clavículas y sonríe. Espera que la vuelva a besar. Y lo hago. Me encanta. Me olvido de ti. Pero, al girarme para ir a por una bebida, me giro y te veo enrollándote con ese tipo. Una punzada de celos se me clava, la adrenalina se quema en mis venas como el fuego más indómito.

La rubia me roza el cuello con los dedos. Me vuelvo a girar. Me encanta. Seguramente acabaré con ella en su casa una noche más. Mientras la aproximo hacia mí, agarrándola por la cintura, veo que te alejas de la mano con él entre la oscuridad del bar y de la multitud. Y os metéis en el cuarto de baño. Mi mente y mis emociones se dividen. Pero, finalmente, decido concentrarme en mi rubia. Sigo pensando que me encanta, aunque seguro que dentro de un par de días pierdo el interés.

Salís del baño abrazados y algo despeinados y yo trago saliva. Os apoyáis en la barra. Pedís algo y bebéis, sin soltaros, os besáis sin ningún tipo de pudor delante de todo el mundo. Yo sigo bailando con mi rubia y la beso cada vez con más pasión. Me estoy calentando. Demasiado. Demasiado rápido.

Él rebusca en el bolsillo de su pantalón, saca el teléfono móvil y sale a la calle. Yo me dirijo a la rubia:

—¿Podrías ir a buscar mi cartera al coche? Creo que la he olvidado en la guantera.

Ella sonríe y se va. Yo aprovecho tu momento de soledad y me acerco a la barra. Apoyo los antebrazos sobre la madera y me giro para mirarte. Tú bebes el último trago de tu copa y apoyas las manos también sobre la barra.

—Te parecerá bonito —me dices.

—¿Bonito?

—Sí, venir aquí a restregarme a tu rubia.

—¿A restregarte…? —No doy crédito—. Creo que podría decirte lo mismo.

—Ese tío me gusta. Y me gusta enrollarme con él.

—Lo mismo puedo decir yo de la rubia.

—¿Y yo ya no te gusto?

Me río. Poso mi mano sobre la sobre la tuya.

—Claro que sí. Cómo puedes pensar que no…

—Tienes el corazón dividido entonces… —dices con una sonrisa sarcástica.

—Debo confesar que sí. Aunque veo que tú también te has puesto celosa.

—Supongo que un poquito. Y estoy segura de que tú también —añade, mientras me pasa los dedos por el mentón—. Tal vez sea hora de admitir la verdad.

—¿Y cuál es la verdad?

—Que es cierto que nos gustamos, pero también que somos unos malditos promiscuos. Que nos sirve el argumento de que la carne es débil. Bueno… ¿me acompañas al baño?

Cojo tu mano y te sigo en la oscuridad. Antes de que él y ella vuelvan. Peco. Pecas. Pecamos.

Mea culpa.

 

In the crime of passion

I’m as guilty as you

 

Imagen: theguardian.com

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Dormir. Olvidar. Esperar

sad-in-bedComo cada año, mis pulsaciones y mi temor se aceleraron al pensar en que se acercaba septiembre. Era como una maldición. Daba igual cómo hubiera ido el año, la fortaleza con la que yo abordase el nuevo curso. Irremediablemente, al llegar este mes recibía un terrible golpe. Aquel fatal sino había comenzado hacía ya siete años, cuando mis tres tías, con las que vivía, me anunciaron que mi padre estaba muerto. Lloré por alguien que no conocía, y entonces supe que pasaría años con esta sensación de dolor. La pérdida de un padre no se supera así como así, aunque no lo hayas conocido. Veinte años, por lo menos, pensé, hasta que me haya hecho a la idea.

Al año siguiente fue cuando me dijeron que tenía que empezar a ir a aquella escuela donde los niños eran tontos y me tiraban del pelo. Nunca hice amistad con ellos y siempre estaba deseando que terminase la clase para correr a casa con mis tías y refugiarme en sus abrazos o en un libro.

Al otro, mi tía Flora perdió la visión de su ojo derecho y hubo que empezar a ayudarla para hacer casi todo. Y aunque era una mujer con energía y siempre procuraba mantener su buen espíritu, se puso triste. Era como si su luz se hubiera apagado un poquito para siempre.

Un año más. Tuvimos que mudarnos de nuestra casita en el bosque. No me dijeron nunca por qué. Sólo que era peligroso, que alguien nos seguía y teníamos que protegernos. No os podéis imaginar cómo adoraba aquella casa. La nueva no estaba mal, pero ya no era lo mismo. No era mi hogar.

Y así cada año. Cada vez que lo pienso me convenzo más de que algo, alguien, desde algún lugar, está acechando con la única intención de hundirme poco a poco. No creía en la magia hasta hace poco, pero tenía aquella certeza totalmente asimilada en mi interior. Rosa, me decía a mí misma, ten cuidado este mes. Algo malo va a pasar. Prepara tus defensas.

Pero lo de este año ha sido demasiado. Después de tantas pérdidas, de tanto esfuerzo por acostumbrarme a lo malo, me ha sucedido algo maravilloso. Este verano, he conocido a alguien. Fue el 31 de agosto. Nunca lo olvidaré. Nadie olvida la primera vez que se enamora. Y menos aún si ese amor es correspondido. Qué feliz momento. Como en una película. Esa mirada, que no se apartaba de mis ojos, la sonrisa que se nos escapaba a los dos… Seguro que sabéis muy bien a lo que me refiero. Me entretuve, charlando en el bosque con él, paseando cogidos de la mano… y no llegué a casa hasta la medianoche, cuando ya era 1 de septiembre.

Mis tres tías me estaban esperando en la puerta. Yo, emocionada, empecé a contarles lo que había sucedido. Lo maravillosamente que me sentía. Sus caras se pusieron muy serias. Que no. Que no puedo volver a verle. Que mi padre no está muerto. Que por fin me pueden llevar a conocerlo. Que conoceré a alguien más acorde a mi posición social.

Creo que ellas pensaron que eran las mejores noticias del mundo. Pero para mí fue como si me arrancasen algo de dentro. No pude más que esconderme en mi cuarto y llorar sin parar. Cuando vinieron a buscarme, ya me dolía la cabeza. Pero tuvimos que irnos. Ya no me quedaban lágrimas. Daba igual, porque fuera estaba lloviendo. Parecía que las estrellas llorasen también por mí, me empaparon. MI dolor me empapaba, por fuera y por dentro.

Y por eso, aquí estoy, hundida en la tristeza, deseando que todo sea mentira. Pero sé que no lo es. Este año he asumido todo lo que me ha pasado. Es como si hubiera perdido la inocencia. Pero sigo sin querer estar en mi piel. Como cada septiembre, desearía que todo esto no hubiera pasado, pero sé que no hay marcha atrás. Seguirá en mi memoria, seguirá siempre echando de menos lo que he perdido: mi casa, mi ilusión, mi primer amor… Mi único deseo, el de una persona sumida en depresión, es dormir mucho; ojalá pudiera dormir hasta que todo hubiera pasado, que el mundo siguiera girando mientras yo sólo descanso y que, cuando despierte, oiga doblar las campanas y sepa que todo el dolor ya ha pasado.

Por eso estoy en este oscuro túnel construido en ladrillos grises. Por eso me acerco a esa luz verdosa que da tanto miedo. Voy hacia el peligro, pero es que ya me da igual. O puede que sea lo que realmente quiero. Porque yo sólo quiero dormir. Por eso, alargo la mano y saboreo el momento en el que mi dedo se posa con fuerza sobre el huso, el dolor cuando se pincha y derrama la primera gota de sangre. Saboreo cómo voy perdiendo la consciencia. Cómo, por fin, mi mente puede descansar, puede olvidar, dormir…

Wake me up when September ends

Estamos de vuelta. En la columna de la derecha te puedes suscribir para leer más historias cantadas.

Imagen: http://spencerwrites.wordpress.com/